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Los días de la ira

abril 17, 2013

Hace setenta años, durante la Ocupación nazi, el 13 de noviembre de 1943, se estrenó en Copenhague la película Dies irae (Vredens dag). Su director, Carl Theodor Dreyer, se basó en la exitosa pieza teatral Anne Pedersdotter (1906), del escritor y dramaturgo noruego Hans Wiers-Jenssen (1866-1925). Para el argumento de la obra se remitió a a unos hechos extraños acaecidos a finales del siglo XVI en Bergen, la localidad donde nació el propio Wiers-Jenssen. En la película la acción transcurre en 1623 en una aldea de Dinamarca.

La cinta fue prohibida por las autoridades nazis y tuvo una fría acogida entre el público, por lo que permaneció pocos días en la cartelera.  Con una puesta en escena sobria, Dreyer se inspiró en los retratos e interiores pintados por Frans Hals, Rembrandt y Vermeer. La austeridad de los ambientes y el esmerado juego de luces y sombras dotan a la película de una belleza sutil, además de verismo, como si personajes y escenarios hubiesen regresado intactos del pasado.

Dreyer se inspiró en los retratos de Hals y Rembrandt

Dreyer se inspiró en los retratos de Hals y Rembrandt

A raíz de la muerte en la hoguera de Marta de Herlofs (interpretada por Anna Svierkier), una sencilla mujer de pueblo, soltera, pobre y casi anciana, a la que se acusó injustamente de brujería, el terror se adueña de la pequeña comunidad aldeana. Las mujeres jóvenes y viejas temen ser denunciadas y correr el mismo destino que Marta. A su vez los inquisidores son víctimas de los conjuros que arrojó contra ellos la mujer poco antes de morir.

La historia gira en torno a la traición y la venganza. Todos los personajes se traicionan unos a otros y los humillados buscan venganza a sus afrentas, aunque de manera diferente y con una intensidad desigual.

La primera traición fue cometida por Absalom Pedersson (Thorkild Roose), el pastor e inquisidor, al engañar a Marta de Herlofs, prometiéndole que se salvaría si confesaba su supuesto delito, como había salvado años atrás a la madre de su joven esposa Anne Pedersdotter (soberbia interpretación de Lisbeth Movin), a cambio de que accediera a casarse con él.

Absalon Pedersson, interpretado por

Absalom Pedersson, interpretado por Thorkild Roose

Marta, que amenazó con denunciar a Absalom por salvar a la madre de Anne –puesto que según la ley, las hijas de las brujas también estaban condenadas a correr su misma suerte-, fue conducida a la hoguera después de confesar bajo tortura.

Para el personaje de Absalom Pedersson, Wiers-Jenssen se inspiró en el teólogo, pastor, humanista y erudito Absalom Pedersson Beyer (1528-1575), quien estudió en las universidades de Copenhague y en la de  Wittenberg –la ciudad alemana, cuna del luteranismo-, siendo discípulo de uno de los padres de la Reforma, Philipp Melanchthon.

Absalom Pedersson Beyer contribuyó de forma notable a la reforma espiritual en Noruega. Su esposa Anne, con la que tuvo ocho hijos, fue declarada culpable de brujería y quemada en la hoguera quince años después de la muerte de su marido, el 7 de abril de 1590.  Absalom murió a los 47 años, en 1575, mientras que en la película muere a los 60 años.

Retrato de Absalon Pedersson Beyer

Retrato de Absalon Pedersson Beyer

Las ejecuciones por brujería en la Europa de los siglos XVI y XVII se propagaron como la peste. Se calcula que en este periodo fueron quemadas 45.000 personas, la mayoría mujeres. El terror se apoderaba de las personas, que vivían con el temor de que alguien las acusara de este delito y que las sospechas degenerasen en rumores y los rumores en las temidas pesquisas por las autoridades.

A menudo bastaban unas condiciones o características determinadas –ser mujer, pobre, madre soltera, carecer de la suficiente protección familiar, padecer algún desequilibrio mental o, como en el caso de Anne  Pedersdotter, ser hija de una mujer condenada por brujería- para que la acusación prosperase e iniciara este fatal itinerario que la mayoría de las veces conducía a la hoguera.

Marta Herfols en la escena en que está a punto de morir en la hoguera

Marta de Herlofs en la escena en que está a punto de morir en la hoguera

En todas las épocas la diferencia personal se ha pagado cara cuando se vivía en sociedades cerradas y tiranizadas por el dogmatismo religioso o ideológico. No están tan lejos de nosotros los regímenes totalitarios que aspiraban a enfundar a los ciudadanos en una misma categoría señalando así a quienes excluían de ésta por su raza, religión, ideas políticas y hasta orientación sexual, para perseguirlos primero, apresarlos luego en gigantescos recintos aislados del mundo y finalmente asesinarlos en masa.

En esas sociedades el terror impone su ley. Se trata de aislar a los individuos previamente uniformados, arrojándolos a la fosa común de la desconfianza, la sospecha, el miedo, la calumnia y la delación.

A partir de la traición primigenia cometida por Absalom se desencadenará una espiral de traiciones en su propia familia, siendo él también víctima de una de ellas. El propio clérigo inaugura esa espiral al traicionar a su severa y absorbente madre, Meret Preben (Sigrid Neiiendam), casándose nada menos que con la joven, guapa y vitalista Anne Pedersdotter, huérfana de una mujer sospechosa de brujería a la que Absalom salvó de la hoguera para así poder desposarse con su hija.

Anne

Lisbeth Movin en el papel de Anne Pedersdotter

A su vez, Anne traicionará a su ya anciano marido al enamorarse de su hijo Martin (Preben Lerdorff Rye), nacido de su primer matrimonio, y más joven aún que ella, y desearle en secreto la muerte. Con semejante deseo también estaba traicionando a su enamorado, puesto que, después de todo, era su padre.

Por su parte, Martin traiciona a su progenitor y a su abuela Meret Preben al dejarse seducir por Anne, su madrastra. La madre del pastor y suegra de Anne, la traiciona acusándola de ser hija de una bruja –amiga de Marta de Herlofs- y de practicar la brujería.

Finalmente, Martin traiciona a Anne ante el féretro del difunto Absalom, que murió tras conocer la relación de su mujer con su hijo, al violar la promesa de amor que le hizo y compartir con su abuela la denuncia contra ella. Desde ese momento Meret Preben destilará contra la muchacha el odio que empezó a cobrarle tras casarse con su hijo. Acusada públicamente de brujería, Anne terminará sus días en la hoguera de la que se libró su madre a causa de su matrimonio con Absalom.

Anne, encarnación de la vitalidad y la pasión, es la auténtica perdedora en esta danza macabra de traiciones recíprocas que asfixia a la familia, y Meret Preben, símbolo de la intransigencia, el rencor y la venganza, la verdadera ganadora.

Martin y su temible abuela, Meret

Martin y su temible abuela, Meret Preben

La desgracia que se abate sobre la familia de Absalom puede interpretarse como una venganza post mortem de Marta de Herlofs. La primera expresión de esa venganza pudo manifestarse en la muerte repentina de Laurentius (Olaf Ussing), su implacable acusador, y luego en la de Absalom, quien se negó a interceder por ella ante el tribunal, al morir repentinamente, después de enterarse de los amoríos de Anne con su hijo.

De todos los personajes, Anne es la única que podría salvarse, aunque en el momento de enamorarse del joven deseara la muerte de su marido y padre de aquel. Pero en Dies irae el amor no redime ni, por tanto, escapa al torbellino de pasiones destructivas, aunque de todas ellas parezca la menos maligna. Sólo mientras dura, el amor parece brillar con luz propia en la atmósfera tenebrosa que se respira en la aldea, hasta que termina contaminándose también de su negrura.

Se diría que los enamorados no pudieron sobreponerse al clima de intolerancia, rencor y falsedad que imperaba a su alrededor y acabaron devorados por él. Es como si los muertos continuasen arrojando sobre los vivos el espíritu vengativo que los llevó a la tumba.

Escena en la que Anne y Martin pasean en barca por el río, aprovechando que Absalon se ha recogido en sus aposentos

Escena en la que Anne y Martin pasean en barca por el río, aprovechando que Absalom se había recogido en sus aposentos

Así, Marta de Herlofs se vengó de sus acusadores matándolos, a uno de enfermedad y al otro de celos; éstos a su vez se vengaron de su muerte destruyendo el amor de los dos jóvenes y condenando a la hoguera a Anne, acusada, como su madre, de brujería. Sólo el hijo del pastor podría haberla liberado de la condena. Pero el joven pusilánime cayó en las redes de la abuela.

En Dies irae no se hace concesión alguna al público con tal de dotar a la historia de una atroz coherencia. Su desenlace cuadra con el ambiente lúgubre en que transcurre, en el que no hay cabida alguna para la esperanza. El espectador intuye que Anne será condenada a la hoguera y que Martin ocupará el puesto del padre, reanudando así el ciclo de intolerancia y horror clausurado aparentemente por la muerte de éste. El futuro será idéntico al pasado y éste idéntico al futuro.

Una de las escenas finales de la película en la que la madre del difunto Absalon, que yace de cuerpo presente, y abuela de Martin señala a Anne acusándola de haber causado la muerte de su hijo

Escena final de “Dies irae” en la que se ve a la madre del difunto Absalom, de cuerpo presente, y abuela de Martin acusando a Anne de haber causado la muerte de su hijo

La intolerancia no admite la ironía, como no sea la del destino, y menos aún cualquier atisbo de humor. Ejemplo de ello es la simpática anécdota de la llegada de Martin a la casa paterna, después de una larga ausencia, cuando la atractiva Anne le dice que se esconda tras la puerta al oír los pasos de su padre Absalom, y así darle una sorpresa.

Pero ante la aparición repentina de Martin, el padre no comparte la complicidad de los jóvenes para sorprenderle. Ese juego pueril se convertirá incluso en un anticipo del engaño que urdirán los dos jóvenes contra el padre mientras se abandonan a sus escarceos eróticos.

De ahí la atmósfera claustrofóbica de la película, en la que el más mínimo amago de libertad es aplastado enseguida por la ancestral intolerancia.

Anne tras ser acusada de brujería, abandonada por Martin, y tomar conciencia de su terrible suerte

Anne tras ser acusada de brujería, abandonada por Martin, y tomar conciencia de su terrible suerte

Dies irae ha sido vista como una interpretación del terror que se extendió por Europa tras la invasión por tropas alemanas de numerosos países, implantando su programa de odio, persecución y asesinato de los judíos. En la mayoría de las naciones ocupadas por la Alemania nazi,  que fueron sus aliadas o simplemente neutrales, los gobiernos y la pasividad, cuando no la complicidad de amplios sectores de la población, fueron determinantes para la caza y captura de los miembros de las comunidades judías, cuyo destino final sería la muerte en alguno de los numerosos campos de exterminio diseminados por Centroeuropa durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, una excepción notoria a esta implacable regla fue precisamente Dinamarca. Según relata Hannah Arendt en su obra Eichman en Jerusalén, en este país el pueblo y su gobierno, con el rey a la cabeza, plantaron cara al tirano ocupante.

Arendt señala que, si bien Suecia, Italia y Bulgaria resultaron también inmunes al antisemitismo, pese a encontrarse en el área de influencia alemana, y mediante un juego de engaños y trampas pudieron salvar a muchos de sus judíos, sólo Dinamarca “se atrevió a hablar claramente del asunto a sus amos alemanes”. Añade Arendt que

Hannah Arendt

Hannah Arendt

“cuando los alemanes les propusieron, con gran cautela, que dieran la orden implantando el distintivo amarillo, recibieron la escueta respuesta de que el rey sería el primero en ostentarla, y los miembros del gobierno danés tuvieron buen cuidado en dejar claramente sentado que la aplicación de cualquier tipo de medidas antisemitas comportaría su inmediata dimisión”.

Como consecuencia de esta firmeza, los ocupantes ni siquiera lograron implantar “la importantísima distinción” entre los daneses de origen judío, de los que había unos seis mil cuatrocientos, a los que se sumaban otros mil cuatrocientos judíos alemanes que habían buscado refugio en el país antes del comienzo de la guerra y declarados apátridas por el gobierno alemán.

Dinamarca fue el único caso en el que los dirigentes nazis se encontraron con una resistencia abierta por parte de los ciudadanos del país y donde comprobaron cómo colapsaban sus planes de exterminio, debiéndose adaptar a esa insólita circunstancia. En aquellos años tétricos, en el pequeño país escandinavo no sólo no olió a podrido sino que, gracias a la entereza y honestidad de su población y de sus dirigentes, tampoco hubo días de la ira.

Carl Theodor Dreyer

Carl Theodor Dreyer

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2 comentarios leave one →
  1. Guido Finzi permalink
    abril 17, 2013 7:45 pm

    Los intolerantes siempre logran sus propósitos cuando, los que están entre ellos y las víctimas, se desentienden con un cobarde “no va conmigo”. Al terminar la II G.M., los alemanes repitieron la cantinela de “no sabíamos nada”, los austriacos se autoproclamaron víctimas y los ejecutores de los crímenes “cumplíamos órdenes”.
    En un maravilloso libro de Elie Wiesel, “La ciudad de la fortuna”, un hombre sobrevive a los campos de exterminio alentado por el odio, el odio a la mirada indiferente de un vecino de su pueblo que miraba desde su ventana cómo se cargaban los trenes rumbo a la muerte, sin dejar de desayunar. Tras la liberación, regresa a buscarlo y enfrentar aquella mirada.

    Curiosamente, los países que más colaboraron con los nazis, fueron los que eran más despreciados por éstos, como los rumanos. Tanto fue así, que los SS se llegaron a escandalizar de los métodos de exterminios llevados a cabo por estos aliados.

    En fin, historias tristes de intolerancia, fanatismo y colaboracionismo.

    Un saludo y gracias por el texto.

    PD: El primero en utilizar la cruz gamada en Europa fue un partido antisemita rumano. Hoy en día, tenemos a Hungría tomando el asqueroso relevo.

    • abril 18, 2013 9:49 am

      Las tiranías se alimentan de la indiferencia y la pasividad de la mayoría y del aislamiento a la que son sometidos los individuos bajo el yugo del miedo. Necesitan forjar enemigos internos, por minúsculos que sean desde el punto de vista numérico, y que se presten con facilidad al rechazo o a la indiferencia de la mayoría, debido fundamentalmente a una larga tradición de rechazo. Los judíos reunían estas características en la Europa de los años treinta, así que se convirtieron en el objetivo de la tiranía. En la Unión Soviética la muerte repentina de Stalin detuvo una campaña antisemita promovida por el dictador.

      En la época de la “caza de brujas” éstas se convirtieron en objeto de persecución por el poder religioso y civil para sembrar el miedo y la desconfianza, fomentar el aislamiento de las personas, favorecer el clima de calumnia y delación y ejercer su tiranía con la máxima impunidad. Las brujas fueron un pretexto para afianzar su poder, como en el siglo XX lo fueron los judíos para las tiranías totalitarias. Brujas y judíos arrastraban una secuela de leyendas siniestras, alimentadas por la ignorancia, la superstición y el fanatismo: los tres pilares en los que se sustentan las tiranías.
      Los ejemplos de Rumanía y ahora de Hungría que citas son significativos. Estos dos países padecen crónicas crisis de identidad nacional por viejos problemas internos de diversa índole y han pagado la psicosis derivada de esas crisis arremetiendo contra la minoría hebrea y también contra la gitana. Detrás del antisemitismo suele esconderse una psicosis profunda, derivada casi siempre de una severa crisis identitaria,como la que padeció Alemania en el pasado.
      Muchas gracias de nuevo Guido, y espero que sigamos hablando…
      Un saludo

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