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La soledad del Gatopardo

abril 9, 2013

Este año se cumple el cincuenta aniversario del estreno de la película El Gatopardo, que dirigió Luchino Visconti, e interpretada, entre otros actores, por Burt Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale.  El guión se basa en la novela homónima del príncipe siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. El Gatopardo se publicó en 1958, un año después de la muerte de su autor, quien estuvo trabajando en ella los últimos treinta meses de su vida, ya muy enfermo y sumido en continuas depresiones.

Lampedusa falleció a los sesenta años mientras dormía, el 23 de julio de 1957. La escritura de la novela alargó la hora de la muerte, así que cuando la terminó tuvo la sensación de haber cumplido con su deber. Ya estaba preparado para morir.

Escena de "El Gatopardo", que filmó Luchino Visconti en 1963

Escena de la película “El Gatopardo”, estrenada en 1963

Todavía con vida, fue testigo del rechazo de El Gatopardo por dos grandes editoriales italianas, Mondadori y Einuadi. Antes de morir había comentado que, si bien le gustaría que se publicara, no quería que fuese a  expensas suyas. Finalmente la novela vio la luz en la editorial Feltrinelli poco tiempo después del fallecimiento de Lampedusa. Al también novelista Giorgio Bassani, que dirigía la colección Contemporanei en esta editorial, le entusiasmó.

En la carta que el autor de El jardín de los Finzi-Contini escribió a la viuda de Lampedusa, la psicoanalista Licy Wolff, le decía que desde la primera página se había dado cuenta de que se encontraba “ante la obra de un verdadero escritor” y que al ir avanzando en su lectura, se convenció de que “el verdadero escritor también era un verdadero poeta”.

La novela tuvo de inmediato una excelente recepción entre los lectores italianos. En julio de 1959 ganó el Premio Strega, el galardón de narrativa más importante de Italia, y en marzo de 1960 se habían vendido cincuenta y dos ediciones.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

El Gatopardo levantó fuertes discusiones y recibió duras críticas de los intelectuales encuadrados en la narrativa neorrealista, que la tildaron de reaccionaria. No aceptaban que fuese de lectura fácil, que los personajes estuviesen claramente perfilados y que utilizara una sintaxis convencional, sin concesión alguna a los experimentalismos frecuentes en aquellos años.

El cineasta Pasolini comentó que mientras en Italia “nos esforzamos  por hacer avanzar nuestra literatura, Lampedusa nos ha hecho retroceder sesenta años”. El escritor siciliano no pertenecía a ninguna camarilla ni, por tanto, merecía ser incluido por Pasolini en el “nosotros” que por entonces monopolizaba el mundillo literario en varios países europeos.

Para la tribu de literatos era un extraño, un desconocido, un anticuado que no se enteró jamás de la “crisis de la novela” y de los esfuerzos que hacían los autores vanguardistas por combatirla. El escritor Elio Vitorini confesó que sólo podría haber amado El Gatopardo si se hubiese escrito hacía mucho tiempo y se hubiera descubierto en algún archivo.

Según cuenta el biógrafo de Lampedusa, David Gilmour, la novela fue acusada de “derechas” por escritores como Alberto Moravia y Franco Fortini y por los pesos pesados de la influyente prensa comunista. La izquierda italiana se sumió en el desconcierto al enterarse de que Louis Aragon, destacado intelectual de filiación marxista, consideraba El Gatopardo

“una de las grandes novelas de este siglo, de todos los tiempos y tal vez…la única novela italiana”.

Louis Aragon

Louis Aragon

El también siciliano Leonardo Sciascia se retractó posteriormente de sus duras críticas del principio, argumentando que varios factores le habían impedido apreciar la novela en el momento de su publicación.

Una excepción en la propia Italia a la hostilidad que suscitó la novela por los intelectuales más notorios fue el poeta Eugenio Montale -el primer crítico que en su juventud descubrió el talento de Italo Svevo-, quien conoció a Lampedusa en el congreso literario de San Pellegrino Terme, celebrado en julio de 1954. Entonces no sospechaba que iba a convertirse en “un escritor que no tenía nada que envidiar a ninguno de los literatos” que participaron en aquel encuentro. Lampedusa asistió al congreso en calidad de acompañante de su primo el poeta Lucio Piccolo. Hasta esa fecha no había publicado nada.

Montale había escrito doce años antes, en 1946, que

“sólo los libros que en los tiempos duros resisten y asisten como compañeros fieles, sólo éstos son los libros de arte narrativo que verdaderamente superan las contingencias de la estética y el vaniloquio de las tendencias”.

El poeta y Premio Nobel de Literatura Eugenio Montale

El poeta y Premio Nobel de Literatura en 1975 Eugenio Montale

Gilmour sostiene que El Gatopardo ha envejecido  mejor que sus detractores y que “son los propios neorrealistas y experimentalistas los que ahora parecen superados”. Para el biógrafo de Lampedusa la razón principal del éxito de la obra reside en su atemporalidad y en su condición de “clásica” porque

“no tuvo en cuenta las manías de una generación de escritores y se concentró en preocupaciones eternas”.

Lampedusa vivió para la literatura. Pasó su existencia más bien monótona y silenciosa entre libros. Según Gilmour, la literatura “le proporcionó la mayoría de sus ideas y gran parte de su felicidad, y también alivió las profundas depresiones a las que se fue haciendo más propenso”. Su viuda comentó en una ocasión que

“nunca salía de casa sin un ejemplar de Shakespeare en su bolsa con el que poder consolarse si veía algo desagradable”.

Desde su adolescencia fue un lector ávido en cinco lenguas. Dicen que el éxito de su primo Lucio Piccolo le animó a emprender la escritura de su única novela, aunque la razón de fondo era la tristeza, pero también la responsabilidad, que le inspiraba la decadencia de su antiquísima familia y la desaparición de los recuerdos propios y heredados.

Desconfiaba de los críticos literarios, aunque salvaba a Hazlitt, Lamb, Sainte-Beuve y De Sanctis. Uno de sus libros favoritos era Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Consideraba La Cartuja de Parma, de Stendhal, la cumbre de la narrativa mundial, de la que admiraba (al igual que Elias Canetti, por cierto) su estilo “desnudo de ambiciones artísticas, casi desnudo de adjetivos, nostálgico, irónico, contenido y suave”.

Ejemplar original de la segunda edición de "La Chartreuse de Parme"

Ejemplar original de la segunda edición de “La Chartreuse de Parme”

Aunque el argumento de El Gatopardo gire en torno al cambio superficial que justifica el inmovilismo social y político, el telón de fondo de la novela reside en la paradoja que encierra el transcurso del tiempo, a saber, que, pese a los cambios que conlleva, deja las cosas más o menos como estaban antes de que se produjeran esos cambios.

Se trata de la misma idea transmitida por el sabio que escribió el Libro de Cohélet: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Por más que bajo ese sol acaezcan muchas novedades, lo sustancial de la vida permanece inamovible: la sucesión de las generaciones, de las modas y de las costumbres y el olvido que sigue a la muerte.

Lo único que tiene alguna posibilidad de perdurar en la marea del tiempo es el recuerdo de una época desaparecida que la voz narradora plasmó en las páginas del libro. Eso es lo que a fin de cuentas persigue Lampedusa: rescatar del olvido la historia de la ilustre familia siciliana de los Salina, encarnada en su protagonista, el príncipe Don Fabrizio –un personaje inspirado en el bisabuelo del escritor,  Giulio IV di Lampedusa, aficionado a la astronomía-, en un periodo de decadencia que en el curso de unos cincuenta años, entre 1860 y 1910, habría de abocarla a su extinción.

Burt Lancaster en el papel de Don Fabrizio, en la película de Visconti

Burt Lancaster en el papel de Don Fabrizio, en la película de Visconti

La revolución encabezada por Garibaldi se presenta como la réplica italiana de otras revoluciones europeas, a su vez réplicas de la primera de todas, la Revolución Francesa de 1789. Don Fabrizio comprende que en Italia y, particularmente en Sicilia, ha sonado la hora final para la aristocracia del Antiguo Régimen y de la monarquía borbónica que los representaba. Una nueva clase social, la burguesía del dinero, pugnaba por desbancar a la vieja casta cortesana.

Comprende que tiene que adaptarse a esos cambios, aunque no sea él quien se encargue de la adaptación sino su astuto, inteligente y guapo sobrino Tancredi, huérfano de unos padres aristocráticos y heredero de su ruina. El matrimonio de éste con Angelica, la hermosa hija del burgués más rico de la región, sellará el éxito de la adaptación a los nuevos tiempos. Don Fabrizio puede darse por satisfecho. Al fin se ha cumplido el designio de su querido sobrino, resumido en la célebre frase:

“Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”.

Claudia Cardinales, en el papel de Angela, y Alain Delon, en el de Tancredi, el sobrino de Don Fabrizio

Claudia Cardinales, en el papel de Angela, y Alain Delon, en el de Tancredi, el sobrino de Don Fabrizio de Salina

Pero el príncipe intuye que esa adaptación es sólo aparente y que en el fondo nada será igual que antes. A pesar de las humillantes concesiones que se ve obligado a hacer para que la adaptación repercuta lo menos posible en su familia y en su mundo personal, Don Fabrizio no está dispuesto a renunciar a su pasado y a la herencia recibida. Eso significaría renunciar a su identidad, a todo lo que es y representa. Que después de de su muerte venga el Diluvio si quiere, pero no mientras él viva.

Don Fabrizio no se engaña. Los años se le han echado encima, como quizá tuviera la oportunidad de descubrir tras su cita con la joven prostituta con que empieza la novela, a la que visita en compañía nada menos que del padre Pirrone, un jesuita surgido del pueblo, dotado de astucia y sentido común, y que hace las veces de confesor y confidente de su amo, como una suerte de Sancho Panza. Poco tiempo después ese descubrimiento será ratificado al enterarse de los amoríos de su sobrino.  Su vida se desliza hacia la vejez.

EL_GATOPARDO_Lancaster

Más pronto que tarde se le presentará la oportunidad de comprobar que la muerte no está muy lejos. Los cambios sociales derivados de la revolución garibaldina contribuyen a dar forma a esa decadencia física que, no obstante, el príncipe sobrelleva con dignidad, señorío y hasta sentido del humor.

En el despliegue de descripciones minuciosas de la vida cotidiana en el palacio familiar de Donnafugata, principalmente los banquetes y las fiestas en las que los Salina lucían sus mejores galas, Lampedusa mira a través de los ojos de su héroe, el viejo príncipe de Salina. Ese despliegue descriptivo es de una plasticidad proustiana, como si Lampedusa-Don Fabrizio tratara de ralentizar el curso del tiempo más que detenerlo y ofrendar al lector los recuerdos de una época condenada a desaparecer para así salvarla del olvido y de la muerte, todo lo contrario del ejercicio de taxidermia al que, en su impotencia y desesperación, se abandonarán las dos hijas solteras del príncipe.

No fue el Diluvio Universal lo que se precipitó sobre la familia Salina tras la muerte de Don Fabrizio sino el estancamiento. La piel disecada del perro del príncipe acabó en el basurero, así como la mayor parte de las reliquias de santos que sus hijas solteronas hicieron trasladar a la capilla del palacio. La farsa del Inmovilismo sucedió a la farsa del Cambio.

El palacio de Donnafugata, residencia principesca de los Salina

Escena de la película “El Gatopardo”, con el palacio de Donnafugata, residencia principesca de los Salina

Al tiempo no se lo puede engañar cuando se fuerza su aceleración con revoluciones tejidas más con palabras que con hechos, pero tampoco cuando se lo fosiliza con estériles ejercicios de taxidermia. Esta es la verdadera enseñanza que puede extraerse de la novela.

La parte final de El Gatopardo, en la que el tiempo ha corroído las viejas ilusiones de juventud, después de llevarse por delante a Don Fabrizio, a su esposa, a Tancredi y hasta al padre Pirrone, recuerda a la aceleración histórica que se describe en el cuento de Hebel Reencuentro inesperado para subrayar la atemporalidad del cadáver momificado del joven minero que fue hallado en en las profundidades de la mina en la que murió accidentalmente cincuenta años atrás.

El tiempo vuela, llevándose consigo el esplendor del pasado, pero, como el cadáver del minero, la mansión de los Salina sobrevive con sus momias dentro: las hijas de Don Fabrizio, para las que el tiempo parece no pasar, como tampoco pasaba para las reliquias mortuorias de santos de las que se rodearon en un intento vano por defenderse de sus estragos.

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6 comentarios leave one →
  1. Guido Finzi permalink
    abril 9, 2013 7:46 pm

    Desconocía esos detalles de “El gatopardo”, así que en primer lugar le agradezco los datos aportados. En cuanto a Giorgio Bassani, no me extraña que se fijara en esa novela; para mí, es uno de los grandes novelistas italianos del XX, y no sólo por la magistral “El jardín de los Finzi-Contini”, sino por otros títulos, entre los que descartaría “La garza” y su existencialista protagonista Edgardo Limentani (según confesó el autor, lo creó a partir del recuerdo de unos amigos suyos, judíos ferrareses, asesinados en la II G.M.).

    Finalmente, decirle que me sorprendió lo de Moravia ya que, en una entrevista que le hicieron, declaró que no existía grandes novelas comunistas o socialistas. Por lo tanto, acusar a “El gatopardo” de ser de derechas es, como mínimo, una redundancia. O algo peor.

    Un saludo y mi siempre reiterada felicitación

  2. abril 9, 2013 8:01 pm

    Bassani entendió enseguida la novela de Lampedusa. No estaba preso de las modas estéticas. A mí también me ha sorprendido la reacción de Moravia, pero se supone que Gilmour, el biógrafo, estaba documentado cuando anotó este comentario. Es posible que luego cambiase de opinión, como le ocurrió a la mayoría de los que al principio criticaron la novela. Hay que trasladarse a los debates de aquellos años, cuando no se veía más allá del neorrealismo y los dogmáticos dirigían el cotarro literario.
    No he leído el relato de Bassani “La garza”, y te agradezco la recomendación (he visto que hay una traducción en Cátedra).
    Guido, muchas gracias de nuevo por la lectura y el comentario.
    ¡Qué buenas las reflexiones sobre la realidad y la novela! Seguimos ahí.

    Un saludo

  3. Guido FInzi permalink
    abril 11, 2013 9:42 am

    “La garza” es un libro fantástico. Yo también lo tengo en una edición de Cátedra.

    En mayo del 2000, un azar venturoso me llevó a encontrar, paseando por la Cuesta de Moyano, un libro de cuentos de Bassani: “El olor del heno”, Seix Barral 1974.

    “El jardín de los Finzi-Contini” debería ser de lectura obligada en los institutos.

    Un saludo

  4. abril 11, 2013 7:01 pm

    Tomo nota de la nueva (para mí) traducción de los cuentos de Bassani. Otra cuestión es que la encuentre.
    Sí, estoy de acuerdo contigo, que “El jardín de los Finzi-Contini” debería leerse en los institutos. Confiemos en que algún profesor se anime. Al menos ya tiene aquí la invitación.
    Muchas gracias, Guido, por estas dos recomendaciones.
    Un saludo

  5. abril 26, 2013 7:30 pm

    No solo el Jardin de los Finzi-Contini, sin también El Gatopardo debería leerse en los institutos. Yo lo intenté hace unos años (soy profesora de Geografía e Historia) con los alumnos de 1º de Bachillerato, de forma voluntaria, cuando estábamos estudiando el siglo XIX y la unificación italiana. He de decir que hoy es dificilísimo hacer leer a los alumnos algo, la mayoría sienten que leer un libro es una tortura. Por suerte hay excepciones.

    • abril 26, 2013 7:37 pm

      Sí, tiene que ser difícil hacerles leer estos libros, sobre todo porque no tienen idea de los contextos históricos de las novelas. Además seguro que tampoco conocen las excelentes versiones cinematográficas, como la que hizo Visconti de la novela de Lampedusa. Las excepciones “salvan los muebles” de esta catástrofe. Gracias por el comentario y enhorabuena por su hermoso blog.

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