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Hechos, imágenes y palabras

abril 3, 2013

1.- Primero fue una bofetada. “Facta, non verba”; “Hechos, no palabras”. Este proverbio latino puede leerse como el primer ataque en toda regla perpetrado contra el lenguaje verbal. Encaja en el pragmatismo que se atribuye a los romanos, un pueblo adiestrado en la acción y siempre dispuesto a emprenderla a cualquier precio. Aunque en el proverbio los hechos y las palabras aparecen igualados por una cantidad indeterminada, si se los mide por la calidad, salen ganando los hechos.

Parece que el dramaturgo Henrik Ibsen reparó en este matiz al afirmar que “no se graban tanto mil palabras como un solo hecho”, rompiendo así el equilibrio entre los dos antagonistas del proverbio latino e inclinándose a favor del singular y memorable “hecho”, frente a las mil palabras olvidadizas.

Henrik Ibsen

Henrik Ibsen

Los hechos son visibles y demostrables, no necesitan justificarse. Mientras actúan, guardan un silencio elocuente. Transcurren en el presente, al contrario que las palabras que los preceden en forma de promesas de cumplimiento cuando menos dudoso. Los hechos revelan; las palabras anticipan y a menudo ocultan. Su campo de juego es el futuro incierto. “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, reza un refrán español. Alargan el tiempo de espera. Por eso hacen un buen papel en las antesalas, como intuyó Sherezade, a la que salvaron de una muerte segura. Pero fuera de esa circunstancia, sólo sirven para aplazar lo inaplazable: ¡los hechos!

La apelación contundente a los hechos denota un cansancio acumulado después de la larga espera provocada por las palabras. “Queremos hechos, no promesas ni intenciones”, sería la versión más explícita del proverbio latino. Es la acción la que define a un hombre más que su deseo de acometerla. “Por sus frutos los conoceréis”, aseveró Jesús en su invectiva contra los falsos profetas, y poco antes de su cruel muerte acusó a los escribas y fariseos de decir, pero no hacer. Él mismo se negó a escribir nada. Sólo en una ocasión garabateó unas palabras sobre la arena, pero antes de que fuesen leídas por alguien, prefirió borrarlas. Parece que de esta forma trató de distanciarse de sus adversarios, a quienes la escritura dotaba de un poder que el Maestro se negó a compartir con ellos.

El actor norteamericano Edwin Booth en el papel de  Hamlet, alrededor de  1870

El actor norteamericano Edwin Booth en el papel de Hamlet, alrededor de 1870

Pero fue Shakespeare quien dedicó una de sus obras teatrales al divorcio de la acción y la palabra. En Hamlet el joven príncipe de Dinamarca vive atormentado por su inepcia para transformar sus palabras en hechos. Conoce y comprende, pero se siente impotente para actuar en consecuencia con su conocimiento y comprensión.

Mientras permanecía cautivo en esa indefinición, estaba lejos de alcanzar el mérito por el que sería recordado después de su muerte: la acción heroica de vengar el asesinato de su padre, el rey Hamlet, por el hermano de éste, Claudio. La impotencia derivada de sus dudas amenazaba con perpetuarlo en la inmadurez. El deber apremiante de hacer justicia al padre asesinado por su tío Claudio, quien poco después de la muerte de aquel no dudó en desposar a la viuda, su cuñada Gertrudis, la madre del joven príncipe, le incita a abandonar su papel de espectador de una realidad hiriente y saltar al de actor, pero no en el sentido teatral del término -que es en el que se encuentra varado-, sino en el real.

El actor actúa en un escenario, obedeciendo al guión de un papel escrito para él y con el que no tiene por qué comprometerse más allá de su función interpretativa; el hombre se compromete con la acción que emprende, asumiendo el riesgo y la incertidumbre que pueda acarrearle.

“Palabras, palabras, palabras” responde Hamlet al cortesano Polonio cuando le pregunta por el libro que está leyendo. Con semejante respuesta, el príncipe pensaba en la charlatanería  empapada de falsedad en la que se ahogaba la corrupta y ensangrentada corte de Elsinor, pero quizá también en su propio laberinto de palabras del que se mostraba incapaz de salir.

Lawrence Olivier en el papel de Hamlet, en la escena en que, a la pregunta de Polonio "¿Qué leéis, mi señor", le responde "Palabras, palabras, palabras"

Lawrence Olivier en el papel de Hamlet, en la escena en que, a la pregunta de Polonio “¿Qué leéis, mi señor”, le responde “Palabras, palabras, palabras”

También en Rey Lear, Shakespeare desprestigió las palabras, sobre todo cuando están preñadas de promesas. Tras anunciar su propósito de dividir el reino entre sus tres hijas, el rey Lear les pidió que le dijeran en qué grado le profesaban amor y reverencia. Dos de ellas se deshicieron en palabras untuosas. Pero al llegar el turno de Cordelia, la más pequeña, enmudeció. Las palabras no le venían a los labios porque sabía que el amor se manifiesta con hechos y no con palabras prometedoras.

Obnubilado por el deseo de recibir promesas de amor de sus hijas,  Lear interpretó el silencio de Cordelia, su predilecta, como una ofensa y no como una lección de cordura. El rey pagará un doloroso tributo por su torpeza.

"Lear y Cordelia", del pintor John Rogers Herbert (1876)

“Lear y Cordelia”, del pintor John Rogers Herbert (1876)

La oposición entre hechos y palabras nace del reproche de aquellos a éstas por su pasividad o impotencia para traducirse en acción. Siguiendo la metáfora del evangelista Juan, el Verbo tiene que hacerse Carne para que adquiera sentido.No le está permitido instalarse en su condición primigenia.

La palabra no constituye un fin en sí misma sino que desempeña una función transitoria: hacer de puente entre la reflexión y la acción. Por tanto, el reproche excluye la pretensión de que los hechos sustituyan a las palabras. Unos y otras son antagónicos por circunstancias.

Justamente porque se trata de un antagonismo circunstancial, los hechos pueden engendrar palabras, al menos siempre que alguien esté dispuesto a narrarlos en un lenguaje apropiado. Y viceversa: también las palabras pueden forjar hechos, como han demostrado con creces la historia y la literatura.

Sin la lectura de los libros de caballerías es probable que ni Ignacio de Loyola ni Teresa de Ávila hubiesen concebido sus ambiciosas empresas espirituales. Tampoco Cervantes habría creado a Don Quijote ni éste habría decidido dar un vuelco a su monótona existencia de hidalgo al borde de la vejez, embarcándose en la imitación de la vida de los caballeros andantes tal como se la pintaba en los libros del género. Muchos relatos históricos, incluso aquellos que idealizaron o falsificaron sus autores, han inspirado a políticos y caudillos militares para acometer arriesgadas aventuras.

"Don Quijote leyendo", de Honoré Daumier

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier

2.- Después de la bofetada, vino la humillación. También en esta ocasión se manifestó a través de una sentencia no menos contundente que el proverbio latino: “Una imagen vale más que mil palabras”. Sólo que en este caso se trata de una interpretación libre de un viejo proverbio chino:

“El significado de una imagen puede expresar diez mil palabras”.

La sutil oposición que el sabio estableció entre la unicidad de la imagen y la pluralidad de las palabras contrasta con la malicia apreciable en su moderna interpretación. En esta última se recurre a la comparación para quebrar la cerviz de las palabras, prescindiendo de matices.  Con cuánto placer se las desenmascara por su flanco más débil -la cantidad- que, sin embargo, constituye su elemento característico, ése que los valientes hechos, seguramente guiados por el pudor, no se atrevieron a derribar.

En efecto, cualquier mensaje que queramos transmitir -ya sea un deseo, una idea, un temor, un sueño-, hemos de hacerlo utilizando un buen puñado de palabras. Con monosílabos no vamos muy lejos, aunque, como bien saben los novios que en el día de su boda comparecen ante el oficiante, haya síes y noes mucho más decisivos que el cortejo de palabras que podría acompañarlos.

Pero el proverbio pretende ridiculizar la cantidad de palabras que necesitamos para expresar algo, y que opone a la parquedad de la imagen. Como el gigante Gulliver, ésta se yergue amenazadora sobre el millar  de palabras liliputenses que se apretujan bajo la banqueta para ponerse a salvo de las pisadas del temible enemigo.

palabras

La idea de que una imagen vale más que mil palabras sólo pudo surgir en un mundo dominado por el pragmatismo y la eficiencia económica. En ese mundo la economía de medios determina el funcionamiento de la propia economía, por lo que una onza de oro vale también mucho más que mil perras gordas. Peor todavía, la cantidad denota una calidad deficiente.

¿De qué sirve que las palabras sean muchas si una sola imagen muda y lo bastante expresiva para los ojos de quienes la contemplan, las hace completamente superfluas? La ironía de la máxima encierra una acusación contra las palabras –banalidad, superfluidad, confusión- y un simétrico elogio a su oponente, la imagen, a la que se otorga una victoria segura sólo porque se tiene la certeza de que quienes capten su significado serán siempre muchos más que quienes entiendan las mil palabras que se necesitan para explicarla.

Gracias a la sofisticada tecnología audiovisual, la imagen se ha convertido en la reina de la comunicación; está en todas partes, su poder omnímodo se propaga por las calles de las ciudades y penetra en los hogares de todo el mundo. Se halla expuesta a la mirada incluso de quienes desearían no verla. Cuantos más la miren, mayores serán los réditos que obtenga su patrocinador.

El hombre tecnológico no se cansa de mirar: carteles, fotos, pantallas de televisores, de cines, de ordenadores, de tabletas electrónicas. Él mismo juega a cazar imágenes que captura con su cámara fotográfica, absteniéndose de retenerlas en la memoria quizá para luego describirlas con palabras.

Times Square, el centro neurálgico de Nueva York rodeado de carteles luminosos y pantallas gigantescas

Times Square, el centro neurálgico de Nueva York, rodeado de carteles luminosos y pantallas gigantescas

Hasta las páginas de los viejos libros de papel se han convertido en un espectáculo para este insaciable devorador de imágenes al que la industria que las produce por millones no deja de ofrecérselas para que siga mirando. Imágenes nuevas, estáticas y en movimiento, captadas en cualquier punto del planeta, y que se expanden a la velocidad de la luz, para extinguirse poco tiempo después sin dejar huella, sepultadas por otras nuevas. No es preciso estar alfabetizado para interpretarlas. Basta con mirarlas para que sus receptores las entiendan al instante, al contrario que las palabras, en las que es preciso detenerse, vocablo por vocablo, con todo el aparato de reglas gramaticales que incluso pueden modificar su sentido, sin que ese esfuerzo se traduzca necesariamente en un resultado plausible.

De tanto mirar imágenes mudas, que se bastan a sí mismas para definir aquello que pretenden transmitir, nos hallamos ante la experiencia insólita de que las palabras denostadas amenazan con oxidarse. Así, hemos llegado al extremo, incomprensible para nuestros antepasados, quienes sólo disponían de palabras, de que nadie tiene nada que contar a nadie puesto que todos presumen de haber visto lo mismo.

Sin embargo, ciñéndonos a la literalidad del aforismo -“Una imagen vale más que mil palabras”-, cabe alegar a favor de éstas que su cantidad no se contradice con su pluralidad. Por mucho que se parezcan entre sí y que digan casi lo mismo, como se infiere del aforismo, son distintas.

En cambio, la imagen es una, aunque esa unicidad aspire a decir mucho más que mil palabras. Se muestra directa e invariablemente, ofreciendo una sola cara; es plana, sólo puede ser vista, carece de profundidad. Lo que se ve de ella es lo que muestra y lo que muestra es lo que es. Aquellos que la miren, verán lo mismo, por lo que parece bastante probable que esa percepción homogénea suscite una opinión igualmente uniforme.

"La torre de Babel", de Brueghel el Viejo (1563)

“La Torre de Babel”, de Brueghel el Viejo (1563)

Porque son muchas y a menudo polivalentes, las palabras se prestan a interpretaciones diversas, al doble significado, a la confusión babélica y al malentendido, impidiendo que sus destinatarios se formen una opinión unánime, como la suscitada por la imagen.

La imagen pertenece al presente y se agota en su propia expresividad. Hace enmudecer a sus receptores, a los que pretende impresionar. Aspira a reducir la distancia entre éstos  y ella misma, acortando el tiempo necesario para su comprensión.

La victoria de la imagen sobre las mil palabras del aforismo se explica porque nuestra época se alimenta de presente y a medida que lo devora, necesita consumir más. La imagen es la expresión de ese apetito voraz de un presente tiranizado por la prisa.

La palabra, sobre todo la escrita, es conservadora, aspira a perdurar. De ahí su renuencia a la liquidez de la pantalla electrónica. Vive en el tiempo. No le importa sobrevivir a las que le sucedan, envejecer y compartir con ellas su espacio. Quiere que se la recuerde cuando haya traspasado la frontera del presente. Más aún, se proyecta hacia el futuro.

FOTOS

En sintonía con el proverbio que ensalza su unicidad, la imagen rara vez forja palabras, lo que se explica por su propósito deliberado de sustituirlas, tal como reza el proverbio que subraya su eficacia comunicativa. La cámara fotográfica y de vídeo han acabado con la fecunda tradición de los diarios de viajes. Cada vez que un turista apunta su objetivo hacia algún edificio o escena podemos tener la seguridad de que no se molestará en describirlos en un cuaderno de notas.

Sin embargo, las palabras engendran imágenes. El arte religioso de Occidente halló una rica fuente de inspiración en las historias bíblicas. La Contrarreforma católica basó su estrategia propagandística en la pintura y la escultura religiosa, inspirada en episodios de los Evangelios y en leyendas de milagros. Numerosos pintores buscaron los argumentos de sus cuadros en la mitología grecolatina, en La Ilíada, en La Odisea o, como Botticelli, en un cuento de Boccaccio.

Gustave Doré se inspiró en algunos de los episodios más significativos del Quijote y de la Divina Comedia para pintar sus grabados. Abundan los casos de guionistas y directores de cine que han basado sus películas en lecturas más o menos fieles de novelas o piezas teatrales.

Al entrar directamente por los ojos, la imagen limita la imaginación y la vuelve perezosa. Pero ante la descripción verbal de un objeto es preciso imaginar más que si se lo contempla. En suma, la palabra estimula la imaginación.

Sandro Boticceli se basó en un cuento de Bocaccio para pintar las tres tablas que componen "Historia de Nastagio degli Onesti", (Museo del Prado)

Sandro Botticelli se basó en un cuento de Boccaccio para pintar las tres tablas que componen “Historia de Nastagio degli Onesti” (Museo del Prado)

3.- Hace poco más de un siglo un puñado de intelectuales denunció la vacuidad del lenguaje. Las palabras prometían mucho sin decir nada, además de confundirlo todo. Unas décadas después, la Primera Guerra Mundial, el torbellino de las ideologías de masas y los totalitarismos criminales y mentirosos confirmaron su denuncia. Sólo que éstos también recurrieron a las imágenes para vender sus mentiras.

En 1945 las imágenes de la hecatombe y el genocidio programado por uno de esos totalitarismos fueron recibidas con horror y silencio. Pero después del primer impacto causado por ellas, hubo que volver a las denostadas palabras, en contra incluso de la sentencia de T.W. Adorno, quien dijo que no puede haber poesía después de Auschwitz. Nunca como entonces fueron tan necesarias. Aunque las imágenes hablasen por sí solas, no era suficiente. Hacía falta una explicación verbal.

Entonces se descubrió la insuficiencia de la imagen, su punto débil: que no siempre cabe inferir de ella las causas de los hechos que muestra, por explícitos y evidentes que sean. Cualquiera podía entender la escena de la excavadora recogiendo los cadáveres de hombres, mujeres y niños, apilados en el campo de exterminio, para arrojarlos a una gigantesca fosa común. Pero eso no bastaba para desentrañar su sentido. Después de todo las imágenes pasan y cuando, además, desagradan profundamente al ojo humano, lo único que se desea es olvidarlas lo antes posible. Pero en esta circunstancia ver y callar hubiese sido tan inhumano como el mutismo de quienes, testigos del horror, también vieron y callaron.

Por primera vez una imagen no sustituía a mil palabras. Eran los muertos y los supervivientes quienes las reclamaban, después de que la tiranía asesina los conminase al mutismo: “Aquí no hay porqués”, respondió el guardián de Auschwitz a Primo Levi cuando éste le preguntó por qué le impedía calmar la sed con el pedazo de carámbano que colgaba de una ventana.

Primo Levi

Primo Levi

 4.- Hamlet desistió finalmente de sus palabras para arrojarse al foso de la acción combativa, como un gladiador dispuesto a matar y a morir. A fin de cuentas el amargo reproche contra éstas apuntaba más a él mismo, a su propia charlatanería paralizante, que a sus enemigos. Sin embargo, antes de extinguirse en el fragor de la lucha no olvidó encomendar a su amigo Horacio que contase a la posteridad quién había sido Hamlet y por qué causa ofrendó su vida.

Podemos imaginar que Horacio aceptó el desafío, dedicando el resto de su vida a componer la biografía del amigo difunto. Temía que si se limitaba al relato oral, su testimonio se hundiría en la ciénaga del olvido. Él había sido fiel a Hamlet, cumpliendo con el encargo que le encomendó, pero ¿quién le garantizaba que su relato sobreviviría al paso de las generaciones? ¿Qué Horacio le sucedería cuando él muriese, que transmitiera su testimonio a la siguiente generación? Así que decidió dar a la imprenta sus escritos, para que la letra impresa asegurase su perdurabilidad más tiempo que la simple transmisión oral. 

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5 comentarios leave one →
  1. abril 3, 2013 1:01 pm

    Si no lo he entendido mal, veo en el artículo dos contraposiciones diferentes y simultáneas: imagen-palabra, acción o hecho-palabra. Sobre la primera, se me ocurre decir que la palabra (mi preferida) ha de aprender de la imagen cierta contención y concentración de significados. Sobre la segunda, solo una de las varias observaciones de aquel profundo sabio disfrazado de payaso: “When man acts he is a puppet. When he describes he is a poet”.

  2. abril 3, 2013 7:16 pm

    Me parece muy apropiada tu observación acerca de lo que puede aprender la palabra de la imagen y viceversa. Hamlet es un poeta cuando habla pero como hombre de acción deja mucho que desear y si algo no quiere ser precisamente es una marioneta de sus acciones; por eso prefiere aplazar el momento de ejecutarlas.
    Un saludo, Antonio

  3. Guido Finzi permalink
    abril 4, 2013 11:33 am

    Yo creo que son los hechos los que pasan, y las palabras las que permanecen. Dicho esto, no puedo aportar nada a tu texto, así que me limito a felicitarte (como de costumbre).

    Un saludo

  4. abril 4, 2013 12:57 pm

    Muchas gracias, Guido. Así es: sin las palabras, los hechos serían “agua pasada”, también para quienes desean que “pase” cuanto antes.
    Un saludo

  5. septiembre 15, 2013 2:02 pm

    Reblogueó esto en pretextosdeagua.

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