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El baciyelmo de Sancho Panza

marzo 20, 2013

“Uno nunca tiene la razón, pero con dos comienza la verdad”. Friedrich Nietzsche

El Quijote es una novela de diálogos: los que sostienen el caballero andante y su escudero en su travesía desde la ignota aldea manchega hasta una gran ciudad como Barcelona. En sintonía con la peculiar locura de Don Quijote, al que los encantadores le transforman las personas y las cosas en algo muy distinto de lo que son, también la arquitectura de la obra lleva la impronta del diálogo y el desdoblamiento. De una cosa brota siempre otra aparentemente contraria, lo que no obsta para que se embarquen en una provechosa relación.

Así, el bienintencionado caballero Don Quijote surge del bondadoso hidalgo Alonso Quijano, del mismo modo que de la apasionada conversación que éste mantuvo con los libros de caballerías en sus noches locas de lectura surgirán sus impetuosas acciones, ridículas para los cuerdos.

"Don Quijote leyendo", grabado de Gustave Doré

“Don Quijote leyendo”, grabado de Gustave Doré

Seducido por una credulidad ciega e insensata en esos libros, el lector Alonso Quijano imita a sus admirados caballeros andantes, transformándose en uno de ellos, en un intento de fusionar la literatura con la vida y de poner fin a la disyunción de ambas que practicaban los lectores sensatos, quienes leían esos libros para entretenerse, no para imitarlos.

La locura quijotesca se alterna con una desconcertante sabiduría, al igual que la cerrazón de Sancho Panza convive con la astucia, el pragmatismo y el sentido común.

El Sancho Panza genuino, para quien  “el pobre debe contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo”, convive con el apócrifo, que en el capítulo II (también apócrifo) de la Segunda Parte muestra a un tipo ambicioso, oportunista y sediento de ascenso social.

Sin el recuerdo de la tosca aldeana Aldonza Lorenzo, a la que el hidalgo amó platónicamente durante doce años, no habría surgido la fantasmal y sofisticada Dulcinea del Toboso a la que Don Quijote rinde culto.

El ponderado gobernador de la Ínsula Barataria es el mismo Sancho Panza que hasta poco antes pastoreaba un rebaño de cabras.

"Sancho juez en la Ínsula Barataria", de Gustave Doré

“Sancho juez en la Ínsula Barataria”, de Gustave Doré

Las Armas, que encarna el caballero andante, dialogan con las Letras, representadas por la inspiración libresca que impregna la imaginación de Don Quijote y por la crónica en la que Cide Hamete Benengeli plasmó sus aventuras y desventuras. También la remota Edad de Oro añorada por Don Quijote sostiene un tenso diálogo con la presente Edad de Hierro, denostada por el caballero.

Don Quijote establece un atrevido antagonismo entre la profesión del caballero andante y la religiosa. Si los seguidores de ésta piden al cielo el bien de la tierra, los seguidores de aquella se encargan de ejecutar esa petición.

Dos caballeros fantasmales retan a Don Quijote: el Caballero de los Espejos, quien, a raíz de la derrota que le inflige Don Quijote, adoptará el disfraz de Caballero de la Blanca Luna, con el que terminará derrotándolo. Sin embargo, ambos están encarnados en un mismo individuo, el burlón y vengativo estudiante Sansón Carrasco.

Bajo la identidad del titiritero Maese Pedro se zafa el innoble galeote Ginés de Pasamonte.

En la novela se describen dos excursiones fantásticas, una a las profundidades de la Tierra -la de Don Quijote a la Cueva de Montesinos- y otra por el firmamento, la de Sancho, a lomos del caballo de madera Clavileño, en compañía de su amo.

Don Quijote y Sancho Panza a lomos del caballo de madera Clavileño, en el palacio de los Duques

Don Quijote y Sancho Panza a lomos del caballo de madera Clavileño, en el palacio de los Duques, por Gustave Doré

El hidalgo Don Diego de Miranda (Caballero del Verde Gabán), sensato, prudente, rico, devoto católico, felizmente casado, con un hijo aspirante a poeta y despectivo con los libros de caballerías, dialoga con el hidalgo Alonso Quijano (Don Quijote de la Mancha), pobre, medio loco, soltero, sin hijos y devoto de los libros de caballerías. Pese a la aparente afinidad social que los une, ambos guardan las distancias. No resulta extraño que Don Quijote se identifique más con el joven bandolero catalán Roque Guinart que con Don Diego de Miranda, aunque el bandolero apenas se identifique con él.

Don Quijote sale de su aldea para hacer realidad su sueño de ejercer de caballero andante (aunque en realidad las salidas sean tres) y vuelve  a ella definitivamente, derrotado por el Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona, para morir pocos días después.

El Quijote consta de dos partes en apariencia antitéticas: en la Primera Don Quijote procura adaptar en vano la realidad a sus fantasías caballerescas. De ahí que esté  salpicada de encontronazos del caballero con gentes -rostros anónimos y vulgares- impermeables a su locura. Pero en la  Segunda Parte la realidad se adapta artificialmente a las fantasías del caballero, produciéndose casi un perfecto acoplamiento entre el universo quijotesco y la maliciosa farsa que los Duques le organizan a él y a Sancho en su palacio.

Cervantes aprovecha la publicación del Segundo Tomo del Quijote espurio firmado por Alonso Fernández de Avellaneda para confrontar a los  dos Quijotes, el verdadero, el suyo, y el falso, este último con sus también falsos Don Quijote y Sancho Panza.

Portada de la primera edición del seundo Tomo del "Quijote" firmado por Alonso Fernández de Avellaneda

Portada de la primera edición del Segundo Tomo del “Quijote” fechada y firmada por Alonso Fernández de Avellaneda, “natural de Tordesillas”

La novela está contada por dos narradores principales: Cervantes, “padrastro” de la historia, y el arábigo (y sarcástico) Cide Hamete Benengeli.

El carácter dialogal del Quijote se manifiesta también en la ambivalente opinión -negativa primero y positiva inmediatamente después- que el Canónigo de Toledo (alter ego de Cervantes) vierte sobre los libros de caballerías y el Cura Pedro Pérez (amigo del escritor) sobre las comedias.

El lenguaje escrito del caballero, heredero de la retórica renacentista, mantiene un fructífero coloquio con el popular y sentencioso de Sancho, heredero de la tradición oral de la Edad Media. Y en determinados pasajes de la novela la literatura pastoril se entremezcla con la caballeresca.

El contraste entre cada uno de los dos componentes que conforman estas dualidades no excluye el diálogo entre ellos. De esta forma escapan a la polarización que se observa en el dualismo antagónico presente en numerosas obras teatrales de Shakespeare y de algunas de las grandes novelas del siglo XIX, y mediante el cual se pretende resaltar las virtualidades de uno de los elementos que lo configuran con el propósito de subrayar los defectos del otro.

Pero el núcleo de la dialéctica que impregna la novela de Cervantes reside en el tándem que forman sus dos personajes centrales, Don Quijote y Sancho Panza. El inicial antagonismo entre la figura enjuta del caballero y la rechoncha del escudero va derivando a lo largo de la historia en una simpática complementariedad que jamás concluirá en la absorción de uno por el otro.

"Don Quijote y Sancho Panza", grabado de Gustave Doré

“Don Quijote y Sancho Panza”, grabado de Gustave Doré

La locura libresca del caballero armoniza graciosamente con la ignorancia analfabeta de Sancho. En sus frecuentes episodios de cordura, Don Quijote sostiene un enriquecedor diálogo con el sentido común, salpimentado de una portentosa sabiduría popular, de que hace gala el escudero.

El lenguaje aristocrático y puntilloso de Don Quijote se entiende maravillosamente con el lenguaje rústico y popular de Sancho; el tono sentencioso, de raigambre humanista, que impregna ocasionalmente el discurso del caballero, se compagina en feliz armonía con la irregular pericia de Sancho para ensartar refranes.

La eficacia de su relación se basa precisamente en que cada uno de ellos conserva intacta su idiosincrasia así como la identidad social-literaria que los distingue.  Recuerda a la amistad evocada con nostalgia por Montaigne, quien, rememorando la suya con el difunto Étienne de La Boétie, confiesa que si le quería era “Par ce que c’estoit luy, par ce que c’estoit moy” (“porque él era él; porque era yo”).

 En el Quijote Cervantes demostró que es mucho más fácil plasmar en una obra literaria el talante conciliador que en la realidad.  Es como si al escribir la novela lo hiciera inspirado por la lejana influencia erasmista que, si seguimos la línea investigadora de los historiadores Américo Castro y Marcel Bataillon, desde su temprana juventud habría de marcar el rumbo de su pensamiento.

En este sentido es significativo que en una de sus últimas obras, el Viaje del Parnaso, volviese este motivo, como se observa en los siguientes versos:

“Nunca a disparidad abre las puertas

mi corto ingenio, y hállalas contino

de par en par la consonancia abiertas” .

 Una de las características que quizá definan con más amplitud el erasmismo es su tendencia hacia la conciliación entre elementos en principio irreconciliables, cualidad que el propio Erasmo, un hombre determinado por múltiples contradicciones, supo aplicar a su vida. Como señala Stefan Zweig en la biografía que escribió del célebre humanista, era

“un alma de muchas zonas superpuestas, un conglomerado de las más diversas aptitudes, una suma, pero no unidad. Audaz y acobardado, avanzando con fuerza y, no obstante, indeciso en el último golpe; luchador en su espíritu y amante de la paz en su corazón, soberbio como literato y profundamente humilde como hombre, escéptico e idealista, enlaza en sí, en una mezcla poco uniforme, todos los opuestos elementos”.

Retrato del humanista Erasmo de Rotterdam, por Hans Holbein

Retrato del humanista Erasmo de Rotterdam, por Hans Holbein

Erasmo intentó aunar la sabiduría popular, expresada a través refranes y dichos anónimos, y la sabiduría sentenciosa heredada de la Antigüedad grecolatina y de la tradición bíblica. Igualmente, encadenó sin dificultad la docta ignorancia con la erudición moderada y oportuna; el empirismo con la discusión teórica; el estilo directo, sin ceremonias ni retórica huera, con una prosa cuidada y de aparente facilidad.

Zweig define la fuerza de su genio en

“el arte singular de limar conflictos mediante una bondadosa comprensión, de aclarar lo turbio, de concertar lo embrollado, de casar lo nuevo con lo desunido y de dar a lo disgregado un más alto enlace común”.

Por ello, añade Zweig,  sus contemporáneos “llamaron simplemente “erasmismo” a esa voluntad de comprensión que actuaba en plurales formas” y que “consideraba también como posible, en el ámbito total del mundo, el enlace de lo irreconciliable aparentemente”.

Stefan Zweig

Stefan Zweig

Cervantes forjó los desdoblamientos que impregnan el Quijote para afianzar su idea medular de que los conceptos y bandos monocolores propician la aparición de antagonistas de naturaleza similar, incitándolos a una lucha de la que cada cual espera salir vencedor a fin de perpetuarse en una peligrosa unicidad. Al concebir esta idea es probable que tuviese en mente la derrota del erasmismo y las subsiguientes guerras de religión que dividieron a Europa, y la obsesión por la limpieza de sangre que, desde la expulsión de los judíos en 1492 (y en 1609 de los moriscos), atormentaba a los españoles bajo la mirada severa de la Inquisición.

La sugerente ambigüedad del Quijote tiene un divertido reflejo en el vocablo baciyelmo con el que Sancho Panza bautizó la bacía del barbero Nicolás que su amo, cegado por su monomanía y la vaga semejanza entre ambos objetos, tomó por el yelmo de Mambrino, en contra del criterio de los cuerdos. Ante la agria discusión, Sancho satisfizo a los contendientes denominándola baciyelmo.

Con esta genial solución, Cervantes se anticipó en tres siglos a Freud al advertir que las disputas más empecinadas suelen darse por pequeñas diferencias. De paso, nos enseñó que, en tanto que dueños del lenguaje, debemos utilizarlo si no para entendernos, al menos para evitar disputas estériles y de efectos indeseados.

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3 comentarios leave one →
  1. Guido Finzi permalink
    marzo 20, 2013 12:48 pm

    Todos los cuerdos lo somos del mismo modo, pero cada loco lo es a su manera. Cuanto más déficit de fantasía tiene un individuo, más aprensión siente hacia la locura y más se refugia en la coherencia.

    Como escribiera mi admirado Elie Wiesel: “D-os ama a los locos. Son los únicos a quienes permite que se le acerquen”.

    Otro texto en la misma línea de excelencia que los anteriores. Un saludo

  2. marzo 20, 2013 7:01 pm

    Es verdad, y no había caído en ello, que la cordura es uniforme y la locura, variada, aunque con sus “monotemas”, como la de Don Quijote con su obsesión con la caballería andante, pues, como demostró más tarde, el universo pastoril no era su punto fuerte. Y también comparto la idea de que a menos fantasía, más coherencia, ese tipo de coherencia cuadriculada y, cómo no, monotemática a su manera.
    Gracias, Guido, por tu lúcidas (y oportunas) observaciones.

    Un saludo

  3. septiembre 19, 2013 12:14 pm

    Cervantes, buen caminante y observador, veía cómo caminaba el mundo, como siempre al revés, y no estaba de acuerdo con muchas cosas. Después de tantas batallas y de perder su mano, empezó a vivir en un mundo de fantasías para apartar la cruda realidad, Junto con Sancho, hombre bonachón, empezaron a recorrer caminos y posadas dando a entender que aquello era un mundo de bobos comparando a los ejércitos con rebaños de ovejas. Al recopilar esas novela del Quijote quiso decir que todos eramos un poco Quijotes, Tensy.

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