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Chéjov, un profesional de la esperanza

marzo 12, 2013

El microcosmos que Anton Chéjov describe en sus relatos y piezas teatrales se corresponde con una sociedad inmersa en un galopante proceso de descomposición. Las gentes de clase media o de la aristocracia rural que pueblan su universo literario se muestran incapaces de escapar de su desidia. No saben hacer nada útil ni tampoco se les ha enseñado a ejercer un oficio o una profesión práctica. Viven presos de sus obsesiones mezquinas.

Como consecuencia de ello, carecen de un proyecto de vida claro y coherente con unos fines. Su imaginario social se reduce a una banal emulación de la burguesía urbana. En cuanto a la religión, para ellos no es más que un adorno o a lo sumo un vestigio del pasado, sin el contrapeso de un sentido práctico de la existencia. Están condenados a vegetar en escenarios anacrónicos.

Chejov solo

Retrato de Anton Chéjov

Sólo el artista percibe un atisbo de consuelo en la descripción sumaria que ofrece de los hermosos ambientes naturales en los que se desarrollan las historias de esos personajes autómatas. Sin embargo, no siempre  éstos parecen beneficiarse de tal consuelo y permanecen ajenos a la belleza que los rodea.

Algunos de los protagonistas de sus historias manifiestan la lucidez suficiente como para percibir ese clima de descomposición. Pero cuando intentan escapar, sucumben en el intento por impaciencia, como el personaje homónimo del relato titulado Ionich, o desisten, contaminados ya por la enfermedad que se ha instalado definitivamente en sus espíritus, como el juez de instrucción de Un drama de caza.

Es posible también que cuando, por alguna circunstancia, se disponen a entrar en contacto con ese mundo en descomposición, lo hagan con cierta precaución para no dejarse seducir por sus fatales atractivos.

Teatro municipal de Taganrog en la época de Chejov

Teatro municipal de Taganrog en la época de Chéjov

Este es el caso de Podgorin, el joven abogado del relato De visita, que, al volver de Moscú a la casa familiar de unos viejos amigos residentes en la lejana Kuzminki, invitados por éstos a pasar unos días después de varios años de ausencia, ve cumplidos sus peores presagios: la familia ha caído víctima de la desidia y la ruina económica, y con el pretexto de invitarle a que les haga una visita, aparentemente para recordar los buenos viejos tiempos, antes de que la descomposición se cebara con ellos, descubre que en realidad pretenden atraparle en sus redes.

El joven escapa repentinamente, sin despedirse, después de una lamentable pero esclarecedora discusión con el padre de familia, un prototipo de parásito y corrupto, que vegeta sumergido en el engaño y el autoengaño mientras vampiriza a los personajes femeninos de su familia.

Un caso de liberación de ese clima de descomposición social está representado en La novia, el último relato que Chéjov escribió antes de que muriera víctima de la tuberculosis. La joven protagonista, Nadia, logra escapar de las garras de la descomposición no tanto por su propia iniciativa cuanto por la influencia benévola del joven Sasha, un amigo  de la familia de la muchacha que en el pasado fue inquilino en la casa de sus padres y que ahora reside en Moscú en calidad de litógrafo, después de que fracasara como licenciado en Bellas Artes.

Chejov y su amante, la actriz Olga Knipper

Chéjov y su esposa, la actriz Olga Knípper

Sasha pertenece al bando minoritario de los que se han percatado de la enfermedad que corroe a la sociedad en la que vive, así como de su carácter contagioso, pero lleva el germen de la peste en el cuerpo, como lo demuestra el desaliño al que parece haberse abandonado, ese mismo desaliño contra el que arremete cada vez que visita la casa de la familia de Nadia. En La novia, el germen mórbido está simbolizado por la tuberculosis que se le acaba diagnosticando.

Sin embargo, será tras la noticia de la muerte del joven cuando Nadia se haga cargo de su situación y consiga liberarse de la amenaza que se cierne sobre ella. El papel de Sasha con respecto a la chica es el del redentor que tiene que morir como víctima simbólica de la peste precisamente para salvar a la joven de ésta.

Es probable que cuando escribía el relato, Chéjov, condenado a muerte por la tuberculosis, se identificara con Sasha y percibiese su propia muerte como una especie de sacrificio redentor, aunque no supiera con certeza a quién podía redimir, al contrario de lo que ocurre en el relato. Además de encontrar en su enfermedad mortal un argumento convincente y objetivamente esperanzador, se habría servido de ella para hallar una explicación útil, aunque imaginaria, a la condena que la tuberculosis representaba para él.

Chejov y el también escritor Maxim Gorki

Chéjov y el también escritor Maxim Gorki

El mundo de Chéjov representa un epílogo, un final de época y de una sociedad localizada en un tiempo y en una geografía política y social. ¿Qué es lo que habría de venir después? La sociedad urbana, con sus conflictos característicos, pero al menos variada e inmersa en una esperanzadora movilidad. Eso sí, allí no habrá más paisajes campestres como los que jalonan sus relatos y a través de cuya descripción el narrador comparte con el lector un momento único de contemplación nostálgica.

Por de pronto, lo único que parecía importarle a Chejov era arrancar de esos lugares malditos a los pocos personajes que redime de la catástrofe; como en la parábola kafkiana, salir del punto de partida más que alcanzar la  meta.

La concepción progresista que Chéjov se formó del mundo y de la condición humana deriva de la visión que tenía de sí mismo y de su propia vida. Nieto de un antiguo esclavo, su infancia y juventud transcurrieron también bajo el yugo de la esclavitud familiar en la remota ciudad portuaria de Taganrog, a orillas del mar de Azov, al sur del Imperio ruso. No tuvo una niñez feliz, sólo vio de lejos a niños felices. Desde muy joven se hizo cargo de las responsabilidades familiares.

Casa natal de Chejov en Taganrog

Casa natal de Chéjov en Taganrog

Por ello no entendía a quienes, como Tolstói, un aristócrata de nacimiento, un privilegiado que no sufrió la esclavitud ni el hambre, recelaban del progreso. Además, él era médico y, según el testimonio de su amigo  A.I. Kuprin, hasta lo parecía por su expresión circunspecta. Curaba enfermos y cada curación reafirmaba esa concepción progresista de la vida.

Chéjov miraba siempre hacia delante, veía más allá de lo que permitía la limitada visión humana, sin caer por ello en la profecía gratuita. No olvidó su pasado, del que extraía fuerzas suficientes para continuar viviendo y alimentando ciertas, aunque vagas, esperanzas en el futuro.

Se observaba como alguien que, partiendo de la nada, o peor que de la nada, se había hecho a sí mismo con el esfuerzo continuado de su voluntad. Creía en sus posibilidades, sólo truncadas por la tuberculosis que habría de matarlo a la edad de cuarenta y cuatro años. Si se la juzga desde fuera, esta visión puede parecer ingenua y desprovista de fundamento real e incluso histórico. Basta con recordar lo que sucedería pocos años después no sólo en Rusia sino en el resto del mundo.

Chejov fotografiado junto al ya anciano Tolstói

Chéjov fotografiado junto al ya anciano Tolstói

Pero Chéjov, que fue ante todo un pragmático, aplazaba su esperanza para un futuro muy lejano, del que, naturalmente, hoy nosotros debemos hallarnos bastante lejos, como si hubiese querido hacer partícipe al mundo del particular concepto de la esperanza que extrajo de su vida privada. Sin duda habría compartido la respuesta de Kafka a su amigo Max Brod cuando éste le preguntó si había alguna esperanza fuera del mundo, ese “malhumor de Dios”:

“Oh, bastante esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros”.

Su fe en el trabajo, en el quehacer cotidiano, constante, silencioso, como la vida de un árbol -y como su labor literaria- se nutría de esta esperanza contraria al nihilismo de buena parte de los intelectuales rusos o al tolstoismo, que sólo creía posible la redención a través de la renuncia.

Chejov tenía un talante positivo, confiaba en la voluntad humana para superar sus miserias, el dolor, la necesidad y la enfermedad; y no se trataba de una fe ciega, sino empírica, sustentada en su experiencia directa con la medicina, en cuyos avances ni siquiera necesitaba creer puesto que era testigo de ellos, aunque no le sirvieran para curarle de la tuberculosis.

Monumento a Chejov en su ciudad natal

Monumento a Chéjov en su ciudad natal

Cuando la epidemia de cólera  se acercaba a Moscú en agosto de 1892, comentó con satisfacción que, al contrario que en los viejos tiempos, en que la gente enfermaba  y morían miles de personas a causa de esta enfermedad, ahora se producían sorprendentes victorias en la lucha contra la epidemia.

Aquello que liberó a Chéjov del nihilismo fue su relación profesional con la medicina, de la que decía que era como una esposa. Si en algún momento se lamentó de la poca pasión con que se entregaba a la literatura era porque, en el fondo, pese a compararla con una amante, reconocía su escasa utilidad para consolar a la humanidad. A este respecto, en  septiembre de 1888 confesó a su amigo A.S. Suvorin que cuando se cansaba de una, pasaba la noche con la otra. Y añadía:

“Aunque es confuso, no es tan aburrido y, por lo demás, ninguna de las dos pierde definitivamente nada por culpa de mi deslealtad. Si no tuviera la medicina, es poco probable que dedicara mi tiempo libre y mis abundantes pensamientos a la literatura. No soy nada disciplinado”.

Sólo en los últimos años admitió haberse encariñado con la literatura en detrimento de la medicina, comparando a la primera con Abisag, la doncella que consoló en la cama al rey David. Por entonces decía preferir aquello que, a lo largo de muchas horas, podía leer acostado en el diván, antes que la escritura de novelas y relatos. Le faltaba pasión para escribir.

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7 comentarios leave one →
  1. marzo 12, 2013 1:16 pm

    Gracias por darnos a conocer al gran hombre que había detrás del gran escritor.

  2. marzo 12, 2013 10:30 pm

    Gracias por la lectura. Un saludo

  3. marzo 13, 2013 7:21 pm

    Chejov, médico; Hoffman, músico y magistrado; Huysmans, funcionario; Unamuno, catedrático de griego; A, Machado, de francés; Goethe, alto funcionario y científico; Joan Maragall, abogado; A. de Saint-Exupéry, aviador; Boris Vian, ingeniero. Son nombres que en este momento se me ocurren, pero hay muchos más. El escritor que sólo se dedica a escribir,¿no es una especie de enfermo autista?

    • marzo 15, 2013 7:55 pm

      Entre los escritores ha habido de todo. A los que ejercieron alguna profesión burocrática dediqué una entrada del blog titulada “Funcionarios de día, poetas de noche”. Pero también los hubo que se dedicaron exclusivamente a la escritura, aunque estudiaran alguna carrera (muchos cursaron Derecho) y luego no la ejercieran. La casuística es muy variada.

  4. Guido FInzi permalink
    marzo 15, 2013 4:04 am

    La gente se adormece en la abulia cotidiana, y a la mayoría no les da la piel para cambiar radicalmente con sus estériles rutinas. Esperan algo que no llega, y mueren en medio de una desesperanza callada.

    Como ya es costumbre, un texto formidable.

    Un saludo

    PD: Yo siempre preferí a Dostoievski, que es mucho más intenso. Para mí, es el verdadero padre del existencialismo.

    • marzo 15, 2013 8:18 pm

      Muchas gracias, Guido. Tu reflexión encaja en el mundo literario de Chéjov: personajes que languidecen en la abulia de la rutina provinciana, esperando el acontecimiento que los libere de su tedio o perseguidos por el recuerdo de una esperanza fugaz, que a menudo ellos mismos dejan escapar, cayendo de nuevo y para siempre en la trampa de la abulia, como el joven con vocación de poeta de “El monje negro”. Chéjov es el maestro de la anécdota y de la descripción de los “estados del alma”, también efímeros y pasajeros. De ahí que se moviese en el relato corto como pez en el agua. Es un escritor impresionista. de distancias cortas. Sin embargo, cuando uno vuelve a sus relatos tiene la sensación de “primera vez”.
      Ciertamente Dostoievski es muchísimo más complejo. Un pensador de largo alcance que nos planteó una preguntas terribles en una prosa abrasadora.Si Chéjov es un archipiélago, Dostoievski es un continente.

      Un saludo

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