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Diario de un superviviente

marzo 5, 2013

Robinson Crusoe y Un diario del año de la peste (A Journal of the Plague Year), publicado en 1722, han consagrado a Daniel Defoe como uno de los mejores cronistas de la supervivencia en situaciones límite. Los protagonistas principales de estas historias  no sólo se conforman con sobrevivir sino que quieren dejar constancia de los pormenores de su lucha. Tampoco se jactan de ello, puesto que su propósito es ofrecer un ejemplo de unidad y solidaridad en una época dominada por las luchas fratricidas.

Portada de una edición de "Robinson Crusoe"

Portada de la primera edición de “Robinson Crusoe”, fechada en 1719

El Diario narra en un estilo preciso y austero las vivencias del propietario de una tienda de talabartería de Londres que presenció el comienzo, la expansión y los estragos causados por la Gran Peste bubónica de 1665 en la ciudad del Támesis. La epidemia se prolongó hasta finales de año, causando entre siete y diez mil muertos por semana. Defoe cifró en cien mil el número de víctimas.

Por las iniciales del nombre que firma el Diario, H.F., se cree que se corresponde con las de Henry Foe, un tío de Daniel y hermano de su padre James. Defoe tenía cinco años cuando se produjo la epidemia, aunque quizá conservase algún recuerdo del acontecimiento. Su padre huyó de la ciudad junto con la familia, pero Henry optó por permanecer en ella, seguramente en contra de la opinión de su hermano, al igual que le sucede al narrador del Diario.  Su testimonio habría servido al escritor para componer esta obra también testimonial.

Llama la atención el ritmo in crescendo del relato, determinado por la descripción cronológica de la epidemia, desde los primeros rumores, acompañados también de las primeras bajas causadas por la enfermedad,  y que le infunde ese aire singular propio de las narraciones épicas. Sin embargo, se trata de un informe -hoy lo catalogaríamos en el género del gran reportaje periodístico- redactado con sobriedad y concisión.

Pintura que representa una escena de la peste que asoló Londres en 1665

Estampa de la época con una escena de la Gran Peste que asoló Londres en 1665

En una época en que, como indica el propio narrador, no existían los diarios impresos sino que las noticias se divulgaban a través de la correspondencia de mercaderes y particulares que se comunicaban por carta con individuos de países extranjeros, la información sobre sucesos luctuosos acaecidos lejos del entorno inmediato de las personas se difundía de forma confusa, en medio de una turbamulta de rumores que no era posible contrastar con la realidad. Esta confusión favoreció la propagación de la epidemia y sus mejores aliados, el miedo y el desconcierto.

El cronista atrae el interés del lector por la mesura con que va relatando los sucesos. Se trata de un personaje de su tiempo, un comerciante experimentado, sensato, con sentido común, ecuánime, un carácter moral, comprensivo, incapaz de dejarse arrastrar por la tentación del juicio genérico, pese a tener una oportunidad única de satisfacerla. Tampoco se deja amilanar por el horrible espectáculo que ve a su alrededor. Mantiene viva la fe en sus creencias religiosas y en la Humanidad. No se rinde, aunque no le falten ocasiones. Lucha sin sucumbir al temor ciego.

Desde el principio reconoce el verdadero rostro del enemigo por el que no está dispuesto a dejarse intimidar. La religiosidad de este hombre educado en el presbiterianismo, al igual que Defoe, le lleva a mantener una relación personal con Dios, por quien se siente interpelado a través de señales aparentemente azarosas que él interpreta como llamadas providenciales para que, en contra del criterio de la mayoría de la población, permaneciese en Londres. La confianza en sí mismo que extrae de esta singular relación con la Divinidad le infunde fuerzas para oponer resistencia a las adversidades.

Grabado con una imagen del protipo de médico, provisto de una curiosa mascarilla protectora, que atendía a los pacientes afectados por la peste bubónicarepresentaci

Grabado con una imagen del prototipo de médico, provisto de una curiosa mascarilla protectora, que atendía a los pacientes afectados por la peste bubónica

Tiene la certeza de haber encontrado el norte en medio del aturdimiento y de las dudas vitales que asaltaban a los londinenses amedrentados por la peste.  De ahí que la desesperación no haga mella en él. Seguro de su supervivencia, no la desea con codicia. Está en paz consigo mismo y obtiene el máximo provecho de esa seguridad interior.

En aquellas pavorosas circunstancias no pierde de vista la compasión alimentada por su fe. Por ello detesta a los que juegan con el miedo y la debilidad de los demás: los adivinos, los hechiceros y la caterva de vendedores de falsas esperanzas,  a quienes no parece desear su supervivencia cuando asegura que todos desaparecieron probablemente devorados por la peste. Lamenta la ineficacia de los hombres para hacer frente a la catástrofe, como lamenta también sus errores, pero en ningún momento manifiesta odio. El odio lo reserva únicamente para los vendedores de falsas esperanzas.

Defoe esquiva con sabiduría las descripciones sentimentales. Rehúye el lado tenebroso y “gótico” del horror. No es su estilo. El carro portador de cadáveres, las fosas en las que eran sepultados al amanecer, la mayoría  desnudos, todo eso está narrado sin concesiones al sentimentalismo. En estas escenas macabras no se echa de menos el adjetivo. Cada palabra ocupa el lugar que le corresponde.

Grabado sobre la Peste Negra

Grabado sobre la Peste Negra

Sin embargo, el Diario es mucho más que un informe aséptico, y no precisamente por las piadosas alusiones que interfieren el curso del relato con la misma naturalidad que las observaciones morales que el narrador deja caer ocasionalmente.

En ningún momento el lector olvida que se encuentra ante un superviviente, es decir, alguien que padeció el miedo en su grado más extremo, como lo demuestra el que esa crónica fuera escrita muchos años después de la epidemia. Nos hallamos, por tanto, ante un testigo de la muerte y el horror que no ha olvidado lo que vio y que, además, quiere dar alguna utilidad a su testimonio sin que por ello pretenda aparecer como héroe. Debe su supervivencia a la suerte y a esa fe secreta de la que tampoco puede decir más de lo que dice.

Si acaso se reprocha su imprudencia. Podría haber escapado de Londres, pero finalmente decidió recluirse en su casa. “Era demasiado tarde” concluye lacónicamente en los días en que la peste causaba mayores estragos. También es significativo que se acuerde de los animales domésticos que fueron sacrificados a fin de evitar que contagiaran a los hombres: 40.000 perros, 200.000 gatos e innumerables ratas.

Por boca del cronista, Defoe se declara enemigo acérrimo de la muerte. En lugar de huir de ella, como la mayoría, prefiere combatirla desde dentro, como si de esa manera quisiera persuadirnos de que la muerte es el peor enemigo del hombre, peor que el odio, las rencillas, las divisiones, rencores y prejuicios, y que la reconciliación todavía es posible en la tierra, no sólo en el cielo, donde “todos seremos de la misma idea y de la misma opinión”.

Portada de una edición del "Diario del año de la peste"

Portada de una edición del “Diario del año de la peste”

La anécdota del superviviente que muestra su satisfacción porque cree haber escapado de la peste y que poco después recibe la noticia de que en la taberna donde estuvo dos días antes había un apestado, muriendo él mismo a las pocas horas presa ya de la enfermedad, revela claramente cuáles eran los sentimientos de Defoe ante la supervivencia. Es como si quisiera decirnos que nadie tiene derecho a sentirse satisfecho de haber sobrevivido, ya que la amenaza es la misma para todos, lo que explica el tono melancólico y desapasionado del Diario.

El único rayo de luz que ilumina la crónica es el episodio de los dos hermanos -el ex soldado John y el marinero cojo Thomas- y el  ebanista, que para el narrador representa “una constante lección” y “un modelo a seguir para todos los pobres en tiempos de peste”, la historia de una supervivencia provista de los ingredientes necesarios para hacerla posible: habilidad, diligencia, serenidad, astucia, perseverancia, fe, confraternidad. Una conjunción que salvará a estos tres hombres sencillos  de una muerte segura y que, involuntariamente, opone a los errores cometidos por quienes se quedaron o huyeron de la ciudad, entregándose a los brazos de la muerte.

También dedica un sentido elogio a Lord Alcalde, a los magistrados y a los regidores, cuya eficiente labor hizo de Londres “un modelo para todas las ciudades del mundo”.

"Los filisteos golpeados por la peste", de Nicolas Poussin (1630-1631), cuadro que se conserva en el Museo del Louvre

“Los filisteos golpeados por la peste”, de Nicolas Poussin (1630-1631), cuadro que se conserva en el Museo del Louvre

Su esperanza le induce a restar credibilidad a las historias sobre apestados que se echaban a la calle para contaminar a los sanos, deseándoles su misma suerte. El narrador evita esta clase de rumores que persiguen la descalificación global y sistemática del género humano. Destaca, en cambio, el que se enterrase a los muertos de noche y que ninguno quedase insepulto. Asimismo lamenta, en tono de reproche, que años después se construyesen casas sobre los terrenos en los que se dio sepultura a miles de víctimas de la peste, desenterrándose para ello muchos cadáveres.

En una sociedad conmocionada por luchas fratricidas, el Diario se revela como una suerte de metáfora en la que no falta una alternativa viable: el modelo de conducta social basado en la piedad y la compasión.

El atroz igualitarismo de la peste, su arbitrariedad, divide a los hombres en sanos y enfermos. Que detrás de todo ello el cronista vea la mano de Dios, no le impide detenerse con sosiego en las distintas reacciones provocadas por la enfermedad y, especialmente, en el hecho de que el contagio obligue a los hombres a defenderse unos de otros. Es el contramodelo que se manifiesta a través de la desconfianza, el aislamiento y, por encima de todo, el miedo, ante el cual el narrador no parece dispuesto a rendirse. Prueba de ello son sus paseos por las calles desiertas de Londres, la visita nocturna al cementerio y una insaciable curiosidad que lo expone constantemente al contagio.

Grabado de John Dunstall con varias escenas de la peste de 1665

Grabado de John Dunstall con varias escenas de la Gran Peste de 1665

El narrador lamenta la imprevisión de los londinenses y la temeridad de sus esperanzas cuando la peste aún no se había extendido por la ciudad. En cambio, elogia la precaución de las familias -desgraciadamente las menos- que decidieron encerrarse en sus barcos o en sus casas, en lugar de huir como hizo mucha gente.

Defoe parece sentir cierta simpatía hacia esta estrategia que se revela como una suerte de desafío que permitirá poner a prueba la extraordinaria capacidad del ser humano para sobrevivir en medio de unas condiciones extremadamente hostiles y peligrosas para la salud.

Como buen conocedor de la Biblia, cabe imaginar que su historia preferida fuera la del Arca de Noé navegando bajo el gran diluvio. Es más que significativo que el autor del Diario decidiese también permanecer en el Londres apestado, rechazando así las oportunidades que se le presentaron para escapar, guiado por su fe en la Providencia divina.

retrato de Daniel Defoe, por Sir Godfrey Kneller

Retrato de Daniel Defoe, por Sir Godfrey Kneller

La serenidad con que transcurre el relato podría explicarse en buen medida por la confianza que Defoe -a través de su alter ego, el narrador- deposita en la capacidad humana para sobrevivir a los desastres naturales y que, pese a todo, no excluye su comprensión hacia los apestados y su terrible desesperación.

Tal vez el espíritu que recorre esta obra nos ayude a entender por qué el siglo XVII fue tan importante para Europa, cuando, a pesar de las catástrofes colectivas -guerras, pestes e incendios de ciudades, como el que al año siguiente de la peste arrasó el barrio medieval de Londres- se confiaba en el presente con una esperanza sensata y luminosa.

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9 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    marzo 5, 2013 9:58 am

    Un texto excelente, como todos los que abordas, y al que no tengo absolutamente nada que corregir, aportar o señalar. Únicamente destacar lo intrigante que siempre me pareció la imagen del médico dotado de mascarilla.

    Un saludo

  2. marzo 5, 2013 8:18 pm

    También la muerte lleva máscara… Como el fármaco: un lado vital y otro mortal. ¡Bravo!

  3. marzo 5, 2013 8:23 pm

    Sobre las moralidades e inmoralidades de la peste: Lucretius, De rerum natura; Boccaccio, Decameron. Quizás fuese Boccaccio el primero en escribir un Manual de Instrucciones para el Sobreviviente de la Peste. Resumo su propuesta: salir de la iglesia, aislarse en el campo y contarse historias. Delirante. 🙂

    • marzo 5, 2013 10:33 pm

      Gracias por la referencia del “Manual” de Bocaccio. Qué curioso y propio de este ingenioso escritor. Aislarse de los demás en una ciudad como Londres era muy difícil. En el Diario se repiten las observaciones sobre los viandantes que, para huir del contacto con otros, evitaban las aceras y optaban por caminar por el centro de la calzada. Un saludo

  4. marzo 5, 2013 9:31 pm

    Gracias, Guido. Son muy llamativas esas mascarillas que usaban los médicos para protegerse de la peste y que ahora son el emblema de la máscara del Carnaval de Venecia, una ciudad familiarizada con las epidemias. Ya tenemos un motivo más para lanzar al vuelo nuestra imaginación…Un saludo

    • Guido FInzi permalink
      marzo 5, 2013 11:38 pm

      Conozco algunas anécdotas sobre la peste en Venecia; como la de tirar ropas infectadas dentro del ghetto. Un saludo

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