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El marqués de Sade y el conde Joseph de Maistre, profetas involuntarios del horror

febrero 26, 2013

Hay paralelismos biográficos que, contemplados a cierta distancia, no lo parecen en absoluto al no percibirse ningún rasgo común entre los biografiados que permita establecer una sola similitud entre ellos. Más aún, si algo llama la atención es el antagonismo que en principio parece separarlos. Sin embargo, cuando se escarba un poco en sus vidas y en sus obras se descubren sorprendentes semejanzas. Un ejemplo de ello son el marqués de Sade y el conde Joseph de Maistre. Filósofos y escritores contemporáneos, los dos pertenecían a la aristocracia y escribieron en francés.

Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814), conocido como el marqués de Sade, era un libertino en el más amplio sentido del término, en la teoría y en la práctica, ateo confeso y autor de extrañas obras en las que la ficción descarnadamente pornográfica se mezcla con el discurso filosófico-político. El saboyano De Maistre está considerado uno de los padres del pensamiento reaccionario, enemigo acérrimo del ateísmo y defensor de la doctrina ultramontana, del trono y del altar. Asiduo de los salones aristocráticos y senador de Saboya, cultivó una prosa brillante con la que atacó sin piedad a los filósofos de la Ilustración. Desconfiaba del lenguaje filosófico. En este sentido aseveró que “la lengua más filosófica es aquella en la que la filosofía se ha mezclado menos”, algo en lo que probablemente habrían estado de acuerdo dos escritores tan dispares como Pascal y Lichtenberg.

Retrato del marqués de Sade, por H. Biherstein

Grabado con el retrato del marqués de Sade, por H. Biherstein

Vayamos con las coincidencias. Ambos alternaron la filosofía con la literatura. Permanecieron lejos de las academias y en su tiempo ejercieron  escasa influencia. Fueron autores periféricos, incluso geográficamente, como el saboyano De Maistre, hacia cuyas obras Stendhal manifestó un sentido menosprecio. Flaubert lo ridiculizó en Madame Bovary, al hacer que el párroco de Yonville encargue una obra del conde para Emma Bovary, poco después de que la joven cayera presa de un arrebato de misticismo.

Desterrado de su propia clase social, Sade fue encarcelado en numerosas ocasiones, bajo la acusación de atentar contra la moral pública e incluso de cometer delitos sexuales. Su reconocimiento vino en el siglo XX, en el periodo de entreguerras y de la mano de los surrealistas y de las vanguardias artísticas más agresivas. Mucho antes Flaubert había expresado su admiración hacia “el gran Sade”. El autor de Salammbô se jactaba de provocar a los amigos que se alojaban en su casa poniéndoles un libro del marqués encima de la mesilla de noche.

"El Marqués de Sade",(1972), por Man Ray

“El Marqués de Sade” (1972), por Man Ray

Los dos estudiaron en los jesuitas y en su tortuoso mundo interior se aprecian las huellas  de un catolicismo oscurantista -el mismo con el que Stendhal ajustó cuentas en su adolescencia-, tiranizado por la culpa y el pecado, si bien en sentidos radicalmente contrarios. La aterradora  visión de la religión católica del conde se halla en las antípodas del ateísmo sacrílego del marqués. Si éste bajó la cruz al prostíbulo, aquél la subió al patíbulo.

También su condición de testigos y víctimas de la Revolución de 1789 está marcada por la diferencia. El marqués se mostró en los comienzos de ésta como precursor y animador, y más tarde, bajo el Terror, víctima de sus excesos, al igual que otros tantos compañeros de viaje, probablemente por la condición de emigrados de sus hijos.

De Maistre se pronunció desde el principio contrario a la Revolución y cuando Saboya fue invadida por tropas francesas, huyó a Suiza y de allí a Turín. Posteriormente fue nombrado ministro plenipotenciario en San Petersburgo por el rey de Cerdeña. Para el conde la Revolución representó un torbellino que escapó a los planes de sus promotores. Su sangrienta deriva le confirmó en su teoría acerca del poder omnímodo de la Providencia divina. A este respecto escribió en Consideraciones sobre Francia que

“nunca la Divinidad se había mostrado de una manera tan clara en ningún acontecimiento humano. Si emplea los instrumentos más viles es porque castiga para regenerar”.

Grabado que representa a Napoleón arrojando al fuego la novela de Sade Justine o los infortunios de la virtud. De este libro escribió que era "el más abominable ha dado a luz a la imaginación más depravada"

Grabado que representa a Napoleón arrojando al fuego la novela de Sade “Justine o los infortunios de la virtud”. De este libro escribió que era “el más abominable que ha dado a luz la imaginación más depravada”

Uno y otro están obsesionados por explicar y hallar respuestas a lo que les atormenta, a Sade, “la ingratitud humana” -y más específicamente el desarraigo y el aislamiento de él y los de su clase social en un momento de cambios cruciales; a De Maistre, el caos que siguió a la Revolución, de la que fue víctima, y que dinamitó los frágiles cimientos del Antiguo Régimen y su rígido ordenamiento político y social.

Los dos observan la condición humana como un todo, exento de contradicciones, cuyo resultado se resume en un fracaso de proporciones universales. Sustentándose en experiencias históricas, que se encargan de seleccionar previamente con el fin de ajustarlas a sus postulados, denuncian la derrota del hombre civilizado en tanto que sujeto autónomo -aunque él mismo crea lo contrario- y sometido a fuerzas oscuras.

El papel determinante que Joseph de Maistre otorga a la Divina Providencia -una fuerza sobrenatural que dirige los pasos de los hombres, ciegos ejecutores de sus omnímodos dictados-, lo desempeña la naturaleza, con su movimientos destructor y renovador, en el mundo de Sade. Éste pensaba que toda ley humana contraria a la naturaleza merece el máximo de los desprecios. A su juicio, las guerras, las pestes, las hambrunas y los asesinatos son

“accidentes necesarios a las leyes de la naturaleza y el hombre, en tanto que víctima o agente de tales efectos, no sería tanto más criminal en un caso de lo que sería víctima en otro”.

Retrato del Marqués de Sade

Retrato del Marqués de Sade

Según Sade, la destrucción es una de las primeras leyes de la naturaleza, por lo que nada de lo que destruye puede ser considerado un crimen. Para justificar el asesinato, se pregunta por qué cada cual no va a poder sacrificar un solo ser “a sus venganzas o caprichos” cuando cualquier “soberano ambicioso” se permite exterminar sin escrúpulos a sus enemigos, como si se tratara de moscas o ratas.

El marqués argumenta que el egoísmo es natural, como lo es también la crueldad, al contrario que la educación y la civilización, que obstaculizan el rumbo de la naturaleza. La crueldad, tal como la define el marqués, es la energía del hombre no corrompida aún por la civilización. Su apología de la insolidaridad y el aislamiento se aviene con sus elogios a la mentira y la desconfianza.

Retrato de Joseph de Maistre

Retrato de Joseph de Maistre

Aunque la visión que cada uno de ellos ofrece del “salvaje” difiere sustancialmente –siguiendo a Rousseau, Sade lo cita como ejemplo de autenticidad, frente a la falsedad que percibe en la civilización, y De Maistre lo confronta al orden social-, concuerdan al definirlo como un modelo de hombre puro, libre de prejuicios y fiel seguidor de los dictados de la naturaleza.

Pero bajo el influjo de la civilización, el hombre degenera en un amasijo de vicios y turbulencias incurables, sumergiéndose en un estado de guerra permanente, equiparable al que reina en la naturaleza, donde la destrucción convive con la construcción, una idea que entronca con el carácter regenerador que De Maistre atribuye a la destructiva revolución.

Mientras en la doctrina del marqués de Sade la naturaleza procede a la selección de los individuos “más fuertes”, que sobrevivirán a su movimiento destructor, al contrario que los “débiles”, en la del conde De Maistre esta función selectiva la realiza el implacable Verdugo.

verdugo

Esta figura habría sido enviada por Dios para castigar a los hombres, quienes lo observan con miedo y repugnancia, aunque ninguno dude de su necesidad. En medio de la soledad que le rodea, el Verdugo vive  con su mujer y sus hijos, que por una vez le hacen oír la voz del hombre y no sus gemidos.

En Las veladas de San Petersburgo (1821), un libro  escrito en forma de diálogos, al igual que la obra de Sade La filosofía en el tocador (1795), De Maistre describe el momento en que ejecuta a los culpables en la plaza pública: “un envenenador, un parricida, un sacrílego” (hasta donde se sabe, en Sade convergían el primero y el tercero de estos delitos).

“Se apodera del condenado, lo tiende, lo ata a una cruz horizontal y levanta el brazo; entonces, en medio de su horrible silencio, no se escucha más que el crujido de los huesos fracturados bajo la barra y los alaridos de la víctima”

Grabado con el retrato de Joseph de Maistre

Grabado con el retrato de Joseph de Maistre

Cuando el Verdugo concluye su ominosa tarea “el corazón le late, pero de alegría”, orgulloso porque nadie sabe ejecutar mejor que él. Baja del patíbulo, alarga su mano ensangrentada y la Justicia arroja en ella algunas monedas de oro, a través de dos filas de hombres que se apartan horrorizados. Luego se sienta a la mesa con los suyos y  come. Se acuesta y duerme, y a la mañana siguiente, al despertarse, piensa en todo menos en lo que ha hecho el día anterior. Sin la labor del Verdugo, prosigue De Maistre, el caos sucedería al orden, los tronos se hundirían y la sociedad misma desaparecería.

Portada de una edición de "La filosofía en el tocador", del marqués de Sade, fechada en Londres

Portada de una edición de “La filosofía en el tocador”, del marqués de Sade, fechada en Londres

El determinismo que impregna las doctrinas de Sade y de De Maistre les induce a presentarlas como si fuesen hechos consumados, amplia y profusamente ratificados por sus interpretaciones historicistas o antropológicas. Así, la guerra, las pestes y las matanzas serían manifestaciones necesarias de la naturaleza o de la Divinidad, que no pueden enjuiciarse desde una perspectiva humana, con criterios de justicia y equidad. Su verdadero sentido escapa a la innata cortedad de miras del hombre.

Los dos piensan en siglos y en milenios, del mismo modo que en masas humanas, por lo que es natural que, desde su punto de vista, los hombres no comprendan las causas de las desgracias que ellos mismos provocan, achacándolas a su voluntad, cuando en realidad responden a una necesidad sobrenatural inaccesible a su inteligencia y raciocinio.

Los designios de la naturaleza sadiana o del Dios de Joseph de Maistre son inescrutables para el hombre que, según el saboyano, “no sabe lo que quiere; quiere lo que no quiere; y no quiere lo que quiere; quisiera querer”.

Busto del marqués de Sade

Busto del marqués de Sade

Precursores de las doctrinas que recorrerán el subsuelo europeo desde finales del siglo XIX y principios del XX, ambos tuvieron prolíficos, aunque involuntarios descendientes en el clima de inmoralidad generado en Europa a raíz de la Primera Guerra Mundial y que en Alemania desembocó en la ideología más perversa que haya conocido la Humanidad.

Nietzsche debió de percatarse de la fuerza oculta en estas corrientes subterráneas cuando en el balneario europeo de fin de siècle profetizó “grandes y terribles” guerras y “recaídas ocasionales en la barbarie”, como resultado de “una humanidad tan elevadamente cultivada y, por consiguiente, necesariamente fatigada”. Una reflexión que años más tarde, en plena Guerra Mundial, Freud reinterpretó en su obra El malestar en la cultura.

Sigmund Freud en 1926

Sigmund Freud en 1926

Puede decirse que Sade y De Maistre fueron producto de la misma regresión y desesperanza de la que habrían de surgir los destructores movimientos totalitarios de los años treinta del siglo pasado. El verdugo estricto y sin conciencia imaginado por De Maistre recuerda a los miles de verdugos que, bajo el régimen nacionalsocialista, asesinaron fríamente a millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, pero también a los verdugos de Stalin que ejecutaban a los disidentes o sospechosos, tras persuadirlos de sus delitos de deslealtad o traición al régimen.

Con sus creencias en el determinismo histórico y biológico y su concepción del hombre como una necesidad fatal, sólo controlable por el castigo y la obligada subordinación a las leyes de la naturaleza, se convirtieron en profetas involuntarios de quienes, sin haber leído sus escritos y quizá ni conocer sus nombres, muchos años después habrían de trasladarlas a la realidad hasta sus últimas consecuencias, con los atroces resultados que a día de hoy atormentan nuestra memoria.

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3 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    febrero 27, 2013 12:00 am

    Sus mayores aportaciones a la Literatura, quizás fuera sus propias biografías.

    Un saludo

    PD: Si no me extiendo en el comentario es porque, leyéndote, aprendí más cosas de las que puedo aportar.

  2. febrero 27, 2013 8:40 pm

    Guido, gracias por el comentario. Pienso que las ideas terribles de estos dos autores se explican básicamente por el contexto de la Revolución francesa y la decadencia de la aristocracia del Antiguo Régimen. Sin este fenómeno, quizá Sade hubiese pasado por un escritor pornográfico, como otros muchos que florecieron en Francia en aquellos años. En cuanto a De Maistre, era un hombre muy culto y un excelente escritor, así que tal vez nos hubiese dejado interesantes comentarios históricos.
    Las guerras y las revoluciones, el miedo a la pérdida de un relevante estatus social, trastornan a los hombres y les hacen concebir ideas atroces como las que plasmaron estos dos aristócratas (al contrario que Sade, De Maistre era un “noble nuevo”).

    Un saludo

    • Guido FInzi permalink
      febrero 27, 2013 8:46 pm

      Te agradezco tu comentario tan instructivo.

      Saludos

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