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Contra la mentira, matemáticas

febrero 19, 2013

En su autobiografía Vida de Henry Brulard, que comenzó a redactar en Roma poco antes de cumplir los 50 años, Stendhal (pseudónimo de Henri Beyle) opone a la mentira moral la precisión de las matemáticas,  y a la mentira estética -la vaguedad-, el cultivo del detalle. La primera hubo de padecerla en su infancia, en los modelos de inmoralidad que para él encarnaron su tía Séraphie, beata y tiránica, y su preceptor, el abate Raillane, un ejemplo típico de jesuitismo hipócrita.

Henri Beyle perdió a su madre, Henriette Gagnon, cuando tenía siete años y jamás olvidó los hermosos recuerdos que conservó de ella toda su vida. Su padre, Chérubin Beyle, ejercía la abogacía en la Audiencia Provincial de Grenoble.

La mentira estética pudo atisbarla después de un tenaz ejercicio de introspección, que le indujo a desconfiar de su desbordante imaginación, de la que se defendía con un método que consideraba infalible: ir derecho al objeto que se la suscitaba.

Stendhal se conduce a menudo por reacción contra algo que le inspira  repugnancia. Así le sucedió con los gustos estéticos que cultivaba su familia, lastrados por el moralismo, lo que le lleva a afirmar que “todo propósito moral, o sea, de interés, en el artista, mata toda obra de arte”. Una idea que recuerda a la que plasmó en Rojo y negro en una cita que se ha hecho célebre:

“La política, en una obra de la imaginación, es un pistoletazo en medio de un concierto. Es un ruido desgarrador sin ser enérgico. No armoniza con el sonido de ningún instrumento. Una página política ofenderá mortalmente a la mitad de los lectores y aburrirá a la otra mitad, que sin duda la encontró expuesta de una forma más interesante y enérgica en el diario de la mañana…”

Retrato poco difundido del joven Stendhal

Retrato poco difundido del joven Stendhal

Algo parecido le ocurría con las “prolijas y pretenciosas frases de monsieur Chateaubriand y de monsieur Salvandy” y que, según confiesa en sus memorias, le hicieron escribir Rojo y negro en un estilo “demasiado seco y cortado”. No obstante, su menosprecio hacia esos autores tampoco le incitaba a medirse con aquellos a los que admiraba o con sus obras (como Las confesiones de Rousseau). No se atribuía más méritos que

“1º pintar con parecido la naturaleza que veo tan claramente en ciertos momentos; 2º estar seguro además de mi perfecta buena fe, de mi adoración por la verdad; 3º el placer que encuentro en escribir”.

La autenticidad con que participó de las relaciones humanas está fuera de dudas, como lo demuestra su forma de escribir (tratándose de Stendhal “estilo” suena sospechoso). El autor de La cartuja de Parma pertenece a la categoría de escritores a los que puede aplicarse la célebre cita de Buffon “el estilo es el hombre mismo”. No era de esos autores que ensayan todos los días un par de horas para perfeccionar su arte -aunque se arrepienta de no haberlo hecho-, ni le preocupaba el éxito de sus obras.

En su juventud esperó a la inspiración para escribir, hasta que se corrigió de esa “manía”. Tampoco le gustaba conversar de lo que más le apasionaba. Por ello nunca hablaba de literatura.

No se avergonzaba de nada, ni siquiera del presente -ahí están sus confesiones íntimas- porque su sinceridad se lo habría impedido. La sinceridad stendhaliana se asemeja a la de los niños que lo cuentan todo sin advertir el significado de las señas que les dirigen los adultos para que callen determinadas cuestiones. Y era sincero también porque habló lo justo de las experiencias que le causaron más dolor.

Croquis de la casa de su abuelo Gagnon que Stendal dibujó en el manuscrito original de "Vida de Henry Brulard"

Croquis de la casa de su abuelo materno, el doctor Henry Gagnon, que Stendhal dibujó en el manuscrito original de “Vida de Henry Brulard”

Su íntimo compromiso con la verdad le llevó a sentir repulsión o indiferencia hacia cualquier muestra de afectación, motivo por el que desconfiaba de la ópera seria, de las tragedias en verso, de las frases retóricas o de los mendigos que proclaman su pobreza. Para Stendhal todo eso es “antilógico”, lo que explica su confianza en las matemáticas y en las ciencias aplicadas, en las que no hay lugar para la hipocresía, ni para la vaguedad, el sentimentalismo o la retórica. Como escritor, su máximo interés residía en descifrar las sensaciones, “lo único verdadero”.

Sólo cuando estuvo enamorado se condujo como un estratega. Las habilidades que el resto de los hombres emplean para ganar dinero, cosechar éxitos o labrarse un prestigio social, él las utilizó para seducir a sus amantes, como su admirado Don Giovanni.  Los celos le dieron bastantes quebraderos de cabeza. De hecho, reconoce que

“nunca tuve miedo sino de ver a la mujer amada mirar con intimidad a un rival. Siento muy poco la ira contra el rival; él está a lo suyo, pienso; pero mi dolor es enorme y desgarrador, hasta el punto de que tengo que derrumbarme en un banco de piedra a la puerta de la casa”.

El antagonismo de los modelos con los que se cruzó en su infancia le sirvió para configurar su educación moral y estética. Así, por un lado estaban el abuelo “aristocrático”, el doctor Henri Gagnon, comedido, culto, elegante, buen conversador, honesto, veraz, pero tibio y contemporizador, y la tía-abuela “española”, Elisabeth Gagnon, pero sin autoridad legítima, imaginativa, orgullosa y vivaz, y en este sentido muy distinta de su hermano, al que ella misma menospreciaba en detrimento de otro hermano que murió joven. Por otro lado, estaban la tía beata Seraphie, amargada y despótica, y el padre, calculador, mezquino y mediocre y, sobre todo, el jesuita Raillane, hipócrita, cruel  y “atrozmente delgado”.

Dibujo del abate Rallaine, al que incluso temía el padre de Henri Beyle

Dibujo del abate Rallaine, al que incluso temía el padre de Henri Beyle

Dentro de los estrechos márgenes que le permitía un régimen de vida social limitado en la provinciana Grenoble, el niño Henri Beyle tuvo la habilidad, por lo demás propia de un carácter sensible e intuitivo como el suyo, de distinguir. No todos los modelos eran iguales, aunque en algún momento lo parecieran en determinadas facetas, como la política. Su familia pertenecía al partido realista y, no obstante, esta uniformidad ocultaba matices que Henri ya sabía apreciar. Por ejemplo las lecturas del abuelo eran las de un ilustrado, un volteriano, mientras las de su padre apestaban a clericalismo.

La misma distinción que los comisarios de la Revolución apreciaron entre el abuelo -”simplemente” sospechoso- y el padre -”notoriamente” sospechoso- no escapó a la intuición del niño que, si bien en otro sentido, ya había advertido el matiz que distinguía a ambos.

En el temperamento conciliador, y con frecuencia en exceso condescendiente, del abuelo, Stendhal tuvo ocasión de desarrollar su concepto de lo complejo, de lo multiforme, que no hubiera podido en caso de haber conocido solamente a la tía despótica, al padre mezquino y al abate hipócrita, y menos en un ambiente político tan polarizado como el que siguió a la Revolución de 1789, en el que los tonos grises desaparecieron bajo el manto rojo de la sangre, la guillotina, las consignas y las adhesiones inquebrantables a alguna de las facciones enfrentadas.

Plazce Grenette, en Grenoble, junto a la cual estaba situada la casa de Henri Gagnon,  abuelo materno de Stendhal

Place Grenette, en Grenoble, junto a la cual estaba situada la casa del abuelo de Stendhal

La ambigüedad del abuelo no era en sentido estricto de naturaleza moral sino más bien temperamental (“estilo Fontenelle”, según Stendhal). Es preciso disociarla de la doblez moral de los otros modelos -la tía y el padre- que los hace planos, uniformes e iguales. Esa ambigüedad, que tanto debía desconcertar al niño observador que era Henri Beyle, le obligó a azuzar sus dotes naturales para la introspección, liberándole así de la tendencia simplificadora a la que le inclinaba la observación forzosa de los ejemplos de su tía y su padre. Si el niño no hubiera conocido más que el seco antagonismo de éstos, su visión de la vida y de la condición humana quizá hubiera sido proclive al reduccionismo.

Cuando evoca esos modelos en sus memorias, Stendhal rehúye el fácil recurso de una interpretación idealizada, y por tanto mistificadora, limitándose a enjuiciarlos desde el recuerdo de los sentimientos que le inspiraron entonces.

Los juicios a posteriori de episodios del pasado que presumen de imparcialidad, ofreciendo una visión de conjunto ordenada y escrupulosamente jerárquica, resultan sospechosos. No hay que fiarse mucho de ellos. Lo más probable es que sean el resultado de un concienzudo ejercicio de depuración y se parezcan poco al original.

Retrato de Stendhal

Retrato de Stendhal

En sus escritos autobiográficos Stendhal desborda seguridad. Uno se resiste a creer en su desesperación cuando confiesa estar dispuesto a “saltarse la tapa de los sesos”. La nostalgia le ata demasiado a la vida y sabe perfectamente qué cosas pueden inspirársela.

Plenamente consciente de la realidad en que vive, está siempre muy cerca de sí mismo. No sólo percibe las relaciones humanas sino que, además, es capaz de disfrutar de ellas. Ha adquirido la costumbre de empezar por la primera pregunta, “¿quién soy yo?”, y como nunca tiene lista la respuesta, recurre a la razón y al análisis de la experiencia. ¿No era una pregunta hasta cierto punto previsible en alguien que en su trayectoria literaria hizo uso de varios pseudónimos, pasando a la posteridad con el más célebre de ellos?

Su soledad de los últimos años es la de un hombre que quiere dejar un testimonio fidedigno de su existencia, aunque sólo sea por el amor que profesó a las mujeres y al que, excepto una, le correspondieron adecuadamente, pero con las que, sin embargo, no pudo convivir mucho tiempo. La costumbre del matrimonio no encajaba en su temperamento inquieto y vigilante.

Retrato de Stendhal, con el uniforme de cónsul

Retrato de Stendhal, con el uniforme de cónsul

En muchos pasajes de sus escritos autobiográficos recuerda a Montaigne, de quien fue un fiel heredero: también en los Ensayos el estilo no es más que una continuación del hombre que los escribió. Esos esbozos de confesiones personales, a los que gustaba entregarse en los años de madurez, constituyen un ejemplo de supervivencia no sólo para un escritor sino para cualquier ser humano. Cuando se siente acosado por el tedio vuelve a las primeras preguntas, a sus siempre útiles “porqués”.

Como necesitaba respirar por los poros del lenguaje, el silencio le robaba el aire, de modo que cuando no tenía a alguien con quien conversar una hora todas las noches hablaba consigo mismo y con el imaginario lector para el que escribía sus memorias, fiel a la máxima de Plinio el Viejo “Nulla dies sine linea”.

Siendo como era un excelente conversador consigo mismo, le preocupaba no fatigar al futuro lector de sus escritos ni aburrirle con posibles vaguedades o con la excesiva utilización del “yo” y del “mí”, él que conocía de sobra los desastres que puede causar el aburrimiento.

Tumba de Stendhal en el cementerio de Montmartre, la cuya lápida se lee el epitafio: «Arrigo Beyle, milanese. Scrisse, amò, visse".

Tumba de Stendhal en el cementerio de Montmartre, en cuya lápida se lee el epitafio: «Arrigo Beyle, milanese. Scrisse, amò, visse”.

Muere en el momento preciso y súbitamente, a los 59 años, cuando acaba de garabatear su epitafio que es el de un hombre que se siente satisfecho de haber disfrutado de la belleza terrenal y humana. Al final consiguió lo que se propuso de joven: no ser ni parecer como el modelo de hombre que su padre y su odiada tía quisieron que fuera.

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7 comentarios leave one →
  1. febrero 19, 2013 4:50 pm

    Gracias, Jaime. He disfrutado leyéndolo.

  2. Guido FInzi permalink
    febrero 19, 2013 8:28 pm

    Siempre hay que huir de los moralistas, que refugian su hipocresía en los manidos “lo mío es distinto” y “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.

    Lo de la mentira moral y la estética, me trajo a la mente esos revolucionarios de salón que pululan por Occidente, mantenidos por la sopa boba del Estado y autoerigiéndose en referentes éticos de la Humanidad.

    Un saludo

    PD: Un texto magnífico, como de costumbre, así que no te preocupes por recibir pocos comentarios. Hoy en día, ser culto es como vivir en el exilio.

  3. febrero 19, 2013 8:37 pm

    Muchas gracias por tu siempre sugerente lectura, Guido.
    Los moralistas son esos tipos de los que podría decirse aquello que dijo Samuel Johnson de los patriotas: que la patria es el refugio de los cobardes. Así que, si hay que elegir, es preferible el exilio, aunque sólo sea para evitar semejante compañía.
    “La estética es la madre de la ética”, escribió Joseph Brodsky. Creo que Stendhal habría suscrito esta idea.

    Un saludo

  4. febrero 20, 2013 12:24 am

    Stendhal es bastante moralista, si bien se trata de otra “moral”, de hecho, “romántica”. Su ética afectiva está plasmada en su tratado “Del Amor”, un texto francamente brillante, en el cual Roland Barthes basó su excepcional tratado del amor titulado “Fragmentos de un discurso amoroso”. Todos los “principios morales” de Stendhal están explorados en sus novelas. Nada más moralista que el arrepentimiento de Julien Sorel con respecto a Mme de Rênal, o lo que ocurre con los protagonistas de La Chartreuse de Parme. Las autobiografías de Stendhal —tanto “Souvenirs d’Egotisme” como “Vie de Henri Brulard”— rezuman un sentido de superioridad moral dado su apego al axioma de la “autenticidad del sentimiento”, que estima superior al llanto irrefrenado de los personajes sentimentales de Marivaux, por ejemplo, o los del Abbé Prévost o de Bernardin de St. Pierre. Antes del siglo XX no hay “novelas sin moral”, y Stendhal no es la excepción. Stendhal se rebela contra la falsa moral o hipocrecía del Ancien Régime, no contra la moral como principio de conducta, sobre todo en lo que respecta a la autenticidad y a la pasión. De ahí su entusiasmo por Italia, por Shakespeare, y por la música de Mozart. De hecho, el propio “Síndrome de Stendhal” que da cuenta de la impresión fuerte que puede causar una obra de arte en el ánimo de una persona” tiene todo que ver con esa pasión por el arte que conforma una nueva moral del sentimiento, y que prevalece entrado el siglo XX en estetas de la categoría de Vernon Lee, incluso del Proust de “Contre Sainte-Beuve”. He escrito con prisa. Perdonen las redundancias… Gracias por traer a Stendhal a la blogosfera con un artículo tan bien pensado! Es uno de mis autores predilectos. 🙂

    • febrero 20, 2013 6:12 pm

      Gracias por este excelente y detallado comentario, tras que el que se aprecia la predilección por Stendhal. La moral que critica en “Vida de Henry Brulard” es la que presume de moralista y, por supuesto, de superioridad moral. A nuestro alrededor sobran ejemplos de este tipo de moralismo charlatán. El desprecio que siente por la intromisión de la política en las “obras de la imaginación”, es de la misma índole que el que le inspira la intromisión en el arte de la moral de pacotilla, como la que profesaba una parte de su familia. Como tú señalas, aborrece esas expresiones sentimentales que se observan en las obras de los autores que citas porque se contradicen con su compromiso con la verdad y con su concepción del arte. También en esto sigue los pasos del maestro Montaigne.
      Su blog literario es magnífico y ya lo tengo entre mis favoritos.
      Un saludo desde Madrid.

      • febrero 20, 2013 11:18 pm

        Jaime, acá en las tibias playas de San Juan, Puerto Rico, tienes una amiga cibernética. Me he disfrutado mucho tu blog. Sigamos esta estimulante conversación.

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