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Narradores mentirosos

febrero 12, 2013

Los relatos literarios escritos en primera persona suelen resultar atractivos por el tono confesional de la historia y la familiaridad que suscita el narrador, al que el lector imagina con un verismo tal que hasta puede hacerle olvidar que se encuentra ante un personaje ficticio. Con el recurso de la primera persona, el narrador y el propio escritor persiguen que su historia sea más verosímil que si fuese contada por un narrador omnisciente, que expone la historia desde diversos ángulos.

Esta estrategia se rige por el sentido común. En la vida real también aquello que contamos en primera persona, bien como testigos, como partícipes del episodio narrado, o ambas cosas a la vez, suele despertar el interés de nuestro interlocutor. Además, se sobreentiende que quien refiere algo en primera persona, y más cuando se trata de una confesión, cree en ello sinceramente y que no nos está mintiendo; de lo contrario, no se molestaría en contarlo.

"El Lazarillo de Tormes" de Francisco de Goya (1808-1812

“El Lazarillo de Tormes”, de Francisco de Goya (1808-1812)

En un relato literario el narrador tratará de avivar la curiosidad, procurando que su versión de determinado hecho resulte verosímil. En la lectura de ficciones la curiosidad suele preceder a la credulidad, por artificiosas que sean ambas, puesto que el lector sabe que cualquier parecido de lo que está leyendo con la realidad será pura coincidencia.

Algunos autores se han acogido a esta norma no escrita para seducir al lector con un relato en el que un narrador cuenta en primera persona una anécdota de la que él mismo es el  protagonista principal o testigo directo. En otras ocasiones, no ha participado del suceso narrado pero dice conocerlo de oídas. También puede ocurrir que adopte el doble papel de testigo y partícipe, aumentando con ello las probabilidades de ser creído en virtud de la hipotética imparcialidad que se atribuye a un testigo.

Independientemente de la historia que nos transmita, el propósito perseguido por el narrador (y el propio escritor, por supuesto) es que el lector crea en su relato y descarte la sospecha de hallarse ante una verdad a medias, una mentira edulcorada o una fantasía extravagante y, por tanto, inverosímil. Basta con un lenguaje seductor, una expresión clara y concisa y una trama ingeniosamente armada. El éxito de un relato de estas características será proporcional al del número de lectores que lo juzguen verosímil.

Herman Melville, autor del relato "Bartleby, el escribiente"

Herman Melville, autor del relato “Bartleby, el escribiente”

Un lector avisado ha de tener en cuenta que la figura del narrador, pese a su aparente imparcialidad, está integrada también como personaje en la historia que narra -aun cuando intervenga en ella únicamente como testigo-, y que tal vez se trate del más relevante de todos, por cuanto que es quien decide el qué, el cómo y el cuánto de la información que suministra al lector. Siempre desde la sospecha, éste seguirá con atención el relato, indagando en las causas por las que el narrador comunica unas cosas y silencia otras, así como en los criterios por los que se ha guiado en su exposición.

En la historia de la literatura abundan los ejemplos de esta modalidad de relato, pero citaré tres novelas que quizá conozcan muchos lectores: Lazarillo de Tormes, Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, y El lamento de Portnoy, de Philip Roth.

El Lazarillo data aproximadamente de 1552, es decir, ochenta años después de la llegada a España de la imprenta, un periodo al parecer suficiente para que la imaginación literaria produjera un texto tan refinado desde el punto de vista de la instrumentalización de la palabra escrita.

Portada de "El Lazarillo de Tormes", fechada en 1544

Portada de la edición más antigua que se conoce de “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades”, fechada en 1554

En la confesión epistolar que Lázaro de Tormes redacta para “Vuestra Merced” -un personaje anónimo como el autor de la novela- tratará de convencerle (¿también de convencerse?), de que su versión del “caso” -la confusa relación que él y su mujer mantienen con el arcipreste de Toledo- se ajusta a la realidad. Que las malas lenguas propaguen que debe su honorable puesto de pregonero de vinos y el disfrute de algunas ventajas materiales suplementarias al consentido adulterio de su mujer con el clérigo toledano no significa que tenga que ser verdad.

Lázaro se limita a gozar de las ventajas, haciendo caso omiso de los inconvenientes, como el de sentirse objeto de las habladurías de los vecinos. Mientras tanto, trata de salir al paso de las evidencias que enturbian su honorabilidad mediante sutiles argumentos con los que pretende persuadir de la falsedad de las habladurías al destinatario de la carta y, de paso, a los lectores del relato, presentándose como un hombre que, habiendo salido de la nada -literalmente del “río”, el Tormes para más señas- ha conquistado la cumbre de la fortuna después de un duro aprendizaje en calidad de siervo de varios amos.

Melville publicó Bartleby bajo el esplendor de la novela decimonónica y burguesa. No resulta extraño, pues, que un individuo burgués y culto, como sin duda lo es el anónimo narrador-abogado de este relato, se anime a transmitir al público norteamericano la lúgubre historia de Bartleby, un antiguo escribiente que trabajó para él, con la esperanza de paliar la “pérdida irreparable para la literatura” que, en su opinión, supone carecer del material necesario para componer una biografía del extravagante copista.

La autojustificación moral en la que se adentra para explicar su laberíntica relación con Bartleby se desarrolla simultáneamente a su intento por convencer al lector de la veracidad del relato que está contando. Lo más sospechoso, sin embargo, es que, tras interpretar la irrupción del desdichado copista en su monótona vida profesional como una prueba de la Divina Providencia para verificar si responde debidamente o no al mandato cristiano de la compasión con el prójimo, concluya la historia convencido de haber salido indemne de la prueba. No importa el triste desenlace de Bartleby. Lo esencial es que él ha cumplido con el piadoso deber de cerrarle los ojos cuando éste muere en sus brazos en el patio de la cárcel. Con eso se da por satisfecho.

El abogado y Bartleby en una escena de la adaptación teatral del relato de Melville dirigida por Richard Cotovksy

El abogado y Bartleby en una escena de la adaptación teatral del relato de Melville dirigida por Richard Cotovksy

Los narradores-personajes de estos dos relatos coinciden en su propósito de disimular ante al lector, cuando no ocultarle, las verdaderas intenciones que subyacen en sus historias –en el caso Lázaro, la autojustificación conducente a esquivar la humillación pública por su papel de cornudo, y el sentimiento de culpa interiorizado, por lo que respecta al abogado-narrador de Bartleby-, persuadiéndole de su hipotética objetividad. Corresponde al lector dilucidar tales intenciones, tomando como única referencia posible los hechos expuestos por sus autores. Para ello tendrá que leer entre líneas el testimonio unilateral ofrecido por éstos. Un testimonio en el que los silencios y los olvidos interesados valen tanto o más que las palabras.

Si los narradores de El Lazarillo y Bartleby poseen la llave de la verdad que tratan de velar bajo la pátina de una falsa objetividad, el lector dispone de las palabras de que se sirven para expresarla como único recurso factible a la hora de desentrañar esa verdad velada. Una lectura de ambos relatos basada en la credulidad favorecerá el propósito de sus narradores. Aunque sólo fuera por sentido común, el lector debería sospechar de la presunta imparcialidad de éstos en tanto que protagonistas y testigos de sus narraciones, y permanecer en guardia ante sus dotes persuasivas.

Ejemplar de la primera edición de "Pornoy`s complaint", de Philip Roth

Ejemplar de la primera edición de “Pornoy`s complaint”, de Philip Roth

La estructura de El lamento de Portnoy  (Portnoy`s Complaint, 1969) es simple: se reduce al monólogo -una auténtica diarrea verbal- de su protagonista, el joven judío norteamericano Alexander Portnoy, abogado de profesión, ante el doctor O. Spielvogel, psicoanalista neoyorquino. El relato termina con las palabras de éste en la que le anuncia que ahora le corresponde hablar a él. Como nota curiosa, el psicoanalista austríaco-norteamericano Bruno Bettelheim publicó el diagnóstico clínico que los lectores hubiesen querido conocer por boca del ficticio psiquiatra de Portnoy.

Bruno Bettelheim

Bruno Bettelheim

Nacido en un hogar de clase media en Newark, la capital de Nueva Jersey, en la que también nació y se crió el propio Roth, Portnoy habla de sus conflictivas relaciones con las mujeres, de su atormentada sexualidad, de las relaciones con sus padres o con el judaísmo. Está seguro de convencer al psicoanalista (y al lector del libro) de sus argumentos: una relación de quejas y acusaciones contra otros y contra sí mismo.

Los padres son para Portnoy el cajón de sastre en el que cabe todo, y que le permite eludir sus responsabilidades sin por ello sentirse culpable. Como se niega a admitir su negativa a crecer, a independizarse realmente de ellos y conquistar la autonomía moral que podría impulsarle a tomar decisiones comprometedoras, los acusa de impedírselo.

Para ello no dudará en compararse con Gregor Samsa, el joven protagonista de La transformación, y en comparar también a sus padres con los padres del personaje del cuento de Kafka. Como dice Bettelheim, “él mismo es, de manera extrema, todas las cosas de las que acusa a su madre. Ella le explotaba porque le quería mucho. Él explota a todo el mundo porque no quiere nadie”. Sólo desea tener y recibir, como el niño eterno que no quiere dejar de ser, por más que presuma de autosuficiencia.

Portada de la primera edición de "La transformación", de Franz Kafka

Portada de la primera edición de “La transformación”, de Franz Kafka

El rasgo común de estos tres relatos consiste en que sus narradores ficticios pretenden embaucar al lector con un lenguaje persuasivo y un argumento aparentemente impecable, ofreciendo la imagen de víctimas de una fuerza superior a ellos, injusta y opresiva, que confrontan con la inocencia que esgrimen ante el lector mediante pruebas convincentes, confiando en que si éste les cree, simpatizará con su causa.

¿Quiénes fueron más astutos al engañarnos, ellos mismos o sus creadores? Así que ¡cuidado con los relatos contados en primera persona! Léanlos con la mosca detrás de la oreja. Desconfíen del narrador, pero también de su propia credulidad.

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3 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    febrero 12, 2013 8:23 pm

    Me encanta la última reflexión. En cuanto a los títulos señalados, forman parte indispensable de mi biblioteca desde hace muchos años.

    Un saludo

    PD: Escribió el gran Edgardo Cozarinsky: Los cuentos no se inventan, se heredan. Es peligroso inventar cuentos. Si resultan buenos terminan por hacerse realidad, después de un tiempo se transmiten, y entonces ya no importa si fueron inventados, porque siempre habrá alguien que después los haya vivido (pág. 11 de “El rufián moldavo”)

  2. febrero 12, 2013 8:45 pm

    Son tres relatos conflictivos, que proponen falsas respuestas formuladas a la medida de las preguntas que los propios narradores-personajes plantean. Por ello son un desafío para el lector, que debe leerlos desde la sospecha. Lázaro de Tormes no quiere que la imagen de hombre emancipado de la servidumbre que se ha formado de sí mismo se la estropeen las habladurías que lo pintan como un cornudo.
    La perspicaz cita de Cozarinsky puede interpretarse como que una ficción convincente puede hacerse realidad.
    Gracias, Guido, por el estupendo comentario. Un saludo

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  1. Mentirosos

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