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El comandante de Treblinka y el húsar de Neisse

enero 22, 2013

En el año 2005 Naciones Unidas instituyó el 27 de enero Día Mundial de la Conmemoración de las víctimas del régimen nacionalsocialista. En un día como ese de 1945 las tropas soviéticas liberaron el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en el que murieron un millón y medio de personas, en su mayoría judíos. Los soldados rusos se encontraron únicamente con  7.000 supervivientes en unas condiciones físicas lamentables. El superviviente de Auschwitz Primo Levi contó que un día apareció en aquel lugar infernal un perro vagabundo al que los prisioneros llamaron Bobby. El animal se acostumbró a saludarlos con alegres ladridos cuando formaban filas por la mañana o regresaban del duro trabajo. “Para él fuimos hombres”, anotó en el libro en el que relató su experiencia en el campo. Hasta que al cabo de unas semanas los vigilantes expulsaron al animal. Era “el último kantiano de la Alemania nazi”.

Puerta de acceso al campos de exterminio de Auschwitz, con la leyenda "Arbeit macht frei" ("El trabajo hace libres")

Puerta de acceso al campos de exterminio de Auschwitz, con la leyenda “Arbeit macht frei” (“El trabajo hace libres”)

Dicen que poco antes de ser ejecutado por los nazis en Riga, el 8 de diciembre de 1941, el historiador ruso Simon Dubnow, de ochenta y un años de edad, instó a los judíos que aún seguían con vida en la capital de Lituania a que escribieran.  “Idn, shraybt sin farshraybt “‘ (del yidish: “Judíos, escribid y grabad”). Eso era lo que él había estado haciendo durante su brillante trayectoria como historiador del pueblo judío: protegerlo del olvido. En aquellas circunstancias atroces había que contar el crimen del que los asesinos deseaban que no quedaran huellas para que cayese en el olvido y nadie se molestara en recordárselo algún día.

Simon Dubnow

El historiador ruso Simon Dubnow

Desde entonces han sido numerosos los testimonios de los supervivientes, muchos de ellos ya fallecidos, que nos han transmitido en forma de libro, principalmente diarios y memorias. El recuerdo de la Shoah está vivo en la conciencia de los hombres y pesa sobre nosotros como una severa advertencia que tenemos el deber de preservar. El 6 de octubre de 1943, dos años después de que Dubnow fuese asesinado y cuando la masacre se hallaba en su máximo apogeo, el jefe de las SS,  Heinrich Himmler, pronunció un discurso en el castillo de Posen (Polonia) ante un  grupo de sesenta personas formado por comandantes de los Einsatzgruppen y altos jefes de las SS y de la policía, en el que les aseguró que estaban escribiendo “una gloriosa página de nuestra historia que jamás había sido escrita y que no volverá a escribirse”.

Con estas palabras de ánimo a sus subordinados, el arquitecto de las matanzas trataba de infundir un toque de trascendencia al genocidio, probablemente con el propósito de prevenir cualquier amago de remordimiento. Al insertarlo en el devenir de la historia expresaba su deseo de que la posteridad lo juzgase como un episodio inevitable -una”página” de la historia, poco importaba que estuviese escrita con sangre ajena-, similar a otros registrados en el pasado.

El más cercano en el tiempo, y de unas dimensiones similares, era el genocidio armenio, ocurrido entre 1915 y 1923,  en el que se inspiraron los criminales nazis para la matanza de los judíos. En una ocasión el propio Hitler se jactó de que ya hubiese sido olvidado, pensando que el mundo también olvidaría la masacre que él mismo comandaba. Himmler y Hitler estaban convencidos de que si la comunidad internacional permanecía impasible ante la persecución decretada contra los judíos, la posteridad olvidaría inmediatamente su exterminio cuando éste saliera a la luz.

Heinrich Himmler

Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS y jefe de la Policía alemana

Los asesinos de masas y los dictadores sanguinarios se han esmerado siempre por otorgar respetabilidad a sus crímenes encuadrándolos en alguna  abstracción historicista y proyectando la imagen de fieles cumplidores de un supuesto mandato histórico tan objetivo como ineludible. Se trata de una variante de la figura del Verdugo imaginada por Joseph de Maistre (1753-1821) en su libro Veladas de San Petersburgo. Según la siniestra tesis de este pensador, el Verdugo es un individuo enviado por Dios al que los hombres -pecadores irredentos- contemplan con temor y repugnancia, pero de cuya necesidad nadie duda. Sus valiosos servicios purifican al mundo de los sujetos indeseables, categoría en la que De Maistre incluye a quienes pretenden otorgar al ser humano la suficiente capacidad y autonomía para valerse por sí mismos y para decidir y actuar libremente, con la ayuda de la razón, y que además se atreven a prescindir de la Divinidad a la que, quiéranlo o no, están sometidos.

Retrato de Joseph de Maistre (1753-1821)

Retrato de Joseph de Maistre

Uno de los verdugos nazis más abominables fue el austríaco Franz Stangl, el comandante del campo de exterminio de Treblinka (que en los cuatro meses anteriores lo fue de Sobibor), donde industrializó la masacre a razón de 3.000 ejecuciones por día. El 28 de febrero de 1967 Stangl fue capturado por Simon Wiesenthal en Brasil, donde residía desde hacía años -ni siquiera se molestó en cambiar de nombre-,  y transportado a Alemania para ser juzgado por el extermino de 900.000 personas. El juicio se celebró en 1970, siendo condenado el 22 de octubre de ese año a la pena máxima, cadena perpetua. Durante su estancia en la cárcel de Düsseldorf, la periodista Gitta Sereny logró entrevistarlo durante varias jornadas en su afán por desentrañar la conciencia de un individuo de apariencia normal, católico, casado y con dos hijas.

El miedo a perder la vida, o, lo que es lo mismo, el deseo de preservarla a cualquier precio, llevó a Franz Stangl a embarcarse en un gradual proceso de renuncias que fueron corroyendo su dignidad moral y, finalmente, su conciencia. Esto no significa que en algún momento no pudiera frenar aquel proceso. A ese fatal encadenamiento de renuncias, el antiguo comandante de Treblinka lo denominó con el eufemismo “adaptarse a la situación”. No importaba cuál fuese ésta. Lo esencial era adaptarse, acomodarse, sobrevivir. Cuando la corrupción moral ya estaba consumada y no había posibilidad de retorno, a Stangl sólo le cabía la posibilidad de olvidar sus crímenes y esperar que el mundo también los olvidase. Pero las víctimas o sus descendientes, no olvidaron y el excomandante de Treblinka fue hallado en Brasil y conducido a Alemania para su enjuiciamiento.

Fotografía tomada en el campo de Treblinka en la que se aprecia a la izquierda a Franz Stangl vestido con un traje de equitación con el que recibía a los  prisioneros. "Hacía calor", le respondió a Gitta Sereny cuando le preguntó por qué iba vestido de esa guisa. ndante de Treblinka, Franz Stangl, a la derecha de la foto

Fotografía tomada en el campo de Treblinka en la que se aprecia a la izquierda a Franz Stangl ataviado con un traje de equitación con el que recibía a los prisioneros. “Hacía calor”, le respondió a Gitta Sereny cuando ésta le preguntó por qué iba vestido de esa guisa

Al final hubo de reconocer que su culpa consistía en que “todavía estoy aquí”. Descubrió que ya  no merecía la pena seguir viviendo y que el encarcelamiento no era una penitencia suficiente para expiar sus crímenes.

La perversa ficción propagada por el nazismo para enzarzar a la “raza aria” contra la “raza de infrahombres” arrojó a los millones de individuos involucrados en ella a una demencial lucha por la supervivencia física. Si los catalogados en la “raza aria” se negaban a participar de la ficción -cuando alguna vez pensaron en esa posibilidad-, eran acusados de deslealtad, con el consiguiente castigo. No en vano el título de “arios” se les concedió para que fueran leales y consecuentes con él. En cuanto a los individuos catalogados de “infrahombres”, la lucha por la supervivencia se reducía a defenderse con los escasos medios que tenían a su alcance de la guerra a muerte que se les declaró.

Por la enorme superioridad de que gozaban los individuos “arios”, eran los alemanes quienes menos tendrían que haberse aferrado a su instinto de supervivencia, no sólo porque sus falsos contrincantes nunca estuvieron predispuestos a arrebatarles la vida, al menos antes de que los atacaran, sino porque habrían podido destinar esa vida que tanto amaban a combatir a sus verdaderos enemigos: la minoría enloquecida que los involucró en la lucha ficticia y que de todos modos habría de empujarlos a inmolarse en la guerra. Pero, como muy bien sabían Hitler y los jerarcas nazis, bajo esas circunstancias la lógica del miedo irracional termina imponiéndose sobre la razón. alemania-nazi (1) El nazismo destruyó la individualidad, pero no el instinto de supervivencia de los individuos, que, por el contrario, acentuó con su estrategia de terror. Cuando los hombres se ven obligados a concentrar sus energías en sobrevivir a cualquier precio, el primer damnificado es su propia humanidad. Entonces el otro se convierte en un mero instrumento del que cada cual procura servirse para garantizar su supervivencia.

El éxito del plan de exterminio nazi se debe en buena parte a su estrategia de extrema individualización de un deseo humano tan básico como el de la supervivencia física en medio de unas condiciones que, pese a su artificialidad, fueron concebidas para estimularlo. Pero es muy probable que hubiese fracaso si los alemanes no nazificados –los que nunca creyeron la propaganda criminal del régimen- se hubieran persuadido de que en aquellos momentos lo prioritario no era tanto la salvaguardia de sus vidas cuanto la destrucción de quienes los habían degradado al nivel de una raza animal, por muy “aria” que  fuese. Pero quizá eso era pedir mucho. El heroísmo exige una lucidez mental y un valor que sólo está al alcance de pocos.

El infierno desatado por el nazismo despertó en los individuos con la conciencia más debilitada un instinto de supervivencia que les llevó a a primar ésta sobre cualquier consideración de índole moral. Bajo esas circunstancias aberrantes, se antepuso la conservación de la propia vida a la defensa de la moralidad. Más aún, vida y moral fueron confrontadas en una lucha despiadada cuyo desenlace implicaba la exclusión de una de las dos. O se sacrificaba la vida en aras de la moral o se sacrificaba la moral en aras de la vida. No cabía otra posibilidad de elección. Hasta quien procuraba escapar a este dilema estaba eligiendo.

Retrato de Johann Peter Hebel

Retrato de Johann Peter Hebel

El “caso Stangl” recuerda al relato de Johann Peter Hebel, recogido en su Cofrecillo de joyas del amigo renano de la casa, titulado El húsar de Neisse, en el que se narra la historia de un húsar prusiano, “una mala persona”, como apunta el narrador. Durante la guerra que los prusianos sostenían contra los franceses al principio de la Revolución francesa, un día este húsar, estando en la provincia de la Champaña, penetró en la casa de “un hombre pacífico”, le robó todo el dinero que poseía y objetos de valor, y, poco conforme con ello, lo maltrató a él y a su esposa. Cuando intentaba robarles también la cama, el hijo pequeño le suplicó de rodillas que no lo hiciera. Pero el húsar “le empujó a un lado sin piedad”. Luego la hija corrió detrás de él, implorándole que se compadeciera de ellos. Pero el húsar la agarró, arrojándola a un pozo del patio y llevándose consigo el botín.

Una vez establecido en la ciudad de Neisse, en Silesia, el oficial no volvió a pensar en aquellos incidentes, creyendo que sus delitos había sido olvidados.  Hasta que dieciocho años después, un joven sargento francés que se alojaba en Neisse, en la casa de una buena mujer, observó apenado que la colcha de la cama en la que había dormido aquella noche era la de sus padres que les arrebató el húsar prusiano. La mujer le aclaró que había comprado aquella ropa de cama a un húsar moreno que todavía vivía en Neisse y que, por tanto, ella no tenía ninguna culpa.

Pintura de la época que representa a dos húsares con una mujer

Pintura de la época que representa a dos húsares con una mujer

Inmediatamente el sargento se dirigió a casa del húsar, quien tras escuchar el relato del francés, “quiso disculparse diciendo que ya se sabía que en la guerra las cosas no siempre ocurrían como debían, y que lo que uno dejaba se lo llevaba el otro; y que era mejor llevárselo uno mismo”. Pero cuando el sargento le recordó a su hermana, a la que asesinó arrojándola a un pozo, “la mala conciencia y el susto” dejaron sin voz al criminal, que cayó temblando de rodillas delante del francés y sólo pudo balbucir “perdón”. Sin embargo, para sus adentros pensó: “Esto no servirá de mucho””. Roto por el dolor, el sargento no se vengó del crimen cometido por el húsar sino que le perdonó que lo maltratase a él mismo y a sus padres y que los arruinara. Pero –le dijo a continuación- que matase a su hermana, eso sólo podía perdonárselo Dios.

Después de esas palabras se marchó sin causar daño al antiguo húsar porque, añade el narrador, “cuando el corazón está conmovido y a punto de romperse de dolor, el hombre no desea vengarse”, ya que entonces la venganza se le antoja “demasiado nimia y despreciable”.  Entonces el antiguo  húsar tuvo la sensación “de haber comparecido ante el Juicio Final y no haber recibido una sentencia favorable”. Y apostilla el narrador que desde aquel día “no volvió a tener una sola hora de paz y dicen que murió al cabo de tres meses”.

Gitta Sereny entrevistando en la prisión a Franz Stangl

Gitta Sereny entrevistando en la prisión de Düsseldorf a Franz Stangl

También Stangl murió en la cárcel de un ataque al corazón diecinueve horas después de la última conversación con Gitta Sereny en la que le confesó que debería haber muerto. “Mi culpa es que todavía estoy aquí. En eso consiste mi culpa”, le confesó a la periodista. Sus últimas palabras fueron: “Quiero llegar hasta el final de esta conversación y después se acabará todo. Entonces habrá llegado el fin”. Había concluido un tortuoso recorrido por el túnel de la conciencia que durante un cuarto de siglo mantuvo obstruido por voluntad propia.

Durante su encuentro con el húsar prusiano, el recuerdo de la humillación pesó más en la memoria del sargento francés que el deseo de resarcimiento. Y la venganza sólo aflora cuando sucede a la inversa. En consecuencia, el criminal que durante esos dieciocho años había borrado el delito de su memoria, al sentirse perdonado por la víctima se percató de que ahora era su conciencia la que no le perdonaba.

El cuento de Hebel concluye con dos moralejas: “No hagas nunca en el extranjero lo que no puedas asumir en tu propio país” y “hay crímenes que nunca caen en el olvido”. A éstas se podría añadir otra más, a saber: que los asesinos desearían que sus crímenes cayesen en el olvido para poder olvidarlos ellos también y de esta forma escapar al juicio de su conciencia y al consiguiente veredicto condenatorio.  Pero las víctimas no olvidan y el dolor causado por el recuerdo de la ofensa permanece despierto y sensible, como una herida. El joven sargento francés reconoció la colcha de sus padres que les había robado el húsar prusiano porque sus sentidos se hallaban especialmente receptivos al recuerdo de la ofensa que aquél les infligió dieciocho años antes.

Monumento erigido en el campo de exterminio de Treblinka memoria de las cerca de 850.000 personas que fueron asesinadas en el tiempo en que estuvo funcionando, entre ntre julio de 1942 y octubre de 1943. Treblinka estaba situado en una zona boscosa, al noroeste de Polonia, próximo a la aldea del mismo nombre, donde fueron asesinadas alrededor de 850.000 personas e durante el tiempo en que estuvo funcionando

Monumento erigido en el campo de exterminio de Treblinka en memoria de las 850.000 personas que fueron asesinadas en el tiempo en que estuvo funcionando, entre julio de 1942 y octubre de 1943. Treblinka está situado en una zona boscosa, al noroeste de Polonia, próximo a la aldea del mismo nombre

Pocos dirigentes nazis reconocieron su culpa cuando comprobaron que los demás los juzgaban culpables. Hasta tal punto tenían embotada la conciencia. Estos individuos sin alma constituyen la carne  de cañón de los cínicos y desalmados, de los sedientos de poder y sangre como Hitler. En condiciones normales no son más que una amenaza dormida. Pero basta con que éstas se tuerzan para que despierten y se sumen al bando del crimen, siempre que les reporte alguna ventaja personal. Se trata de tipos anodinos pero en potencia muy peligrosos, como Franz Stangl.

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7 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    enero 22, 2013 11:04 am

    Los nazis eclipsaron el infierno de Dante

    Un saludo

    PD: Ayer me encontré con la siguiente frase con relación al Holocausto: “Cuando las mentes enloquecidas están en sincronía, crean una realidad alternativa; matan por razones inventadas”

  2. enero 22, 2013 11:13 pm

    Curiosamente, en sus conversaciones con Gitta Sereny, el propio Stangl le dijo que Treblinka era mucho peor que Sobibor y que al entrar en el recinto por primera vez “fue lo más espantoso que vi durante la época del Tercer Reich. Era el “Inferno” de Dante. Dante había resucitado”.
    Luego salió del automóvil en la explanada de llegada y se hundió hasta las rodillas “en un mar de billetes, monedas, piedras preciosas, joyas y ropas”. Allí había miles de cuerpos esparcidos por todas partes en estado de putrefacción, descomponiéndose, expuestos al calor, en medio de un olor espantoso.
    Hay un cuadro de Alberto Durero, “El martirio de los diez mil cristianos”, fechado en en 1508, que siempre me ha recordado a las masacres perpetradas por el nazismo. El horror es irrepresentable.

  3. Maia L.B. permalink
    agosto 20, 2013 9:20 am

    A mí, el cuadro que siempre, indefectiblemente, me trae el Holocausto a la mente es “El grito”, de Edvard Munch. Y cuando veo algún zapato tirado en la calle.

  4. Maia L.B. permalink
    agosto 20, 2013 9:24 am

    Y cuando veo insecticidas (el material utilizado para las cámaras de gas fue el Zyklon B)
    Y cuando veo cabello tirado en el piso de las peluquerías.
    Y cuando oigo la palabra “gas”
    Y cuando veo fotos de mis abuelos con su familia antes de la guerra
    Y… la lista es larga.

    • agosto 21, 2013 8:24 pm

      Gracias por el comentario, Maia. Sí, la lista es larga y quizá esos pequeños objetos que mencionas lo recuerden mejor que cualquier pintura. Un saludo.

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