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“El apartamento” o el amor taciturno

enero 15, 2013

Aunque El apartamento sea hoy una de las películas más aclamadas de la historia del cine, su director Billy Wilder se quejaba en los últimos años de su vida de que se la calificase de inmoral, que se dijese de ella que tiene un men`s room humor (“un humor de cuarto de baño de hombres”) o que se incidiera demasiado en la crítica social de la historia. Todo esto lo cuenta en  el libro Nadie es perfecto. Billy Wilder con Hellmuth Karasek  (en la versión original Billy Wilder. Eine Nahaufnahme von Hellmuth Karasek), editado en 1992, diez años antes de su muerte en Hollywood a los 95 años .

El apartamento es una película tan sugerente que seríamos injustos con ella si la encerrásemos en un par de clichés. Uno de los aspectos más incisivos de la historia, basada en un guión del propio Wilder y su colaborador I.A.L. Diamond, es la forma en que la joven Fran Kubelik (Shirley MacLaine), la ascensorista que trabaja en una gigantesca compañía de seguros neoyorquina, resuelve su tormentosa relación con el gerente de la empresa, Sheldrake, un hombre seductor y atractivo, pero casado.

El gerente de la empresa de seguros, Sheldrake (Fred MacMurray) en una cena en un restaurante con su amante, la ascensorista Fran Kubelik, perdidamente enamorada de él

El gerente de la empresa de seguros, Sheldrake (Fred MacMurray) en una cena en un restaurante con su amante, la ascensorista Fran Kubelik, perdidamente enamorada de él

Tras percatarse de la manipulación de que está siendo objeto por su clandestino amante, Fran se encuentra en un callejón sin salida. Enganchada emocionalmente a Sheldrake, no soporta la idea de tener que romper con él. A pesar de su tentativa de suicidio con barbitúricos en el apartamento de su compañero de oficina, el soltero C.C. “Bud” Baxter (Jack Lemmon), y de la exitosa y rápida acción de éste para salvarla de la muerte, la joven persiste en su amor ciego.

Aunque sepa que su poderoso amante ha vuelto a engañarla con la falsa promesa de separarse de su esposa para casarse con ella, continúa perdidamente enamorada de él. Más tarde la joven tendrá ocasión de enterarse de que Sheldrake empleaba la misma mentira-artimaña con otras empleadas a las que también sedujo anteriormente.

Baxter se ha enamorado de la ascensorista, pero ésta no se siente seducida por un pobre diablo tan poco atractivo y de su misma condición social, o sea, un empleado igual que ella y como tantos otros, sólo que un poco más educado que la mayoría: siempre se quita el sombrero cuando entra en el ascensor.

La ascensorista Fran Kubelik y su compañero de oficina Baxter en un ascensor de la gran oficina de seguros de Mannahttan en la que ambos trabajan

La ascensorista Fran Kubelik y su compañero de oficina Baxter en un ascensor de la gran oficina de seguros de Manhattan en la que ambos trabajan

La joven tiene que sufrir nuevas humillaciones del gerente para convencerse  de la falsedad de su amor y de su propio enamoramiento. ¿Cómo puede ser verdadero un amor no correspondido? Esta es la primera cuestión que se plantea. ¿De qué sirve amar a alguien que dice amarnos, pero que no renuncia a la comodidad de un matrimonio basado en el adulterio y el engaño?

El feliz encuentro de la ascensorista y el empleado se producirá cuando cada uno de ellos por separado se sacuda de encima sus mezquinas dependencias y recobre la capacidad para decidir, prescindiendo de las temidas consecuencias que hasta entonces se lo impidieron. Fue en ese momento clave cuando Baxter recordó las palabras que el servicial vecino médico le dijo  en una ocasión: que fuese al fin un hombre. Pues bien, eso es lo que ahora decidía ser, un hombre entero y derecho y no el muñeco con el que hasta ese momento habían jugado a su antojo los impresentables jefecillos de la oficina.

Desde hacía un tiempo Baxter les prestaba la llave de su apartamento para que lo utilizasen a modo de “picadero” durante unas horas a cambio de la promesa de ascenderlo de categoría en la oficina.

Baxter en la oficina de la compañía de seguros en la que trabajaba

Baxter en la oficina de la compañía de seguros en la que trabajaba

A partir de esa decisión, C.C. Baxter y Fran Kubelik podrán liberarse de sus viejas dependencias: ella, al reconocer que perdía el tiempo y, lo que es más importante, su dignidad, alimentando inútilmente sus expectativas en torno a un manipulador que la utilizaba según sus conveniencias; y Baxter, cuando abandona el sucio juego de vender su dignidad, prestando su apartamento a los jefes de la oficina para que fuesen allí a divertirse por unas horas con sus amantes ocasionales, como la propia Kubelik, a cambio de un siempre inseguro ascenso en la corrupta burocracia de la empresa aseguradora.

Ambos se conducen como los marineros del acorazado Potemkin, quienes en el instante en que se disponían a disparar contra sus compañeros rebeldes, arrojaron los fusiles al suelo y, atendiendo  al grito de “¡Hermanos!” que profirió uno de ellos, se sublevaron contra la corrupta oficialidad que los explotaba.

Escena de "El acorazado Potemkin" en la que un pelotón de marineros se dispone a fusilar a un gripo de compañeros rebeldes a los que se ha cubierto con una lona. Cuando se dispnen a disparar, la voz de uno de ellos exclamando "¡Hermanos!", será la chispa que haga estallar la sublevación de los marineros contra sus jefes disuade a

Escena de “El acorazado Potemkin” en la que un pelotón de marineros se dispone a fusilar a un grupo de compañeros rebeldes a los que se ha cubierto con una lona

A la vista de su experiencia amorosa con el gerente de la oficina, es comprensible que Fran Kubelik cortase la solemne declaración de amor que le hace Baxter en la escena última de la película, cuando ambos se sientan en el sofá del apartamento del empleado ante una botella de champán y se ponen a jugar a las cartas. “Juegue y calle”, le interrumpe la muchacha. Ha aprendido que ese tipo de declaraciones amorosas lo enredan todo, como la enredaron a ella cuando se enamoró del gerente –otro charlatán del amor-, y que lo mejor en esas situaciones es callarse y comportarse con absoluta normalidad, como si no se estuviese enamorado.

Un amor charlatán está a dos pasos de incurrir no sólo en la falsedad sino en el ridículo, al hacer que los enamorados se tomen el asunto más en serio de lo que deberían. Precisamente lo que enamoró de Baxter a la ascensorista es que le demostrase que la amaba sin decírselo, al contrario que Sheldrake, quien le demostró que no la amaba porque no dejaba de decírselo, o de prometérselo, lo que es aún peor.

Escena final de "El apartamento", con C.C. Baxter y Fran Kubelik jugando a las cartas en el apartamento de él

Escena final de “El apartamento”, con C.C. Baxter y Fran Kubelik jugando a las cartas en el apartamento de él

Un amor que promete se rebaja a sí mismo y en realidad constituye una impostura, una pose puramente estética e imitada no de la experiencia real sino de la mala literatura en la que abundan los amantes falsos y charlatanes. El amor verdadero calla por pudor, por modestia, pero, sobre todo, porque es verdadero y genuino y no necesita emular una pésima imitación.

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10 comentarios leave one →
  1. enero 15, 2013 10:08 am

    Enhorabuena, Jaime. Un comentario tan claro, inteligente y ajustado al tema, que diría que no eres crítico de cine profesional

  2. enero 15, 2013 10:19 am

    ¡Muchas gracias, Antonio! “El apartamento” es una de esas películas en las que siempre descubres un matiz nuevo que la enriquece.
    Un saludo

  3. alejandro permalink
    enero 15, 2013 11:35 am

    Más claro, el agua. Enhorabuena, Jaime.

  4. Guido FInzi permalink
    enero 15, 2013 12:55 pm

    A esta gran película, siempre le encuentras aspectos nuevos cada vez que la vuelves a ver. Contiene tantas lecturas y matices, que las ideas te bullen y acumulan:

    – Existe la erótica del poder
    – El amor sólo es irracional en su origen
    – Al final, sólo amamos la idea que tenemos del otro, es decir, a nosotros mismos
    – Nos enganchamos de nuestro propio amor no correspondido
    – Ansiamos lo que no tenemos
    – El amor no existe; son los padres

    y un largo etc.

    • enero 15, 2013 7:54 pm

      “El apartamento” da mucho juego, como la escena en la que Baxter se mira en el espejo roto de Fran, descubriendo que ella ha sido una de las “clientas” de su apartamento, que ha compartido con Sheldrake. La imagen cuarteada -cubista- de su rostro al mirarse en ese espejo roto es un reflejo la imagen de su vida también cuarteada.
      A mi juicio, lo mejor de esta película es que al final Fran y Baxter se sublevan contra la imagen de la “erótica del poder”, como tú bien señalas -puesto que no es más que eso: una imagen, un ídolo de barro- y la chica se inclina por Baxter, recobrando así el sentido de la realidad.

      • Guido FInzi permalink
        enero 15, 2013 9:30 pm

        Que no se nos pase por alto que, como apuntó un literato: “a las mujeres les gustan los hombres tristes”

      • enero 15, 2013 9:36 pm

        Los hombres tristes, y con cierto toque oscuro son interesantes, muy, en lo literario… en la vida real, depende. Huiría de un hombre que se regodea en la tristeza.

  5. enero 15, 2013 6:53 pm

    Jaime, es un placer tu lectura, y este comentario casi cliché, es un acierto y como tal, lo escribo.
    Mi libro “Después de comer perdices o por qué las mujeres son boludas e insisten en enamorarse” es precisamente sobre esos amores cobardes, y por ese motivo, esos masculinos cobardes que no logran superar apenas unas páginas no logran ser mis favoritos, no hay elogio literario que consiga que me atraigan.

    Reitero, gracias.
    r

    • enero 15, 2013 8:07 pm

      Muchas gracias de nuevo, Rita, por la lectura. Sí, Sheldrake es el típico amante cobarde y fanfarrón. En esta comedia, en la que nada es lo que parece, al final será la esposa de Sheldrake la que le pida el divorcio, al enterarse de sus infidelidades por una de sus antiguas amantes. Así que el fanfarrón se quedó descompuesto y sin mujer…
      Un saludo

  6. enero 15, 2013 8:36 pm

    En mis relatos, las dos voces: ella y él narran la misma historia, con la diferente mirada… no existe Baxter para equilibrar; el lector es él que debe ver lo real de amabas miradas; y no, no hay cierres con castigo, sólo en uno, pero es lo aleatorio y sus caprichos, no la justicia.
    Dos…

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