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El Amigo de la casa

enero 8, 2013

El estreno del nuevo año viene acompañado siempre del estreno del nuevo calendario que nos acompañará en los próximos 365 días. Sin embargo, seguro que ustedes habrán observado que este modesto pero útil objeto cotidiano está desapareciendo de las oficinas, despachos, consultorios, escuelas, ¡y hasta de los talleres de coches!, víctima de la información electrónica que nos suministran los ordenadores, las computadoras portátiles y los teléfonos móviles.

Precisamente el almanaque –una palabra también en vías de extinción- tuvo su esplendor con la propagación de la imprenta. Además de ofrecer datos astronómicos y el santoral en los países católicos, incluía un mosaico de curiosidades, anécdotas, fábulas y cuentos breves destinados a ilustrar a sus lectores en asuntos diversos y, de paso, difundir las pertinentes enseñanzas morales.

Portada de la edición de 1814 del "Cofrecillo de joyas del Amigo renano de la casa"

Portada de la edición de 1814 del “Cofrecillo de joyas del Amigo renano de la casa”

Uno de los almanaques más fascinantes es el Cofrecillo del tesoro del Amigo renano de la casa  (“Schatzkästlein des Rheinischen Hausfreunds”), publicado en 1811 a instancias de la editorial Cotta por el teólogo y maestro de escuela Johann Peter Hebel. Se trata de una miscelánea de cuentos, leyendas populares, anécdotas, noticias y enseñanzas que este autor fue publicando entre 1803 y 1819, a unas treinta por año, en el almanaque luterano del margraviato de Baden, al suroeste de Alemania. Considerando que sería una lástima que estos textos se perdiesen junto a las hojas del calendario, el editor acordó con su autor agruparlos en un libro.

El Amigo renano de la casa es el narrador que le cuenta al lector las historias y que, ocasionalmente, se dirige a él para exponer algún matiz, una opinión e incluso aclarar la viñeta que ilustra el cuento. Con ese nombre simbólico,  pretende infiltrarse en la intimidad del hogar, casi como un miembro más de la familia, y acompañar al lector con la continuidad de cada uno de los días del año, recordándole que, contra viento y marea, está ahí. Heidegger lo comparó con

“el sereno supremo, la luna: alguien que se mantiene despierto durante la noche y vela sobre la justa calma de los habitantes y tiene cuidado de lo amenazante y perturbador”.

Hebel retrato grande

Retrato de Johann Peter Hebel, por Philipp Jakob Becker

Al igual que la Biblia luterana, la presencia de este ingenioso amigo doméstico debió de contribuir a la alfabetización y al enriquecimiento mundanal de la población con menos posibilidades de acceder al estudio, principalmente en las amplias zonas rurales de Alemania.

Johann Peter Hebel nació en Basilea en 1760. Huérfano muy pronto de padre y madre, cursó estudios de secundaria de la ciudad alemana de Karlsrue, en el actual Estado de Baden-Württemberg, y comenzó la carrera de teología en Erlangen, siendo nombrado vicario en la región protestante de Markgräfler Land. Tras ejercer un tiempo de maestro en Lörrach, fue profesor y director de la escuela de Karlsrue en la que estudió, desempeñando cargos eclesiásticos y políticos hasta su muerte el 22 de septiembre de 1826, a los sesenta y seis años.  No se casó nunca.

Cosmopolita con la imaginación y provinciano en los detalles, ilustrado pero sin dogmatismos, hombre religioso aunque mordaz con cualquier amago de superstición, Hebel supo ahondar en los entresijos del corazón humano a partir de los sentimientos y las sensaciones aparentemente simples que esparció entre los personajes de sus cuentos y de las experiencias en las que los involucra.

hebeldenkmal

Estatua de Hebel en Lörrach

Además de cosechar un notable éxito entre los lectores desde su aparición, escritores y filósofos como Gottfried Keller, Tolstói, Kafka, Hermann Hesse, Wittgenstein, Ernest Bloch, Heidegger y Walter Benjamin, se sintieron atraídos por la inteligencia y el lenguaje del Cofrecillo. Este último lo definió como  “una de las obras más puras de la orfebrería de la prosa alemana”.

En 1926, con motivo del centenario de la muerte de Hebel, Benjamin acusó del olvido al que fue relegado su almanaque a “la espantosa arrogancia cultural que arrojó la llave de este cofrecillo entre niños y campesinos porque los escritores populares –así son las cosas- ocupan en el escalafón un lugar inferior al de cualquier “poeta” dejado de la mano de Dios”. También Heidegger defendió la universalidad de la literatura de Hebel, autor de Poemas alemánicos y de Historias bíblicas adaptadas para los jóvenes.

Walter Benjamin

Walter Benjamin

Su estilo sencillo, vivaz, bíblico y exento de pretensiones literarias, la verosimilitud y el cuidado en la descripción de los detalles, hace que los relatos del almanaque se graben en la memoria del lector al igual que las antiguas narraciones de transmisión oral y escrita. Aunque destinados a la lectura individual, parecen concebidos como historias orales para ser leídas ante un auditorio limitado –en reuniones familiares, en las escuelas o en el descanso de una faena agrícola-, con el propósito de instruir deleitando.

Ambientados en varios países europeos y en la lejana Turquía, en estos relatos brilla la anécdota costumbrista impregnada de astucia, ironía y sentido común. Por sus páginas desfilan individuos de toda condición, oficios y clases sociales: artesanos, burgueses, campesinos, militares, aristócratas, empleados, vendedores ambulantes, rentistas, vagabundos, estudiantes, pícaros, granujas, bandidos, esposas y maridos y matrimonios cómplices no siempre para lo bueno. También hay anécdotas curiosas de las que son partícipes nada menos que Napoleón y los emperadores de Rusia y de Prusia.

Retrato de Hebel, por Eduard Schuler, fechado en 1815

Grabado de Hebel, por Edward Schuler, fechado en 1815

Pero es el pueblo llano –campesinos y artesanos- el que se encuentra mejor representado en el Cofrecillo, con sus jugosas anécdotas que el Amigo de la casa inmortalizó gracias a su prodigioso arte narrativo. Los escenarios históricos se concentran en las guerras napoleónicas y en la Guerra de los Treinta Años. En esas historias pugnan el bien y el mal, la habilidad y la torpeza, la razón y la sinrazón, el valor y la cobardía, la generosidad y la mezquindad, la sabiduría y la ignorancia, la tolerancia y el dogmatismo, la prudencia y la temeridad, la soberbia y la humildad, la crueldad y la compasión, la lealtad y la traición.

La suerte y la desgracia se suceden en algunos relatos, haciendo que el destino de un individuo cambie repentinamente de un estado a otro a merced de los vicisitudes del azar, como sucede en Extraños destinos de un joven inglés, en el que los hechos y los encuentros fortuitos se encadenan conformando una asombrosa historia con final feliz y nada inverosímil, a pesar de los variopintos encajes que confluyen en ella.

Nunca la vida dio tantas vueltas y tan bruscamente como en esta historia tremenda que se desencadena en el momento en que un viajero hospedado por casualidad en la casa del conductor de la diligencia que le ha llevado a Londres,  se levanta por la noche de la cama para hacer sus necesidades.

Ilustración original del cuento "Extraños destinos de un joven inglés"

Ilustración original para el cuento “Extraños destinos de un joven inglés”

En los cuentos de guerra se alternan los episodios de crueldad y traición con otros de piedad hacia el enemigo. Son anécdotas que ejemplifican el tono de los relatos, en los que nada es del mismo color ni está predeterminado. En ellos lo imprevisto predomina sobre la previsible y lo cotidiano se yuxtapone con naturalidad a lo extraordinario.

De la destreza pedagógica de Hebel dan cuenta las eruditas lecciones, ilustradas con datos fehacientes, sobre los planetas, las constelaciones, el sol y la luna, que le sirven para mostrar la insignificancia del hombre en el universo. En el comentario dedicado a a los cometas asevera que, si es verdad que, como dicen, éstos anuncian desgracias cada vez que se aproxima uno a la Tierra, entonces siempre habrá algún motivo para justificar los peores augurios.

En una época en la que el miedo supersticioso hacía estragos en las zonas rurales, desenmascara a los fantasmas de los cementerios, sorprendiendo a algún granuja bajo la sábana terrorífica, y desmonta con argumentos racionales las “leyendas campesinas” en circulación (equivalentes a nuestras “leyendas urbanas”).

Busto de Hebel en Basilea

Busto de Hebel en Basilea

Contra los prejuicios y los temores infundados, se alza en abogado defensor de las arañas, los topos, las serpientes, los lagartos y las salamandras. El Cofrecillo está imbuido de Ilustración y de lumières.

En otros relatos irrumpe el terror animal, como el ataque de un lobo extraño a los habitantes de una aldea francesa y la lucha a muerte de uno de los aldeanos contra el monstruo, hasta que la hija le clava un cuchillo y lo mata. El mal humano está representado por descripciones de crímenes feroces, como el que se narra en El perro del carnicero. En este cuento un perro delata a los asesinos y los cuervos se relamen la carne “que les supo a maravilla” de sus cadáveres colgados en el patíbulo.

La religión escapa al genio narrativo de Hebel, excepto en el cuento en el que ridiculiza el afán proselitista de católicos y protestantes.  Los relatos en los que aparecen judíos rezuman tolerancia y comprensión hacia quienes empezaban a salir de los guetos por el empuje de la Ilustración y al amparo de las leyes napoleónicas. En Hebel no se percibe sombra de antijudaísmo. Por el contrario, tacha de pecaminosas las calumnias que se arrojaban contra ellos.

Placa en Leiden en la que se indica el lugar en el que se encontraba el barco cargado de pólvora que exploró el 12 de enero de 1807

Placa en Leiden en la que se indica el lugar en el que se encontraba el barco cargado de pólvora que explotó el 12 de enero de 1807

Son memorables los tres episodios de desgracia colectiva que narra con la minuciosidad y la tensión propias de la moderna crónica periodística, como el incendio de Leiden del 12 de enero de 1807, a causa de la repentina explosión de un barco cargado con 77 barriles de pólvora, y que en unos minutos arrasó la ciudad holandesa en la que también unos minutos antes sus habitantes vivían su cotidianidad sin barruntar el horror que se abatiría sobre ellos.

Los otros dos episodios son el bombardeo de los ingleses sobre la valiente  Copenhague y el gigantesco alud de nieve que, tras un súbito ascenso de la temperatura, se precipitó sobre una aldea suiza, sepultando a la mayoría de sus habitantes.

Bajo su sencillez pasmosa, el almanaque esconde mucha sabiduría, como la que se infiere del cuento del joven artesano de Tuttlingen que, en su visita a Ámsterdam, se maravilla de la riqueza de la ciudad. Asombrado por la ostentosidad de una mansión, preguntó a uno que pasaba por allí quién era su propietario: “Kannitverstan”, le respondió el interpelado. El joven ignoraba que con semejante palabra éste le había respondido “no te entiendo” (en alemán: Ich kann dich nicht verstehen). Pero él creyó que era el nombre del dueño de la casa.

Retrato de Hebel como poeta

Retrato de Hebel como poeta

Luego se encaminó hacia el puerto, donde vio a unos hombres que descargaban toneles llenos de riquezas. Al preguntar por el dueño de tan rico cargamento, uno de los operarios le dijo: “Kannitverstan”, con lo cual el hombre volvió a admirarse del poder del propietario de la mansión, que además poseía este barco magnífico.

Más tarde se cruzó con un gran cortejo fúnebre. También esta vez quiso saber el nombre del ilustre difunto. “Kannitverstan”, le respondió el último acompañante del largo séquito. Entonces el artesano se consoló  pensando que, pese a haber gente tan rica en el mundo, como el señor Kannitverstan de Amsterdam, y él ser tan pobre e insignificante, todos acabarían como el acaudalado holandés, en una estrecha tumba.

El joven alemán había llegado a esta verdad por un error, nos dice el narrador. Su ignorancia de la lengua holandesa le había gastado aquella broma, de la que nunca fue consciente. ¿Quién sabe si de vuelta a Tuttlingen contaría la historia a sus vecinos tal como él la había sentido, con la misma simpleza y falsa claridad?

Monumento de Roland Martin que la ciudad de Tuttlingen dedicó al joven artesano del cuento de Hebel que miraba con asombro las casas de Ámsterdam

Monumento de Roland Martin que la ciudad de Tuttlingen dedicó al joven artesano del cuento de Hebel que miraba con asombro las casas de Ámsterdam

La moraleja del cuento podría resumirse en el adagio: “No se consuela quien no quiere”, o también: digan lo que digan los demás, si cada cual tiene formada una idea sobre algo, de poco servirán las palabras, que no lograrán disuadirle de su idea, llegando incluso al extremo, como hizo el aldeano de Tuttlingen, de adaptarlas a la idea en cuestión. Este y otros cuentos revelan la importancia que Hebel otorgaba al lenguaje. Así lo subrayó Heidegger, remitiéndose a una carta del escritor fechada en septiembre de 1808:

“Gran parte de nuestra vida es un camino laberíntico agradable o desagradable a través de las palabras y la mayoría de las guerras son…guerras verbales”.

Consciente de los tiempos revueltos que sacudían a Europa, Hebel incluye en su almanaque referencias a la Revolución francesa y a las guerras napoleónicas. Por entonces, el tiempo empezaba a correr tan deprisa que la historia del hallazgo en la ciudad sueca de Falun del cadáver momificado por el vitriolo de un minero cincuenta años después de su muerte accidental y su posterior reconocimiento por la antigua amada, ahora anciana, le sugiere la idea de enumerar los grandes acontecimientos históricos ocurridos en el mundo durante ese largo periodo.

La moraleja de Reencuentro inesperado,  la historia “más grande del mundo” en palabras del filósofo Ernst Bloch, y muy apreciada por Kafka, se desprende de la correspondencia secreta y simbólica entre la incorruptibilidad del amor de la mujer y la del cadáver del prometido. Que esa correspondencia saliera de la oscuridad casualmente, poco antes de la muerte de la anciana enamorada, fue la recompensa que recibió por haberse mantenido fiel a aquel primer amor durante las cinco décadas de ausencia del ser amado; una fidelidad justificada por la extraña circunstancia de que la mujer jamás recibiera el cadáver del difunto.

El filósofo Ernst Bloch

El filósofo Ernst Bloch

Aunque, como dijo Kierkegaard, recordar a un difunto sea una obra de amor tan desinteresada que no admite recompensa alguna, la anciana del cuento fue agraciada con el retorno imprevisto del cadáver incorrupto de su prometido. Era como si el propio difunto hubiera querido premiar su fidelidad por haberlo recordado durante ese tiempo en que permaneció sepultado y le concediese la oportunidad de darle cristiana sepultura antes de que ella misma muriese.

Así que cuando al fin lo tuvo delante, con el mismo aspecto juvenil con que ella lo vio por última vez y lo recordó durante esos cincuenta años, asistió a su sepelio vestida con el traje de domingo “como si fuese el día de su boda y no el día de su entierro”. A partir de ese momento ya podía aguardar tranquila la llegada de la muerte.

kierkegaard

Sören Kierkegaard

Esta historia es también una reflexión sobre el tiempo y sus efectos. Frente a la impasibilidad de los muertos, para quienes el tiempo se detiene el día de su fallecimiento, los vivos asistimos al paso inexorable de los años. El tiempo corroe sólo lo que está vivo, dejando incólumes a los difuntos, quienes, privados por la muerte de la posibilidad de seguir siendo, son para siempre lo que fueron hasta el instante mismo de su fallecimiento, y así es como los recuerdan los supervivientes.

Mientras la antigua novia del minero envejecía, y con ella el mundo que la rodeaba, el cadáver de su prometido permanecía intacto en las profundidades de la mina, ajeno al transcurso del tiempo y de la historia que se desarrollaba en la superficie de la Tierra.

Ilustración en una edición de la época del relato "Reencuentro inesperado", en la que se el cadáver incorrupto del minero hallado cincuenta años después en la mina de Falun

Ilustración para una edición de la época del relato “Reencuentro inesperado”, en la que se describe el hallazgo en la mina de Falun del cadáver incorrupto del minero cincuenta años después de su muerte accidental

De la intrincada condición humana y de las veleidades de nuestra voluntad da cuenta el aleccionador relato El hombre es una extraña criatura, en el que se narra la historia de un aristócrata parisino que a sus setenta y cinco años no había salido jamás de París, satisfecho con las novedades que le dispensaba la ciudad. Informado el rey de tan extravagante actitud, cursó una orden en la que le prohibía abandonar la capital. Nada más conocerla, el hombre consideró afortunados a los parisinos que podían salir de la ciudad. Todo cuanto veía en sus paseos por ésta se le antojaba aburrido y vulgar. Al fin, después de un annus horribilis de prohibición,  el rey le regaló una calesita y el correspondiente permiso para salir de París. Ante la petición de su mujer para acompañarle al día siguiente en la anhelada excursión, el hombre se mostró frío:

“Ya veremos –le respondió- Y si no es mañana, pues será otro día. Al fin y al cabo, ¿qué hemos perdido allí fuera? París es más hermosa por dentro”.

La anécdota recuerda el comentario de Lichtenberg (otro escritor alemán de la estirpe de Hebel), quien anotó en uno de sus cuadernos que podía encerrarse tranquilamente en su casa sin pisar la calle durante unos días, pero no soportaría permanecer un minuto en ella si se le prohibiera salir. ¿Qué mejor definición de la libertad personal que la que se deduce del relato de Hebel y de la reflexión de Lichtenberg?

Tumba de Hebel en  Schwetzingen, al noroeste de Baden-Württenberg

Tumba de Hebel en Schwetzingen, al noroeste de Baden-Württemberg

En Consideraciones sobre un nido de pájaro, el Amigo de la casa aprovecha sus elogios al nido del pinzón para exhortar a los hombres al trabajo bien hecho, con imaginación y constancia. No somos pájaros, nos sugiere Hebel, sino seres dotados de ingenio, inteligencia, “reflexión, aplicación y habilidad”. Cada cual imprime un sello personal a sus obras, algo que no pueden hacer los pinzones.

Si quieren disfrutar de las horas de lectura más gratas que puedan imaginarse,  acudan a este librito (hay dos traducciones de antologías en Alba y Mondadori), siéntense cómodamente en su butaca favorita, desconecten el ordenador y los teléfonos y déjense seducir por la voz narradora del Amigo renano de la casa que les guiará por diversos escenarios, épocas y experiencias.

Ahora que lo pienso, no me cabe la menor duda de que el Cofrecillo responde con creces a la pregunta que encabezaba una de las últimas entradas de este blog: “¿Por qué necesitamos contar historias (o que nos las cuenten)?”.

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9 comentarios leave one →
  1. Fracture permalink
    enero 8, 2013 10:59 am

    Las próximas generaciones, y las actuales, tienen sus propios almanaques, por supuesto, en Sebald y Vila Matas, entre otros… En lo que una vez André Aciman llamó «macedonias europeas».

  2. alejandro permalink
    enero 8, 2013 12:00 pm

    La labor importante es la que unos pocos hacéis por la difusión de la cultura Jaime. Los grandes grupos interesados ya sabemos lo que explotan y comunican en los medios para que la gente lea.
    Gran entrada, enhorabuena.

    • enero 8, 2013 12:47 pm

      Gracias, Alejandro. Si muchos de esos lectores que no reciben más información que la le suministra la publicidad comercial, conociesen este libro, se engancharían a su lectura y que admirarían del ingenio y de la sabiduría de estos cuentos.

  3. Mijail000 permalink
    enero 8, 2013 2:06 pm

    No se pueden comparar en calidad literaria, pero aún recuerdo los famosos tacos Myrga de pared, con anécdotas tras la página de cada día. Y dejaron huella, claro. Por lo menos en el lenguaje castizo, donde entró la palabra ‘taco’ como sinónimo de ‘año’. (“Tengo veintiocho tacos”).

    • enero 9, 2013 8:35 pm

      Ignoraba que lo de años-tacos proviniera de los tacos de los almanaques de mesa. Es una ingeniosa asociación. ¡Gracias por este descubrimiento!

  4. Guido FInzi permalink
    enero 8, 2013 7:55 pm

    El futuro, que ya es presente, consiste en comprar literatura de consumo rápido en los supermercados: un repollo, una bolsa de manzanas golden, y alguna novelita mal escrita.

    Recuerdo que cierto día, en el Corte Inglés, andaba yo buscando un libro para regalar al preadolescente hijo de mis primos.
    – Disculpe, sta. ¿tiene La Isla del tesoro? – pregunté a una cajera frente a un ordenador
    – ¿Novela o ensayo? – contestó mientras tecleaba

    Por suerte, a veces ocurren cosas buenas, como pasear por la Cuesta de Moyano y encontrarte una edición de La Familia Oppenheim, de Lion Feuchtwanger, editada en Bs.As. en 1943 por ed. Fututo. Como seguro que intuyes, son los libros quienes nos eligen a nosotros, y no al contrario.

    Un saludo

    • enero 8, 2013 8:03 pm

      Estoy de acuerdo contigo. A mí me eligió el “Cofrecillo”, puesto que no tenía ninguna referencia cuando me encontré con él. Otro libro que me eligió: “Las pequeñas virtudes”, de Natalia Ginzburg, en una traducción de Alianza Editorial.Es el número 18 y lo encontré en una feria del libro antiguo. Una lectura inolvidable como la del “Cofrecillo”. Son dos ejemplos de los muchos que confirman tu tesis: que los libros nos eligen, nos buscan…
      Un saludo

      El 8 de enero de 2013 19:55, En lengua propia

Trackbacks

  1. Husmeando las migajas que cayeron de la mesa del escritor |
  2. Cuando la anécdota no quiere ascender a categoría |

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