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La dificultad de ser

diciembre 19, 2012

En nuestras sociedades urbanas la Navidad es la fiesta kitsch por antonomasia. Además de los adornos luminosos que inundan las calles, de los villancicos mil veces repetidos, de los Papá Noel y Santa Claus de diversos tamaños y materiales, de los belenes clásicos y de diseño (como el que luce en el escaparate de la farmacia de la esquina, muy farmacéutico, por supuesto) y la avalancha de compras para regalos, están los regueros de sentimentalismo barato. Todo esto parece que no tiene remedio y algunos lo sobrellevan como una fatalidad. Sabemos que la cursilería navideña obedece a una gigantesca operación de mercadotecnia.

Sin embargo, no hace falta esperar a la Navidad para encontrarnos con esta marea kitsch. Es la plaga de nuestro tiempo, capaz de penetrar hasta en los lugares más recónditos y en los momentos más imprevistos. Porque estamos dentro de ella, porque nos envuelve, no reparamos en su influjo avasallador y hasta se nos antoja algo normal,  pese a la nocividad de sus efectos.

El rey Luis I de Baviera (1786-1868)

El rey Luis I de Baviera (1786-1868)

El término kitsch fue acuñado a finales del siglo XIX en Múnich –también rebautizada con un nombre kitsch, la “Atenas del Isar”, en la que quiso convertirla Luis I de Baviera-, para catalogar las supuestas obras de arte que imitaban a las auténticas con materiales de calidad inferior. Pero desde hace años el kitsch ha rebasado las fronteras del arte y se aplica a también a las expresiones públicas en las que lo falso se cuela por la puerta de atrás del sentimentalismo, desde la publicidad hasta la liturgia de los espectáculos de masas.

Con el kitsch se pretende forzar la expresión de emociones por el procedimiento pauloviano del estímulo-respuesta. En su versión lúdica aspira a seducir a las masas con su rebatiña de emociones de pacotilla, mientras sus avispados promotores hacen caja o recogen votos. Antes han de acertar con un motivo convincente que provoque el efecto esperado, aprovechando el contagio que este tipo de emociones epidérmicas suele suscitar en las multitudes. Así todos quedan satisfechos: quienes mordieron el anzuelo de la emoción en la que se regodearon por un motivo que, sin embargo, no les afectaba personalmente, y quienes acertaron al provocarla, puesto que gracias a ella vendieron con éxito su producto envuelto en el papel de regalo del sentimentalismo.

Roger Scruton

Roger Scruton

El filósofo Roger Scruton ha comparado el kitsch con un fenómeno religioso, “un intento de disfrazar la pérdida de la fe a fuerza de llenar el mundo de emociones falsificadas, moralidad falsificada y valores estéticos falsificados”. Y añade que

“cuando la fe declina, lo sagrado queda expuesto a los maleantes, que pueden apresar el corazón y ponerlo en venta. En este caso, el corazón humano se torna kitsch”.

En 1857, mucho antes de que se acuñara la palabra que lo define, Flaubert se hizo eco del kitsch en Madame Bovary, propagándolo por los nombres de personas, palabras y objetos y distribuyéndolo entre la mayoría de los personajes de la novela. De entre estos últimos descuella el boticario monsieur Homais, un mentecato admirador de Voltaire que puso a sus cuatro hijos los nombres falsos de Napoleón, para homenajear a “la gloria”, Franklin, a “la libertad”, Irma, una “concesión al romanticismo”, y Athalie, en homenaje “a la inmortal obra maestra de la escena francesa”. Cuatro nombres que bien habrían podido figurar en el Diccionario de tópicos del propio Flaubert.

Yonville, el pueblo normando en el que residen Emma Bovary y su marido Charles, está apestado de kitsch. El edificio del ayuntamiento es una pedante imitación de un templo griego. La diligencia se llama “La Golondrina”, un bello nombre que, como reconoce el narrador, se contradice con su lentitud e incomodidad. La hospedería “El León de Oro” luce un el viejo león de oro descolorido por la lluvia, “con su melena de perro de aguas”. El narrador compara la imagen de virgen  de la iglesia parroquial con “un ídolo de las islas Sandwich”.

En el jardín de la casa del notario proliferan los cupidos,  escudos y jarrones de hierro colado. Homais se ha preocupado de decorar su farmacia conforme al estilo kitsch y el mausoleo que Charles mandó levantar en la tumba de Emma es un ejemplo de arquitectura rimbombante.

Ilustración de Alfred de Richemontpara una edición de

Ilustración de Alfred de Richemont
para una edición de “Madame Bovary” en la que se ve a Emma Bovary apeándose de la diligencia “La Golondrina”

El narrador ofrece una descripción detallada de los objetos domésticos, principalmente los decorativos, que rodean a Emma, como la cabeza de Minerva pintada a lápiz que decora la pared del dormitorio de su padre, un granjero acomodado, con la dedicatoria “A mi papá” escrita en letras góticas.

El recaudador Binet se dedica en sus ratos libres a componer imitaciones en madera, “uno de esos indescriptibles trabajos de marfil compuesto de medias lunas y esferas huecas, cuyo conjunto se asemeja a un obelisco sin dignidad alguna”. La complicada y “magnífica” pierna artificial que, a modo de indemnización, Emma costea a Hyppolitte, el mozo de la hostería, tras la frustrada operación quirúrgica del pie zopo a la que le sometió su marido, es igualmente falsa. El joven sólo la utilizará para las grandes celebraciones, como el entierro de la propia Emma. Por fin, el médico tuvo que comprarle otra más sencilla para que pudiera utilizarla el resto de los días.

En la cumbre de su éxito profesional y social, alcanzado a costa de hundir el prestigio de Charles y de manipular en su propio provecho las noticias que publica en el periódico regional, Homais adorna su despacho con figuras decorativas de estilo aristocrático.

Caricatura de Monsieur Homais anunciando la versión de

Caricatura de Monsieur Homais anunciando la versión de “Madame Bovary” (1933) que rodó Jean Renoir

En Madame Bovary rentistas, empleados laboriosos, especuladores y parásitos vegetan en un estado permanente de ilusión, atraídos por el espejismo de la vanidad, la ostentación y la codicia. Todos sueñan con trasladarse a Rouen o París y emulan a los burgueses de las ciudades, como el notario Guillaumin, cuya vivienda ofrece un aspecto de pulcritud británica, reverso de la bajeza moral de su dueño.

La escasa verdad que descuella sobre la mentira está representada por las descripciones de la naturaleza y unos cuantos personajes, algunos de ellos incluso de presencia anecdótica. Quienes  escapan a la mentira no pertenecen en propiedad al universo adulto: Justin, un adolescente bobalicón, el ingenuo Hyppolitte, víctima de su credulidad y de la brutal ambición de Homais y Emma y de la torpeza de Charles, o la hija de los Bovary, la niña Berthe, víctima también de los errores de sus progenitores. En Madame Bovary la verdad está del lado de los simples.

Unas décadas después de la publicación de la novela de Flaubert, Tolstói planteaba en las suyas el conflicto del individuo perteneciente a la clase media o alta que, atenazado por la presión ambiental, pugna por afirmarse en un medio hostil, volviéndose hacia la naturaleza o remontándose al recuerdo lejano de la infancia, los únicos reductos en los que podía forjar una identidad liberada de las cadenas del mimetismo. Pero fue en su relato La muerte de Iván Ilich (1886) donde abordó esta cuestión de forma más radical.

Leon Tolstoi

Leon Tolstói

Cuando el juez de instrucción Iván Ilich se entera de que padece un cáncer de riñón y acusa las primeras molestias, tras caerse de una escalera, mientras colocaba una cortina en el salón de su apartamento, descubre que no es él quien ha vivido su vida sino otro, el muñeco automático que obedeció el guión estándar que regía para individuos de su extracción social, la pequeña burguesía funcionarial del Imperio zarista. Estudió leyes siguiendo los pasos de la familia, se casó con una mujer de su medio social porque había que casarse y tuvo dos hijos porque eso era lo propio en un matrimonio como el suyo. Luego llegó el turno del ascenso en la carrera judicial y el traslado a una casa acorde con su nueva posición.

El encuentro con la enfermedad mortal le llevó a formularse unas cuantas preguntas decisivas que hasta entonces ni siquiera se le había ocurrido plantearse. Al fin la inminencia de la muerte le abrió los ojos y concluyó que su vida había sido una farsa, una comedia absurda, en la que participó como un simple peón.

Madame Bovary y La muerte de Iván Ilich continúan interrogándonos sobre la influencia del kitsch en una sociedad en la que el individuo no tiene más modelos en los que mirarse que sus iguales. La comodidad del mimetismo en el que se desenvuelve ni siquiera le induce a cuestionarse que quizá no haya rastro de él en esa identidad social que pasea todos los días, como le sucedía a Ivan Ilich antes del despertar de su conciencia, y a la mayoría de los personajes de Madame Bovary, incluida la heroína de la novela, pertinaz imitadora de los prototipos de mujeres que poblaban las novelas cortesanas a las que era adicta.

Todos ellos tienen en común que no viven atendiendo a los criterios de su conciencia sino a los que impone la sociedad, y en los que el pragmatismo tosco se alterna con el kitsch decorativo-sentimental. Su pertenencia a esa sociedad no los exonera del vacío y el desarraigo, siempre listo para digerir las mistificaciones que se suceden en su medio -sentimientos, emociones, ideologías, costumbres, palabras, frases, definiciones-, y que incorporan de forma mimética al acervo personal, sin pasar por el tamiz del juicio.

Retrato de Blaise Pascal

Retrato de Blaise Pascal

En la sociedad regida por el kitsch el individuo vive como si fuese otro quien viviese por él; siente con sensaciones prestadas, como cuando piensa. No es dueño de sí mismo ni de sus actividades. No recuerda, porque entonces tendría conciencia. Desea ser otro del que es: aquel al que imita quizá con el propósito de superarlo. En la hora de la muerte tampoco es él quien muere sino el sosias artificial en el que ha fingido vivir. Unos minutos antes de suicidarse, a Emma no se le ocurrió otra cosa que desear un salón como el que ve en la lujosa vivienda del notario al que acudió desesperada en busca de ayuda.

El miedo a la muerte que se adueña de Iván Ilich a raíz de su enfermedad responde a esta lógica. Por primera vez en su vida tenía que rendir cuentas sin las muletas de las que hasta entonces se había valido para desenvolverse con soltura en su entorno social. El “moriremos solos” de Pascal retumbaba en su conciencia como el redoble de un tambor en los oídos del condenado que es conducido al cadalso.

A la luz del poderoso influjo del mimetismo social, se entiende la dificultad de ser que tanto preocupó al solitario Pessoa y la máxima que consignó en Libro del desasosiego: “El único vicio negro negro consiste en hacer lo que hace todo el mundo”. El poeta portugués se preguntaba a menudo cómo podrían verle los demás, entre quienes se sentía como un intruso. Deseaba que su acción en la vida, más que cualquier otra, fuese “enseñar a los otros a sentir cada vez más por sí mismos y cada vez menos según la ley dinámica de la colectividad”.

Fernando Pesoa

Fernando Pesoa

Proust formuló una invitación similar a ésta en El tiempo recobrado,  y la obra de Tolstói es una reiterada apelación al lector para que se interrogue por sí mismo a la par que los personajes de sus novelas que en un  momento crucial de sus vidas toman conciencia y al fin se salen de la fila.

También Kafka se encontró desde su adolescencia con un problema similar, afligido por un múltiple sentimiento de extrañeza: judío entre una mayoría gentil y cada vez más antisemita, germanohablante entre la mayoría checa que luchaba por la independencia del Imperio austro-húngaro, desvinculado de la ambición social de sus padres y del judaísmo superficial que se practicaba en la comunidad de Praga, y escritor marginado de las corrientes literarias en boga. En sus Diarios confiesa su desconcierto vital, sólo atenuado por la firme vocación literaria, una inquietud que trasladó a los personajes de sus relatos y novelas.

K., el protagonista de El castillo que nada más llegar a la aldea a la que ha sido llamado por las autoridades del castillo para desempeñar el puesto de agrimensor, se le notifica que ha habido un error, tiene que luchar por ser alguien -ya que no le permiten hacer– en aquel lugar extraño, entre gentes que desconfían de él y temerosas de los señores que gobiernan desde el castillo con su apabullante burocracia. En El proceso, la detención de que es objeto Josef K. por el misterioso tribunal le obliga a un minucioso examen de su pasado. Hasta esa fatídica mañana en que fue arrestado en su habitación, su vida discurría de una forma casi inconsciente y “detenida” en el túnel de la costumbre mimética.

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El escritor Hermann Broch ubicó el kitsch en el romanticismo europeo y en su obsesión por la búsqueda del efecto bello y de lo decorativo. El autor de Los sonámbulos cifra su origen en el alejamiento de la burguesía de los valores puritano-calvinistas asociados a los ideales ascéticos, en los países del área protestante, y de la virtud propugnada por la Revolución francesa, en el caso de los países católicos.

En lugar de seguir cultivando esos valores, la burguesía empezó a imitar la fenecida tradición aristocrática y se apuntó a la ostentación, forjando la ensalada de estilos historicistas que se extendió por la arquitectura, el mobiliario, el vestido y las bellas artes. Los artistas se sumaron enseguida a la moda, siendo Wagner el mejor exponente de ésta. La burguesía germánica halló en el wagnerismo un traje adecuado para su rápido ascenso económico. Presumir de wagneriano –un sucedáneo de la religión oficial- era un indicio de pertenencia a esta clase social o de abrigar aspiraciones para internarse en ella.

Hermann Broch

Hermann Broch

Uno de los aspirantes fue Hitler, quien, influido por Wagner y el concepto manido de genio que se estilaba en el mundillo artístico de la sociedad germánica, desde muy joven soñó con hacerse pintor. Sus frustradas tentativas de ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena le abocaron a un resentido diletantismo artístico que no le abandonaría jamás. Hitler es el típico exponente del kitsch en unos tiempos caracterizados por la perversión absoluta del sistema de valores; un sujeto vacío predispuesto para absorber las peligrosas tendencias que desde hacía años hervían en el subsuelo de la sociedad europea bajo el signo del resentimiento, la acusación, la venganza, la mentira y el ansia de poder; todo ello decorado con falsas pretensiones artísticas que en realidad delataban un bovarismo extremo.

Broch identificó el mal radical con el kitsch al que culpaba de la neurosis contemporánea. De ahí que viera en Hitler un seguidor del kitsch. De él dijo que “vivió el kitsch sangriento y amó el kitsch de sacarina”. Para Broch la marea kitsch que se desató en Europa, principalmente a partir de mediados del siglo XIX, demostraba que la sociedad moderna, pese a su secularización, seguía condicionada por la teología y el mito. Hasta tal punto estaba convencido de que el kitsch se había impuesto en el mundo que llegó a pronosticar el fracaso de la novela en su tentativa por derrotarlo, como resultado del esteticismo y de su afán por entretener a las masas. Si el diagnóstico fuese certero -Broch falleció en 1951-, nos sobrarían razones para preocuparnos.

Representación pictórica de Edipo y la Esfinge

Representación pictórica de Edipo y la Esfinge

Desde sus lejanos orígenes, el motivo central de la ficción literaria en sus distintos géneros se ha resumido en la lucha de un individuo contra el medio en que le ha tocado vivir y que sale al mundo en busca de una identidad moldeada según su propia conciencia, frente a los poderes empeñados en determinar el rumbo de su vida. Aunque al final su lucha concluya en fracaso, al menos se opuso con todas sus fuerzas a ese destino impuesto. Los dioses sellaron el destino de Edipo, pero, entretanto, él creyó conducirse con autonomía de criterio, por más que al final sus acciones se ciñeran al trágico destino que se le tenía reservado. Pero lo esencial es que creyese que actuaba al margen del designio divino.

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5 comentarios leave one →
  1. diciembre 20, 2012 12:37 am

    Nuevamente: gracias. Comparto en FB y los píos.
    El mejor trabajo que he leído sobre esta cultura de la hamburguesa.

  2. diciembre 20, 2012 5:19 pm

    Gracias, Rita. Aquí en España estamos ahora con la cultura del villancico en hilo musical, aparte del universal Papá Noel y del árbol navideño reducido al diseño de cono luminoso, lo cual es el colmo del kitsch (¿qué habrá sido del árbol de hojas de plástico?).
    En cuanto a los dulces navideños, suelen ser muy tentadores incluso más allá de la Navidad.
    Un saludo

  3. agosto 4, 2013 1:05 pm

    Interesante análisis en todo lo que se refiere al terreno intelectual y estético. Tengo mis dudas sobre la cita de Scruton, ese devoto feligrés de la Iglesia Anglicana. Muchos, como yo, pensarán que, en realidad, cuando la fe declina, lo sagrado queda expuesto al escrutinio de la lógica y a la implacabilidad de la ciencia, pero ese es otro debate.

    Enhorabuena y gracias por otro excelente artículo.

  4. agosto 22, 2013 1:24 pm

    Gracias por la lectura y el comentario. Lo cierto es que la inundación del “kitsch” no cesa.

  5. noviembre 20, 2015 6:28 pm

    Qué gustó da leer sin prisa, aunque sea de tarde en tarde, un artículo profundo sobre algún aspecto de nuestra naturaleza humana, que se nos escapa con nuestro absorbente día a día.
    Gracias, Jaime.

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