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Del quijotismo al bovarismo

diciembre 11, 2012

El Quijote y Madame Bovary son de las pocas novelas que gozan del privilegio de haber forjado no sólo un arquetipo universal sino una actitud ante la vida. De Don Quijote y de Emma Bovary han surgido el quijotismo y el bovarismo; este último término es mucho menos conocido que el referido al caballero andante, aunque también haya tenido sus correspondientes reflejos en el mundo real.

Lo curioso es que Flaubert escribiese su novela bajo la influencia del Quijote, dando vida a un personaje femenino que, como el caballero andante, moldea su identidad social a partir de las lecturas de novelas  de amor destinadas principalmente a las mujeres de la pequeña burguesía de la época.

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

La semejanza que se aprecia en ambos arquetipos, y que liga también a los personajes de los que emanan, encierra notorios matices diferenciadores. Mientras el quijotismo remite a una actitud “idealista” del individuo ante situaciones conflictivas relacionadas con la moral pública, en las que trata de influir en vano debido a la desproporción entre sus aspiraciones y los intereses de la realidad, el bovarismo incide en la reacción del sujeto cuando pretende satisfacer sus deseos en un medio abiertamente hostil a éstos.

Antes de su transformación en caballero andante, el anciano hidalgo Alonso Quijano sufría en secreto el desarraigo derivado de la creciente distancia entre su compromiso con los libros de caballerías y, sobre todo, con sus protagonistas principales, los caballeros andantes, y la realidad cotidiana. Hasta que una mañana de julio decidió acabar con esa sensación de desarraigo abandonando la lectura para siempre y transformándose al fin en un caballero andante dispuesto a buscar aventuras como las que había leído en los libros. Puesto que en el mundo real no había caballeros andantes, ni castillos ni damas de alcurnia de las que enamorarse y menos aún gigantes a los que combatir, tuvo que conformarse con adaptar a su universo imaginario las pocas e insignificantes incidencias que le salían al paso en su travesía por los desérticos campos de Castilla.

Estampa de Gustave Doré, con Don Quijote y Sancho Panza cabalgando a lomos de sus caballerías

Estampa de Gustave Doré, con Don Quijote y Sancho Panza cabalgando a lomos de sus caballerías

Don Quijote no sólo no encuentra correspondencia a su entusiasmo sino que su simple figura suscita risas, burlas o escarnio. Está loco, y así lo toman por tal la mayoría de quienes se cruzan con él, empezando por el cronista de sus andanzas, el burlón Cide Hamete Benengeli. No se le perdona que, además de confundir el deseo con la realidad y el pasado con el presente, intente persuadir a los hombres de la autenticidad de su entelequia. De esta manera su involuntariamente provocador uno contra todos, pronto se invierte en un deliberado todos contra uno.

La locura quijotesca trae de cabeza a sus parientes y amigos, quienes para exorcizarla le siguen el juego transformándose ocasionalmente también en locos pasajeros. Sancho Panza, su fiel escudero, es el único que le sigue  de verdad por tratarse también del único de todos los personajes de la novela que desconoce los argumentos de los libros de caballerías. Analfabeto como es, no ha tenido la oportunidad de leerlos ni de escucharlos.

El quijotismo nace de la certeza de que es posible cambiar lo existente por algo que todavía no existe sólo con que los hombres se convenzan de las bondades del cambio y lo abracen con el mismo entusiasmo que la minoría que lo promueve. La conflictividad de Don Quijote y, por extensión del quijotismo, radica en el antagonismo entre su mundo imaginario, troquelado conforme a  los libros de caballerías, y el mundo real, que se rige por unas costumbres y unas leyes en las antípodas de las propugnadas en esos libros. En tiempos de Don Quijote la elitista caballería andante sólo sobrevivía en las novelas del género y en la imaginación de sus numerosos lectores.

Don Quijote arremete contra Juan Haldudo, conminándole a que desate del árbol a su criado Andresillo (Gustave Doré)

Don Quijote arremete contra Juan Haldudo, conminándole a que desate del árbol a su criado Andresillo (grabado de Gustave Doré)

Los ideales por los que abogaba, trufados de buenas intenciones, eran anacrónicos como su misma figura. Si acaso sólo contribuían a agravar el mal que trataba de extirpar, como lo demuestra su contraproducente defensa del niño Andresillo ante la paliza que le propina su brutal amo, Juan Haldudo. En cuanto Don Quijote se alejó del lugar, el hombre redobló los azotes contra el criado para resarcirse de la humillante amonestación que había recibido del caballero.

Así como ignoramos la identidad del autor que acuñó el término quijotismo, sí conocemos la del inventor del bovarismo. En 1902 el filósofo francés Jules de Gaultier publicó un libro titulado Le Bovarysme, en el que exponía su tesis a partir de la lectura que hizo la novela de Flaubert, Madame Bovary (1857). Diez años antes había publicado el estudio Le Bovarysme, la psychologie dans l’œuvre de Flaubert.

Gaultier estaba influido por la filosofía de Schopenhauer, quien se ocupó de analizar la voluntad humana. En 1903 otro filósofo también francés, Georges Palante, publicó un artículo en la Revue du Mercure de France titulado Le bovarysme: une moderne philosophie de l’illusion. Impresionado por el retrato psicológico que trazó Flaubert de Emma Bovary, Gaultier definió el bovarismo como el poder del ser humano “para concebirse otro del que es”, forjándose una personalidad ficticia.

Jules de Gaultier

Jules de Gaultier

Bajo el poderoso influjo de la lectura de novelas románticas en un ambiente prosaico y alejado del mundo que se describía en éstas, Emma abrigó desde su adolescencia la ilusión de experimentar una pasión erótica similar a la que embargaba a las damas que protagonizaban aquellas historias. Por entonces era huérfana de madre y vivía con su padre, un granjero próspero al que ayudaba en las tareas domésticas. Su matrimonio con el médico rural Charles Bovary pronto la sumió en el desencanto. Charles no se parecía a los galanes de las novelas que seducían a damas enamoradizas. Viudo de una mujer muy distinta de Emma, era un hombre sencillo y hogareño, que se había hecho a sí mismo con muchos sacrificios y desempeñaba su oficio lo mejor que podía, sin más aspiraciones.

Al aburrimiento conyugal se sumaba la monotonía de la vida pueblerina, sin perspectiva alguna de cambio o de novedades que la amenizasen. La maternidad tampoco calmó la ansiedad de Emma. En lugar de una niña hubiese querido tener un niño. Cuanto más se aburría, más se encerraba en la lectura de las novelas románticas, hasta el punto de no distinguir la línea fronteriza que separaba el mundo real del ficticio. Al igual que le sucedió a Alonso Quijano, el empacho de lecturas de novelas de amor desencadenó el deseo de imitar a las mujeres que las protagonizaban.

Aunque las circunstancias ambientales le hurtasen las oportunidades para hacer realidad sus fantasías amatorias, Emma se las arregló para proyectarlas primero sobre un curtido prototipo de seductor y, tras el fracaso con éste, sobre un joven estudiante, inexperto en amores. El final catastrófico de ambos romances arrastraron a la adúltera al suicidio, acosada por las deudas que contrajo a espaldas de su marido.

Emma Bovary y su primer amante Rodolphe Boulanger en la película de Minelli

Emma Bovary (Jennifer Jones) y su primer amante Rodolphe Boulanger (Louis Jourdan) en la película de Vincente Minnelli

Al igual que el quijotismo, el bovarismo brota de un profundo descontento del sujeto con el ambiente en el que ha nacido, alentado por la lectura de ficciones en las que se pintan escenarios, personajes, costumbres y sentimientos inconcebibles en ese ambiente. Las historias que se narraban en los libros de caballerías transcurren en la sociedad tardomedieval; las novelas que frecuentaba Emma Bovary se desarrollaban en el Antiguo Régimen, poco antes de la Revolución de 1789. Todavía la joven pudo conocer  a un par de personajes vinculados a esa época y por los que enseguida se sintió fascinada.

Uno de los episodios centrales de Madame Bovary es aquel en el que se describe la fiesta en el castillo de Vaubyessard a la que casualmente fue invitada Emma, junto con su marido, por su propietario, un viejo aristócrata. Extasiada por la atmósfera de lujo y el esplendor palaciego que conocía por las novelas, se siente más cerca de aquel microcosmos que del mundo real en el que ha de vivir todos los días. Como observa el narrador, la accidental visita al castillo dividió su vida en dos: la real y la ficticia.

Fotograma de la película de Vincente Minelli "Madame Bovary", con Emma Bovay en la escena del baile en el castillo de Vaubyessard

Fotograma de la película de Vincente Minnelli “Madame Bovary”, con Emma Bovary en la escena del baile en el castillo de Vaubyessard

Desde ese momento Emma consumó su destierro de la realidad, a la que le dio la espalda definitivamente, con las terribles consecuencias que semejante decisión habría de acarrearle a ella y a su familia.

Algo parecido le sucedió a Don Quijote al llegar al palacio de los Duques, donde éstos, que habían leído la Primera Parte de la novela, le siguieron el juego. Viéndose tratado como un verdadero caballero andante por primera vez desde que salió de su pueblo, no tuvo que esforzarse por demostrar la autenticidad de su condición. Ignoraba que todo formaba parte de una sofisticada farsa urdida por sus anfitriones.

Las características del bovarismo, su complejidad psicológica, lo alejan del ingenuo quijotismo. El menosprecio de Emma hacia su marido y su  atracción por hombres apuestos y seductores como los que aparecían en las novelas románticas revelaban una sensibilidad superficial e impresionable, que se dejaba deslumbrar con facilidad por los gestos ampulosos y el fulgor de las cosas. Sin embargo, Charles Bovary fue el único hombre que la amó de verdad incluso después de muerta, a pesar de las deudas y disgustos que heredó de ella.

El temperamento bovarista es incapaz de apreciar lo que tiene delante: las cosas pequeñas y sencillas, los detalles, los matices, los alrededores. Sólo tiene ojos para lo que resulta efectista y se mueve en el escenario iluminado por el círculo de luz. Admira el oropel y la bisutería, se extravía en vaguedades trilladas e incurre en la fraseología rimbombante y el sentimentalismo. Carece de ironía y, por supuesto, de humor. Si a Emma le hubiese dado por seguir los pasos de los autores de las novelas que leía, habría sido una novelista insufrible incluso para lectores de su estilo.

Jean Fraçois Balmer e Isabelle Huppert, en los papeles de Charles y Emma en la versión cinematográfica de de Claude Chabrol (1991)

Jean François Balmer e Isabelle Huppert, en los papeles de Charles y Emma Bovary respectivamente, en la versión cinematográfica de Claude Chabrol (1991)

El tormento del bovarista reside en el vacío en que vive y que ha de estar llenando constantemente con esas baratijas solemnes que tanto le fascinan. Necesita permanecer ocupado con algo que le haga olvidar el vacío y la repetición de la que intenta escapar inútilmente.

Estas características explican que el bovarismo sea una enfermedad de la voluntad, como probablemente intuyó Gaultier, propia de la inmadurez  y, por tanto, de la juventud . El bovarista se halla a merced de las veleidades del deseo. Quiere querer sin saber muy bien qué. Nada puede satisfacerlo y cuando conquista el objeto anhelado, lo arroja por la borda. La satisfacción le empuja de nuevo al temido vacío.

Don Quijote y Emma Bovary encarnan la libertad de la imaginación en un ambiente que condena a los individuos a ser únicos e indivisibles. Cada uno a su manera, ambos quebraron la falsa pero cómoda ilusión de que somos uno y no un “manicomio de caricaturas” (Pessoa).  En última instancia, quijotismo y bovarismo no dejan de ser etiquetas que reducen a una definición simplista la complejidad de los personajes que evocan.

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18 comentarios leave one →
  1. diciembre 11, 2012 12:16 pm

    Magnífica entrada. Quijotismo y bovarismo, comparados. Yo creo que lo que une a los dos y los hace radicalmente incurables se contiene en una frases que aplicas solo a Bovary, pero que entiendo también aplicable a don Quijote: “carece de ironía y, por supuesto, de humor”.

    • diciembre 11, 2012 5:23 pm

      Gracias, Antonio. Ciertamente, Don Quijote tampoco tenía sentido del humor y se tomaba todo muy un serio (¿sería así también de joven, antes de que perdiera el juicio?) Pero la compañía de Sancho equilibraba la balanza. Quizá la mayor de las ironías del personaje -una ironía que probablemente hubiese encantado a Kierkegaard y a Borges- es que su locura fuese una colosal tomadura de pelo y que en el fondo de los fondos con ella diera rienda suelta a su secreta vocación de actor de la que habla en el episodio de las Cortes de la Muerte. Don Quijote como actor secreto, en lugar del loco que nos dicen que fue y al que todos tomaban por tal. ¡Menudo chasco! Un saludo

  2. Guido FInzi permalink
    diciembre 11, 2012 6:13 pm

    Una interesante comparativa. Toda persona, consciente o insconcientemente, necesita reinventarse y mutar, escapar del uno para convertirse en varios.

    Un saludo

    • diciembre 11, 2012 9:16 pm

      Gracias, Guido, por tu comentario. Escapar de uno y más en un ambiente que sofoca esta posibilidad: Alonso Quijano por la vía de la enloquecedora lectura de libros de caballerías y luego de la transformación en caballero andante y Emma Bovay por la imitación de los modelos irreales de mujeres que poblaban las novelas románticas.
      Un saludo

      • Guido FInzi permalink
        diciembre 12, 2012 7:17 pm

        Me hiciste recordar cómo, el último cuarto del XIX, supuso una revolución en la novela, en el sentido de que se centró en la interiorización más que en lo social. De ahí brotaron los Joyce, Svevo, Dostoyevsky y otros grandes nombres

        Un saludo

      • diciembre 12, 2012 7:26 pm

        Por citar un ejemplo, fíjate en el relato “La muerte de Ivan Ilich” o la forma en que Tolstói “hace pensar” a algunos de sus personajes. Eso ya es monólogo interior. Y en “Madame Bovary” apenas hay acción. En el Quijote ya se insinúa el monólogo interior en el episodio en que Sancho abandona a Don Quijote para gobernar la Ínsula Barataria y se queda solo en su habitación del palacio de los Duques y el narrador nos dice que “el pobre señor” se entristeció al descubrir la media recosida y comenta algo sobre los pobres…La pobreza vergonzante que seguramente persiguió a Cervantes.

  3. diciembre 11, 2012 9:46 pm

    Jaime, tus “ideas sobre la cultura literaria” llegan a mi correo, y como elogio puntual te diré: las archivo.
    Gracias,
    r

    • diciembre 11, 2012 9:50 pm

      Muchas gracias, Rita. Todo un “detallazo” por tu parte que anima a continuar adelante con este diálogo vivo con lectores atentos como tú… Un saludo

  4. diciembre 11, 2012 10:03 pm

    Gracias, a vos, por tus “ideas”.

  5. diciembre 12, 2012 11:18 pm

    Bueno, llegó el pesado de las citas. Pero me lo dejas a huevo…

    “Todos mis orígenes se encuentran en el libro que conozco de memoria antes de saber leer, Don Quijote, y hay más, por encima, la espuma agitada de los mares normandos, la enfermedad inglesa y la niebla fétida”

    Gustave Flaubert a Louise Colet (30 de mayo de 1852)

    1 abrazo

    • diciembre 12, 2012 11:24 pm

      ¡Gracias, Kim! Es que la cita viene cuadrada. Ya la recordaste en otra entrada anterior: la que dediqué a comparar a los dos personajes (“Don Quijote y Emma Bovary, parientes lejanos”, de 17 de julio). Esta vez la comparación se refiere a los arquetipos -con sus respectivos “ismos”- que han generado. Pero la cita es igual de oportuna y de hermosa. Un abrazo

      • diciembre 12, 2012 11:26 pm

        ¡Además me repito como una anciana! Gracias por otra buena entrada. 😉

      • diciembre 12, 2012 11:32 pm

        Eso es que tienes una envidiable memoria, además de erudita…

  6. Luis Alfonso Vivero permalink
    septiembre 18, 2014 7:38 pm

    Apreciado Jaime: con regocijo encuentro este escrito tan esclarecedor sobre dos de los personajes arquetípicos de la literatura univeresal. Con base en la información que suministras, no queda otro remedio que tratar de conseguir en las raquíticas librerías colombianas el texto de Jules de Gaultier para ahondar en el tema del bobarismo que me seduce tanto. Mil gracias por tu aporte.
    Pd/ Deseo leer Ciudad de los extravíos pero no lo encuentro en las librerías de Bogotá. Cómo sería posible adquirir el texto?

  7. septiembre 19, 2014 9:15 pm

    Gracias, Luis Alfonso, por la lectura y el comentario. Me temo que resulte difícil encontrar el texto de Gaultier en francés y tampoco creo que se haya traducido al español. Un saludo

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