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¿Por qué necesitamos contar historias (o que nos las cuenten)?

diciembre 4, 2012

Cuando se pregunta por qué y para qué la ficción literaria en sus vertientes oral y escrita, se suele responder que obedece a la necesidad ancestral del ser humano de contar historias y de escucharlas o leerlas. Sin abandonar el terreno de la literatura, son numerosas las respuestas a esa pregunta. Podríamos empezar por una de las más antiguas y alejadas de nuestro entorno cultural, la leyenda de Sherezade, la joven que para apartar al sultán Shahriar de su propósito de decapitarla al amanecer, como ya había hecho anteriormente con otras concubinas, tuvo la feliz idea de contarle una historia diferente noche tras noche, interrumpiéndola al venir el alba en el pasaje más interesante. A la noche siguiente el sultán aguardaba con ansiedad la continuación de la historia que Sherezade interrumpía nuevamente al amanecer.

Con sus cuentos de las mil y una noches, la joven no sólo escapó de la muerte, desviando a su verdugo de su criminal propósito, sino que lo liberó de la barbarie asesina que se había apoderado de él por el sencillo procedimiento de instruirlo. Gracias a las dosis nocturnas de instrucción que Sherezade le administró, el hombre pudo reconocerse, avergonzado de sus acciones, en el que habría de ser el último relato de la serie: el que narraba la historia de un cruel sultán como él.

Cuadro que representa a Sherezade contándole una de sus historias nocturnas al sultán Shahriar para que no la matara al amanecer

Cuadro que representa a Sherezade contándole una de sus historias nocturnas al sultán Shahriar para que no la matara al amanecer

En esta sencilla  pero sugerente leyenda se cumplen los dos fines que Cervantes asignó a la literatura de ficción: enseñar deleitando. Pero tan importante como esto es que con su inteligente ardid, Sherezade nos demostró que contar algo con sabiduría y gracia puede salvarnos la vida y al mismo tiempo redimir a otros de su burricie. Aunque éste sea un argumento de suficiente peso para explicar por qué necesitamos contar y que nos cuenten historias ficticias o reales, hay otras razones que responden a la pregunta.

Eso que entendemos por realidad se nos escapa constantemente. Las urgencias del presente, su abrumadora continuidad, nos privan de la serenidad necesaria para recapitularlo y detenernos en el pasado. Siempre hallamos una disculpa para eximirnos de hacer un alto en los recuerdos y recordarnos. De esta manera espaciamos las visitas a nuestra memoria, que es como decir a nuestra conciencia.

En los viejos tiempos los hombres contaban historias porque el presente les brindaba la oportunidad de contarlas. Pero desde que hemos llenado el presente de entretenimientos y juguetes tecnológicos ya no tenemos tiempo de sentarnos para referir historias ni tampoco hay nadie que se acuerde de ellas. ¿Para qué relatar lo vivido si sobran motivos para atiborrarse de actualidad?

Las nuevas tecnologías millones de personas

Millones de personas permanecen conectadas buena parte del día a sus terminales de telefonía móvil

Para no alejarnos de la corriente, nos esforzamos por ser modernos sin interrupción, estar al día y a la moda en lo último de lo que sea: costumbres, ropa, artilugios tecnológicos, lecturas, canciones, películas. Semejante  empeño nos induce a relegar los recuerdos a lo anecdótico, si es que antes no los dejamos naufragar en lo kitsch. Y es que recordar implica un retorno, una vuelta atrás; todo lo contrario del progreso ininterrumpido en el que nos hemos embarcado.

Si abandonamos los recuerdos a su suerte, es probable que también ellos nos abandonen poco a poco, aunque permanezcan aletargados en el silencio y la oscuridad, a la espera de que les demos una oportunidad. El Narrador de En busca del tiempo perdido dejó de sentirse “contingente y mortal” en el mágico instante en que saboreó la cucharada de té mezclada con trocitos de magdalena que, como de costumbre, le sirvió su madre al regresar a casa, y un abanico de recuerdos del pasado se desplegó en su memoria. Aquel sabor le trajo el recuerdo del pedazo de magdalena que mojaba en la infusión de té que muchos años atrás le ofrecía su difunta tía Léonie los domingos por la mañana, cuando iba a darle los buenos días a su habitación, en la casa de Combray donde en su infancia el Narrador pasaba las vacaciones con sus padres.

Habitación de la tía Léonie (en la realidad, Élisabeth Proust), en la casa que la familia de Proust poseía en Illiers-Combray

Habitación de la tía Léonie (en la realidad, Élisabeth Proust), en la casa que la familia de Proust poseía en Illiers-Combray

Sin embargo, el “milagro” de la magdalena proustiana no ocurrió porque sí. El Narrador estaba predispuesto para aquel repentino despertar de los recuerdos. Antes de ello, aguardó ante la puerta de la memoria, con la esperanza de franquearla si se esforzaba por reconstruir su  pasado. Sólo que no fueron los recuerdos buscados los que encontró sino aquellos que habría de devolverle inesperadamente la memoria inconsciente a través de la reminiscencia de las sensaciones –sabores, olores e incluso ruidos- que sintió en el pasado. Unos recuerdos mucho más fértiles que los que conservaba en su memoria consciente  y que, a fin de preservar su intensidad, trasladó al papel. El tiempo perdido que Proust logró recuperar con tenacidad y confianza en sí mismo siempre será una invitación para que sigamos su ejemplo.

Además de vivir amarrados a la noria del presente, hemos de compartirlo con nuestros coetáneos. Esta paridad hace que nuestras experiencias se asemejen en muchos aspectos básicos. En un mundo cada vez más interrelacionado gracias a los sofisticados medios de comunicación que nos informan en tiempo real de cuanto ocurre incluso en los lugares más remotos, recibimos las mismas informaciones y, por tanto, los mismos conocimientos. Esto significa que participamos también de una ignorancia y un desconcierto análogos. Sólo a un individuo que viviese aislado del mundo esas informaciones podrían resultarles novedosas, percibiéndolas desde un punto de vista distinto del habitual.

J. Glenn Gray

J. Glenn Gray

En su extraordinario libro Guerreros, J. Glenn Gray cuenta que, siendo soldado del ejército norteamericano, una tarde en que aprovechó el poco tiempo libre de que disponía para escalar una colina de los Apeninos, se encontró con un viejo ermitaño sentado en el césped de un claro, fumando una gastada pipa mientras su burro pastaba alrededor. En su choza de tierra no había más que una bala de paja limpia y unos sencillos utensilios de cocina.

El anciano lo saludó cordialmente y se pusieron a charlar, pese a que la comunicación entre ambos era difícil debido a su dialecto y al italiano imperfecto del soldado. Abajo, en el valle, comenzó el cañoneo del anochecer. Glenn Gray advirtió que al campesino todo aquello le dejaba perplejo, por lo que esperaba una explicación de su interlocutor. Intrigado, éste se preguntó que quizá no supiese que había una guerra.

Entonces recordó una observación de Tolstói en Guerra y paz sobre cómo muchos campesinos rusos que sufrieron la pérdida de sus posesiones cuando Napoleón invadió Rusia, no tenían ni la más mínima idea de quién estaba en guerra o de qué iban las campañas. Un siglo después, Glenn Gray tropezaba con un hombre totalmente ajeno a lo que sucedía no ya en el mundo sino en su propio país, a pocos kilómetros del lugar en que se hallaba.

Lev Tostói

Lev Tostói

Glenn Gray intentó explicarle en su italiano balbuciente en qué consistía la Segunda Guerra Mundial. Pero pronto se percató de que el hombre no entendía nada. No entendía por qué aquel soldado y sus compañeros de armas luchaban contra individuos que no habían visto nunca y que eran “patéticos e ignorantes como nosotros mismos”. Al campesino italiano aquel relato sobre la guerra tuvo que parecerle tan lejano como fantástico, aunque transcurriese a pocos kilómetros de su choza.

En estos tiempos en que viajar constituye un hábito para una inmensa mayoría de personas, no podemos olvidar la época en que el viaje era un rito de iniciación en la vida mundana, además de una aventura de la que se procuraba dejar constancia por escrito en crónicas y diarios. En la literatura, La Odisea se convierte en referencia fundamental para la posteridad, aunque sin su carácter épico.  De este gran relato viajero provienen el Quijote, Viaje sentimental por Francia e Italia, de Sterne,  Cuadros de viajes, de Heine, Corto viaje sentimental, de Svevo, o Ulises, de Joyce.

Antiguamente viajaban pocos, y cuando alguno de ellos regresaba a su lugar de origen, los que se quedaron en casa y en su tierra –la mayoría- escuchaban con atención la crónica de su viaje no sólo porque así se distraían durante el tiempo que dedicara a relatarla sino porque también viajaban imaginariamente con él. Pero ahora nadie cuenta sus viajes porque todos viajan y además nadie tiene tiempo para escuchar el relato de un viajero.

Laurence Sterne, por Sir joshua Reynolds

Laurence Sterne, por Sir Joshua Reynolds

En uno de los cuentos jasídicos recopilados por Martin Buber, se dice que el Rabí Menajem Méndel de Rymanov (1755-1815), que ejerció su oficio principalmente en Polonia, se quejaba a menudo de que cuando no había buenos caminos, “uno tenía que interrumpir el viaje al caer la noche”. Para el rabino, lo mejor de esos ocasionales altos en el trayecto era que se disponía de tanto tiempo como pudiera desearse para recitar los salmos en la posada, abrir un libro y tener una buena conversación con otro. Sin embargo, desde que se podía viajar por los caminos día y noche, ya no había paz.

Cuando hablamos de contar historias nos referimos principalmente a relatos ocurridos en el pasado real o ficticio. Las antiguas narraciones de tradición oral y escrita comenzaban con la muletilla típica “Érase una vez” y la mayoría de las ficciones suelen estar escritas en tiempo pasado y contadas por una voz impersonal o en primera persona del singular por un sujeto que participó directamente de los sucesos narrados o que fue testigo ocular de los mismos. Otra posibilidad es que se limite a transmitir el testimonio de otros.

El Quijote simula ser la adaptación al lenguaje de los lectores contemporáneos de Cervantes de la traducción al español de una crónica escrita en lengua arábiga por Cide Hamete Benengeli en la que se cuenta la rocambolesca historia de Don Quijote, ocurrida no muchos años atrás. El capítulo IX de la novela constituye una ingeniosa y algo enrevesada disquisición acerca del asunto de las voces narradoras en un relato. Al igual que Cervantes, algunos novelistas también han intercalado varias voces en sus obras, rompiendo así la tendencia convencional de la voz única.

Portada de la primera edición del

Portada de la primera edición del “Quijote”, fechada en 1605

Quien más y quien menos se dejó seducir en su infancia por las historias que le refería algún familiar dotado de una excelente memoria y de una prodigiosa habilidad para la narración. En una ocasión en que se preguntó al escritor mexicano Juan Rulfo por qué había dejado de escribir, respondió que “porque se me murió el tío Celerino, que me lo platicaba todo”. Pero aun así, para que la narración germine hace falta un oído atento y una curiosidad y una imaginación al menos comparables con las del relator.

Por más que Sherezade demostrase ser una seductora narradora para el temible sultán Shahriar y con sus cuentos mantuviera viva su atención, la joven tuvo suerte al dar con un oyente capaz de sumergirse hasta el fondo en aquellos relatos. Un oído avizor será siempre un estímulo para la imaginación y la memoria del narrador.

Juan Rulfo

Juan Rulfo

El escritor Jakob Wassermann confiesa en su autobiografía Mi camino como alemán y judío que desde la infancia sentía una irreprimible inclinación por contar “narraciones deshilvanadas” a sus familiares y compañeros de clase que, sin embargo, las acogían con “burlas, censura y castigo”. En las tardes de invierno, mientras ayudaba a su madre a limpiar lentejas, de repente se ponía a fantasear, “tramando horrores, injurias, aventuras, historias de fantasmas y milagros”. Para él lo fundamental  era “dar cuenta de las cosas”. Entendía la producción literaria como “un intento de reproducción, la recuperación de vivencias desaparecidas en el rincón de la conciencia”, de la  que sólo se rescatan “piezas, fragmentos, escombros”.

Jakob tenía un hermano cinco años menor que él que constantemente le amenazaba con delatarlo ante su temible madrastra por gastarse en libros baratos el dinero extra que recibía de un generoso tío suyo con el fin de que lo emplease en comprar comida para él y sus hermanos (reconozcamos que este episodio de su infancia, con los dos personajes antitéticos de la madrastra y del tío, ya tiene algo de cuento).

Jakob Wassermann (1873-1934)

Jakob Wassermann (1873-1934)

Amedrentado por las amenazas de su hermano pequeño, Jakob recurrió a la solución de contarle historias todas las noches, antes de dormir, aprovechando que compartían dormitorio. Para sorpresa suya encontró en el niño al más atento de los oyentes, por lo que, emulando a Sherezade, cada noche interrumpía la historia que le narraba cuando ésta llegaba a su punto culminante. Si al día siguiente el hermano volvía con sus amenazas, él a su vez le amenazaba con no continuar con sus historias. “Tenía un desafiador implacable”, reconoce Jakob. Una misma historia podía prolongarse semanas e incluso meses. “No podía resultar aburrido o superficial”.

A raíz de esta experiencia, Wassermann pensaba que el ser humano

“puede ser cautivado conquistando su imaginación e incluso puede disuadírsele de lo malo si se dirigen sus sentidos a situaciones y tramas irreales pero simuladoras de la realidad, que pueden provocar en él alegría, miedo, tristeza, compasión, risa y sonrisa, con más intensidad  cuanto más libre sea el juego, cuanto menos intencionado y más independiente de su objetivo sea el engaño”.

El efecto que surtían sus relatos le obligaba a una productividad constante y a perfeccionar los recursos narrativos. Fue en estas circunstancias fortuitas como su larga y fecunda carrera de escritor daba los primeros pasos.

Numerosos novelistas han confesado tener poca imaginación. Esta declaración, que en principio puede parecer contradictoria en un creador de ficciones, no resulta descabellada. A menudo la invención literaria se reduce a una adaptación ingeniosa de la experiencia real. El autor de ficciones no es más que un buscador de tesoros escondidos, pero reales.  Su tarea consiste en hurgar en un rincón de la memoria y plasmar esos recuerdos, aunque sólo recupere “piezas, fragmentos, escombros”. No hace falta que imagine nada; es suficiente con que se dé un paseo por la conciencia y recuerde. Al rememorar lo vivido rendimos cuenta de una parte de nuestro pasado, quizá incluso para no volver más a él y así poder mirar hacia delante con más amplitud. Goethe anotó que “escribir historias es un modo de quitarse de encima el pasado”. El autor soviético Isaak Bábel escribía “sobre cosas largamente olvidadas”.

“Goethe en la Campiña” (1787), de Johann Tischbein

En este sentido, el trabajo del narrador es similar al del soñador, sólo que a  éste le basta con dormir: la memoria subconsciente recuerda por él. Los sueños son una traducción de los sentimientos y de las sensaciones que nos acompañaron durante la vigilia, y que, al saltar hacia el mundo onírico, se expresan en un lenguaje simbólico de una forma más clara, más concisa y, por supuesto, también más imaginativa.

Si bien se mira, nos mostramos mucho más confusos cuando sentimos con la razón despierta que cuando soñamos. Cuántas veces al recordar un sueño del que acabamos de despertar, habremos comprobado que describía con exactitud una experiencia real que no habíamos conseguido desentrañar con el lenguaje racional. Los detalles que se nos escaparon mientras sentíamos despiertos, en el sueño se manifiestan con una claridad deslumbrante. Ninguno de ellos es gratuito. Los sueños nos abren los ojos y nos interpretan; saben de nosotros mucho más que nuestra razón.

“El sueño”, de Franz Marc (1912)

El fenómeno de los sueños explica mejor que ningún otro la necesidad humana de tejer ficciones, historias, anécdotas y fantasías que nos permiten ahondar más en el conocimiento de nosotros mismos y del mundo que nos rodea que si nos limitásemos al  argumento racional. De ahí que al despertar de algún sueño sintamos el deseo de pasarlo al papel tal como lo recordamos, con sus innumerables detalles. Nos entristece la idea de que se desvanezca en el olvido tan pronto como nos habituemos a la realidad. Queremos contárnoslo más que contárselo a alguien, pues sabemos por experiencia que nada aburre tanto como contar un sueño a otra persona.

También ese deseo de describir los sueños, de trasladarlos a la escritura, responde a una necesidad cuya explicación escapa a nuestro raciocinio. Es así como ha de interpretarse la sentencia de El Talmud según la cual  “un sueño que no ha sido comprendido es como una carta que no ha sido abierta”. La misma comparación con un documento escrito -una carta- es reveladora del carácter literario de los sueños. Proust llamó al sueño “maestro nocturno” y Gombrowicz se admiraba de las muchas lecciones que imparte a los artistas, “fabricantes diurnos de sueños”.

Wiltold Gombrowicz

Witold Gombrowicz

Quizá sea Franz Kafka el escritor en cuya obra los sueños hayan dejado una huella más profunda. Sabía que éstos nunca nos engañan, al contrario que las ilusiones que maquinamos despiertos. Sus relatos y novelas están impregnados de la atmósfera turbadora propia de los sueños. No por casualidad La transformaciónEl proceso y El castillo comienzan con el despertar de sus protagonistas después de un sueño agitado. Ese despertar es en realidad el inicio del sueño que para los lectores constituye la historia que se disponen a leer.

La invención literaria obedece a nuestra naturaleza sensitiva y confirma los límites de la racionalidad a la hora de indagar en el fondo inabarcable y a menudo inextricable del alma humana. Como los sueños, la ficción nos ayuda a conocernos en profundidad, sobre todo en aquellos aspectos inaccesibles a la argumentación, por concienzuda que ésta sea.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “El proceso”, que rodó Orson Welles en 1962, en el que Joseph K.  (interpretado por Anthony Perkins es interrogado por dos agentes judiciales en la escena de la detención en su dormitorio

Pero aún hay otro motivo para contar: alguien tiene que dar cuenta de aquello que merece la pena legar a la posteridad, evitando que caiga en el olvido. Heródoto de Halicarnaso compuso su fabulosa Historia para “evitar que, con el tiempo, los hechos consumados queden en el olvido”, y Polibio escribió los cuarenta libros de Historias convencido de que “para los hombres no existe enseñanza más clara que el conocimiento de los hechos pretéritos”. También Cervantes-narrador, parodiando a los cronistas de los libros de caballerías, justifica la escritura del Quijote por su deseo de evitar que “tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido”.

Otras veces la transmisión de un suceso por los testigos que lo presenciaron puede servir para que la posteridad no lo malinterprete o manipule. Antes de morir herido por la espada envenenada, el príncipe Hamlet le rogó a su buen amigo Horacio que narrase los hechos que desembocaron en aquella muerte y limpiara su nombre de cualquier calumnia.

Copia romana de un busto de Heródoto

Copia romana de un busto de Heródoto

En tiempos más recientes, las atrocidades cometidas por los regímenes totalitarios con el sigilo que les permitieron las circunstancias han salido a la luz gracias a los testimonios de los supervivientes y de los testigos directos de las masacres. Poco antes de ser asesinado por los nazis en Riga, el 8 de diciembre de 1941, el historiador ruso Simon Dubnow, de ochenta y un años de edad, rogó a los judíos de la capital de Lituania que escribieran:  “Idn, shraybt sin farshraybt “‘ (del yidish: ”Judíos, escribid y grabad”). Había que dar cuenta por escrito de los crímenes que los nuevos dueños de Europa estaban cometiendo y que trataban de ocultar para hundirlos en la fosa común del olvido.

Simon

Simon Dubnow en 1936

En el cuento de Hans Christian Andersen La casa vieja, un niño le regala un soldado de plomo al viejo que vivía en la casa que había enfrente de la suya y que sumaba la edad de trescientos años, en contraste con las viviendas nuevas que la rodeaban. El anciano agradeció el regalo del niño, quien miraba asombrado el aspecto vetusto de la casa. Pero el soldadito se aburría desde la cómoda encima de la cual lo habían colocado. Los días y las noches se le hacían eternos y añoraba la casa del niño, con su ajetreo ordinario, al tiempo que despotricaba contra el viejo. Cuando los recuerdos venían a visitar la casa, el soldadito se negaba a verlos, desoyendo las peticiones del niño para que al menos los recibiera en señal de agradecimiento.

Atormentado por los recuerdos de cuando vivía en casa del niño, un día el soldadito se arrojó de la cómoda y desapareció por un agujero. Pasaron muchos años, el viejo murió, derribaron la casa y en el solar construyeron una nueva con jardín. El niño se hizo adulto y se fue a vivir a ella. Un día, mientras su mujer trataba de plantar una flor en el jardín, encontró bajo la tierra al soldado de plomo. Entonces el marido le contó los recuerdos que conservaba de la casa demolida. Al preguntarle por la tumba del anciano, le respondió que no sabía dónde estaba. Había muerto solo.

Testigo mudo de la conversación entre los esposos, el soldado de plomo replicó:

“Espantosamente solo. Pero qué estupendo es que no se hayan olvidado de uno”.

Retrato del popular cuentista danés Hans Christian Andersen fechado en 1869, por Thora Hallager

Retrato del popular cuentista danés Hans Christian Andersen fechado en 1869, por Thora Hallager

Si no hubiese sido por el azaroso rescate que lo desenterró de las profundidades de la tierra del jardín, también él habría caído en el olvido. Ahora se percataba de la satisfacción que le producía ser recordado, aunque en la época en que fue huésped en la casa del anciano se negase a acoger los recuerdos que venían a visitarlo.

Al contrario que el viejo que murió solo en la antigua casa, el soldado de plomo gozó del privilegio de que hablasen de él después de su fortuita resurrección. Nosotros tenemos la oportunidad de recordar el pasado y de contarlo mientras estamos vivos para que los muertos y los recuerdos que construimos junto a ellos estén menos solos que si los relegásemos al olvido.

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12 comentarios leave one →
  1. @JesusAunon permalink
    diciembre 4, 2012 8:41 pm

    Cuando miro a mi hijo, aún bebé, ansioso espero poder contarle historias y llenarle la cabeza de fantasías

  2. oesido permalink
    diciembre 4, 2012 11:20 pm

    Entretenido e interesante post; enhorabuena.

  3. Guido FInzi permalink
    diciembre 5, 2012 8:14 pm

    Nuestra sola existencia es demasiado pobre como para fascinarnos, y por eso la gente lee o va al cine: para adquirir una experiencia más intensa de la vida (lo del entretenimiento o la adquisición de cultura, son aspectos secundarios).
    Al hilo de esto, escribió el gran Elie Wiesel: “D-os creó al hombre, porque le gustan las historias”.

    Un saludo

  4. diciembre 5, 2012 8:27 pm

    Gracias, Guido, por la lectura y tu comentario. Sí, necesitamos salir de nosotros mismos y conocer otros mundos distintos del que creemos conocer, y digo creemos porque quizá no lo conozcamos más que superficialmente y alentados por la ilusión de lo desconocido, que es lo que les pasaba a Alonso Quijano, a Emma Bovary o a la protagonista del cuento de Maupassant “Una aventura parisiense”.
    La cita de Elie Wiesel es hermosa y muy sugerente.

    Un saludo

  5. diciembre 10, 2012 10:17 pm

    Magnífica entrada. Me gustó todo pero me quedo con esto: “Si abandonamos los recuerdos a su suerte, es probable que también ellos nos abandonen poco a poco, aunque permanezcan aletargados en el silencio y la oscuridad, a la espera de que les demos una oportunidad”.
    Enhorabuena. Un saludo.

    • diciembre 10, 2012 10:56 pm

      Gracias por la lectura. Me alegro de que te haya gustado. Creo que recordamos más y mejor si contamos a alguien los recuerdos y si alguien también está dispuesto a prestarles atención. Un saludo.

  6. eunice permalink
    marzo 26, 2013 1:44 am

    Muito interessante !!! Ótimo texto, pena que acabou …. muito obrigada !! 🙂

  7. america sanchez permalink
    marzo 26, 2013 4:49 pm

    SI NO LE HUBIERA LEIDO CUENTOS Y POESIAS HOY MI HIJA NO ESTARIA ESCRIBIENDO CUENTOS Y POESIAS ME GUSTABA ILUSTRARLA DE PEQUEÑITA

  8. rachael calabrian permalink
    julio 13, 2014 1:28 pm

    Admito que soy una infatigable lectora y relectora de tu blog… (¿Suena mal? Bueno, da igual cómo suene, es la verdad) Qué magnífica manera de narrar… conciso, sensible, detallista, con esa minuciosa atención que dedicas a todos los personajes, a sus palabras…, contagiando al lector e involucrándolo en el artículo hasta tal punto que uno cree estar escuchando las voces, no sólo de los autores que nombras, también la tuya… Me encanta cada párrafo. Gracias, es un placer leerte, de veras. Un saludo.

  9. julio 14, 2014 1:28 pm

    Muchas gracias, Rachael. Ante tu comentario, permíteme que me remita a una cita de esta misma entrada del blog: “Un oído avizor será siempre un estímulo para la imaginación y la memoria del narrador”. Gracias de nuevo por tu interés. Un saludo

  10. abril 7, 2015 10:31 pm

    pronta a recibir un modesto premio por un relato——seguro que partió eso de narrar-
    de los cuentos que me contaba mi padre.- antes de aprender a leer en español—

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  1. ¿Por qué necesitamos contar historias (o que nos las cuenten)? | elizsumo

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