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Adiós, diversión. Bienvenido, aburrimiento

noviembre 26, 2012

La palabra diversión es una de las que más circula por los variados medios de comunicación. A menudo aparece incluso bajo una forma imperativa: “¡Diviértete!”. También se ofertan numerosos recursos para hacerla posible. Uno de ellos es la lectura de libros. Todo tiene que ser divertido. Hay que divertirse leyendo, aprendiendo, estudiando, haciendo gimnasia. ¡Ay de aquello que no divierta! La gente le volverá la espalda hasta que se pudra en su aburrimiento.

Divertirse hasta morir es el título del libro que en 1985 publicó el crítico y escritor Neil Postman, en el que arremetía contra la banalización en Estados Unidos de la política, de las noticias, de los deportes, de la educación y del comercio y su conversión en espectáculos. “Somos un pueblo al borde de divertirnos hasta la muerte”, añadía, tras señalar a la ciudad de Las Vegas, en el Estado de Nevada, como “la metáfora de nuestro carácter nacional y de nuestras aspiraciones”, simbolizada en un mural de cartón de nueve metros de altura que representa a  una corista y una máquina tragaperras.

Neil Postman

Neil Postman

La redundancia del reclamo publicitario oculta la obsesión subyacente con la palabra opuesta, aburrimiento. Mientras se habla de diversión, no se habla de este último; mientras se buscan los medios para divertirse, se aplaza el pánico a aburrirse. Otra cuestión es el resultado de esa búsqueda.

Desde que a mediados del siglo pasado los pensadores existencialistas y sus intérpretes literarios (Alberto Moravia con su novela El tedio, y Georges Perec en El hombre que duerme) trataron el asunto del aburrimiento, sobre éste ha caído un mutismo acorde con estos tiempos de parques de atracciones temáticos, disneylandias, hobiees y demás especies. La tediosa vulgaridad imperante en la sociedad de masas ha masificado también el deseo de diversión, que finalmente se ha transformado en una industria próspera destinada a millones de consumidores ansiosos de ofertas que los diviertan o, lo que es lo mismo, que los liberen del aburrimiento.

Un síntoma de la aparente decadencia del tedio es la queja universal por la falta de tiempo. Nunca había habido tanta gente con el tiempo tan a pleno rendimiento. Qué duda cabe que en este fenómeno algo tienen que ver los hábitos viajeros y el uso generalizado de  los múltiples dispositivos tecnológicos, televisión incluida, con su inflación de ofertas para todos los gustos. Habrá quien diga que ya no hay excusas para aburrirse.

Georges Perec

Pero, ¿ha sido vencido el viejo enemigo? No, simplemente ha cambiado de bando y de piel. Al aburrimiento se lo ha disfrazado de diversión para no verlo, para fingir que nos lo hemos quitado de encima, que ha desaparecido de nuestra vida. Antiguamente se llegaba al hueso del hastío por un exceso de tiempo muerto que no se sabía cómo rellenar. Hoy se lo rellena con diversiones que hacen invisible el aburrimiento o lo aplazan.

Diversión y aburrimiento, enemigos encarnizados de toda la vida, se asemejan justamente en el elemento que mejor los caracteriza: la redundancia, de tiempo en el caso del aburrimiento, y de materia, en el de la diversión. Para ejemplos, ahí están las playas rebosantes de bañistas, las atrofiadas colas de turistas ante las puertas de los museos, las aglomeraciones de veraneantes en los cascos históricos de las ciudades, las interminables caravanas de coches en ruta hacia el mismo destino turístico o las “macrofiestas” abarrotadas de adolescentes y con los altavoces rompiendo los tímpanos. Aunque parezca mentira, todos ellos se divierten, se lo  pasan bomba.

Playa atestada de bañistas

Playa atestada de bañistas

Sin embargo, durante el siglo XIX sucedió a la inversa de lo que ocurre hoy día y una de las palabras que más circuló en el mundillo literario fue “aburrimiento” en sus versiones francesa –“ennui”-, inglesa- “spleen”- e italiana –“noia”. El tedio segregó una literatura abundante y fue motivo de reflexiones nada tediosas.

La paz que siguió al huracán napoleónico y el establecimiento en Europa de un statu quo de largo alcance, que pretendía sofocar cualquier conato revolucionario,  propiciaron el ascenso del tedio, sobre todo en la juventud. No era extraño que fuese Francia el país en el que se propagó con más intensidad, hasta el punto de que se lo denominó el “mal del siglo”. Un poeta romántico de renombre, Alphonse de Lamartine, le otorgó carta de naturaleza cuando en una intervención parlamentaria protestó ante los diputados que Francia se aburría bajo el reinado de Luis Felipe de Orleans, conocido como “el rey burgués”.

Retrato de Blaise Pascal

Unos doscientos años antes, un francés también, Blaise Pascal, había descrito el aburrimiento con una frase que ha hecho historia: “Toda la infelicidad de los hombres procede de una sola cosa, que consiste en que no sabemos quedarnos tranquilos en una habitación”.

En sus reflexiones sobre la diversión, Pascal imaginó a un hombre que por la mañana está abatido tras la reciente pérdida de su único hijo y agobiado por pleitos y querellas, y por la tarde ya no piensa en ello porque su única ocupación consiste en avistar a un jabalí al que sus perros persiguen con ardor. La diversión le ha ayudado a olvidar su dolor y a olvidarse también de sí mismo, que es de lo que se trata. ¿Para qué  buscamos la diversión si no es para olvidarnos de nosotros mismos mientras nos entregamos a alguna actividad que, además de no exigirnos nada, nos proporciona cierto placer?

Pascal puso como ejemplo de candidato seguro al aburrimiento nada menos que a la figura del monarca. “Un rey sin diversiones es un hombre lleno de miserias”, por lo que tratará de rodearse de cortesanos que se esmeran por divertirlo después de sus ocupaciones regias, proporcionándole placeres y juegos, “de suerte que nunca haya un vacío”. El rey no debe estar nunca solo y en situación de pensar en sí mismo. Entonces sería un rey desnudo.

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire le dio muchas vueltas al aburrimiento, apropiándose de la palabra inglesa “spleen” con la que tituló cuatro poemas y su libro de pequeños poemas en prosa, Spleen de París.  En la dedicatoria Al lector, que abre Las flores del mal, lo definió con unas imágenes inquietantes.  Tras enumerar algunos de los males que azotan el espíritu de los hombres, hace un alto en el Tedio, del que escribe que su maldad supera a la de

“los chacales, las panteras, los linces,

los simios, las serpientes, escorpiones y buitres,

los aulladores monstruos, silbantes y rampantes”

Añade que:

“Sin que haga feas muecas ni lance toscos gritos

convertiría, con gusto, a la tierra en escombro

y, en medio de un bostezo, devoraría el Orbe

¡Es el Tedio!- Anegado de un llanto involuntario,

imagina cadalsos, mientras fuma yerba.

Lector, tú bien conoces al delicado monstruo,

-¡hipócrita lector –mi prójimo- mi hermano!”

Dos escritores, también franceses por supuesto, Xavier de Maistre y Joris-Karl Huysmans, trataron el tedio en sendos libros: el primero describió en el suyo un viaje de cuarenta y dos días alrededor de su cuarto, y Huysmans noveló la aventura del exquisito y rebelde duque Jean Floressas des Esseintes de encerrarse en una casa de provincias para satisfacer su deseo de sustituir la realidad por el sueño de la realidad.

Joris-Karl Huysmans

Sin salir de Francia, en sus periodos de reclusión penitenciaria el Marqués de Sade se entregó a la escritura de repetitivas escenas pornográfícas que imaginó en los gabinetes impenetrables de algún castillo solitario, cuyos dueños necesitaban divertirse “manchándose suficientemente durante el día con lo que los imbéciles llaman crímenes”, como dice Dolmancé, el protagonista de La filosofía en el tocador.

El filósofo Pascal Bruckner ha mencionado algunas de las metáforas de las que se han servido los escritores franceses para definir el aburrimiento. El propio Baudelaire lo comparó con una nave aprisionada en el hielo y congelada para siempre; Flaubert, con una ciénaga; Mallarmé, con un ave atrapada en un lago helado; Verlaine, con una llanura invernal, sombría y nevada, y Sartre, con una viscosidad “de tal naturaleza que nos quedamos pegados en ella”.

Se aburrían quienes tenían tiempo para ello, preferentemente jóvenes de ambos sexos, hijos de la burguesía. Ya lo había dejado escrito el un tanto agreste Rousseau: el tedio es el “azote de los ricos”, una suerte de castigo del que escapaban los pobres.

El aburrimiento confrontó a los jóvenes con su precariedad espiritual, por lo que cerraron los ojos y se abalanzaron sobre aquello que pudiera redimirlos del tedio. Según Alfred de Musset, los más ricos

“se hicieron libertinos; los de mediocre fortuna se resignaron a un oficio, la toga o la espada; los más pobres se lanzaron con un entusiasmo ficticio a las palabras rimbombantes, al horrible mar de la acción sin objeto”.

Los mejor situados en la jerarquía social se enfrascaron en la disputa política del momento, otros se abandonaban al ajetreo de los salones y de los clubes y, por fin, estaban los que se apuntaron al periodismo, a la literatura o al cultivo de las bellas artes. Quienes podían permitírselo emprendían un largo viaje hacia tierras tan lejanas como exóticas.

También los hubo que, seducidos por la literatura romántica, se enredaron en el “amor”, en el que esperaban encontrar una forma de huir del rincón miserable de su tedio, estableciendo un vínculo de dependencia con el idealizado ser amado. Cuanto más estrecho fuese ese vínculo y mayor la dependencia, más seguro se sentía el enamorado de la amenaza del aburrimiento. El imaginativo Stendhal reconoció en sus memorias que el amor había sido “el único negocio de su vida”.

En cuanto al destino de las mujeres, los novelistas descubrieron en el tedio femenino un motivo sugerente para sus obras. Madame Rênal, la dama de la que se enamora perdidamente Julien Sorel en Rojo y negro, Emma Bovary, la protagonista de Madame Bovary, Ana Karenina, de Tolstói, y en España, Ana Ozores, la heroína de La Regenta, de Clarín, la terrible Katerina Lvovna Ismailova, del relato Lady Macbeth de Mtsensk, de Nikolai S. Leskov, Rosamond Lydgate, en Middlemarch, de George Eliot, o la anónima protagonista del cuento de Maupassant “Una aventura parisiense” cobraron vida en los relatos de unos autores que intuyeron que el centro del tedio se hallaba más que en los hombres, en las mujeres de la burguesía provinciana. A fin de cuentas ellos eran los dueños de la situación y de una u otra forma se las arreglaban para evadirse de la cárcel del aburrimiento.

Jaula de cristal en la que se representa el asfixiante mundo interior de Katarina Ismailova, según la versión de la ópera de Sostakovich basada en el relato Lady Macbeth de Mtsensk, de Leskov, que se representó en el Teatro Real de Madrid.

Jaula de cristal en la que se representa el asfixiante mundo interior de Katarina Ismailova, según la versión de la ópera de Shostakóvich basada en el relato “Lady Macbeth de Mtsensk”, de Leskov, que se representó en el Teatro Real de Madrid.

Este prototipo de mujer estaba casada con un hombre ocupado con el que se aburría, así que aprovechaba sus largas ausencias para lanzarse a una excitante aventura adúltera que la liberase de la “felicidad del hogar”, o sea, al tedio conyugal. En Francia la insulsa vida de provincias dio mucho juego a los novelistas, la mayoría de ellos residentes en París.

Casi la única referencia de que disponían estas mujeres para dar el paso hacia el adulterio eran las novelas románticas que se escribían para ellas y que leían con fruición. Al identificarse con sus protagonistas femeninas aliviaban la frustración erótica y de paso se dotaban de una  identidad imaginaria, a juego con sus deseos y ensoñaciones y en las antípodas del patrón social en el que se las encajonaba.

“La lecture” (1870), de Fantin-Latour. Museo Calouste Gulbenkian

Fuera de la Francia provinciana, el otro polo geográfico del aburrimiento se localizaba en los hogares de la clase media de la Rusia profunda que describió Chejov en sus relatos.  El estancamiento de los personajes y de los escenarios que pueblan ese mundo polvoriento y bostezante tuvo su modelo ejemplar en el indolente Oblomov creado por Goncharov. El “tedio ruso” representó toda una modalidad nacional tan típica como la ushanka.

El aburrimiento siguió su propio curso a lo largo del siglo XIX, como una especie de peste (0 como los bostezos que suelen acompañarlo). Nadie veía la manera de quitárselo de encima. Se propagaba por las escuelas y los liceos, por las universidades, por los cuarteles, por las oficinas, e inundaba los hogares, donde sus inquilinos no tenían otra escapatoria que la lectura, a menudo compartida en voz alta, de periódicos o novelas.

La creciente alfabetización de las masas abrió la puerta también a la masificación de la lectura, principalmente de la prensa, que experimentó un auge extraordinario. La letra impresa gozaba de una amplia demanda y apenas tenía competidores.

Con el cambio de siglo el tedio subió de nivel, algo explicable si se tiene en cuenta la expansión de las clases medias urbanas y, por tanto, de una mayor disposición de tiempo de ocio y de una oferta más bien escasa que lo amenizase. El clima era propicio, sobre todo entre los jóvenes de la burguesía, para que el aburrimiento soñara con una aventura de grandes proporciones, aunque sumamente peligrosa e impredecible. El estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 constituyó para muchos  la oportunidad esperada para hacer realidad el sueño aventurero forjado en los años de hastío que la precedieron.

Julien Benda

Julien Benda

En La traición de los intelectuales [La trahison des clercs, 1926], Julien Benda cita la frase que un joven pensador francés anotó en 1913: “La guerra, ¿por qué no? Sería divertido”. En los ámbitos de la cultura de la época había hambre de acción y de sumergirse en emociones fuertes. Benda recuerda en su libro que el filósofo francés Georges Sorel, el autor de las Reflexiones sobre la violencia, había comentado que las cosas que más le atraían en una doctrina era que fuese “divertida”  y “capaz de exasperar a las gentes llamadas razonables”. Pronto la semilla de la traición de los clercs daría sus primeros frutos en Europa en forma de divertidas camisas negras y pardas.

Después de la carnicería ocasionada por la Primera Guerra Mundial, el aburrimiento fue absorbido en buena medida por las feroces luchas políticas que se desataron tras la Revolución rusa y la irrupción de las ideologías totalitarias que, con sus apelaciones a la acción violenta como recurso para conquistar el poder del estatal, atraían a los jóvenes descontentos pertenecientes fundamentalmente a la pequeña burguesía.

En los “felices años veinte” la industria del entretenimiento echaba a andar con la expansión del cine y más tarde de la radio. Ya se hablaba más diversión que de  aburrimiento y ahora sin distinción de sexos. Desde entonces la marea no ha dejado de subir.

Fotografía de una calle de Los Ángeles en 1920

Quizá sean los alemanes quienes se hayan aproximado con más tino al significado del aburrimiento al nombrarlo con la palabra Langeweille, “largo tiempo”. El aburrimiento sobreviene cuando el individuo se enfrenta a solas con ese excedente de tiempo muerto del que lo único que espera es que termine cuanto antes. Un tiempo desnudo y oceánico, ante el cual se halla completamente inerme. Nada de lo que le rodea le dice algo y tampoco encuentra en su imaginación un motivo que lo distraiga, dejándose embargar por la indiferencia y el horror vacui.  Se siente en tierra de nadie, un Sahara monótono que se repite indefinidamente.

Es el hastío de la redundancia; todo lo contrario del botón al que Lichtenberg rindió un sentido homenaje después de que un día se desprendiera de su pantalón. Con razón a este tiempo se lo califica de “muerto” y cuando se quiere liberarlo del temido aburrimiento, se intenta “matarlo”, no siempre con éxito.

La diversión debe su existencia al aburrimiento. Exige iniciativa y actividad; es preciso molestarse en buscarla, no como el tedio, que sobreviene. Normalmente persigue la compañía, aunque sea la del mando a distancia del televisor que nos permite zapear en busca de un canal que nos entretenga. Hasta que el frenesí de la oferta masiva y reiterativa exaspera al telespectador, presa del hartazgo y de la inutilidad de su intento por localizar un programa entretenido.

Antonio Machado

En cambio, uno se aburre en soledad, como cuando le duele una muela. El aburrimiento nos interroga acerca del sentido de nuestro existir al recordarnos nuestra insignificancia frente a la vastedad del tiempo. El verso de Antonio Machado “el Tiempo y yo” expresa sucintamente el desajuste insuperable entre la infinitud temporal y la pequeñez del sujeto.

La diversión ansía respuestas en la misma medida que huye de las preguntas suscitadas por el aburrimiento. Ofrece dispersión. No nos aburrimos todavía cuando el abismo que se abre entre nosotros y las cosas nos devuelve un tiempo inútil, con el que no sabemos qué hacer, sino cuando empezamos a perseguir algo que nos disperse y que acorte el tiempo en el que nos aburrimos. “Hay que saber aburrirse para que la vida no parezca demasiado breve”, recomendaba Jules Renard, un escritor que compaginaba su vida social en París con largas temporadas en su casa familiar de Chaumot.

Pocos escritores se han ocupado tanto del tedio -expresión más profunda del aburrimiento-, como Fernando Pessoa, que lo definió como “la sensación carnal de la múltiple vaciedad de las cosas”. Quien sufre de tedio “se siente preso en libertad frustrada dentro de una celda infinita”, cuyas paredes “no pueden enterrarnos porque no existen”. “Ni siquiera pueden hacernos vivir por el dolor las cadenas que nadie nos puso”. El tedio es para los que carecen de dioses y de mitología, para quien no tiene creencias y es incapaz de engañarse.

En Pessoa el aburrimiento deriva de su repugnancia por la acción (“Sólo en la cama me siento en la vida normal (…) Sólo en el aire muerto de los cuartos cerrados respiro la normalidad de mi vida”) y de la dificultad de “saber ser” y estar en el mundo. El autor de Libro del desasosiego tenía demasiada imaginación como para permanecer quieto en un sólo ser, tal como mandan los cánones de la poco imaginativa realidad.

Retrato de Sören Kierkegaard

Así como la diversión conlleva la búsqueda de la variedad, frente a la repetición y la monotonía, el aburrimiento surge no tanto de la repetición cuanto del hecho de resistirnos a aceptarla. Sin embargo, nos guste o no, la repetición está ahí, es imposible soslayarla.

En el ensayo que dedicó a la repetición, Kierkegaard se pregunta qué sería la vida si en ella no se repitiese nada. ¿Quién desearía ser solamente “como un tronco arrastrado por la corriente de todo lo fugaz y novedoso, que de una manera incesante y blandengue embauca y debilita el alma humana”? Concluye el filósofo danés que la repetición “es la realidad y la seriedad de la existencia” y que quien la asume “ha madurado en la seriedad”.

Podríamos responder a la pregunta de Kierkegaard con otra pregunta: en esta sociedad en la que el tiempo se presta con extraordinaria facilidad a la fuga, ¿por qué en lugar de luchar contra ese tiempo marginal de ocio que nos empeñamos en matar de cualquier manera, no lo acogemos amablemente, aceptándolo incluso como una oportunidad?

El filósofo Martin Heidegger argumentó que el aburrimiento superficial se transforma en esencial  

“cuando no nos oponemos a él, cuando no reaccionamos  siempre de inmediato para protegernos, sino que más bien le cedemos espacio”, por lo que sugería aprender primero a “no-resistirse-de inmediato, sino dejar que termine de vibrar”.

E. M. Cioran pensaba que ese aburrimiento destilado permitiría a los desocupados captar más y con más profundidad que a los atareados, dado que “ninguna empresa limita su horizonte: nacidos en un eterno domingo, miran y se miran mirar”. En un mundo transido de ociosidad, “serían los únicos en no hacerse asesinos”.

Martin Heidegger

El que se aburre aguarda impaciente el final del tiempo que le provoca el aburrimiento. Cuanto más larga la espera, más se hundirá en el pozo del tedio. En cambio, el que se propone divertirse, espera con análoga impaciencia el comienzo de la ansiada diversión, sólo que cuanto más se prolongue la espera, más crecerá  también su ansiedad, pues toda diversión buscada se reduce a un simulacro, cuando no a un fraude. Ocupados exclusivamente en esperar, ambos se pierden aquello que acontece a su alrededor. Porque nuestro aburrimiento no frena el curso de la realidad y mucho menos el tiempo, que sigue corriendo por más que se detenga para nosotros.

Por eso la observación espontánea puede ser una estrategia eficaz contra el aburrimiento, así sea por sus posibilidades para despertar la curiosidad entumecida por la sensación de hastío. Basta con mantener los sentidos receptivos en esas pausas en que nos invade el vacío del tedio. Donde menos se piensa, puede saltar la liebre.

El poeta Joseph Brodsky aconsejaba en una conferencia que impartió ante un grupo de estudiantes universitarios -hipotética carnaza para el aburrimiento-, que cuando éste les golpease, fuesen por él. “Dejad que os inunde; sumergíos, tocad fondo”. Proponía mantener la pasión.

“Tended los  brazos al aburrimiento o a la angustia, o dejad que los de ellos, mucho mayores, os rodeen. Su seno, sin duda, os parecerá asfixiante, pero no intentéis dar marcha atrás para corregir ese error”.

Se trata de  tener valor para “soportar la duración”, como exhortaba Vladimir Jankélévich, y también la monotonía de la repetición.

En el camino de la Era del Aburrimiento a la Era de la Diversión en la que nos encontramos la letra impresa ha perdido su secular ascendiente en favor de los medios audiovisuales. De ahí que en el pasado el aburrimiento engendrase obras literarias perdurables, personajes ficticios de enorme viveza, en los que aún nos vemos reflejados, y meditaciones de hondo calado. A la vista de la experiencia, no parece que la diversión se preste a tal flujo de creatividad e imaginación. Su destino es ser consumida y no dejar ni un solo un recuerdo digno de evocación.

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9 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    noviembre 27, 2012 10:37 am

    Me trajo a la mente cierta frase de T. Gautier: “Plutôt la barbarie que l’ennui” (antes la barbarie, que el tedio)

    Un saludo

  2. noviembre 27, 2012 9:04 pm

    A la luz de los testimonios de que disponemos, parece que aquel aburrimiento era altamente contagioso y dañino…

  3. Carlos Candiani permalink
    noviembre 28, 2012 11:26 am

    Gran invitación a realizar ese -viaje de cuarenta y dos días alrededor del cuarto-.

  4. noviembre 28, 2012 4:48 pm

    Gran recorrido alrededor de un motivo apasionante como el del aburrimiento. Me ha encantado que hayas abierto el artículo con la referencia a Un homme qui dort ( cita medio escondida del principio de Du côté de chez Swann de Proust: « Un homme qui dort, tient en cercle autour de lui le fil des heures, l’ordre des années et des mondes. »).
    El aburrimiento me hace pensar en el Desierto de los Tártaros de Buzzati, Un roi sans divertissement de Giono (título sacado de Pascal) y los momentos horribles que experimenta Sherlock Holmes cuando no tiene un caso que resolver.
    Muy interesante la relación que apuntas entre las mujeres y el aburrimiento.
    Como siempre, ¡un placer Jaime!

  5. noviembre 28, 2012 7:23 pm

    Gracias por estas excelentes asociaciones literarias que apuntas y que arrojan más luz sobre el asunto del aburrimiento.

  6. Guido FInzi permalink
    febrero 23, 2013 6:57 pm

    El hastío degrada el espíritu

    • febrero 23, 2013 9:36 pm

      Sí, y es también cuando no se te ocurre ninguna pregunta, cuando no encuentras a ese interlocutor que nos acompaña porque ha enmudecido.

  7. ivanbonet permalink
    junio 13, 2014 12:33 pm

    En “Regreso de Zaratustra. Unas palabras para la juventud alemana” (1919), de Hermann Hesse, se debate la necesidad de “hacer” de los jóvenes alemanes tras la guerra. Una vez terminada la batalla que les mantenía ocupados, los jóvenes acuden a Zaratustra en busca de una respuesta para los días venideros. ¿Qué debemos hacer ahora?, se preguntan en todo momento.
    A pesar de estar encajada en una época concreta y dirigida a un grupo determinado de individuos, el texto es aplicable a cualquier ser humano que busca una razón -la que sea- para mantenerse ocupado. Muy recomendable.

  8. Et-fonia permalink
    marzo 18, 2015 2:03 am

    Excelente ensayo. Sin aburrimiento no habría artistas, no habría, en suma, la civilización como la conocemos, amada por los hombres más lúcidos, hecha por ellos. De aquí tanta exigencia actual de diversión: la civilización odia a los artistas porque crece la población que no se soporta a sí misma (o se soporta mal).

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