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La niebla de la incertidumbre

noviembre 13, 2012

Desde que hacemos nuestra entrada en el mundo somos arrojados a una atmósfera de suspense. A cada instante estamos sometidos a la prueba de la incertidumbre que confiere a nuestra vida un tono dramático de desenlace incierto. Aun cuando nuestra limitada existencia estuviese blindada por un rígido régimen de costumbres y se hallara en el lugar más seguro del planeta, no somos una mónada de Leibniz desconectada del mundo. También cuanto ocurriese fuera de nuestra autarquía, más tarde o más temprano terminaría afectándonos.

Gottfried Wilhelm Leibniz

Gottfried Wilhelm Leibniz

Ni el conocimiento del pasado ni el aval de la experiencia constituyen una garantía de previsibilidad.  Nuestros cálculos no son más que conjeturas prestas para la refutación. Hasta las decisiones meditadas sólo tienen que ser contrastadas con los hechos para desmentirse. ¿Cuántas veces una acción de consecuencias predecibles ha producido unos resultados imprevistos?

Caminamos a ciegas por los túneles de la realidad, tropezando con los muebles y con puertas que están cerradas o se abren a muros pétreos. ¿Será porque ésta transcurre en el presente, del que sólo percibimos su transcurrir? Su suelo resbaladizo amenaza constantemente nuestro equilibrio. No sabemos si al caernos nos romperemos un brazo, nos haremos un esguince o si todo se quedará en un susto. En suma, lo sorprendente aguarda a la vuelta de la esquina incluso en la vida más acorazada por las costumbres.

Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov pensaba que el término “realidad cotidiana” es “profundamente estático, ya que da por supuesto una situación que puede observarse de modo permanente, esencialmente objetiva y universalmente conocida”. La realidad estática a la que se refería el autor de Lolita apenas existe en el mundo real y, cuando existe, su duración es muy breve, aunque a quienes vivan en ella les parezca larga mientras la están experimentando, no así cuando, por alguna circunstancia más que por propia voluntad, tengan que abandonarla.

Entonces se les antojará como un sueño o un espejismo y, por supuesto, una excepción. Porque lo verdaderamente real se halla en las antípodas de esa realidad que quienes habitan en ella perciben inmóvil: un mundo sumido en una constante agitación, dominado por la incertidumbre y el azar y en el que la racionalidad de lo previsible, en ocasiones tan insensatamente segura de sí misma, se expone a la burla de lo imprevisible.

El devenir del tiempo, eso que entendemos por futuro, tiende a desmontar todos los cálculos pretenciosamente precisos. La misma previsibilidad denota una inseguridad reprimida, el temor secreto a un caos inminente. Por ejemplo, la seguridad en la que creyó haberse instalado la burguesía europea de finales del siglo XIX, arropada por sus éxitos económicos, científicos y tecnológicos, escondía la catástrofe que algunos años después la llevaría a la ruina.

Karl Kraus

Karl Kraus

La “edad de la seguridad”, como la denominó posteriormente el escritor Stefan Zweig, no era más que una farsa que, como predijo Karl Kraus en la decadente Viena finisecular, auguraba el fin del mundo; un final que llegaría pocos años después en forma de una guerra mundial y de una revolución en el imperio más vasto del planeta que, por sus características, atemorizó a quienes tenían algunos motivos para temer que algo así ocurriera en sus países.

Contra las presuntuosas predicciones del racionalismo ilustrado, a principios del siglo XIX los escritores románticos lanzaron las primeras señales con las que advertían de la fragilidad del mundo. En sus poemas, dramas y relatos, y mediante un lenguaje expresivo e imágenes inquietantes,  mostraron que en cualquier momento y lugar podía irrumpir un fenómeno imprevisto, incluso de orden sobrenatural, que con una violencia arrolladora destruiría los planes concienzudamente elaborados por los hombres. El pesimismo romántico irrumpió en el pensamiento europeo como un mazazo contra el optimismo leibniziano que preconizaba que el nuestro es el mejor de los mundos posibles, sembrando inseguridad e incertidumbre.

Schopenhauer fue uno de los pensadores de la época que con sus argumentos atacó la fortaleza burguesa, precisamente él, que se jactaba de ser un ferviente defensor del orden burgués ante los conatos revolucionarios que hubo de presenciar. El filósofo aseveró que la realidad del mundo se reduce al movimiento de la voluntad entendida como una inagotable fuente de deseos permanentemente insatisfechos. La satisfacción que transmite al principio la conquista del objeto deseado se desvanece como por ensalmo en cuanto se lo toca.

El filósofo Arthur Schopenhauer

La consecuencia de ese desencanto se manifiesta en la reaparición de un deseo nuevo, estimulado por la imagen de un objeto muy distinto del que acaba de sumir al individuo en el desencanto. El mundo y los hombres se rigen, o más bien se dejan regir, sin que puedan impedirlo, por esta tortuosa dialéctica del deseo que los aboca al desasosiego. Enredados en la telaraña de sus deseos, están condenados a una pertinaz insatisfacción.

El concepto de voluntad ciega perfilado por Schopenhauer tiene algo de aterrador, una fuerza irracional que domina el Yo del sujeto, impotente para controlarla o dirigirla siguiendo el criterio de su razón, y que lo empuja a un torbellino de deseos del que jamás podrá escapar porque ninguno hallará la correspondiente satisfacción. Preso en las garras de su insaciable voluntad, las relaciones con sus semejantes estarán determinadas por esa monótona oscilación entre el deseo y la frustración, que le impulsa a ocuparse exclusivamente de sí mismo.

La idea del mundo que se formó Schopenhauer a raíz de su teoría de la voluntad  le llevó a compararlo con el Infierno de Dante, “donde cada hombre tiene que ser el demonio del otro”, una metáfora similar a la que concibió otro romántico, el español Mariano José de Larra, y que recorre los siglos XIX y XX. En este último fue redefinida por Jean-Paul Sartre en la  sentencia “el infierno son los Otros”, que pronuncia uno de los personajes de su obra teatral A puerta cerrada (1944).

Jean-Paul Sartre

Nabokov era un novelista, por lo que se comprende su noción de la realidad cotidiana como algo estático. Poco puede hacer un autor de ficciones con semejante concepto de la realidad, no sólo porque si tuviese que ceñirse a él se privaría del material necesario para escribir sino porque una realidad semejante sólo es concebible en la imaginación, aunque no en la de un novelista.

No obstante, también la cotidianidad encierra su punto de incertidumbre, aunque escape a nuestra percepción por el simple hecho de participar insensiblemente de su devenir, con la certeza equívoca de que el minuto siguiente se asemejará al que le precedió. Basta con apartarse un momento de ella para examinarla. Entonces comprobaremos que hasta lo cotidiano encierra un latido dramático. Sólo hay que detenerse el tiempo necesario para escucharlo.

En el Quijote, la primera gran novela moderna, Cervantes confrontó la quimera de la certidumbre con el realismo representado por la incertidumbre. Don Quijote abandona su placentero cubículo de fantasías caballerescas para trasplantarlas a la realidad, como si la tierra en la que aquellas germinaron fuese idéntica a la de esta última.

"Don Quijote", por Celestino Nanteuil (1813-1873)

“Don Quijote”, por Celestino Nanteuil (1813-1873)

Su tentativa de controlar la realidad, siguiendo al pie  de la letra el itinerario que le marcaban los libros de caballerías, produjo el efecto contrario. Tras  el paréntesis en el que la realidad fingió transitoriamente adaptarse a sus fantasías –el largo episodio de la estancia de Don Quijote y Sancho en el palacio de los Duques-, ésta se impuso sin vuelta de hoja, para desilusión del caballero.

Consciente de haber perdido la partida contra la incertidumbre, Don Quijote tuvo que retornar con la cabeza gacha al lugar del que salió unos meses antes con el firme propósito de doblegarla. Reconciliado finalmente con la razón, el desencanto, la fatiga y el peso de los años acabaron con él.

Retrato de Anton Chejov

Retrato de Anton Chejov

En determinados escenarios y épocas la certidumbre se presenta como un espejismo duradero e inamovible, en el que los individuos vegetan sumidos en una especie de somnolencia. Es lo que sucedía en las pequeñas ciudades de la Rusia profunda del siglo XIX, y que escritores como Chéjov y Turguéniev describieron en sus relatos, dando vida a personajes que, excepcionalmente,  en su fuero interno intuían que aquella inmovilidad no era más que un espejismo. Por ejemplo, en el cuento de Chejov La novia, Nadia, una joven de veintitrés años, se dispone a casarse con el previsible Andrei Andréich. Pero de pronto presiente que a partir de entonces su vida será como la que ha soportado hasta ese momento, “¡sin cambio, sin final!”.

En lo más hondo de su alma notaba el zumbido del desasosiego que no la dejaba en paz. Aunque a las personas que la rodeaban les pareciese que la estrechez de la monotonía se correspondía plenamente con la realidad, y ni se les ocurría dudar de que tal vez no fuera así, Nadia estaba  convencida de que aquella quietud soporífera no se correspondía con  la realidad, que lo real era el movimiento incierto de lo vivo.

“Antes de la boda” (1874), del pintor ruso Firs Zhuravlev

El chispazo que encendió la mecha de su malestar se produjo a raíz del reencuentro con un viejo conocido, un pintor residente en Moscú, que la animó a estudiar y cambiar de rumbo. La chica decide romper con el novio y, siguiendo el consejo del pintor, viaja a San Petersburgo con el propósito de cultivarse. Después de algún tiempo, de vuelta a la ciudad provinciana, ese mundo se le antoja viejo, caduco y oprimente como la sensación que por vez primera le produjeron los techos bajos de su casa. A los dos meses decidió despedirse para siempre del pasado. “No existía ya, había desaparecido como devorado por el fuego”, apostilla la voz narradora. El espejismo de la falsa certidumbre se había quebrado definitivamente. A partir de ese instante Nadia franqueaba las puertas de la realidad incierta.

En 1914 James Joyce publicó la serie de relatos Dublineses, en los que plasmó su idea de la epifanía. Para ello tomó como modelo la capital irlandesa, a la que calificó de “centro de la parálisis“. En cada uno de los quince cuentos pone de manifiesto “esa hemiplejía o parálisis que muchos llaman ciudad”. Joyce recurrió al término epicleti para acotar su idea de la parálisis. Epicleti es la deformación de la palabra latina epiclese, que, como señaló el escritor, es “una invocación  al Espíritu Santo que todavía se utiliza en la Iglesia Ortodoxa, aunque ha sido suprimida por la Iglesia Católica, para que transforme la hostia en el cuerpo y sangre de Jesucristo”. Para Joyce este vocablo tenía el mismo significado que epifanía momento eucarístico.

James Joyce

En los quince relatos de Dublineses la epifanía equivale a un instante de revelación que escapa a los dominios de la razón, y que hace que, bajo los efectos de un pequeño acontecimiento aparentemente insignificante, el individuo observe la realidad cotidiana a la que se refería Nabokov de una forma radicalmente distinta de como la había observado hasta entonces, forzándolo a un cuestionamiento tanto de su pasado como de su presente, que termina por arrojarlo a la incertidumbre. Puede que ese suceso que suscita la revelación ni siquiera adquiera la categoría de tal sino que adopte la forma de un inquietante recuerdo casualmente desenterrado del olvido, como ocurre en el cuento Los muertos, el último de la serie.

En Ulises dará forma a su noción de la realidad y el pensamiento individual como una fuerza irracional inmersa en un movimiento continuo que se propaga en todas las direcciones, al igual que una inmensa telaraña. La asociación de pensamientos, normalmente provocada por la observación del mundo exterior, conforma en la mente del protagonista de la novela, Leopold Bloom, una red infinita de palabras, ideas, imágenes y fantasías. Es lo que se conoce como corriente de la conciencia.

También Kafka discrepaba de una visión estática de la realidad, tal como le comentó a su novia Felice cuando ésta se quejó en una ocasión de la monotonía. Habiendo vivido desde su infancia a la sombra del temor, el autor de La transformación sabía mucho de sorpresas desagradables.

Franz Kafka en Praga

Franz Kafka en Praga

En sus relatos y novelas lo sorprendente irrumpe en la existencia de los personajes como una amenaza que trastoca la cotidianidad hogareña, aparentemente blindada por la costumbre. Ese terremoto en el suelo de la realidad adentra a sus personajes en la niebla de la incertidumbre, haciendo añicos sus planes y desviando el curso de la inercia en que discurrían sus vidas. Kafka sospechaba que cuanto más predecible parezca el destino del individuo, más perturbadora será también la sorpresa que le depare el azar.

El espejismo de la certidumbre no nos librará de los oscuros presentimientos que se abalanzan sobre la puerta de nuestra ficticia seguridad con el propósito de derribarla.  Al contrario que Teseo, no tenemos a nuestro lado a una Ariadna que nos preste el hilo salvador que debe conducirnos a la salida del laberinto, y las que encontramos pronto se nos revelan falsas.

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2 comentarios leave one →
  1. Guido Finzi permalink
    mayo 12, 2013 11:26 pm

    He visto montones de veces esa foto de Kafka, y sin embargo nunca deja de producirme cierta inquietud. Tiene algo peculiar, extraño…el propio personaje, supongo.

  2. mayo 12, 2013 11:43 pm

    Es la foto de un joven atildado que, a pesar del frío invierno de Praga, no está acostumbrado a llevar abrigo encima del traje y que, como se ve que no le gusta demasiado, ha decidido desabotonarlo, quizá porque en esa mañana de día festivo en el cielo luce un sol que anuncia la primavera. La sombra de la figura da a entender que no hay ninguna nube y el sombrero le ayuda a protegerse del deslumbramiento.
    ¿Qué hacer con las manos cuando uno posa con el abrigo abierto, sin no puede guardarlas en los bolsillos y tampoco quiere posar con los brazos estirados, en posición de firmes? Hacer que la mano derecha “salude” fraternalmente a la izquierda, evitando entrelazar los dedos.

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