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La batalla de las palabras contra guerra

noviembre 6, 2012

La británica Florence Beatrice Green falleció el pasado 4 de febrero a los 110 años. Hasta esa fecha estaba considerada la última superviviente de los millones de personas que combatieron en la Primera Guerra Mundial, de cuyo final se conmemora el 94 aniversario el día 11.  Florence se alistó con sólo 17 años, en septiembre de 1918, a la Fuerza Aérea Femenina (WRAF), de la Real Fuerza Aérea. Por entonces faltaban dos meses para que se firmase el armisticio.

Florence Beatrice Green

Florence Beatrice Green

Como es sabido, la Primera Guerra Mundial empezó a denominarse así a partir de la Segunda Guerra. Hasta entonces era conocida como Gran Guerra. El adjetivo apócope que la precede está más que justificado por las dimensiones insólitas que alcanzó en poco tiempo, sobre todo en número de víctimas mortales y heridos. La moderna masificación humana se había hecho mayor tras la muerte en masa de diez millones de personas.

Fue una contienda pionera en muchos aspectos, aunque quizá uno de los más destacables es que, al menos nominalmente, la mundialización con la que hoy estamos familiarizados comenzase con ella. Un mal comienzo, dicho sea de paso. En los cuatro años que duró alcanzaría  unas proporciones insospechadas para quienes la alentaron con la necia confianza de que no se les escaparía de las manos. Desde entonces ya constituye un respetable lugar común que se sabe cuándo empiezan las guerras pero no cuándo terminan, una enseñanza que en Alemania tuvo que aprenderse por segunda vez en 1945. A algunos no les bastó con la primera.

Soldados alemanes disparando desde una trinchera

Soldados alemanes disparando desde una trinchera

Pero aun hay un aspecto que la distingue de otros conflictos: en la cantidad y calidad de los testimonios de sus antiguos combatientes. No tenía nada de extraño. Buena parte de los jóvenes que lucharon en los ejércitos de los imperios centrales y en el bando de los países aliados acreditaban una sólida formación humanística. Se dice que en las mochilas de miles de soldados alemanes no podía faltar un libro con fragmentos de la obra de Schopenhauer.

Parece que esta formación no libró a muchos de ellos de la propaganda chovinista ni del insensato afán de aventura que los  impulsó a alistarse en sus ejércitos nacionales. De ahí que, una vez embarcados en el conflicto, la desilusión reemplazase al entusiasmo inicial. Al contrario que su oponente, la desilusión se presta a la reflexión y, si además se tienen aptitudes para ello, también a la escritura. Eso fue lo que le ocurrió a algunos de los excombatientes que sobrevivieron a la guerra.

Ciudadanos británicos haciendo cola en una oficina de reclutamiento del ejército poco después del estallido de la guerra. En muchos de sus rostros pueden apreciarse signos de euforia.

El ennui y el ardor guerrero de 1914 se transformaron cuatro años después en conciencia herida y en repugnancia hacia cualquier incitación a la guerra. La estupidez de las emociones más primarias cedió el paso al dolor y a la razón.

La disparidad entre el principio y el final de aquel conflicto se observa hasta en las fechas de su comienzo en el luminoso 1 de agosto de 1914, cuando las gentes se echaron a las calles impulsadas por el sueño de una victoria fulminante sobre el enemigo, y su conclusión, en el gris y húmedo 11 de noviembre de 1918, en el que por fin las armas callaron en una Europa desgarrada y convertida en un gigantesco cementerio.

El escritor alemán Carl Zuckmayer recordó muchos años después que al estallar la guerra los jóvenes de su generación tenían la sensación de que había hablado el destino, al que saludaron “con un júbilo indómito, como si nos liberase de la duda”. También le llamaba la atención el contraste entre la mañana de agosto de 1914 en que la tropa de jóvenes voluntarios cruzó en un largo tren el viejo puente de Maguncia, camino del frente, entonando el himno patriótico Wacht am Rhein, y el día nuboso de noviembre de 1918, en que él mismo y los escasos soldados que habían sobrevivido al conflicto regresaron a la ciudad natal en completo silencio.

Carl Zuckmayer con el uniforme de soldado del ejército alemán

Carl Zuckmayer con el uniforme de soldado del ejército alemán

Como si hubiesen querido contrarrestar la brutalidad de la guerra y su salvaje masificación, numerosos supervivientes, como el propio Zuckmayer, dejaron un testimonio lacerante en diarios, memorias, cartas o cuadernos de notas. Si palabras fraudulentas desataron la contienda, otras palabras cargadas de verdades le arrancarían la máscara que ocultaba sus estúpidas y malvadas justificaciones.

Comparando los libros que se escribieron sobre la Guerra civil española con los que se inspiraron en la Primera Guerra Mundial, George Orwell comentó que así como en aquellos primaba el punto de vista político y “el engreimiento de los militantes que vienen a decirnos qué debemos pensar”, estos últimos eran obra de soldados rasos “que ni siquiera  se las dieron de haber entendido de qué iba todo aquello”. No eran libros de propaganda sino de víctimas de la guerra.

Unos pocos de sus autores optaron por la ficción. La obra más conocida en este género es la novela Sin novedad en el frente, que el alemán Erich Maria Remarque, excombatiente en el ejército de su país, publicó en 1929 y que enseguida vetaron Hitler y Mussolini por su carácter abiertamente antibelicista. Remarque tuvo que exiliarse de la Alemania nazi. Su novela fue uno de los libros que ardieron en la noche del 10 de mayo de 1933 en varias ciudades alemanas.

Erich Maria Remarque

Narrada en primera persona por el soldado Paul Baumer, un muchacho procedente de una familia provinciana de clase media, lector apasionado y aficionado a la poesía y al teatro, Sin novedad en el frente cuenta la historia de él mismo y de los compañeros de su grupo y el trágico final de cada uno de ellos. La novela concluye con la muerte del propio Baumer en 1918, en un día tranquilo, tan tranquilo que en el comunicado en el que se notificaba su caída alguien tuvo el detalle de precisar que en aquella jornada no había habido novedad alguna en el frente del Oeste. Una bala mortal le impidió ver cumplido su deseo de encontrar un camino para la fuerza interior que le conminaba a decir “Yo”.

En Sin novedad en el frente figuran todos los elementos característicos de la Primera Guerra Mundial, empezando por la locura nacionalista que la engendró, atizada por la prensa y una propaganda cuyo grado de difamación se disparó a medida que los contendientes se enfangaban en el conflicto. Cuanto más odio se destilaba contra el enemigo, más se contribuía a su desconocimiento.

Portada de la edición alemana de “Sin novedad en el frente” (1929)

Tratándose de una novela ambientada en el bando alemán, Remarque ahondó con lucidez y valentía en otro de los orígenes malignos de la guerra: la xenofobia que se inculcaba a los niños en las escuelas y que ensalzaba infundadamente lo propio en detrimento de lo ajeno. A esta  lacra había que añadir el autoritarismo que recorría la educación tanto en el sistema escolar como en la familia y que, entreverado con la xenofobia, habría de desembocar en un militarismo agresivo.

Durante la instrucción militar que los reclutas recibían en el cuartel aprendieron que un botón bien limpio era más importante que cuatro tomos de Schopenhauer. “Reconocimos que lo esencial no es el espíritu, sino el cepillo de lustrar el calzado; no el pensamiento, sino el “sistema”; no la libertad sino el adiestramiento”, observa Paul Baumer. Más aún, que el concepto de patria que se les había enseñado en las instituciones educativas conducía  a “un abandono de la personalidad que jamás se hubiese osado pedir a los criados más humildes”.

Unos soldados  remiendan o cosen sus ropas en la trinchera

Unos soldados remiendan o cosen sus ropas en la trinchera

La formación que se impartía a los futuros héroes nacionales era idéntica al adiestramiento que se daba a los caballos de circo. Finalmente, se confirmaban las advertencias de Nietzsche y el Reich cuartelario regentado por el káiser Guillermo II enterraba la fértil curiosidad intelectual que había singularizado a Alemania desde finales del siglo XVIII.

En la novela se incide también en la nefasta identificación de la clase social dominante, la burguesía, con el nacionalismo propugnado por el Estado y que pagaría con su creciente pérdida de influencia ante el ascenso al poder del nazismo.

En la siguiente escena de la versión cinematográfica de Sin novedad en el frente que en 1930 dirigió el norteamericano Lewis Milestone, los camaradas de Baumer, hijos de obreros o de artesanos, conversan acerca del sentido de la guerra, con la que no se sienten identificados, como tampoco con las razones esgrimidas por los gobiernos para justificarla:

En cuanto cayó el velo de la ilusión nacionalista, en el frente cundió el alejamiento de los mandos militares de su soldadesca, irrumpiendo así el fenómeno de la deserción de miles de combatientes, hastiados de la masacre. Paralelamente, el aislamiento de éstos de la retaguardia, envenenada por la propaganda que difundían los Estados, y su familiaridad con el horror facilitaron la ruptura de los vínculos con su pasado mientras destruían los puentes hacia el futuro, cuando terminase la guerra. La otra cara del aislamiento fue el hallazgo de la camaradería y de la amistad, si bien sólo bajo el influjo de la penosa circunstancia de la contienda.

En la descripción del frente que ofrece Remarque, las trincheras fortificadas ocupan el primer plano. Excavadas en la tierra, eran como tumbas interminables que, además, pronto degeneraban en focos de enfermedades y de parásitos y ratas. A la postre sólo sirvieron para alargar inútilmente el conflicto en aplicación de una calculada estrategia de desgaste.

En Senderos de gloria (1957), una de las películas que, tomando el argumento del juicio a tres soldados acusados de carecer de “moral de combate”, ha tratado con más expresividad la crueldad y lo absurdo de la Primera Guerra Mundial, son inolvidables las escenas que transcurren en las trincheras que el director de la cinta, Stanley Kubrick, reconstruyó con un impresionante realismo. En la siguiente escena Kirk Douglas, en el papel del coronel Dax, del ejército francés, avanza por la trinchera para dirigir el ataque contra la Colina de las Hormigas:

El hambre, el insomnio, el miedo y las crisis de angustia se apoderaban de muchos soldados, que preferían huir en pleno bombardeo, exponiéndose a una muerte segura, antes que continuar encerrados en las trincheras.

Uno de los episodios más estremecedores de la novela es la descripción de la agonía de los caballos heridos, sus aullidos de dolor y desesperación. La inocencia de estos animales que morían con el vientre despanzurrado era como un espejo ante el cual se miraban avergonzados los hombres causantes de aquella catástrofe.

Paul Baumer se detiene en el atroz espectáculo de los caballos galopando en una huida desesperada con el vientre abierto y las tripas colgándoles hasta que enredaban en ellas y caían al suelo. “Nos sentamos y nos tapamos los oídos; pero esos lamentos, esos gritos de angustia, lo penetraban todo”.  Sólo querían huir de los aullidos, no escucharlos jamás. No tenían más remedio que disparar contra los animales moribundos.

Una foto curiosa en la que el soldado protegido con la antiestética máscara antigas posa junto al caballo

Una foto curiosa en la que el soldado protegido con la máscara antigas posa junto al caballo al que también intenta proteger de los efectos tóxicos de los gases venenosos

En los cuatro años de guerra los caballos convivieron con el moderno y destructivo armamento -ametralladoras, fusiles de repetición, tanques, aviación de combate, zeppelines y gases venenosos-, y, al igual que los hombres, sufrieron sus terribles efectos.

Una experiencia muy diferente de ésta es la que se tenía con las ratas gigantescas, las llamadas “ratas de cadáver”, siempre hambrientas. Dotadas con “unas cabezas horribles, perversas y peladas”, arrastraban sus colas largas y desnudas, cuya sola vista causaba malestar a quien se encontraba con ellas. A veces era imposible conciliar el sueño porque estos animales repugnantes se paseaban por la cara del durmiente en busca del pan que guardaba bajo su cabeza. Aquellas ratas feroces devoraban a los gatos más grandes y hasta se atrevían con los perros.

En este fotograma de la película Rey y patria (1964),  de Joseph Losey, ambientada en la Batalla de Passchendaele (julio-octubre de 1917), al suroeste de Flandes, unos soldados británicos tratan de expulsar a las ratas que han anidado en el vientre de un caballo muerto en medio del barrizal. La película de Losey aborda el juicio a un soldado acusado de deserción.

"Rey y patria", de Joseph Losey

Fotograma de “Rey y patria”, de Joseph Losey

El episodio del bombardeo de un cementerio, en el que los cadáveres  sufrían una segunda muerte, amparando incluso a los vivos de la metralla mortífera que caía sobre ellos, refleja el lado sarcástico de la guerra. Maupassant no lo hubiera descrito mejor.

El soldado no olvida que a la guerra se va para exterminar al enemigo, pero al menos las armas de fuego ahorran el desagradable contacto físico. En la práctica son las balas o las bombas las que destruyen los cuerpos. No era lo mismo lanzar una granada al vacío, disparar contra las líneas enemigas desde el pretil de la trinchera o arrojar un puñado de bombas desde un avión, que atentar contra un enemigo al que se tenía a pocos pasos.

Un soldado de la Primera Guerra Mundial disparando con una ametralladora

Una madrugada Paul Baumer se encontró con el temido enemigo en el hoyo en el que se resguardaba del fuego cruzado. Como había pensado en esta posibilidad, previendo incluso que su reacción inmediata sería apuñalarlo, eso fue lo que hizo cuando se topó con el cuerpo extraño. La luz turbia del amanecer le desveló el misterio: el enemigo era un hombre con un bigotito, tenía la cabeza inclinada hacia un lado y una mano ensangrentada en el pecho. No estaba muerto, sólo agonizaba. Intentó socorrerle, dándole de beber el agua sucia que recogió con las manos en el cieno. Luego le cubrió con vendas las tres heridas que le había causado, hasta que comprendió que no podía hacer nada para salvarlo, que se moría sin remedio. A las pocas horas expiró. Baumer tendió el cadáver en el suelo y le cerró los ojos.

No se le ocurrió otra cosa que pedirle perdón por haberlo matado y reprochar a sus jefes que nunca le hubiesen dicho que también el enemigo tiene madre y el mismo miedo a la muerte que todos los soldados, la misma manera de matar y los mismos dolores. Sin las armas y el  uniforme hasta podrían ser hermanos.

Soldados protegidos con mascaras antigas disparan con una moderna ametralladora

A Baumer le atormentaba tener que cargar con el recuerdo del homicidio que acababa de cometer. Se consolaba con la idea de que, mientras ignorase el nombre de su víctima, quizá pudiera olvidar su cara.

“Pero -se decía para sus adentros- su nombre es un clavo que penetrará en mí y que ya no podré arrancarme” porque el nombre “tiene el poder de recordarlo todo”.

De pronto se encontró con la cartera del difunto que contenía los retratos de una mujer y de una niña y cartas escritas en francés. Les enviaría dinero cuando empezase a ganarlo. Sólo quería existir para el muerto y su familia con tal de reparar el crimen. Apuntó el nombre del soldado: el tipógrafo Gerard Duval. Él también se haría tipógrafo. Quería  reemplazarlo, reencarnarse en el hombre al que acababa de arrebatarle la vida de una manera tan absurda. Sin embargo, en su fuero interno intuía que al final todo se reduciría a simples promesas y que el olvido se encargaría del resto.

Cuando Baumer vuelve a casa de permiso, se percata de que el reencuentro con los libros de la biblioteca que alimentó en sus años de estudiante no le ayuda a desprenderse de su papel de soldado. “Estoy mudo ante todo esto –piensa-, como delante de un tribunal. Sin valor”. Con una desesperación análoga a la del príncipe Hamlet, repite “Palabras, palabras, palabras…” mientras vuelve a colocar lentamente los libros en su sitio

Grupos de soldados y oficiales rusos

Sin embargo, no todos los combatientes de la Primera Guerra Mundial tenían la formación académica de Paul Baumer ni, por tanto, se exponían a un desencanto intelectual como el experimentado por éste tras su retorno a casa. La mayoría pertenecía a familias de clase obrera o campesina y eran analfabetos, siendo Rusia el país que aportó más soldados de esta índole.  Por suerte para ellos, la guerra concluyó antes que para el resto de los combatientes gracias a la decisión del gobierno revolucionario encabezado por Lenin de negociar la inmediata retirada y la vuelta a casa de las tropas.

Al contrario que en otros países, en la naciente Unión Soviética no salieron a la luz relatos en los que se narrasen las experiencias de los exsoldados debido a su escasa formación, aunque también por las especiales circunstancias que atravesaba el país, enzarzado en una guerra civil.

Hasta que ese silencio fue roto por una mujer, Sofia Fedórchenko (1888-1959), quien entre los años 1915 y 1917 en que ejerció de enfermera voluntaria en el frente oriental, recopiló en unos apuntes improvisados las opiniones que escuchaba a los soldados heridos que atendía en el hospital de campaña. Los apuntes se publicaron en 1918 y ahora se han traducido por primera vez en castellano con el título original, El pueblo en la guerra, y el subtítulo Testimonios de soldados en el frente de la Primera Guerra Mundial.

Portada de la reciente edición española de "El pueblo en la guerra", de Sofia Fedórchenko

Portada de la reciente edición española de “El pueblo en la guerra”, de Sofia Fedórchenko, publicada en Hermida Editores

Con su excelente oído y sensibilidad, Sofia Fedórchenko captó el lenguaje sencillo y expresivo de los soldados. Originarios de la Rusia profunda, éstos habían escapado de la propaganda nacionalista. Si de algo estaban seguros es de que aquella causa no era la suya y que, como reconoce uno de ellos, la ropa que llevaban puesta pertenecía al zar, no así su pellejo.

Precisamente Remarque describe en su novela la impresión que causaban:  unos hombres “tranquilos con caras de niños y barbas de apóstoles”, semejantes a “unos humildes perros  San Bernardo a los que se hubiese apaleado”; seres de existencia anónima y libres de toda culpa.

En la versión alemana el libro, muy admirado por Thomas Mann y Elias Canetti, se tituló El ruso habla, y en la inglesa se optó por Iván habla, en referencia al nombre típico entre la población masculina rusa de la época. Ambos títulos son altamente significativos, por cuanto que los editores daban a entender que era el ruso de a pie, el ruso anónimo, hijo de campesinos pobres, quien hablaba de su experiencia en una guerra a la que había sido enviado como carne de cañón.

Soldados rusos se protegen en la trinchera de un ataque de gases venenosos

El Imperio ruso se embarcó en la contienda con un ejército de ocho millones de hombres, formado principalmente por campesinos carentes de formación militar, con escasa instrucción, mal armados  y peor equipados. Estos jóvenes soldados a la fuerza no se identificaban con el patriotismo de la clase media ni con las esperanzas de la intelligentsia de su país.

Sus opiniones giran en torno a los motivos por los que iban a la guerra, qué pensaban de sus causas y de la instrucción, cómo veían a los jefes y los compañeros, qué idea se habían formado de los “enemigos”, qué recordaban de su casa y su juicio sobre el conflicto. La estancia en el hospital de campaña significó para ellos una oportunidad para abrir su corazón y su memoria herida a otros compañeros de fatigas a los que  revelaban sin tapujos unas experiencias que habrían preferido silenciar ante quienes no hubiesen pasado por aquella situación. De hecho, el trato con los camaradas fue, de todos los lances que les deparó la guerra, el más valorado por ellos. Elegían la noche, cuando por casualidad se hallaban a buen recaudo de la artillería enemiga, para charlar hasta las tantas de lo humano y lo divino.

Los testimonios aluden a las penalidades que les deparó la guerra, desde las enfermedades, como el cólera, el tifus, el escorbuto y la disentería que diezmaban las tropas, hasta las heridas por bala o los bombardeos que mutilaban los cuerpos en medio de dolores insoportables o los efectos de los gases que arrojaban los alemanes. También se quejaban de la imposibilidad de dormir por culpa del zumbido lejano de las ametralladoras y de las granadas.

“El soldado bebe” (1912), de Marc Chagall

En la visión que ofrecen del enemigo no se aprecia odio. Incluso conceden que, al contrario que ellos, los alemanes eran cultos, sabían leer y escribir, aunque su corazón no tuviese punto de comparación con el ruso. Los veían rencorosos y vengativos.

La guerra insensibilizó a muchos, destruyendo los principios morales en los que se habían educado. Allí estaba prohibido pensar, sólo era preciso obedecer. Uno de los soldados confiesa que no sentía su propio miedo ni el de los demás. “Sólo me falta matar niños. Pero creo que también a esto puede acostumbrarse uno”.

Estos testimonios escritos demuestran que las letras pueden derrotar a las armas y sobrevivir a la guerra. Paul Baumer murió en el frente, pero la historia que nos legó, y que hoy leemos con emoción, le ha sobrevivido.

No cabe duda de que la guerra habría ganado sin el relato escrito de los antiguos soldados que se negaron a que el recuerdo de su amarga experiencia muriese con ellos. Aunque las palabras no lograsen acabar con la guerra -con su falsa inevitabilidad-, como poco tiempo después se vería en la Alemania nazi tiranizada por un ex combatiente que sólo aprendió lo peor de ella, eso no significa que resultaran inútiles. Cien años después, los testimonios que han llegado hasta nosotros mantienen intactos su prestigio y vigencia, no así la guerra, de cuyo horror dejaron constancia para la posteridad, a modo de advertencia indeleble.

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One Comment leave one →
  1. noviembre 6, 2012 12:38 pm

    Jaime, devorado tu artículo. Muchas gracias por el envío.

    Me detuve a pensar en mi abuelo; y en los efectos que continúan porque una vida afecta a muchas vidas; así como en las otras víctimas: las de los pueblos sitiados, las familias que esperan porque la vida fuera de la guerra se sigue viviendo.

    Gracias.

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