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La impaciencia de un romántico

octubre 30, 2012

El 2 de noviembre de 1836, Día de los Difuntos, Mariano José de Larra fechó uno de sus artículos, precisamente titulado El Día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio. La elección de la fecha no era casual. Según le cuenta al lector, aquella mañana se había levantado de un humor extraño, decía no asombrarse de nada porque había visto mucho. En cambio, no acababa de comprender claramente cuanto veía. Por ejemplo, que en ese Día de Difuntos no le asombrase que hubiera tantas gentes que estuviesen vivas. No lo comprendía.

Pronto la melancolía se adueñó de él. Pero no una melancolía cualquiera sino la de un liberal español que en aquellas circunstancias estaba destinado a ver truncadas sus esperanzas y a comprobar cómo, además, el mundo se las devolvía vueltas del revés.

Monumento a Larra en la madrileña calle Bailén, junto a la plaza de Oriente

Las dos primeras comparaciones que cita Fígaro-Larra para que el lector se haga una idea de su estado de ánimo ofrecen bastantes pistas. Se siente como el hombre que cree en la amistad “y llega a verla por dentro” y como “un inexperto enamorado de una mujer”. Esa percepción de la amistad recuerda a los “sepulcros blanqueados” con los que Jesús comparó a los escribas y fariseos, y que por dentro están llenos de huesos de muertos y de inmundicia.

Las siguientes comparaciones son mordaces e ingeniosas pero apuntan ya a las costumbres, a la mentalidad de la sociedad española de la época y a la situación política de un país que no levantaba cabeza y cuyos dirigentes permanecían enzarzados en sus disputas domésticas y mezquinas.

Harto de tanta melancolía, y quizá aturdido por el tañido fúnebre de las campanas, Fígaro se echó a la calle para sumarse a las filas de gentes que aquella mañana se dirigían al camposanto. Pero he aquí que al asomarse fuera descubrió que no era necesario porque el cementerio estaba en Madrid, era Madrid.

“Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo”.

Grabado E. Goodall fechado en 1836, que representa la entrada de Madrid por Fuencarral, según un dibujo de David Roberts

Grabado E. Goodall fechado en 1836, que representa la entrada de Madrid por Fuencarral, según un dibujo de David Roberts

Entonces, mientras los que se creían vivos acudían a visitar a los muertos, él comenzó a pasear con “devoción y recogimiento por las calles del grande osario”. Los edificios y monumentos se le antojaban  túmulos funerarios. En uno de los mausoleos imaginados por Fígaro se leía: “Los Ministerios: Aquí yace media España, murió de la otra media”.

Por fin se hizo de noche. Tendió una última ojeada sobre el vasto cementerio. “Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de un instinto agorero”.  El frío helaba las venas del paseante, que quiso salir pronto del cementerio y buscar refugio en su corazón “lleno hasta poco antes de vida, de ilusiones, de deseos”. Sin embargo, también allí se encontró con otro cementerio. Su corazón no era más que otro sepulcro. “¿Quién había muerto en él?” Un “espantoso” letrero lo indicaba claramente: “Aquí yace la esperanza”.

Tres meses después, el 13 de febrero de 1837, Larra se suicidaba descerrajándose un tiro en la sien. Minutos antes se había despedido de su amante Dolores Armijo, con la que sostuvo una tensa conversación  en la que ésta  le anunció la ruptura de las relaciones y su próximo traslado a Manila junto a su marido, secretario de la Capitanía General de Filipinas. El ya por entonces popular escritor dejaba viuda, de la que se había separado no hacía mucho, y tres hijos. Estaba a punto de cumplir 28 años.

Retrato de Dolores Armijo

El olfato de Fígaro, el pseudónimo con el que firmaba sus artículos en El Español, no había fallado, como tampoco el instinto agorero de los perros aulladores que merodeaban por la ficticia necrópolis madrileña. Rotos sus vínculos de amistad y de amor, tuvo que concluir que no había nada que lo uniese al mundo de los vivos, ni siquiera sus hijos y sus ancianos padres. La última entrevista con Dolores Armijo fue la gota que colmó el vaso de su paciencia.

Aquel 12 de febrero de 1837 nacía el mito del Larra suicida de quien cien años después Antonio Machado, en plena Guerra Civil, escribió que se había matado “porque no pudo encontrar la España que buscaba y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla”, justamente como muchos de los españoles que sufrían el horror del conflicto y que pronto tendrían que emprender el camino del exilio.

Seguramente Larra no se habría sorprendido del cariz de aquella contienda en la que España, un país periférico en la geopolítica de la época, se convirtió en un cruento ensayo del combate gigantesco que se desataría en Europa pocos años después, sin que la mayoría de los españoles se percatase de ello mientras dirimían sus diferencias a balazos. En 1936 la cita que Fígaro leyó el Día de Difuntos de 1836, exactamente un siglo antes, en el  monumento fúnebre llamado “Ministerios”, adquiría tintes proféticos. Media España moría a manos de la otra media.

“El dos de mayo de 1808 en Madrid” o “La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol”, de Goya

Sin apenas proponérselo, Larra se alzaba en el primer representante de lo que posteriormente se denominó con acierto la “tercera España”, formada por el escaso número de compatriotas que, guiándose por el buen sentido, sólo veían detrás de aquella enconada lucha entre hermanos el horror de la locura cainita.

Llama la atención el clarividente juicio histórico de un joven que no había cumplido los treinta años. No tiene desperdicio su comentario acerca del papel desempeñado por el país en la Guerra de la Independencia de 1808. Merece la pena reproducirlo:

“Juguete hace años de la intriga extranjera, nuestro suelo es el campo de batalla de los demás pueblos; aquí vienen los principios encontrados a darse el combate; desde Bonaparte, desde Trafalgar, la España es el Bois de Boulogne de los desafíos europeos. La Inglaterra, el gran cetáceo, el coloso de la mar, necesitó medir sus fuerzas con el grande hombre, con el coloso de la tierra, y uno y otro exclamaron: «Nos falta terreno, ¿dónde reñiremos?». Y se citaron para España (…) El huésped que había prestado su casa para la acerba entrevista reclamó siquiera el premio de su cooperación; y ¿qué le quedó? Lo que puede quedarle al campo de batalla: los cadáveres, el espectáculo de los buitres, y un letrero encima: «Aquí fue la riña»”.

Luis Cernuda

Uno de los exiliados tras la Guerra Civil de 1936, Luis Cernuda, atinó aún más que Machado al indagar en las causas del suicidio del escritor en su poema A Larra, con unas violetas. Sin transición alguna, Cernuda aúna la desesperanza que éste debió de sentir en aquel Madrid lúgubre con el desdichado affaire que mantuvo con Dolores Armijo. Una de las estrofas del poema reza así:

                                      “Escribir en España no es llorar, es morir

Porque muere la inspiración envuelta en humo

Cuando no va la llama en pos del aire

Así, cuando el amor, el tierno monstruo rubio,

Volvió contra ti mismo tantas ternuras vanas,

Tu mano abrió de un tiro, roja y vasta, la muerte”.

El primer verso alude a la afirmación que hizo Larra en el artículo Horas de invierno, fechado el domingo 25 de diciembre de 1836, apenas dos meses después del que dedicó al Día de los Difuntos : “En Madrid escribir es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos”. Se pueden imaginar qué noción tenía de “los suyos”.

Mariano José de Larra fue un lúcido desarraigado que prefirió vivir en un inconformismo activo antes que abandonarse, como muy bien pudo haber hecho, a las convenciones de una sociedad tiranizada por la estupidez y la hipocresía. Rompiendo con la tónica general de mediocridad, decidió ser él mismo, poniendo su inteligencia al servicio de su extraordinaria aptitud para la observación, ya desarrollada desde su infancia por una vida prematuramente errante y rica en experiencias. Sensible e imaginativo, se negó a vegetar en la costumbre, aunque sólo fuese para no traicionarse.

Retrato de Mariano José de Larra

Retrato de Mariano José de Larra

Era demasiado consciente de sus facultades como para desaprovecharlas. Su espíritu inquieto pesaba en él más que la indolencia imperante en aquella sociedad, en la que lo habitual era renunciar a la individualidad y entregarse al adocenamiento acomodaticio si uno no quería complicarse la vida. Él optó por la complicación, por la incertidumbre.

Agarrado a su pluma, bajo el disfraz de intelectual ilustrado, escudriña un mundo que languidecía en medio del sopor y la irreflexión, y por eso mismo condenado a no poder verse a sí mismo y mucho menos todavía a conocerse, semejante a un Polifemo torpe y resentido.

Larra deambula por Madrid o por tierras extremeñas como un extranjero venido de un país lejano y muy distinto del suyo, que bien podría ser Francia o Inglaterra. Más aún, es un extranjero, el personaje más excéntrico con el que podía cruzarse cualquier español de entonces, pero por cuyas venas corre sangre de nativo, una paradoja insufrible en la España de Fernando VII.

Los perniciosos efectos de la Restauración europea que siguió a la caída de Napoleón -uno de los periodos más sombríos de la historia moderna del continente-, fueron letales para un país cuyas élites naufragaban en el provincianismo y la estrechez de miras.

Retrato de Fernando VII, por Goya

Extraño y solitario entre los suyos, Larra esconde su fragilidad, que sólo él conoce, tras una ironía amarga y cáustica y a veces tierna y delicada. Durante su breve existencia luchó por mantenerse flotando en la veleidad, en la indefinición de su carácter -llega a aventurar que, dada su versatilidad, quizá no tuviese ninguno-, que no es sino una forma de metamorfosis, para así seguir observándolo todo sin las importunidades de las convenciones ni las ataduras derivadas de un excesivo compromiso social.

Larra se desparrama en los artículos de costumbres con diferentes disfraces y bajo el embozo de otros tantos pseudónimos. Utiliza la escritura para camuflarse, entroncando con Cervantes, otro extraño también entre los suyos. Y es que amó tanto la libertad que hasta se sentía oprimido por un único nombre. En cuanto respiraba por segunda vez el mismo aire, se mudaba de lugar y daba un salto en cualquier dirección. En sus artículos periodísticos se percibe claramente ese gusto por la libertad. Están escritos en una prosa limpia,  aireada y ligera, en la que la ironía -y en esto recuerda a su admirado Cervantes, otro trotamundos- no está reñida con la compasión; de ahí que en raras ocasiones descienda al sarcasmo.

Pistola con la que supuestamente se suicidó Larra

No es posible conocer completamente a Larra a través de sus escritos. Sospechamos, quizá con razón, que ése que vemos reflejado en los artículos con una transparencia y una subyugante impresión de realidad, no siempre coincide con el otro Larra, el de carne y hueso, el íntimamente apasionado y distante, sociable y misántropo, trotamundos y costumbrista.

Dadas sus innatas dotes de observador, percibía el mundo como un objeto susceptible de ser analizado hasta en sus detalles más escabrosos, lo que hizo de él un escéptico precoz, aunque sólo por lo que respecta al mundo y no tanto a sí mismo.

Sus historias resultan ser simples parábolas –exempla-, en las que demuestra una extraordinaria maestría en el dominio del género. No estamos únicamente ante un escritor-sociólogo; tampoco ante un moralista. Estas etiquetas no cuadran con un espíritu ambiguo y plural como el suyo. Larra es mucho más que todo eso. Sus personajes están vivos; son al mismo tiempo arquetipos y caracteres.

Gabinete de Larra en el Museo del Romanticismo de Madrid

El único recurso que encontró para soportar la impotencia en un ambiente tan adverso fue la descripción de los males que aquejaban a la sociedad. Su visión pesimista de la condición humana, que le induce a afirmar que “allí donde está el mal está la verdad”, y que “lo malo es cierto y sólo los bienes son ilusión”, chocaba, sin embargo, con la tenacidad implícita en el deseo de supervivencia que, generalmente, anida en los seres humanos. Tiene que remitirse a un Dios Todopoderoso para hallar una explicación a esta inextricable paradoja.

Esa visión se resume en una sentencia: todos son víctimas y verdugos. En el teatro de la vida “los hombres son la cadena unos de otros” y cada hombre es un tirano”. La fuerza de unos justifica la debilidad de otros y viceversa. Extiende esta visión agónica de las relaciones humanas a los pueblos, de los que dice que, sujetos también a “la gran ley del egoísmo”, como escribió en el periódico El Español,

“viven más que de su vida propia de la vida ajena que consumen, y ¡ay del pueblo que no desgasta diariamente con su roce superior y violento los pueblos inmediatos, porque será desgastado por ellos! O atraer, o ser atraído. Ley implacable de la naturaleza: o devorar, o ser devorado. Pueblos e individuos, o víctimas o verdugos”.

No creía en la evolución de la naturaleza moral del hombre, como tampoco que el progreso civilizador sea paralelo a un progreso espiritual que conduzca a la meta de la felicidad. En este punto difería del optimismo de la mayoría de los ilustrados. Desconfiaba de cualquier posibilidad de rectificación.

Werther a punto de suicidarse, en una versión de la ópera

Werther a punto de suicidarse, en una versión de la ópera “Werther” que en 1892 compuso Massenet, inspirada en la novela de Goethe

El propio Larra debió de conocer por su experiencia la fatalidad de esta relación de sometimiento recíproco de la que no pudo escapar. Su malogrado matrimonio con una mujer débil -se casó con ella “pronto y mal”- y su adulterio con una mujer fuerte, en el que le correspondió representar el papel de débil, probablemente influyó en su  decisión de suicidarse. Consciente de la lucha a muerte entre razón y pasión que lo atormentaba, sabía que él era su propio campo de batalla.

Era aún muy joven cuando decidió acabar con su vida. Si hubiera soportado por más tiempo las secuelas de su fracaso sentimental quizá hubiese podido disponer de libertad para elegir entre ser exclusivamente sujeto de la pasión o percibirse como objeto de conocimiento, tal como aconsejó Schopenhauer  después de que en su juventud huyera a tiempo de las garras de lo que denominó la “voluntad de vivir”, o sea, el revoltijo de deseos y pasiones que hostiga a los hombres, sobre todo en los años juveniles, cuando no ven más allá de sus desengaños sentimentales. Citando el verso de Petrarca “Altro diletto, ch`imparar, non provo” [“No tengo otro deleite que aprender”], el filósofo pesimista proponía trocar esperanzas por conocimientos.
Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

Por cierto, parece que Schopenhauer compartía la misantropía de Larra, según se desprende de la cita que reproduce de la novela de este último El doncel de Don Enrique el Doliente: “El que no ha tenido un perro no sabe lo que es querer ni ser querido”. Publicada tres años antes del suicidio de Larra, relata el amor que siente el joven trovador Macías por Elvira, una dama castellana de alcurnia y casada con un hidalgo. Pero el celoso marido de Elvira acaba con el idilio matando al doncel enamorado. La más que probable identificación de Larra con Macías hace pensar en el papel de víctima que él mismo habría interiorizado en su conflictiva relación con Dolores Armijo.

Hasta el último momento de su vida se percibió como sujeto: víctima o verdugo. De este modo sucumbió a los fatales inconvenientes del dramático subjetivismo, tan común entre los románticos, del que Werther, el joven suicida también enamorado de una mujer casada al que  Goethe dio vida en su célebre novela epistolar, se erigió en un exponente para muchos jóvenes cultos de la época.

Atrapados en el túnel de la desilusión que siguió al torbellino napoleónico, los más sensibles de éstos buscaban en el amor la única salida a la sofocante presión del mundo exterior.

Alfred de Musset

Alfred de Musset

Un ejemplo ilustrativo de este fenómeno son las Confesiones de un hijo del siglo (1836), libro parcialmente autobiográfico en el que el escritor francés Alfred de Musset desentrañó el “inexplicable sentimiento de malestar que fermentó en los jóvenes corazones” tras la caída de Napoleón.

Musset se hace eco del desencanto que se apoderó de la juventud, y que el poeta y político Alphonse de Lamartine resumió en la célebre queja “Francia se aburre”. El movimiento romántico pasó de la briosa ofensiva de sus comienzos a adoptar una postura defensiva ante el sistema de coacción social y política impuesto por la Restauración y que sublevaba a las generaciones de jóvenes que crecieron añorando el entusiasmo napoleónico. La impotencia para cambiar el estado de cosas los empujó al cultivo de la introspección y de una inquietante intimidad.

En su libro, publicado en 1836, cuando Musset tenía 26 años, casi la misma edad que Larra, y a raíz de su separación de la que había sido su amante durante los tres años anteriores, la escritora George Sand, escribe:

“Condenados al reposo por los poderosos del mundo, en brazos del ocio, del aburrimiento y de patanes de la peor especie, los jóvenes veían retirarse las encrespadas olas contra las que habían preparado sus fuerzas. Todos esos gladiadores ungidos para el combate sentían en el fondo del alma una insoportable miseria”.

El alter ego de Musset, Octave, se entrega en cuerpo y alma al amor. Su locura llega a tal extremo que un día se las arregló para adherir una placa con púas al medallón con el retrato de su amada que llevaba colgado del pecho y que a cada movimiento le herían la piel. Esta sensación dolorosa le producía “una voluptuosidad extraña” que acentuaba presionando la mano contra el pecho “para sentirla más profundamente”. Así era como satisfacía su imperiosa necesidad de sentirse enamorado.

Pero cuando el amor traicionaba las irreales expectativas que los amantes habían depositado en él, escapaban a Italia -el sueño de los artistas alemanes- o se refugiaban en el exilio interior para desahogarse en la escritura autobiográfica o proyectar su rebeldía  sobre los héroes de sus novelas. El italianófilo Stendhal constituye un buen ejemplo de esto último. En el peor de los casos, se suicidaban.

Si el suicidio es un accidente mortal de la impaciencia, entonces bien podemos afirmar que Larra, hijo de su siglo, murió de impaciencia, esa enfermedad tan romántica.

Tumba de Larra en el Cementerio de la Sacramental de San Justo, en Madrid

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7 comentarios leave one →
  1. octubre 31, 2012 1:52 pm

    Hola, Jaime. llegué hasta aquí a través de tweeter, me encontré con un blog excelente. Mis felicitaciones.
    Un abrazo.
    HD

    • octubre 31, 2012 5:25 pm

      ¡Gracias, Humberto! Tengo que decirte que las entradas que he leído en tu blog “Ficciones mínimas” me han gustado mucho. Me han parecido ingeniosas, perspicaces y expresivas. Te agrego a mi lista de blogs favoritos. ¡Enhorabuena! Un abrazo

      • PaulTablas permalink
        noviembre 8, 2012 7:19 pm

        Ambos blogs, muy buenos, Felicitaciones. Es grato encontrar buenas ideas.

  2. noviembre 2, 2012 6:49 pm

    1) Aquí una cita de Confesiones de un hijo del siglo: http://calledelorco.com/2012/03/18/hastio-alfred-de-musset/

    2) En la misma temática, pienso en el Chatterton de Vigny con su bello prólogo, en el que el autor compara al poeta con un escorpión:

    « Il y a un jeu atroce, commun aux enfants du Midi; tout le monde le sait. On forme un cercle de charbons ardents; on saisit un scorpion avec des pinces et on le pose au centre. Il demeure d’abord immobile jusqu’à ce que la chaleur le brûle; alors il s’effraye et s’agite. On rit. Il se décide vite, marche droit à la flamme, et tente courageusement de se frayer une route à travers les charbons; mais la douleur est excessive, il se retire. On rit. Il fait lentement le tour du cercle et cherche partout un passage impossible. Alors il revient au centre et rentre dans sa première mais plus sombre immobilité. Enfin, il prend son parti, retourne contre lui-même son dard empoisonné, et tombe mort sur-le-champ. On rit plus fort que jamais.
    Quand un homme meurt de cette manière, est-il donc Suicide ? C’est la société qui le jette dans le brasier. »

    (lo dejo en francés, espero que se entienda…)

    Jaime, tu entrada buena como siempre.

  3. Guido FInzi permalink
    febrero 14, 2013 10:12 pm

    Lo que nunca soporté de los románticos, es que se creen el centro del universo. Ellos, sus amores (si la luna sale, es porque te amo. si las mareas suben, es porque me amas, si me abandonas, la vida en mí se muerte, etc. Como diría un psicoanalista: maduren, y dejen de sangrar por el muñón fálico cada vez que les abandonan) y su interpretación trágica de la vida

    Un saludo

  4. febrero 14, 2013 10:24 pm

    Creo que los jóvenes románticos se refugiaron en el “amor” para escapar de la atmósfera sofocante de la Restauración. Fue un retorno forzoso a la intimidad. De ahí esa necesidad de atormentarse, de sentir el amor como una experiencia dolorosa, como el joven Octave de “Confesiones de un hijo del siglo”, no precisamente placentera. Había mucho masoquismo en esa actitud, con su correspondiente dosis de sadismo, claro. Y, como tú apuntas, una sobredosis de subjetividad. Supongo que Kant les pillaba un tanto lejos…
    Un saludo

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