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Funcionarios de día, poetas de noche

octubre 23, 2012

Tuvo que ser un poeta quien escribiese “Yo es otro”. La confesión de Arthur Rimbaud a su amigo Paul Demeny en la Carta del vidente desconcertó a una sociedad empeñada en que cada cual fuese uno y el mismo siempre, algo que, por suerte, escapa a los designios humanos. Pero los poetas y los artistas han tenido que ser otros para distanciarse de sí mismos y, a partir de la multiplicidad de sus identidades alquiladas, elaborar las ficciones que conocemos como obras de arte en las que proyectan también esa diversidad.

Los recursos más utilizados por el artista para saltar del yo superficial y visible al yo creativo y secreto son el disfraz, la máscara y todas las modalidades de metamorfosis. Este desdoblamiento se manifiesta también en la dispar forma con que se conduce según se halle en compañía o enfrascado en su soledad creadora.

Arthur Rimbaud

Desde que los escritores perdieron su condición de rentistas, de herederos de cierta fortuna o de protegidos de algún mecenas, optaron por dos profesiones aledañas a su oficio: el periodismo y la docencia. Sin embargo, hubo otros que, más por azar que por una decisión calculada, se vieron inmersos en el tráfago propio de una oficina de cierta compañía de seguros o en un banco. Tal vez los más conocidos sean Pessoa y Kafka. Eran funcionarios de día y poetas de noche.

En contra de lo propugnado por el Romanticismo, un poeta no debería parecerlo. Más aún, si tuviese que parecerse a alguien, el prototipo ideal podría ser el individuo más alejado de la imaginación romántica: el funcionario.

Al diurno tenedor de libros Bernardo Soares –alter ego de Pessoa en Libro del desasosiego– y poeta de noche, nada le habría indignado tanto como que en la oficina le hubiesen considerado un extraño. “Quiero disfrutar de la ironía de que no me extrañen”, dejó escrito. O, lo que es lo mismo, que no descubrieran su faceta oculta de poeta nocturno, como el rico disfrazado de pobre que no quiere que desenmascaren su falsa pobreza. Ese descubrimiento habría desvelado la doble identidad, y él deseaba que sus colegas de oficina creyesen que era uno y el mismo permanentemente: un funcionario a tiempo completo y durante las veinticuatro horas del día.

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

Nada más natural para quien está dotado de una potente imaginación que recrearse en la idea de que los demás se equivocan en la opinión que se han formado de su identidad. El escritor suizo Robert Walser tuvo que sentir una sensación similar a la que Pessoa atribuye a su alter ego cuando puso en boca  del adolescente Jakob von Gunten, protagonista de su novela homónima y seguramente autobiográfica, que hallaba cierta morbosidad en el placer secreto de ofrecer “una imagen totalmente falsa de mí mismo a quienes ocupan un lugar en mi corazón. Tal vez sea injusto, pero también audaz y, por ende, decoroso”.

Este gusto por la máscara anticipaba una incipiente vocación de novelista como la de su creador. Al igual que Jakob, Walser se formó en su juventud en una escuela de sirvientes y luego ejerció de mayordomo en una mansión. Desempeñó numerosos oficios, entre ellos el de oficinista, del que nos ha dejado una sugerente estampa en la que reconoce que el talento para la escritura del oficinista joven, que es el que le interesa para su descripción,  hace de él fácilmente un escritor.

Robert Walser en una fotografía de niño

Robert Walser en una fotografía de adolescencia

El empleado de día y poeta de noche ha de guardar un difícil equilibro entre la subjetividad ilimitada y la asfixiante objetividad hegeliana, en la que se difuminan los sueños del creador. La tensión que resulta de esa dificultad explica que el poeta nocturno se transforme de día en un actor que al salir de la oficina -su particular teatro-, en la hora del crepúsculo, y una vez instalado en su casa, se despoja del papel público de burócrata para enfundarse nuevamente en  el de poeta secreto.

Esta fue la forma de vida que adoptaron durante décadas escritores como Pessoa, Kafka, Juan Rulfo, Kavafis, quien trabajó treinta años en una oficina de aduanas, el novelista egipcio Naguib Mahfuz o el poeta norteamericano Wallace Stevens, empleado en el ramo de los seguros. De este último se cuenta que cuando el director de la revista literaria The Dial le pidió que adjuntase una nota biográfica a los poemas que le enviaba para publicarlos, le rogó que hiciera el favor de ahorrarle la dichosa nota: “Soy abogado y vivo en Hartford. Pero ninguno de estos hechos es divertido o revelador”.

Sin embargo, la coexistencia de los oficios de funcionario y poeta en un individuo no significa que deban estar unidos por una igualdad simétrica. Cada uno de ellos cumple un cometido distinto. El de funcionario flota en la superficie, a la vista de todos; el de poeta yace en las profundidades, aparentemente inamovible, como una losa sepulcral, envuelto en la turbia luz que le llega de arriba. En una carta a su novia Felice Bauer, Kafka le confesó que la literatura y la oficina se excluían mutuamente, “pues escribir es algo que gravita en las profundidades, mientras que la oficina está allá arriba, en la vida”.

Wallace Stevens

Wallace Stevens

La distancia que el escritor establece entre ambas identidades le permite aislarlas a la una de la otra, dotándolas de la autonomía necesaria para que se manifiesten sin intromisiones recíprocas y actuando a sus anchas, cada cual en su propio ámbito. “Socialmente el artista  debe ser tan sólo un hombre bien educado que lleva una vida doble”, reza uno de los sugerentes aforismos de Nicolás Gómez Dávila.

El oficio de empleado está subordinado al de poeta, aunque aquel intente someter a este último con sus tretas habituales, principalmente robándole el tiempo y las energías que necesita para ejercerlo. De ahí las frecuentes quejas del poeta nocturno contra el trabajo burocrático diurno que, al término de la jornada laboral, le hace sentirse como el gladiador del aforismo de Kafka:

 “Su cansancio es el del gladiador después del combate, su trabajo había sido el blanqueo de un rincón en una oficina”.

Juan Rulfo apenas logró adaptarse a los puestos de trabajo burocrático en los que recaló. Al principio incumplía los horarios y se ausentaba más de lo previsible. Sus compañeros lo observaban con extrañeza. Luego la familia le consiguió un trabajo en una fábrica de llantas para automóviles en Ciudad de México, primero como capataz de un grupo de obreros y más tarde como vendedor. Pero en el desempeño de estas funciones se sentía “desterrado y triste”, como señala en su minuciosa biografía Reina Roffé (Fórcola, 2012), hasta que pasó al apetecido departamento de publicidad de la empresa.

Juan Rulfo

Juan Rulfo

Ahora bien, por su privilegiado estatus de espectador, es posible que el poeta aproveche su relación circunstancial con el empleado que le acompaña durante el día para tomar de su experiencia aquello que le interese para su obra, entablando con él una provechosa relación parasitaria. Por poco romántico que parezca, también la oficina puede constituir una fuente de inspiración tan legítima como cualquier otro elemento de la vida cotidiana.  “El poeta teje vestidos de seda con gusanos”, anotó Wallace Stevens.

Hasta Rainer Maria Rilke, que ejerció de poeta a tiempo completo, en parte gracias a sus influyentes mecenas femeninas, reconocía en una carta que remitió a una joven con vocación literaria y recién doctorada en leyes, que encontraba positivo el contraste entre sus dos ocupaciones de poetisa y abogada. Rilke añadía en su carta que

“cuanto más diversa sea la vida de la mente, mayores serán las posibilidades de proteger la inspiración, esa inspiración siempre imprevisible que surge dentro”.

Rainer María Rilke

Los poetas que durante el día se desdoblan en empleados, suelen dedicar la noche a la escritura. En las horas nocturnas el silencio y la oscuridad abren las puertas de la imaginación, arrojando una luz intensa sobre aspectos que a la luz diurna pasan desapercibidos o que, simplemente, se ven de una manera muy distinta.

Cuando dejó de publicar, Rulfo le confesó a un amigo que escribía más por las noches que por las tardes y que en ese horario le iba mejor, aunque no se viesen los resultados de su trabajo. No era el caso de Stevens,  que prefería escribir a primera hora de la mañana, comparando la escritura con la oración matutina. Primo Levi dijo que su trabajo literario era nocturno, “confiado a menudo al inconsciente”.

También Kafka escribía normalmente de noche. En su Diario refiere que el relato La condena lo escribió de una tacada en la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, entre las diez y las seis de la mañana:

“Casi no podía sacar de debajo del escritorio mis piernas, que se me habían quedado dormidas de estar tanto tiempo sentado. (…) Cómo puede uno atreverse a todo, cómo está preparado para todas, para las más extrañas ocurrencias, un gran fuego en el que mueren y resucitan. Cómo empezó a azulear delante de la ventana. Pasó un carro. Dos hombres cruzaron el puente. La última vez que miré el reloj eran las dos. En el momento en que la criada atravesó por vez primera la entrada escribí la última frase”.

Felice Bauer y Franz Kafka en la época del noviazgo

Felice Bauer y Franz Kafka en la época del noviazgo

Su mayor deseo era pasarse las noches “escribiendo como loco (…) y que ello me haga derrumbarme aniquilado, o volverme loco”, según le reveló a Felice en una carta. Incluso imaginó el lugar ideal para escribir: “una vasta cueva con una lámpara”. Hasta allí le llevarían la comida, “lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva”. Su único paseo consistiría en “ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas”. Luego regresaría a su mesa, “comería lenta y concienzudamente”, no tardando mucho en reanudar la tarea interrumpida por la comida.

En otra carta le aconseja que no le escriba por la noche, ya que el trabajo nocturno está reservado a los hombres en todas partes, incluso en China. Para demostrárselo le cita un poema de Yuan Tsen Tsai (1716-1797), quien, según informa el propio Kafka, “hizo  una brillante carrera al servicio del Estado”:

En la noche fría, absorto en la lectura

de mi libro, olvidé la hora de acostarme.

Los perfumes de mi colcha bordada en oro

se han volatilizado ya, el fuego se ha apagado.

Mi bella amiga, que hasta entonces a duras penas

había dominado su ira, me arrebata la lámpara

 y me pregunta: “¿sabes qué hora es?”

Al elegir estos versos, quizá Kafka tratase de insinuarle a su prometida que cuando se casaran y compartieran lecho, también entre ellos podía surgir un amago de disputa conyugal análogo al que se describe en el poema. Para Kafka la ira con que la “bella amiga” arrebata la lámpara al lector absorto tenía que constituir casi un presagio del alejamiento de Felice, que al fin se haría realidad cinco años después. A la joven berlinesa le costaba entender que un hombre con un empleo cualificado en una compañía de seguros sacrificase en aras de la escritura algo tan determinante para su porvenir como el compromiso matrimonial.

El poeta citado por Kafka, Yuan Tsen Tsai, vivió bajo la Dinastía Ching (1644-1911). Pero la edad de oro de la poesía china se remonta a la Dinastía Tang (618-907). De esta etapa se conservan 48.900 poemas, un diez por ciento de los que escribieron 2.200 poetas.  La causa de esta floración literaria es que en los exámenes para acceder a la Administración se exigía una rigurosa habilidad para la composición poética. El dominio de la escritura distinguía a la élite funcionarial. El funcionario imperial compatibilizaba su empleo en la gigantesca burocracia  de la Administración con la actividad poética.

Retrato del poeta chino Tu Fu

Por ejemplo, el influyente poeta Tu Fu (712-770), que llegó a ser gobernador, en realidad no consiguió superar los exámenes oficiales, por lo que al principio sólo se hizo con un puesto muy bajo en la corte. En uno de sus poemas, titulado Durmiendo una noche de primavera en una dependencia del palacio, describe la noche estrellada, en la que los pájaros “vuelan con donaire/camino de sus nidos”. Desvelado, el poeta “escucha el ruido/ de una llave de oro/que gira en la cerradura” y que a causa del viento confunde con el “sonido de los ornamentos de jade”. Tu Fu concluye el poema recordando sus obligaciones propias de funcionario diurno:

 “Mañana temprano debo redactar

mi informe al Emperador.

Estoy fascinado de cómo ha transcurrido

gran parte de la noche”.

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5 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    marzo 18, 2013 9:08 pm

    Escribir siempre es ser otro, y somos otros porque una sola vida no nos basta. Escribió Elie Wiesel, que D-os creó al hombre porque le gustan las historias y nosotros, tan a su imagen y semejanza (dicen), traemos ese defecto, extra, componente, o como quiera llamarse, incorporado de serie.

    Un saludo

    PD: Una novela es la vida secreta de un escritor

  2. marzo 18, 2013 9:24 pm

    Sí, con la escritura materializamos en palabras los pensamientos que sostenemos con ese otro yo que nos acompaña en la soledad. ¿Por qué desaprovechar la oportunidad? Además, cuando se empieza a escribir, uno no sabe el destino de la idea que le animó a sentarse ante una página en blanco. Merece la pena adentrarse en esa aventura y seguir escarbando con la punta del bolígrafo en el papel (lo digo por quienes usamos este modesto pero decadente artilugio). La idea de Elie Wiesel es muy sugerente y enlaza con la metáfora de la escritura como diálogo y también como dialéctica. Ahí está el ejemplo de la primera gran novela moderna, el “Quijote”.
    La novela es el reverso de la propia vida, una suerte de pseudobiografía.
    Un saludo y gracias por tus siempre sugerentes comentarios, que también se prestan al diálogo vivo.

  3. julio 22, 2013 9:46 pm

    Reblogueó esto en Santiago Pérez Malvido.

  4. Rachael Calabrian permalink
    agosto 28, 2014 5:20 pm

    Ah, me encanta este artículo (y el de “La máscara del escritor” también, y, en realidad, tantos otros…) Gracias. Es un verdadero placer leerte. Un saludo.

  5. octubre 3, 2016 4:08 pm

    Reblogueó esto en Escritorio Literarioy comentado:
    Lectura por riguroso placer.

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