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Desacostumbrar la mirada

octubre 9, 2012

Hace años que el artículo de costumbres desapareció de los periódicos, barrido por la influencia de la visión sociológica que sacrifica la descripción detallada e irónica de los comportamientos individuales en aras del diagnóstico generalizador, normalmente escrito en un lenguaje tan plano como pretencioso. Nacido con la expansión de la prensa, el artículo de costumbres ofrecía a los lectores una imagen fragmentada de su vida cotidiana, mientras la estaban viviendo, en tiempo presente, incidiendo en aquellos aspectos criticables de la vida social.

En este sentido, abrigaba cierta aspiración de mejora moral de la sociedad -a fin de cuentas la palabra costumbre viene del latín “mores”- e implícitamente era portador de una orientación educadora. Sin embargo, su autor tenía la delicadeza de reservar al lector la facultad de entrever esta orientación a partir del carácter descriptivo del asunto que abordase. Se trataba de laminar los lugares comunes o las opiniones trilladas por el escueto procedimiento de mostrar la realidad con los ojos limpios, de quien mira por primera vez, sin prejuicio alguno, como lo haría un viajero, y mediante un lenguaje sencillo que, además, debía adaptarse a la brevedad del artículo.  

“Los jugadores de cartas”, de Paul Cézanne (1894-1895)

Pero no siempre el artículo de costumbres desempeñaba una función meramente crítica. También podía arrojar una nueva luz sobre un hábito social más o menos arraigado desde la pura y simple contemplación, como lo haría un poeta o un paseante que observa sin prisa. Además de un estilo ágil, el escritor de artículos de costumbres debía demostrar dotes de observador y tener una visión aguda para indagar en las cosas pequeñas, esos detalles que pasan desapercibidos para la mayoría de la gente quizá por considerarlos insignificantes. Hasta que el articulista los arrancaba de la falsa trivialidad en que parecían envueltos para revelárselos al lector quien, de pronto, reparaba en ellos, descubriendo que su influencia era mucho mayor de lo que él había pensado.

El artículo de costumbres cumplía el curioso cometido de desacostumbrar al lector a mirar las cosas de la misma manera, desvelándole una cara nueva de éstas en la que probablemente no se había detenido antes. Con el fin de evitar el tono de sermón a que podría prestarse el género, el escritor se servía de todos los recursos estilísticos al alcance de su imaginación, principalmente la ironía y la exposición subjetiva.

“Fígaro” fue uno de los pseudónimos que adoptó Mariano José de Larra para firmar sus artículos de costumbres

Para acentuar la subjetividad de su punto de vista, a menudo prestaba su voz a una suerte de alter ego –potencial amigo e incluso hermano de cada lector-, al que sacaba a pasear por las calles de la ciudad, introduciéndolo en los recintos públicos -un teatro, un café o un vagón de tren-, o haciéndole visitar las casas de la gente, para luego contarle a los lectores aquello que más le había llamado la atención.

Entonces lo más probable es que éstos se identificasen con el alter ego del escritor, congratulándose de que al fin alguien se hiciera eco de tal costumbre que a ellos también les resultó curiosa, pero de la que quizá ni siquiera habían hablado con su familia ni con los amigos ante la sospecha de que no les interesara.

En ocasiones aprovechaba la presencia de su alter ego para inventar anécdotas y situaciones en las que dejaba hablar a otros personajes ficticios, todo ello con el propósito de ejemplificar el argumento de su artículo y hacerlo más atractivo y comprensible. Como se daba por sobreentendida la subjetividad con que el articulista planteaba los asuntos, la discrepancia con un amplio número de lectores estaba casi asegurada. Pero, por lo general, acertaba no sólo en sus juicios sino en la misma elección de los argumentos de los artículos, bien por su aguda perspicacia para captar aquellos aspectos más chirriantes de la realidad cotidiana, o porque, curándose en salud, se preocupara de recabar la opinión de muchos sobre el asunto que pensaba tratar en su próxima entrega.

“La gallina ciega”, de Goya

En España el escritor María José de Larra fue un maestro del género. En sus numerosos artículos cinceló el perfil escarpado de la sociedad de su época. Su asombrosa capacidad de observación se explica por la extrañeza con que miró a su alrededor, algo en lo que quizá influyesen sus lazos culturales con Francia.

En el artículo titulado Mi nombre y sus propósitos, en el que desvela las razones por las que eligió el pseudónimo de Fígaro, confiesa al lector que suele hallarse en todas partes,

 “tirando siempre de la manta y sacando a la luz defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me llaman por todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que, o no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo que dicen”.

Retrato de Mariano José de Larra

Retrato de Mariano José de Larra

Una mirada menos mordaz que la de Larra, pero igualmente irónica, se aprecia en los artículos del periodista e historiador alemán Sebastian Haffner, la mayoría publicados en la prensa germana de los años treinta del siglo pasado, y traducidos al castellano con el título de uno de ellos: La vida de los paseantes (editado en Destino). Hastiado de las bestialidades de los nazis, Haffner abandonó Alemania en 1938, junto con su novia judía, para instalarse en Gran Bretaña, donde por razones de seguridad cambió su nombre de pila, Raimund Pretzel, por el pseudónimo con el que es conocido, en homenaje a Johann Sebastian Bach y a Mozart y su Sinfonía Haffner.

En estos artículos impregnados de buen humor, ironía y mucha sensibilidad, a veces  se detiene en aspectos triviales, como una tarjeta postal, el pantalón femenino (antes de su propagación), el automóvil o las farolas de París. En el retrato que ofrece del Berlín prenavideño, bajo la presencia amenazadora de imágenes del nazismo, llama la atención el tono sombrío y desmitificador de la capital alemana.

Cartel del cine Capitol de Berlín que en 1937 anunciaba el estreno de la película norteamericana “Motín en el Bounty”, de Frank Lloyd

Su fina psicología se explaya en los comentarios que dedica a las peleas conyugales, a los regalos y al dinero. No le faltó osadía al tildar de conjunto de prejuicios enlatados la célebre “cosmovisión” –Weltanschauung– que se estilaba en el establishment intelectual de Alemania, donde hasta un tipo tan brutal como Hitler presumía de tener una. Estas pequeñas joyas literarias destilan un humor jovial que el anacronismo de algunos de los motivos que tratan –como los coches con bocina, los gramófonos o aquellos viejos teléfonos- no consigue borrar en absoluto.

Los comentarios de Haffner acerca de la indiferencia de los lectores de periódicos ante las estadísticas de víctimas de accidentes de tráfico, sobre el ocio organizado y el moderno concepto del tiempo, son de una vigencia inquietante. El elogio que dedica al cigarrillo enfadaría a nuestra vigilante administración sanitaria (“su humo azul se asemeja a nuestros sueños y  su ceniza nos recuerda que todo es efímero”), del mismo modo que sus loas a la holgazanería irritarían a los apologistas del trabajo y la exculpación de la impuntualidad, a los dogmáticos del rigor horario.

Sebastian Haffner (1907-1999)

Sebastian Haffner (1907-1999)

Haffner defendía el individualismo genuinamente burgués, como se desprende del sarcasmo que dirige contra los vecinos que nos incordian en un tren o en un hotel, obligándonos a compartir sus manías (menos mal que no conoció el declive de las cabinas telefónicas y el auge del fastidioso teléfono móvil).

Con su intuición característica, en otro artículo relaciona la decadencia de la demanda de pianos por los hogares de clase media con el crepúsculo de ese individualismo. Entonces no podía barruntar la pronta caída de otro de los baluartes que lo protegían de la ascendente impersonalidad en la vida social: el artículo de costumbres.

Una calle de Berlín en 1937

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