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Adiós al juicio de la posteridad literaria (II)

octubre 1, 2012

Se aprecia una diferencia esencial entre la percepción que Stendhal y Proust tenían de la perdurabilidad de la obra literaria y la de nuestros contemporáneos. Mientras aquellos hacían hincapié en la incertidumbre que les inspiraba el porvenir de sus libros, Proust aún con más desconfianza que Stendhal, en nuestra época se suele incidir en la figura del autor.

Ya hemos visto en la entrada anterior que Brodsky asociaba el recuerdo que cada cual dejase después de su muerte a los libros que hubiese escrito o publicado, puesto que de los amigos o parientes no cabe esperar mucho. También a Fred Uhlman  le inquietaba que unas semanas después de morir nadie se acordara de él y a Philip Roth y John Grisham el juicio de la posteridad les trae sin cuidado, y con más razón cuando se ha vivido lo suficiente como para saborear las mieles del éxito.

John Grisham

Estas percepciones diferentes obedecen fundamentalmente al ensalzamiento de la autoría. En última instancia parece que se confía más en el juicio de los coetáneos que en el de la posteridad, a la que se percibe envuelta en una nebulosa. En consecuencia, la preocupación del escritor se centra también más en el presente de su obra y, por tanto, también en su presencia como autor.

Dado que todos giran alrededor de la misma inquietud, se agudiza la competencia entre ellos, disparándose el número de los que aspiran a la fama no tanto por el camino de la literatura cuanto por la publicación de potenciales “éxitos de ventas”. Mientras los empresarios-editores aguardan ansiosos el mirlo blanco en forma de autor-libro, los autores juegan a la lotería de la fama y sus beneficios, aunque tengan que sacrificar los valores literarios de sus libros.

El resultado previsible de semejante dinámica es que, efectivamente, la calidad de éstos no deja de descender, y con ella el ingenio, la imaginación y el conocimiento de la tradición literaria. Por eso hoy se escribe más que se lee y, en lugar de escuelas de lectura, proliferan los talleres de escritura.

Antiguamente el autor pensaba antes en el destino de su obra y en el juicio de la posteridad que en difundir su nombre. En su fuero interno estaba seguro de que sus coetáneos no entenderían sus libros por una lógica falta de perspectiva.

La tensión derivada de ese afán de trascendencia le espoleaba a escribir con una entrega absoluta y la máxima concentración de que era capaz, comprometiendo incluso la seguridad y la certidumbre de una existencia aburguesada.

Pabellón de la casa de Flaubert en Croisset, junto al Sena

Las cartas de Flaubert a su amante Louise Colet son reveladoras de su obsesión por la frase perfecta y la mot juste [la palabra justa] durante los encierros periódicos en la casa familiar de Croisset en los cinco años que tardó en escribir Madame Bovary, con la sola compañía de su madre viuda y la visita ocasional de algún amigo.

Proust mandó forrar con corcho la habitación donde escribía para aislarse de los temidos ruidos de los vecinos y Kafka acariciaba el sueño de escribir en las profundidades de una cueva, completamente aislado del mundo.

El escritor tampoco escatimaba medios y recursos para ponerlos al servicio de su obra, por dudosos que fuesen. Hoy sabemos que el esnobismo que le reprocharon a Proust algunos de sus conocidos era una pieza más de su atelier o que sus visitas furtivas a los burdeles masculinos de París en los años de la Primera Guerra Mundial le sirvieron para describir la impresionante escena de El tiempo recobrado en la que el barón de Charlus se deja torturar encadenado a un catre, como Prometeo, por soldados provincianos con pocos escrúpulos que, aprovechando un permiso, erraban por las calles de la capital en busca de unos francos. Kafka incorporó a su mundo ficticio los tormentos que le causaba su entrega incondicional a la escritura por la que sacrificó un matrimonio y una vida burguesa de funcionario cualificado en una compañía de seguros.

Fernando Pessoa no dudaba en aconsejar al escritor que si el alcohol le estimulaba a escribir bien, siguiera por ese camino:

“Si un hombre escribe bien cuando está borracho, le diré: emborráchese. Y si me dice que con eso su hígado padece, le respondo: ¿y qué es su hígado? Es una cosa muerta que vive mientras usted vive, mientras que los poemas que escriba vivirán sin ningún mientras”

¿Qué pensaban Shakespeare o de Cervantes de la posteridad? Según el prestigioso cervantista Avalle-Arce, este último orientó su vida hacia la literatura tras adquirir pronto “conciencia de una necesidad urgentísima e íntima de salvación, algo más allá de la salvación cotidiana y material que dispensaba la olla diaria”.

Portada de una edición de “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, fechada en 1617

Sin embargo, no recogería los frutos de su cosecha hasta cumplidos  los sesenta y seis años de edad, en 1613, cuando salieron a la luz sus obras principales, algunas escritas con anterioridad. Murió el 23 de abril de 1616, cuatro días después de escribir la dedicatoria al Conde de Lemos de su novela póstuma Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia septentrional, con la sensación de haber satisfecho buena parte de sus expectativas.

La posteridad le jugó una broma de mal gusto con la leyenda, atizada por Unamuno, de que en realidad era “un ingenio lego” que había escrito el Quijote sin tener una idea clara de lo que escribía y menos aún de la trascendencia de su historia. Hasta que el crítico Américo Castro pulverizó con éxito esa leyenda absurda.

De Shakespeare sabemos tan poco que incluso se duda de su identidad y de vez en cuando circulan rumores sobre la auténtica autoría de sus obras. De hecho para nosotros Shakespeare no es más que un nombre. Parece que el mundo moderno lamenta de veras no disponer de más datos de la vida del Cisne de Avon, como si no fuera suficiente con su obra para conocer su pensamiento.

Retrato de Shakespeare con autógrafo

La mentalidad moderna, imbuida de subjetividad romántica y de un narcisismo recalcitrante, insiste en subordinar la obra a la vida, hurtando al autor la facultad de hacer lo contrario y negándole incluso su aptitud para despojarse de cualquier atisbo de subjetividad en la composición de sus libros. Precisamente este argumento fue rebatido por Proust, en contra de la opinión establecida, cuando trató de disociar la vida de la obra, desinflando las expectativas de la crítica empeñada en explicar ésta a partir de las experiencias vitales de sus autores. Proust traza una línea divisoria entre el autor que se encierra en su cuarto para escribir y el hombre que vive su vida como cualquier otro, como si no se dedicase a la escritura, haciendo que las dos personalidades se alternen armoniosamente, cada una de ellas en su papel y función.

Placa en la fachada de la casa de la calle Hamelin de París en la que Proust vivió y escribió en los últimos años de su vida

El culto a la figura del autor es un fenómeno característico de nuestro tiempo, heredero también de la mentalidad romántica, con su idea personalista del artista-genio. Thomas Mann abordó este asunto en La muerte en Venecia al retratar a un escritor maduro, Gustav von Aschenbach, quien, después de una brillante carrera literaria, pero en absoluto genial y entregada por completo a la escritura de una obra netamente burguesa, se abandona de pronto a una imaginaria pasión erótica en las antípodas del gusto burgués que, por una circunstancia ajena a su voluntad, le abocará a una muerte plácida y elegida en una Venecia contaminada por la peste, con la certeza de haber pagado la deuda que creía tener pendiente con la vida.

Thomas Mann en su casa de Zúrich, donde falleció en 1955

Puede que Aschenbach no fuese un escritor genial ni llevase una existencia de genio artístico, pero al menos murió como tal en un escenario apropiado. Más que por su previsible obra literaria, la posteridad, es decir, nosotros, los lectores de la novela de Mann, le recordará por ese romántico pero letal abrazo de Eros y Tánatos que acabó con su vida.

Como consecuencia de la visión romántica del arte, se vincula la aspiración de inmortalidad a la vida del artista y a su nombre, aun a costa de contribuir con ello a que los lectores desvíen hacia el autor la atención que deberían prestar a su obra. Pero si ésta perdura, nadie podrá evitar que la memoria de quien la ha escrito perdure también con ella, como intuyó Cervantes tras conocer la excelente acogida que tuvo su Quijote. Así que no hay necesidad de incidir en la autoría, y menos en estos tiempos en que se dispone de una nutrida información biográfica y prevalece el gusto por las biografías de escritores.

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3 comentarios leave one →
  1. mayo 19, 2013 9:05 pm

    ¡Magnífico!

  2. mayo 23, 2013 3:47 pm

    Hola Jaime, creo que me perdí este artículo tuyo. Y tus observaciones son –como siempre- muy acertadas.

    Cuanto más flojo es el contenido de una obra o de un pensamiento, más el autor o pensador toma importancia; el sujeto de la enunciación se vuelve grande frente a los enunciados vacíos. Esta dicotomía es real, y fue acentuándose con la llegada del marketing en el mundo de la cultura. Si no recuerdo mal, escribiste sobre este tema en el artículo ‘El cazador entre el centeno’. Las redes sociales, amigas de la vanidad y enemigas del pudor, no mejoran mucho el panorama.

    Leí un buen artículo ayer que te puede interesar: http://andreujaume.megustaescribir.com/2013/05/07/editar-para-quien/

    Me encanta lo que cuentas que Kafka soñaba con escribir en una cueva y que Proust acolchó toda su habitación… Jamás se le ocurriría a uno pensar que éstos dos grandes escribían por otras razones que las de una incontrolable necesidad interior.

  3. mayo 23, 2013 5:57 pm

    Gracias, Kim, por tu comentario. Es cierto, este encumbramiento de la autoría responde a una técnica de marketing. Importa más el presente (más vale pájaro en mano, etc.) y la presencia del autor, que el contenido de su libro. Si te fijas con frecuencia se escuchar esta expresión: “es un autor que vende” porque en realidad actúa como una marca comercial.

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