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La posteridad literaria: ¿boleto de lotería o trampa diabólica? (I)

septiembre 22, 2012

En una larga carta que Johann Peter Eckermann remitió a Goethe desde Ginebra, con fecha de 12 de septiembre de 1830, le confesaba su propósito de continuar con el manuscrito apenas comenzado de lo que con el tiempo se convertiría en Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida. También le comunicaba su deseo de  darse a conocer y adquirir influencia en la literatura.

Añadía que, si bien la fama literaria apenas vale la pena, y que incluso había constatado que podía llegar a ser “muy pesada y molesta”, tiene al menos la ventaja de permitir que “las personas activas y afanosas perciban que su influencia ha caído en terreno abonado, siendo éste un sentimiento de naturaleza divina que nos eleva y nos procura pensamientos y energías que de otro modo no hubiéramos adquirido”. En cambio, cuando el escritor pasa demasiado tiempo oprimido por las circunstancias, “acaba acusándolo la mente y el carácter” y termina “siendo incapaz de realizar grandes cosas”.

Johann Peter Eckermann

Johann Peter Eckermann

Por fin en otro párrafo le transmitía su voluntad de “legar a la posteridad alguna cosa buena que preservara por algún tiempo mi nombre en la memoria de las gentes”, y más si tenía en cuenta su estado de salud “débil y mutable” y la certeza de que no le quedaban muchos años de vida.

El deseo de Eckermann, expresado por escrito a su admirado maestro con la máxima naturalidad, se encuadra en una época en la que se consideraba normal que cualquier autor que se tomara en serio aspirase a legar a la posteridad al menos alguna de sus obras, sin sospechar que la revelación a otra persona de semejante deseo pudiera despertar suspicacias.

Al igual que el autor de las célebres Conversaciones con Goethe, han sido numerosos los escritores de tiempos pasados que en algún momento de su vida se sintieron preocupados por la supervivencia de sus obras. Durante siglos muchos persiguieron la “gloria”, un concepto que gozó de enorme prestigio en el mundo de las letras.

Johann Wolfgang von Goethe

Johann Wolfgang von Goethe

La secular influencia de la cultura escrita constituía un desafío para los autores que se sentían dignos descendientes de una larga tradición y esperaban superar también la prueba de la inmortalidad de que gozaban las obras de sus ilustres predecesores. Goethe sugería que “lo que se diga de palabra deberá estar dedicado al presente, al momento”, pero “lo que se escriba dediquémoslo a lo lejano, a la posteridad”.

La gloria literaria permanecía ajena a los avatares de la obra en el tiempo en que era publicada. No tenía por qué llegarle al autor antes de su muerte. Estaba destinada a sobrevivirle. Aunque lograse paladearla en vida, eso no era una garantía de que le sobreviviese mucho tiempo. “No hay más medallas que las que otorga la posteridad”, comentó Voltaire en una carta al conde de Argental.

Cervantes murió pobre, pero pocos años antes halló un consuelo en el reconocimiento universal de su Quijote -del que incluso dejó constancia en la propia novela-, paralelo al que recibía su afamado caballero andante, también deseoso de alcanzar la gloria no literaria sino de sus hazañas, de las que dio cuenta el burlón cronista morisco Cide Hamete Benengeli.

Miguel de Cervantes, por Juan de Jáuregui

Miguel de Cervantes, por Juan de Jáuregui

Porque puede ocurrir que, como en el caso de Cervantes, la gloria literaria de un autor vaya estrechamente ligada a la del personaje más famoso de alguna de sus novelas. Flaubert se lamentaba de que la enamoradiza Emma Bovary seguiría con vida cuando él llevase muchos años cultivando malvas. No se equivocó. La heroína de su novela lo ha aupado a la inmortalidad, no así otros personajes, como Salammbô o el joven Frédéric Moreau, el protagonista de La educación sentimental.

Para algunos escritores que no recibieron el reconocimiento de sus contemporáneos, la esperanza de conquistarlo después de su muerte por lectores con una mentalidad distinta de la de los coetáneos constituía un verdadero acicate. Los hay que acertaron en su pronóstico, aunque no vivieran para conocerlo. Stendhal pasó desapercibido por sus contemporáneos. De su ensayo Del amor se vendieron tan pocos ejemplares que cuando preguntó al editor por la suerte de la obra, éste le respondió:

 “Dijérase que su libro es sagrado, porque nadie lo toca”.

El propio escritor relató la anécdota en el prólogo de Roma, Nápoles y Florencia, añadiendo a continuación que “únicamente siendo lo que se es, se puede tener algún valor” y que “para triunfar en París es preciso ante todo ser como los demás”. Él no lo era, por lo que pagó la propia diferencia con la indiferencia ajena.

Aunque sus obras fuesen intocables por los lectores, se le antojaba menos humillante que la necesidad de presentarse en la redacción del Constitutionnel a solicitar un artículo. “Bien sé que, siguiendo mi método, es casi imposible llegar a lo que aquí llaman gloria”, comentó.

Retrato de Stendhal con el uniforme de cónsul

Retrato de Stendhal con el uniforme de cónsul

Su gran novela Rojo y Negro sólo fue reseñada en dos artículos insulsos y en varias observaciones formuladas por carta al autor que no se caracterizaron por su agudeza crítica. Hasta su amigo Prosper Mérimée, que apreciaba su inteligencia, se abstuvo de elogiar la novela. Goethe fue la excepción a este mutismo.

Diez años después de que Rojo y Negro viese la luz, con la publicación de La Cartuja de Parma, Stendhal recibió el espaldarazo de Balzac, quien le dedicó  setenta y dos páginas de efusivos elogios en la Revue Parisienne. Al fin le había tocado el billete de lotería de la gloria, como él mismo la calificó en Recuerdos de egotismo. Calculó que un buen libro sólo podría ser comprendido a los cien años de su publicación. De ahí que eligiera el año 1935 como fecha límite para que sus novelas interesaran a los lectores.

Refiriéndose a su ambicioso ciclo novelístico En busca del tiempo perdido, Marcel Proust redujo a la mitad –cincuenta años- el plazo establecido por Stendhal para que la obra fuese reconocida por los lectores. Sin embargo, en su novela se mostró más pesimista cuando hizo decir a su alter ego, el Narrador –también escritor- que ni a los hombres ni a los libros se les promete ya la duración eterna.

Marcel Proust, retratado por Blanchard

Marcel Proust, retratado por Jacques-Émile Blanche

Tal vez con esta sentencia Proust previese el eclipse de la antaño anhelada gloria literaria en una sociedad obsesionada con el presente y con la presencia del sujeto a cualquier precio. Proust especuló con la idea de que las grandes obras de arte tardan en darnos lo mejor que tienen. El tiempo que necesita un individuo para penetrar en ellas “es como resumen y símbolo de los años, y a veces de los siglos, que tienen que pasar hasta que el público le llegue a gustar una obra verdaderamente nueva”. Concluye su reflexión afirmando que

“quizá por eso se dice del hombre de genio, para evitarse las incomprensiones de la multitud, que como a los contemporáneos les falta la distancia necesaria, las obras escritas para la posteridad, sólo la posteridad debiera leerlas”.

También André Gide pensaba que la perduración de la obra sólo se ha prometido a aquellos escritores capaces de “ofrecer a las sucesivas generaciones alimentos distintos, pues cada generación trae un hambre diferente”.

Como Stendhal y Proust, Kafka creía que la verdadera vida de un libro comienza después de la muerte de su autor “porque esas personas tan ansiosas siguen luchando un poco por su libros aun después de su muerte”. Así se lo comentó en una carta a su amante Milena Jerenská. Pero más tarde el libro “queda solo y puede confiar únicamente en el vigor de los latidos de su corazón”.

André Gide

André Gide

La obra escrita puede convertirse en un estímulo para que el autor salvaguarde su nombre y su memoria de un seguro olvido, algo que quizá no logren quienes han confiado en una actividad materialmente provechosa que les proporciona éxito y fama en vida, pero que después de su muerte no los librará del olvido.

Fernando Pessoa imaginó que, al contrario que un célebre multimillonario norteamericano que acababa de morir, podía disfrutar “de la visión del futuro leyendo esta página (la que lee el lector en Libro del desasosiego), pues efectivamente la escribo; puedo enorgullecerme de la fama que tendré, porque, por lo menos, tengo con qué tenerla”. Así que cuando pensaba en ello, al levantarse de la mesa del recóndito restaurante de Lisboa en el que almorzaba todos los días, “es con una íntima majestad como mi estatura invisible se yergue por cima de Detroit, Michigan y de toda la plaza de Lisboa”. En cambio, el destino de la celebridad yanqui no se distinguiría mucho del que aguardaba al dependiente de comercio que almorzaba también todos los días, como el propio Pessoa, en la mesa del rincón del restaurante.

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

Para el autor portugués el placer de la fama futura “es un placer presente”, al contrario que la fama “que es futura”. Añadía que por más ilusorio que sea, se trata de “un placer de orgullo” que no puede compararse con cualquier posesión material. Esta idea concuerda con su opinión de que

 “la virtud está en conseguir lo que no se alcanza, en vivir donde no se está, en estar más vivo después de muerto que cuando se está vivo, en conseguir, en fin, algo imposible, absurdo, en vencer, como a obstáculos, la propia realidad del mundo”.

Pero desde hace tiempo parece que la gloria literaria ha desaparecido no sólo de la mentalidad de los escritores sino de su lenguaje. En su poemario Campos de Castilla, Antonio Machado confesó que:

“Nunca perseguí la gloria

ni dejar en la memoria

de los hombres mi canción;

yo amo los mundos sutiles,

ingrávidos y gentiles

como pompas de jabón”

Obsérvese la oposición que establece el poeta entre los conceptos “gloria” y “memoria”, duraderos, profundos y dotados de un aura de sacralidad, con los mundos “sutiles, ingrávidos y gentiles”, hasta el punto de compararlos con las frágiles y efímeras pompas de jabón. Esta declaración debe interpretarse como un deseo de distanciarse de la lírica imperante en la España de su tiempo y de los poetas que la cultivaban, laureados y ansiosos de “gloria”. En su poema Retrato había escrito que “no amo los afeites de la actual cosmética/ ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar/ Desdeño las romanzas de los tenores huecos/ y el coro de grillos que cantan a la luna”.

Al definir la poesía como “palabra en el tiempo” lo hizo para oponerla a la vulnerabilidad del “mármol  duro y eterno”: el mármol retórico de las estatuas de poetas merecidamente olvidados.

El escritor francés Jules Renard

El escritor francés Jules Renard

Pocos años antes de que Machado reconociera que nunca había perseguido la gloria, en 1908, el escritor francés Jules Renard, otro  defensor de la sobriedad verbal y de la “palabra exacta”, anotó en su Diario que la gloria es “ese humo sin fuego del que tanto se habla”. Naturalmente se refería al humo de la retórica y la grandilocuencia. En otra página del Diario auguraba que, por mucho que se esforzara, nunca sería “nada”, sobre todo si se comparaba con los mejores poetas y los prosistas más profundos.

El olvido no sólo planeaba sobre el legado de los escritores sino incluso cuando estaban vivos y literariamente activos. El propio Renard recuerda que uno de los hermanos Goncourt le dijo en una ocasión que

“ahora, para que no te olviden tienes que publicar una obra maestra al año”.

Flaubert desaconsejaba buscar la gloria cuando se tiene alguna valía, ya que, en su opinión, eso sólo conduce a la perdición absoluta. Refiriéndose al posible destino de su obra, reconocía que, careciendo de habilidad para procurarse el éxito y de genio para conquistar la gloria, se veía condenado a escribir para él solo, para su propia distracción personal, “igual que otros fuman o montan a caballo”. Estaba seguro de que sus sobrinos harían gorros de papel en forma de tricornio con sus novelas fantásticas y taparían la vela de la cocina con los cuentos orientales, dramas, misterios, etc.

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Paul Valéry fotografiado en su estudio en 1930

En 1945 Paul Valéry anotaba en sus Cuadernos que “el lector de hoy sólo quiere y soporta lo que no vale más que para hoy”, reconociendo a renglón seguido que “la posteridad ha muerto”. Desde entonces la decadencia del concepto de gloria literaria ha seguido su curso. Un escritor actual que manifieste el deseo de alcanzarla será juzgado por propios y extraños como un pretencioso, además de anticuado. Seguramente habrá quien le reproche carecer de un elemental sentido del ridículo.

El novelista Philip Roth ha reconocido que la posteridad “sólo es una cosa buena para los que están vivos”. Vamos, que más vale pájaro en mano que ciento volando. A John Grisham, autor exitoso de bestsellers y con unas novelas en absoluto comparables a las de Roth, no le importa “lo que lea la gente dentro de cien años, ni si entonces leen mis propios libros: la posteridad no significa nada para mí”. Una declaración que quizá habría compartido el mismísimo Groucho Marx. “¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”, dijo en una ocasión.

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Philip Roth

Estas reacciones coincidentes se explican por la incertidumbre de los autores ante el porvenir de sus libros. La confianza que Eckermann, Stendhal o Proust depositaron en los futuros lectores, en nuestro tiempo se ha transformado en desconfianza. El escritor prefiere disfrutar de la posteridad en vida que fantasear con la quimera de unos lejanos herederos que leerán sus obras con verdadero interés. Ni siquiera se molestan en jugar al boleto de la lotería al que aludía Stendhal.

Es la misma clase de desconfianza que sacude a la sociedad moderna ante el destino de la herencia que se legue a unos herederos que quizá sólo sientan indiferencia ante ella. Los vertiginosos cambios sociales y tecnológicos no hacen más que acentuar esa desconfianza.

Nadie tiene la certeza de que aquello que hoy se considera útil y valioso, lo sea también para nuestros descendientes. Cuando el mundo era más pequeño y uniforme, se intuía cuáles serían los intereses de los herederos, a los que se percibía próximos y afines, aunque no hubiesen nacido todavía. Se avistaba una continuidad entre el presente y el futuro porque también la había entre el pasado y el presente. Del mismo modo que se entendían las obras de autores muertos hacía siglos, se tenía la seguridad de que los futuros lectores entenderían las de sus inmediatos antepasados.

Retrato de Francisco de Quevedo

Retrato de Francisco de Quevedo

Quevedo celebró en su hermoso soneto Desde la Torre la lectura de libros de autores muertos que “al sueño de la vida hablan despiertos”:

“Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos”.

 Desde esta perspectiva, estaba justificada la exigencia de la inmortalidad que se imponía el escritor, sin que ello resultara pretencioso. Bastaba con mostrarse riguroso con la propia obra, creer en ella y ser consecuente con esa creencia, independientemente del juicio de los coetáneos, que quizá no fuesen tan comprensivos con la obra como las generaciones futuras.

Pero otra causa por la que los autores desconfían de la posteridad es el escaso entusiasmo que aprecian entre sus contemporáneos hacia las obras clásicas, con varios siglos de supervivencia sobre sus espaldas y en las que ellos mismos han bebido. Si los lectores actuales menosprecian, eso sí, más por ignorancia que por una voluntad deliberada de olvido, esas grandes obras sancionadas por el plebiscito de los siglos, ¿qué será de las suyas que ni siquiera han superado la prueba de la supervivencia a su propia muerte?

Milan Kundera

Milan Kundera

La réplica involuntaria a estos novelistas norteamericanos proviene de la “vieja Europa” –la Europa que se resiste a parecerse a los demás para no dejar de ser ella misma- y de un autor reconocido. Pese a admitir que la gloria perseguida por los artistas “es la más monstruosa de todas, porque implica la idea de la inmortalidad”, Milan Kundera argumenta a su favor que la “trampa diabólica” que supone “la pretensión grotescamente melómana de sobrevivir a la propia muerte está inseparablemente relacionada con la probidad del artista”.

A la vista de las palabras del autor de La insoportable levedad del ser, el azaroso boleto de la lotería al que, según Stendhal, juegan los escritores, se habría transformado en una “trampa diabólica” a la que los más exigentes consigo mismos y con su obra se exponen voluntariamente, a sabiendas del elevado riesgo de caer en ella.

Para Kundera constituye una prueba de cinismo escribir una novela que no aspire “al valor estético duradero”, y, por tanto, “al valor capaz de sobrevivir a su autor”. Un fontanero mediano es útil a la gente, añade, pero un novelista mediano, “que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, por tanto inútiles, nocivos y que estorban, sólo es digno de desprecio”. “Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía”, concluye el escritor checo.

Los libros son menos finitos que nosotros, anotó el poeta y Premio Nobel Joseph Brodsky, e incluso los peores sobreviven a quienes los escribieron. “A menudo reposan en una estantería acumulando polvo, mucho después de que el propio escritor se haya convertido en polvo”.

Joseph Brodsky

Joseph Brodsky

Aun así, pensaba que esta forma de posteridad “es mejor que la del recuerdo de unos cuantos parientes o amigos, de los que poco puede uno fiarse y suele ser precisamente el ansia de esta dimensión póstuma la que pone en funcionamiento la pluma”.

A pesar de la supuesta indiferencia que los escritores parecen manifestar ante el destino de la propia obra después de su muerte, no encuentran la manera de acallar el runrún acerca de su incierto porvenir cuando ellos no estén en este mundo para representarla y, si llega el caso, incluso defenderla personalmente.

El autor francés Julien Gracq sospechaba que

“en determinados momentos privilegiados, el escritor vuelve hacia lo que está haciendo una mirada que le parece ingenuamente intemporal, un loco que sabe que tiene razón contra todos los demás, presentes y futuros, y a quien se le aparece la mismísima posteridad para juzgarlo sin justificación suficiente”.

Julien Gracq

Julien Gracq

El escritor y pintor Fred Uhlman, autor de la admirable novela corta El reencuentro, estaba convencido de que unas semanas después de su muerte apenas nadie se acordaría de él. Pero, a pesar de saberlo y de creer que toda sub specie aeternitatis es absurda, se confesaba, como le sucedía a Pessoa, “más absurdo que nunca”.

No le importaba admitir que se sentía herido y desgraciado durante días y días si un importante miembro del consejo de Bellas Artes no le hablaba o si uno de los jóvenes “cachorros” fingía no reconocerle. “En lugar de cuidar de mi jardín, aspiro a tener compañía”; en lugar de asumir la vanidad de sus ambiciones, aspiraba a la gloria. Y en lugar de disfrutar tranquilamente del resto de su vida y decir, como George Moore, que para qué quería la inmortalidad cuando hubiese muerto, estaba demasiado deprimido “para ver el cerezo en flor de mi jardín, la luna sobre el brezo y la sonrisa de mis hijos”.

El autor portugués Vergílio Ferreira pensaba que posiblemente el  placer que depara eso que entendemos por gloria sea necesario para el artista y, por tanto, para el arte, “como el placer sexual es necesario al amor y, por tanto, a la continuación de la especie”.

Vergílio Ferreira

Vergílio Ferreira

Aunque en nuestros tiempos no esté bien visto que un escritor abrigue la anacrónica ambición de pasar a la inmortalidad con una obra con vocación de perdurabilidad, se admite sin ningún problema el afán de otros profesionales por hacerse un hueco en la creciente galería de famosos variopintos que se propaga por los medios de comunicación. ¿Por qué no?, se preguntarán algunos. ¿Es que un escritor tiene que ser diferente de una estrella del cine o de un galáctico del fútbol y abstenerse de aparecer en los medios de comunicación cuando publica un nuevo libro?

Por cierto, fíjense en el salto nominal que ha supuesto pasar de la invisible gloria literaria –un lugar semejante al Cielo,  también situado en las alturas y reservado para los inmortales santos- a la encarnación de individuos en astros, o sea, entes que a fin de cuentas también flotan muy por encima de nuestras modestas cabezas y, sobre todo, que brillan.

También en la literatura (o como se llame la producción de libros en serie) brillar es lo más importante, y más cuando son tantos los candidatos a ocupar los ansiados nichos del altar de la Fama y, una vez allí, competir con los iguales. Para brillar hay que estar presentes en el presente y dejar que el brillo no sólo deslumbre a los espectadores- lectores sino que ilumine al propio astro para que nadie lo pierda de vista, aunque tenga que publicar cada año una imposible obra maestra y ser un escritor “conocidísimo el año pasado” (Renard dixit).

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4 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    enero 2, 2013 8:04 pm

    La posteridad la buscan hasta los que publican obras menores (no pocos se piensan que, no tener éxito de público y de crítica, es un éxito en sí mismo: así es la vanidad, que brota de cualquier cosa).

    Creo que en estos tiempos, los libros están siendo más sagrados que nunca, en el sentido de que cada día son más los que no se atreven a tocarlos.

    Un saludo

    • enero 2, 2013 9:23 pm

      Las estadísticas dicen que nunca se ha leído tanto como ahora, pero es que con estadísticas se hacen malabares y sirven para todo. Además, la lectura no es cuestión de estadísticas ni de cantidad. Algunos libros han tenido pocos pero excelentes lectores que los han salvado del olvido.
      Un saludo, Guido, y ¡gracias por tu comentario!

  2. Guido FInzi permalink
    enero 3, 2013 2:54 pm

    Cada día se editan más títulos y brotan editoriales como setas. Sin embargo, la gente cada día tiene culturas más lacustres (llenas de lagunas). En fin, el avance cuantitativo va unido a una hecatombe en lo cualitativo.
    Creo también, que no hay mucho término medio, y la venta de libros se divide entre los que compramos varios todas las semanas, y los que lo hacen únicamente en la Feria del libro, el día del libro, y algún cumpleaños.

  3. Antonio José Alcalá permalink
    marzo 12, 2013 8:46 am

    Gracias por su artículo: lo he disfrutado. Largo y sinuoso, pero ilustrado e ilustrativo. Miro hacia atrás y el anhelo de eternidad, en la obra literaria española, no tengo duda, se muestra por primera vez en el prólogo del Infante del Juan Manuel a su CONDE LUCANOR: penoso caso. Quien da cuenta y razón cabal del anhelo es Tomás de Aquino. Un saludo.

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