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Creer para leer: Alonso Quijano y Kafka

septiembre 11, 2012

Parece que el hábito lector ha relegado al olvido algo tan obvio como que la creencia es una condición previa para iniciarnos en una lectura, ya se trate de un libro, un periódico o del prospecto de un medicamento. Si estuviésemos convencidos de que los diarios mienten -como se dice con frecuencia-, dudo que nos molestásemos en leerlos. Creemos para leer, que no es lo mismo que leer para creer. El lector que se adentra en una novela, por citar un ejemplo, procurará leerla con los cinco sentidos.

Así fue como el hidalgo Alonso Quijano leyó los libros de caballerías, hasta que decidió transformarse en caballero andante y vivir las aventuras que en esos libros experimentaban sus personajes principales. Además de creer para leer, leyó para creer, por lo que él mismo se convirtió en una creencia andante.

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier (1867)

A partir de entonces necesitó que los demás creyesen en su nueva identidad, como él había creído en la de los ficticios caballeros andantes. Pero eso fue pedir demasiado. Una cosa es creer en un libro y otra muy distinta en una realidad insólita. Don Quijote pronto vio frustrado su deseo. Nadie le creyó de verdad, si exceptuamos a su escudero quien, analfabeto como era, ignoraba los argumentos de los libros de caballerías.

En Don Quijote el Verbo se hizo Carne, como en los fieles cristianos que durante siglos imitaron el ejemplo de Jesús o de los santos, cuyas vidas ejemplares leyeron con fe devota. Pero esta clase de lectores (y fieles) han sido siempre la excepción a la regla. Uno de ellos fue Kafka. En una ocasión, cuando tenía 21 años de edad, le comentó en una carta a su amigo Oskar Pollak que:

Franz Kafka en una foto de su juventud

 “Sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

Una declaración parecida a ésta formuló Flaubert en una carta a su amante Louise Colet. “Una lectura me conmueve más que una desgracia auténtica”, le confesó en un párrafo en el que reconocía que la antítesis “se yergue sin cesar ante mis ojos”, razón por la que los espectáculos alegres le entristecían  y los tristes no le afectaban. En vez de distanciarse de sus lecturas, como habría sido lo previsible en un lector común, las vivía con la misma intensidad que un acontecimiento personal luctuoso. Esta manera de leer fue la que habría de trasladar a la heroína de Madame Bovary, una lectora voraz y tan crédula como su antepasado Alonso Quijano.

La coincidencia de Kafka y Flaubert al asociar la lectura a una desgracia apunta en una dirección opuesta a la idea vigente en nuestra sociedad, en la que los poderes públicos y los propios  grupos editoriales están empeñados en vender a los lectores, a menudo con publicidad pagada con dinero del contribuyente, el mensaje de que los libros y la lectura tienen que divertir, hacerles felices, tal como pensaba Oskar Pollak, el amigo de juventud de Kafka. Semejante idea bien merece una sátira que, emulando el título de la distopía de Aldous Huxley, Un mundo feliz, podría titularse algo así como Un mundo feliz para lectores felices.

Aldous Huxley

Una desgracia personal no resulta divertida y es imposible soslayarla. No queda más remedio que creer en ella. Nos compromete, por mucho que tratemos de eludirla. Pero al leer por diversión establecemos un vínculo muy débil con el libro que lo degrada a la condición de objeto intercambiable y de usar y tirar. La diversión que produce limita con su número de páginas.

El lector común cree de forma provisional en sus lecturas. Es un inquilino de su fe lectora, cuya fecha de caducidad coincidirá con el momento en que termine de leer el libro. Es lo que podríamos denominar esquizofrenia de la lectura con la que Don Quijote quiso acabar…quijotescamente. Por ello este lector común sabe disociar el libro de la realidad, aunque no de su identidad. Sin llegar al extremo de Alonso Quijano, que de tanto leer libros de caballerías se tomó por un caballero andante al pie de la letra, en alguna medida somos –o seremos- también lo que leemos. ¿Quién sabe si con ello estaremos pagando el tributo correspondiente por haber creído en los libros?

La lectura nos permite retornar a la realidad con el recuerdo del libro que leímos para olvidarnos transitoriamente de ella. Aunque seamos los mismos de antes, quizá la percibamos de una manera diferente, como el sultán que, habiendo escuchado con atención los cuentos instructivos que Sherezade le contó durante mil y una noches para que no la matase al alba, le perdonó la vida, influido por las enseñanzas morales que extrajo de esos cuentos.

Por cierto, Don Quijote también regresó a la realidad. Tras cerciorarse de que ésta superaba a las ficciones caballerescas, que intentó revivir sin éxito, murió reconciliado con la razón, no así con los libros de caballerías, de los que abjuró. En esa hora terminal ya no los necesitaba ni siquiera como recuerdo.

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