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El rey Lear en Nueva York

agosto 1, 2012

El cine de Sidney Lumet está influido por relatos literarios de una personalidad tan fuerte como algunas de sus películas. La última que estrenó, en 2007, a los 83 años de edad -falleció en 2011-, Antes de que el diablo sepa que has muerto (Before the Devil Knows You’re Dead), es una lectura libre de El rey Lear. El título, un tanto enigmático, está extraído de un tradicional brindis irlandés.

Sidney Lumet

Como en la obra de Shakespeare, también aquí se describe un conflicto entre padres e hijos. En El rey Lear la espiral de crímenes, codicia, lujuria, sed de poder y autodestrucción se desencadena a raíz de la torpe decisión del monarca de dividir su reino entre sus tres hijas y yernos, confiando en que luego lo acogerían con el cariño propio de la gratitud. En la la película de Lumet los dos hijos varones del matrimonio Hanson, propietarios de una joyería en el barrio de Westchester, al sur de Nueva York, son quienes fuerzan el reparto de su herencia  por el brutal procedimiento de asaltar la joyería.

En la tragedia de Shakepeare, el rey Lear antes de repartir su herencia entre las hijas decide someterlas a una especie de prueba para que le digan cuál de ellas le ama más. Naturalmente, las dos que codiciaban la herencia se extendieron en sus promesas. No así la tercera, Cordelia, que amaba a su padre desinteresadamente: “Nada” fue su respuesta. Las palabras no le salían porque, como confiesa, no conseguía elevar su corazón a sus labios. Tendrá que pagar un elevado tributo por su franqueza.

"Cordelia desheredada" (1850) del pintor prerafaelita John Rogers Herbert

“Cordelia desheredada” (1850) del pintor prerafaelita John Rogers Herbert

En Antes de que el diablo sepa que has muerto los hijos ambicionan la joyería que unos padres ya mayores, enriquecidos al calor del sueño americano, no parecen dispuestos a legarles, seguramente por desconfianza. Tenían razones para dudar: el mayor, Andy (interpretado soberbiamente por Philip Seymour Hoffman) es un yuppie temerario, manipulador y sin escrúpulos, que alterna un trabajo en una empresa de contabilidad investigada por Hacienda con su gravosa adicción secreta a la heroína, que le ha llevado a endeudarse, y su dependencia de una esposa-florero que empieza a cansarse de él.

El otro, Hank, inseguro, bebedor y bastante perdido en la vida, se ha separado de su mujer, para liarse con su cuñada, y difícilmente puede pasarle la pensión para la manutención de la hija que tienen en común. Pese a las reticencias del principio, termina por rendirse a la propuesta de su hermano de asaltar la joyería y compartir los dividendos del robo. Esperaban que la compañía de seguros se encargaría de indemnizar a sus padres por el hurto.

En la familia Hanson sobraba el dinero pero faltaba lo esencial: el afecto y la comunicación íntima y franca. En la escena que sigue al entierro de la madre, Andy reprocha al padre, en un breve y emotivo diálogo, que jamás hayan hablado de sus problemas personales mientras prosperaba el negocio familiar.

Tras escuchar la sentidas disculpas de su progenitor por no haberle demostrado en el pasado el cariño suficiente, Andy le responde que él y su madre quisieron siempre más a su hermano Hank. Enojado por el sentimiento de animal herido, incluso se atreve a insinuarle que quizá no sea hijo suyo, una recriminación similar a la que en El rey Lear arroja Edmund contra su padre, el consejero real conde de Gloucester, de quien era hijo bastardo. Como Andy de su hermano Hank, Edmund se sentía celoso de su hermanastro Edgar.

Ante semejante insinuación, la respuesta del padre no se hizo esperar:

 

 

El sueño americano de los Hanson, basado en el afán por superar materialmente a sus progenitores, engendró la pesadilla de estos dos hijos que, acuciados por su incapacidad para reproducir su particular sueño de superación, deciden asaltar la joyería familiar, contratando para su ejecución a un cómplice desaprensivo con la condición de que ejecute el atraco sin violencia.

Sin embargo, la operación termina de forma trágica. En contra de las previsiones de los hermanos, aquel día la madre atendía la joyería. En el momento del asalto, ésta dispara contra el atracador, quien a su vez dispara contra la mujer, que morirá unos días después en el hospital a causa de las heridas. Las escenas que siguen a este frustrado “atraco perfecto” son de una violencia autodestructiva sólo comparable a la que se desata en la obra de Shakespeare en cuanto el rey divide su reino entre las hijas.

 

 

El guionista Kelly Masterson hace un guiño al espectador con la representación de fin de curso de El rey Lear en el salón de actos del colegio en el que estudia la hija de Hank. En la escena se ve a la niña recitando el monólogo de Edgar. Se trata de uno de los finales más conmovedores de las piezas del dramaturgo inglés. En medio de un paisaje de derrota, muerte y destrucción, Edgar dice:

“Nosotros llevaremos todo el peso de estos tiempos tan tristes,

Diremos lo que nos dicte el corazón, no lo que deberíamos decir.

Los más viejos han soportado más. Nosotros, que poseemos juventud,

Nunca veremos tanto, ni viviremos tanto tiempo”

Escena de la película con la representación de "King Lear" y la hija de Hank en el papel de Edgar

Escena de la película con la representación de “King Lear” y la hija de Hank en el papel de Edgar

Quizá sea en El rey Lear, junto a Hamlet, la obra en la que Shakespeare expresó con más hondura las amargas consecuencias derivadas de la falsificación de los sentimientos a través del lenguaje, una lacra que se propagaba desde las altas esferas sociales hasta las más bajas, como dedujo el joven Hamlet en la escena del cementerio, tras escuchar la respuesta retórica que le propinó uno de los parlanchines sepultureros al preguntarle para quién estaba cavando la tumba. A continuación el príncipe le comenta a su amigo Horacio que en los últimos tres años ha venido observando que:

“tanto refinamiento comienza a haber en este siglo que  el pie del villano pisa el talón  al cortesano y hasta los callos pisa, de su calcañar…”

Ya el contemporáneo de Shakespeare, Michel de Montaigne, reparó en el desajuste entre el lenguaje público y el lenguaje del corazón al anotar que el disimulo era “una de las cualidades más notables de este siglo”. Seguidamente Montaigne acusaba a los hombres de su tiempo de “hablar siempre con disimulo en presencia unos de otros”. Esta actitud, además de repugnarle moralmente, chocaba con el estilo llano y directo de sus Ensayos que, cinco siglos después de que saliesen a la luz, admiramos tanto como las muchas generaciones de lectores que han experimentado el placer de leerlos.

Retrato de Michel de Montaigne

Retrato de Michel de Montaigne

El reproche al lenguaje cortesano que a finales del siglo XVI formularon Shakespeare y Montaigne tuvo su réplica en la crítica que a principios del siglo XX plantearon al lenguaje de la burguesía algunos escritores vieneses como Fritz Mauthner, autor de Contribuciones a una crítica del lenguaje, Hugo von Hofmannsthal y Karl Kraus.

En el fondo de esta crítica subyacía una advertencia lúcida ante las señales de descomposición de un estamento que en la Primera Guerra Mundial sufriría una derrota de la que salió casi herido de muerte. También Joyce y Kafka se hicieron eco en sus relatos de la corrupción del lenguaje de comunicación en una sociedad para la que las palabras eran como “arenques en salsa, viejas comidas en conserva”.

El autor de esta aseveración, Fritz Mauthner, había escrito en un estilo que bien habría podido haber hecho suyo el príncipe Hamlet, que el lenguaje

“es el diablo que ha tomado a los hombres el corazón, prometiéndoles frutos del árbol del conocimiento (…), ha roído el corazón como una enfermedad cancerosa. En lugar de conocimientos, ha regalado a los hombres palabras  para las cosas, etiquetas para botellas vacías”.

Las tentativas de éstos por dominarlo habían sido vanas. El lenguaje hablaba por ellos, revelando su vacío y su miseria espiritual.

Pero el gran cambio social que se produjo en Europa tras la decadencia de la burguesía no se tradujo ni mucho menos en la extinción de un lenguaje público viciado por la retórica huera. Simplemente éste cambió de dueño.

Así es como llegamos a la historia que Sidney Lumet cuenta en su película, en la que sus protagonistas, pertenecientes a la acomodada burguesía neoyorquina, han de enfrentarse a las secuelas de su impotencia para expresar los sentimientos en un entorno tan íntimo como la propia familia.

En Antes de que el diablo sepas que has muerto los personajes van de un sitio para otro, extraviados en su propio laberinto. Sus palabras balbucientes naufragan en la insignificancia, excepto en ese raro interludio, cuando ya no hay remedio y la sangre ha llegado al río, en que se reprochan amargamente su mutismo. Incapaces de resolver con palabras los conflictos que les atenazan, no hallan otra alternativa que precipitarse al abismo de la violencia y la autodestrucción.

Fotograma de la película de Lumet en el que se ve a Hank corriendo con un bolso en la mano

Fotograma de la película de Lumet en el que se ve a Hank corriendo con un bolso en la mano

En la sociedad cortesana y burguesa el lenguaje se utilizaba para adulterar la verdad, para vestir con palabras de escayola promesas que jamás se cumplían o disfrazar sentimientos con la bisutería verbal fabricada por la literatura del género. Pero en nuestra sociedad de consumidores cada vez más insatisfechos, las palabras son reemplazadas por la acción irreflexiva, que persigue beneficios rápidos y se escabulle de las consecuencias, y por un ir y venir hacia muchas partes, en una huida interminable hacia no se sabe donde, entre coches, pantallas que nos mantienen permanentemente informados y conectados y teléfonos móviles con los que estamos localizables para todo el mundo menos para nosotros mismos.

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5 comentarios leave one →
  1. Guido FInzi permalink
    marzo 17, 2013 9:48 pm

    El fallecido S.Lumet tal vez fuera el director que mejor reflejara las tramas ocultas, los complots y las oscuridades del poder. “Veredicto final” es una de esas películas suyas que nunca me canso de ver.

    En lo referente a Hamlet, es un caso clínico que fascinó hasta el propio Freud. Al hilo de esto, el otro día, un amigo me contó que fue a una de las más conocidas librerías de Madrid, buscando un libro de Shakespeare, y no lo tenían. Tuvo que encargarlo.

    Un saludo, Maestro.

  2. marzo 17, 2013 10:03 pm

    En “Rey Lear” y en “Hamlet” los conflictos familiares se transforman en pretextos para reflejar conflictos universales, como lo demuestra esta película de Lumet. Curiosamente en las dos subyace el problema de la falsificación del lenguaje en un ámbito tan privado como la familia. Y nosotros que nos quejamos todos los días de la falsificación del lenguaje público…
    Gracias, Guido.Para magistrales, tus aforismos tuiteros. No me los pierdo.
    Un saludo

    • Guido FInzi permalink
      marzo 18, 2013 8:45 am

      Sí, somos tan geniales, tú en tus textos, y yo en mis tweets, que estamos condenados a tener pocos comentaristas, y pocos seguidores. Mejor así. Un saludo

  3. marzo 18, 2013 11:55 am

    Se me ocurre una cita de Paul Valéry, a propósito de tu comentario:
    “No es nunca el autor el que hace un ‘obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector. Lector riguroso, con sutileza, con lentitud, con tiempo e ingenuidad armada.Sólo él puede hacer obra maestra, exigir la particularidad, el cuidado, los efectos inagotables, el rigor, la elegancia, la duración, el impulso. Pero ese lector, cuya formación y cuyas fluctuaciones constituyen el verdadero objeto de la historia de la literatura, se está muriendo”.

    Y mira que ha pasado tiempo desde que escribió esta reflexión.

    Un saludo, Guido

    • Guido FInzi permalink
      marzo 18, 2013 4:23 pm

      El hombre prefiere lo banal a lo sutil

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