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No sólo el fuego destruye los libros

julio 24, 2012

Los libros tienen al menos tres grandes enemigos, tan antiguos como ellos: la ignorancia, la censura y el fuego. A éstos hay que sumar los enemigos internos, menos agresivos pero también dañinos a su manera: las ediciones descuidadas, las traducciones traidoras, los libros inútiles y los lectores que leen por leer.

A menudo la ignorancia camina de la mano de la censura y provoca el fuego. Por suerte, ésta no es eterna, aunque sueñe con serlo. Desaparece con los censores o el régimen político que los promueve y ampara. Los libros los sobreviven, si bien después de privar de su lectura a generaciones de potenciales lectores.

Páginas censuradas de una edición antigua de

Páginas censuradas de una edición antigua de “Elogio de la locura”, de Erasmo de Rotterdam. Llama la atención que el censor emborronase también con tinta los ojos de Erasmo, como si con ello hubiese expresado su deseo de sacárselos

Sin duda el más primitivo y ancestral de los enemigos del libro es el fuego, que existía mucho antes que la censura y que la ignorancia asociada al desconocimiento de la cultura letrada. Pero lo más llamativo es que, en su condición de brazo armado de la censura, se lo haya empleado para reducir a cenizas algo materialmente tan frágil como los libros, aprovechando sus propiedades físicas para arder con facilidad.

En la Edad Media las “hogueras de las vanidades”, como las denominó en un arrebato de lirismo uno de los más destacados pirómanos de libros, el fraile dominico Girolamo Savonarola, funcionaron con un rendimiento similar a las que se prendían para las personas que discrepaban de la ortodoxia religiosa dominante.

Retrato de Girolamo Savonarola (1524), del pintor Moretto da Brescia

Retrato de Girolamo Savonarola (1524), del pintor Moretto da Brescia

No deja de ser paradójico que en el Quijote, la primera gran novela moderna en la que la mayoría de los personajes son lectores y algunos hasta exponen atinadas reflexiones sobre el hecho literario, se quemen libros. Tras la primera salida de su casa de Alonso Quijano, ya transformado en caballero andante, el Cura Pero Pérez –amigo de Cervantes, como reconoce en la novela- emprende el “donoso y grande escrutinio” en la biblioteca del hidalgo loco, con el aplauso de la Sobrina y el entusiasmo del Ama.

El clérigo arrojó al fuego los libros de caballerías de peor calidad, acusándolos de haber enloquecido al hidalgo. Aunque se comportó como un censor, bajo aquella apariencia de Savonarola pueblerino se escondía un severo crítico literario más que un médico de almas. No era extraño, pues, que el autor de La Galatea, una de las obras que escapó de la criba, cultivara su amistad con él. Más le valía.

No obstante, el narrador-Cervantes parece distanciarse de ese furor inquisitorial,  tildando los libros quemados de “inocentes”, un epíteto evocador del difundido episodio evangélico de la matanza de los niños inocentes ordenada por el rey Herodes.

De todos modos en tiempos de Cervantes la quema de libros “impropios” no era todavía una práctica asociada a la barbarie, sino al contrario, una modalidad de limpieza de la moral pública de la que normalmente se encargaba la iglesia. Faltaba un siglo para que fuese condenada por la Ilustración como un deleznable ejemplo de atraso e incultura.

Los verdugos incendiarios de los libros suelen cometer su acción destructiva en público, a modo de auto de fe. Con ello pretenden ejercer una función ejemplarizante, disuadiendo a quienes aspiren a escribir otros de una naturaleza análoga a los incendiados. Tras presenciar la quema de un libro en Frankfurt, su ciudad natal, Goethe observó que era “verdaderamente terrible ver cómo se castiga a un objeto inanimado”. Aquel espectáculo le recordó a una ejecución pública.

Al quemar un libro se quemaba en efigie a sus autores, algo que tuvo que intuir Heinrich Heine al profetizar en 1821 que allí donde se queman libros, pronto se quemarán seres humanos, un aserto que se hizo realidad en la Alemania nazi, donde el gobierno alentó en la noche del 10 de mayo de 1933 la incineración pública de libros de autores judíos y de otros  considerados enemigos por el régimen de Hitler. Ocho años después los hornos crematorios se multiplicaban en el Tercer Reich.

Fotografía de la quema de libros en Berlín en la noche del 10 de mayo de 1933

Fotografía de la quema de libros en Berlín en la noche del 10 de mayo de 1933

El propósito de los pirómanos de libros es el olvido. Se trata de atacar el punto fuerte de la letra impresa, su perennidad. Saben por la experiencia histórica que sus víctimas pueden perdurar mucho tiempo, sobreviviendo a cientos de generaciones.

Los libros han tenido enemigos acérrimos, que desearon su extinción, pero no competidores que pusieran en peligro su secular atractivo, algo que sus enemigos jamás lograron. Un competidor se distingue de un enemigo en que no desea la eliminación del otro y menos todavía cuando nació sin afán por competir con nadie, sino que fueron las circunstancias las que lo alzaron a ese rango. Seguramente habrán imaginado a qué clase de competidor me refiero: las pantallas.

A finales del siglo pasado, Neil Postman y Giovanni Sartori, por citar dos de los autores que reflexionaron sobre la crisis de la letra impresa ante la hegemonía de las pantallas, alertaron de una peligrosa dependencia de los medios audiovisuales en sus obras Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del show business (1986) y Homo videns: la sociedad teledirigida (1997).

Hace seis años el novelista norteamericano Philip Roth vaticinó en una entrevista la muerte del lector por culpa de la cultura visual y la multiplicación de las pantallas, que el autor consideraba más estimulantes que el libro. Roth, que reconoce la utilidad del ordenador en el proceso de escritura de sus novelas, sostenía que el libro exige “concentración, paciencia, tiempo, actividad mental” y “lectores devotos”.

Philip Roth

Philip Roth

No matizó esta última afirmación, pero de ella se infiere que las pantallas no propician precisamente la concentración ni la paciencia ni una actividad mental sólida (aunque sí ocupan mucho tiempo). Por lo que respecta a  sus usuarios-espectadores la regla general es la infidelidad, en el caso de la televisión zapeando de un canal a otro, y en el de Internet, limitándose a visitar los “sitios, porque ¿cómo quedarse en uno solo cuando son tantos, e igualmente tentadores, los que ofrece la red? En cambio, el lector educado en la era Gutenberg, aun disponiendo también de una oferta copiosa, tendía a mostrarse fiel con sus lecturas, ya fuesen de libros, revistas o periódicos. El internauta y el televidente son los exponentes más cabales del carácter líquido de la sociedad tecnológica.

El auge de las redes sociales, del libro electrónico y de la lectura en la pantalla del monitor o en la tableta ha configurado un supuesto prototipo de lector, del que aún no se tiene una idea definitiva -todavía es pronto para ello-, y al que se intenta comparar con el de libros editados en papel, como si fuesen muy distintos. Habría que preguntarse, en primer lugar, si realmente estamos ante un prototipo de lector y, en caso de admitir su existencia, si difiere del lector clásico, o sea, el que dedica más tiempo de lectura al papel que al texto editado en formato digital.

En su célebre novela Fahrenheit 451, publicada en 1953, Ray Bradbury estableció una inquietante alianza entre el moderno culto a las pantallas que profesa la mayoría de los habitantes de su distopía, y el fuego, el enemigo más antiguo del libro. Bradbury forjó su ficción a partir de la realidad que veía con sus ojos, sólo que bajo la lupa de aumento de la exageración, el recurso más sencillo y práctico para apreciar lo real y el presente en el que transcurre.

Ray Bradbury falleció el pasado 5 de junio a los 91 años

Ray Bradbury falleció el pasado 5 de junio a los 91 años

La combinación de modernidad y barbarie, simbolizada en la estrafalaria convivencia del fuego con la sofisticada tecnología, no era nueva. Sólo unos años atrás había estado representada por el régimen hitleriano, en el que los últimos avances tecnológicos se alternaron con prácticas de terror, como la quema de libros culpables, propias de sociedades primitivas y que se creía desterradas para siempre del mundo civilizado.

A principios de la década de los cincuenta la letra impresa gozaba de una salud aceptable. Sus enemigos tradicionales, sobre todo la censura, seguían haciendo de las suyas. En el imperio soviético los censores trabajaban a destajo, persiguiendo y encarcelando a novelistas y poetas,  y en Estados Unidos el macartismo sospechaba hasta de la Estatua de la Libertad. El cine, muy ligado a la literatura, vivía su edad de oro. Como decía Billy Wilder, en realidad era un “teatro técnico”, con guionistas escritores, directores dotados de una solvente formación teatral y literaria y un plantel extraordinario de actores, algunos de ellos también cultos.

La televisión  se había extendido a millones de hogares, pero el reducido tamaño de las pantallas, la limitación horaria de las emisiones y la programación en blanco y negro le restaban el atractivo que habría de alcanzar algunas décadas después. El televisor aún no presidía los salones de estar de las casas, debiendo competir con la radio y el tocadiscos. Entonces se acostumbraba a mantenerlo a buen recaudo en un pequeño armario fabricado aposta, como el que se aprecia en la fotografía.

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Pero aquella pantalla de cristal grisáceo, abombado y espeso apuntaba maneras. Sus muchas imperfecciones barruntaban un porvenir brillante, algo de lo que debió percatarse Bradbury mientras escribía su novela.

La sociedad imaginaria de Fahrenheit 451 está tiranizada por la tecnología audiovisual y obsesionada con llevar una vida feliz, sin preocupaciones. Los individuos pasan buena parte de su tiempo libre pegados a las pantallas murales de sus casas, de las que han desaparecido las estanterías para libros. Algunos disponen también de pequeñas pantallas portátiles. La programación consiste en retransmisiones en directo de acontecimientos que siguen millones de espectadores desde sus casas, hasta vaciar las calles. La gente se comunica con auriculares que recuerdan a nuestros teléfonos móviles.

Los televisores, parecidos a los actuales monitores de plasma de 50 0 70 pulgadas, ocupan las paredes de los salones domésticos. Los espectadores se comunican con los personajes que aparecen en los programas, al igual que ahora a través de Internet y de las videoconferencias. Por eso los denominan la “familia”: forman parte de sus vidas cotidianas y comparten sus hogares.

Fotograma de la película en el que se ve a algunos de los personajes que miran la pantalla mural de la sala de estar de una vivienda

Fotograma de la película en el que se ve a algunos de los personajes que miran la pantalla mural de la sala de estar de una vivienda

En las universidades se estudian carreras prácticas relacionadas con los deportes: “pilotos, corredores, saltadores, nadadores”, en vez de preparar a futuros profesores, “críticos, sabios y creadores”. El propósito es que todos sean felices, que no piensen ni tengan conciencia de lo que sienten, impidiendo que “el torrente de la melancolía y la funesta filosofía” ahogue al mundo.

Desde la infancia se fomenta la vida comunitaria, procurando alejar a los niños de la influencia de la familia. Se trata de evitar por todos los medios que las personas estén en algún momento solas, sin la compañía perenne y ruidosa de las pantallas, y piensen por sí mismas.

Una de las peculiaridades de esa sociedad es el odio que se profesa a los libros en general y, por lógica extensión, al lector, al que se persigue con saña hasta la muerte. Parece lógico ese odio, puesto que la lectura es una actividad fundamentalmente solitaria, en la que el individuo conversa en silencio con el libro y con el autor que lo escribió, sin interferencia alguna.

El otro motivo de la bibliofobia es que los ciudadanos ven los libros como unos aguafiestas que amenazan su anhelo de bienestar. Además de recordarnos que somos mortales, los libros abren la pesada puerta de la conciencia y dan que pensar, una actividad peor que equívoca en la distopía de Bradbury.

En Fahrenheit 451 los bomberos no apagan fuegos sino que los provocan, siendo los libros su único objetivo. A la menor sospecha, se presentan en las casas con sus coches patrullas y las mangueras de queroseno que prenden al lanzarlo contra las bibliotecas y cuyas llamas alcanzan los 451 grados Fahrenheit que se necesitan para incinerar los libros.

Uno de los bomberos de la película

Uno de los bomberos de la película “Fahrenheit 451”, que dirigio François Truffaut en 1966, se dispone a quemar un ejemplar del “Quijote”.

Uno de los personajes de la novela reconoce que la verdadera belleza del fuego es que

“diluye responsabilidades y consecuencias. Si un problema se hace excesivamente pesado, al fuego con él”

Sin embargo, los bomberos pirómanos de Fahrenheit 451 no imaginaban la existencia de los hombres-libro que, clandestinamente, salvaron algunos de ellos conservándolos en la memoria, como hacían los poetas prohibidos en la Unión Soviética al distribuir entre los amigos sus poemarios ocultos para que los memorizasen en caso de que fueran requisados por la policía secreta.

En 1953 a Bradbury no se le pasó por la cabeza que un día los libros se leerían en pantallas unipersonales y en cuyo dispositivo electrónico podría almacenarse un número considerable de ejemplares. Sin embargo, su larga vida le permitió conocer el invento, él, que siempre se mostró reacio al uso de las nuevas tecnologías y que sólo al final, un año antes de su muerte, consintió que se publicase su novela en versión digital, ¿tal vez porque pensara que en el nuevo formato se salvaría de la posible bibliofobia de futuros pirómanos como los de Fahrenheit 451?

De los tres enemigos atávicos del libro, la censura y el fuego permanecen en letargo, esperemos que por mucho tiempo; no así la ignorancia, que al fin y al cabo los abarca. Cuando se los perseguía con la censura y se los exterminaba con el fuego, los inquisidores al menos se molestaban en conocerlos o habían oído hablar de ellos. En nuestro tiempo, ni siquiera eso.

Los libros que se persiguen en la novela de Bradbury –Los viajes de Gulliver, los cuatro evangelios, el Eclesiastés, La República de Platón, las Analectas de Confucio, el Libro de Job, las obras de Shakespeare, de Byron, Maquiavelo y Schopenhauer-, han sido expulsados de las escuelas y universidades en nombre de la eficiencia económica y languidecen en las estanterías de las librerías, cada vez más pobres en fondos. Aun siendo accesibles a través de la red, no “venden”. La lógica del mercado, con su publicidad abrumadora, los mantiene a raya, mientras se promocionan legiones de libros insulsos que adormecen las mentes y los espíritus más de lo que están.

¿Cuántos lectores no podrán acceder a estos libros y autores por culpa de la censura implícita que pesa sobre ellos? No será el fuego el causante de su ausencia sino el olvido, el objetivo común de los viejos enemigos y de los bomberos incendiarios de Fahrenheit 451.

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14 comentarios leave one →
  1. julio 25, 2012 1:12 pm

    Excelente texto con el libro como pretexto. Enhorabuena.

  2. julio 25, 2012 5:30 pm

    ¡Gracias, Andrés! Un saludo

  3. diciembre 20, 2012 2:26 pm

    Estupendo y muy completo artículo. A mí también se me ocurrió algo parecido al recordar la muerte de Bradbury, aquí te dejo. ¡Un saludo!
    http://laleydelaveleta.blogspot.com.es/2012/12/de-que-te-ries-ray-bradbury.html

    • diciembre 20, 2012 5:22 pm

      Gracias, Luis, por la lectura y el comentario. Como dices en tu blog, la temperatura está bastante elevada, así que habrá que bajarla leyendo buenos libros… Un saludo

  4. Uriel permalink
    enero 5, 2013 2:31 am

    Excelente articulo!
    Muy interesante y muy triste en cierto aspecto también. Pero en cierta forma es inevitable hacernos de la idea del futuro que le depara a la lectura. Quizás no sea el libro en su formato de tapa y hojas pero mientras siga existiendo la literatura como tal y las mentes ávidas de conocimiento supongo que será dificil acallar esas voces.
    un saludo

  5. enero 5, 2013 3:01 pm

    Yo también pienso lo mismo: que el continente no determinará el destino del contenido. Lo importante es que haya buenos lectores, que lean con atención y verdadero interés. Lo más probable es que convivan los dos formatos de libros, el de papel y el digital. Sospecho que la lectura de calidad -que es sinónimo de relectura- será para el papel.
    Gracias por tu sugerente comentario.
    Un saludo

  6. Guido Finzi permalink
    marzo 23, 2013 8:54 pm

    Se que soy redundante, pero siempre es mejor esto que ser injusto o indiferente, así que, en primer lugar, te felicito por tu texto, igual de excelente que los pretéritos y los que vendrán.

    Dos apuntes:

    – Alguien, con dotes proféticas, escribió que quien quema libros, termina quemando hombres

    – Me sonrío cuando voy en Metro y miro cómo, los lectores de libros electrónicos nos miran con suficiencia a los que aún leemos en papel. Pobres…

    Un saludo, Maestro

    • marzo 24, 2013 11:49 am

      Muchas gracias de nuevo, Guido. En la entrada cito la célebre advertencia de Heine: que donde se queman libros, se termina por quemar hombres. Por cierto Heine tuvo otra premonición terrible: escribió que el cristianismo sólo había mitigado el ardor guerrero de los germanos y que cuando la cruz, “ese talismán”, se rompiese, resurgiría “la ferocidad de los antiguos combatientes”. “En Alemania se desarrollará un drama ante el que la Revolución francesa parecerá un idilio inocente”. “No os riáis de estas advertencias, aunque procedan de un soñador que os invita a desconfiar de los kantianos, de los fichteanos y de los filósofos de la naturaleza”. Estaba convencido de que en Alemania “el pensamiento precede a la acción como el rayo al trueno”. Su poemario “Alemania. Un cuento de invierno” es también una profecía. La clarividencia suele ser otra de las ventajas del exilio, aunque dolorosa. Ver de verdad duele.
      Un saludo, Guido.

  7. Guido Finzi permalink
    marzo 24, 2013 11:58 am

    Tienes razón con lo de la cita de Heine; se ve que se me pasó al ir bajando el cursor. Lo siento.

    Un saludo

    PD: se supone que los judíos somos un pueblo inteligente, pero ni siquiera supimos comprender a Hitler (un profeta que cumplió las promesas que nos hizo)

  8. marzo 24, 2013 12:20 pm

    La profecía de los libros quemados tendría que grabarse en el gen de la memoria de la Humanidad y, por tanto, de cada uno de nosotros.
    En cuanto a tu postdata: es que cuesta comprender la locura destructiva y la maldad recalcitrante. Ademas en aquella época las palabras se habían degradado tanto que ya no se creía en nada ni a nadie, y menos aún a un personaje tan histriónico.

    • Guido Finzi permalink
      marzo 24, 2013 12:32 pm

      No había habido precedentes de barbarie semejante, y mucho menos en la civilizada Alemania.
      Yo tengo la teoría de que Hitler y el antisemitismo alemán, aunque latente desde siempre, se nutrió y multiplicó gracias a la influencia de los refugiados rusos que llegaban a Centroeuropa tras la Revolución del 17.

  9. marzo 24, 2013 12:50 pm

    Desde luego fue uno los factores más contaminantes del antisemitismo. Recuerda que “Los protocolos de los Sabios de Sión” fue obra de la policía secreta zarista, pocos años antes de la Revolución, y libro de cabecera de los refugiados rusos y luego de los antisemitas germánicos, empezando por Hitler. El antisemitismo estaba extendido por toda Europa. Hay una cita tremenda de Jules Renard, fechada en 1907 (cinco años antes de la publicación de “Los protocolos” en Rusia) y con el “affaire Dreyfus” aún caliente:
    “Todos somos antisemitas. Algunos de entre nosotros tienen el valor o la coquetería de que no se les note”. La Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa (sus exiliados, como tú señalas) desataron el vendaval antisemita en Alemania y en Francia. La tormenta se perfeccionó con la crisis de 1929 y el desastre de la República de Weimar.¡Qué tristeza da pensar en todo aquello!

  10. justinfeels permalink
    marzo 26, 2015 10:22 am

    Muchas gracias, me ha sido de gran ayuda 😉

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