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Don Quijote y Emma Bovary, parientes lejanos

julio 17, 2012

En noviembre de 1847, Gustave Flaubert comentó a su amante Louise Colet que estaba releyendo el Quijote en la nueva traducción del hispanista Damas-Hinard. Así que es probable que cuando se disponía a escribir Madame Bovary, en otoño de 1851, recordara una vez más el argumento de la novela de Cervantes: el extraño efecto que la lectura de libros de caballerías causó en el hidalgo Alonso Quijano, hasta el punto de inducirle a travestirse una mañana en caballero andante e imitar sus admirables acciones.

También Emma Bovary (Rouault de soltera) pretende imitar a las damas de la alta sociedad parisina que poblaban las novelas románticas destinadas principalmente al público femenino de la pequeña burguesía rural a la que pertenecía la propia Emma. De hecho, su padre era un próspero granjero que pudo costearle unos años en un convento de monjas en la ciudad. La fascinación de la joven y Alonso Quijano por esas ficciones se acentúa cuando, tras la lectura, retornan a la realidad y, al contrario que la mayoría de los lectores, perciben como una experiencia real el mundo ilusorio que han visto en los libros.

Portada de la primera edición de “Madame Bovary” (1857), publicada en dos tomos

Dotados de un temperamento primario y sensitivo, hallan en las novelas una fuente de satisfacciones que los aleja de cualquier posibilidad de integrarse en la realidad, en la que se sienten cada vez más a disgusto. Al mismo tiempo, se dejan llevar por el deseo de experimentar la ficción, como si fuesen uno de los personajes de ésta.

Incapaces de admitir las frustraciones resultantes del inevitable choque entre su deseo y la realidad, intentan satisfacerlo una y otra vez, como el jugador que, pese a las pérdidas acumuladas, repite las apuestas con la esperanza de recuperar lo perdido e incluso de duplicar las ganancias. Esa dinámica demencial los abocará a la completa enajenación de la realidad.

Alonso Quijano y Emma Bovary no se conformaron con las compensaciones que obtenían de los libros, pero tampoco se saciaban con las aventuras que emprendían inspirados por sus lecturas. Siempre querían más. Ya transformado en caballero andante, Alonso Quijano-Don Quijote necesitaba vivir una aventura tras otra. Puesto que la realidad le hurtaba las ocasiones para experimentarlas, no tuvo otro remedio que inventarlas, ciñéndose al patrón de los libros de caballerías.

Por su parte, Emma exigía a la realidad o, mejor dicho, a los hombres de los que creía enamorarse, la pasión imposible que sólo encontraba en las novelas románticas. En consecuencia, las aventuras eróticas que iniciaba con entusiasmo, pronto se le antojaban frustrantes.

Fotograma de "Madame Bovary", en la versión de Vincente Minnelli (1949), en la que se ve a Emma abrazada a su amante Rodolphe Boulanger

Fotograma de “Madame Bovary”, en la versión de Vincente Minnelli (1949), en la que se ve a Emma abrazada a su amante Rodolphe Boulanger

El verdadero móvil de las acciones de Alonso Quijano y de Emma Bovary es la satisfacción inmediata de sus deseos. Ambos carecen de la madurez introspectiva que caracteriza a los personajes centrales de las novelas de  Stendhal o de Proust, quienes prefieren regodearse en el deseo y alargar en la medida de lo posible el camino hacia la satisfacción. Fue la realidad -más tozuda que ellos, simplemente porque es también más variada que cualquier monomanía-, la que puso coto a sus reiteradas tentativas de satisfacer sus fantasías.

Aunque Alonso Quijano y Emma recurriesen al mismo objeto de representación de la realidad –los libros- y trataran de emular los modelos idealizados transmitidos por éstos, los separaban dos concepciones de la vida completamente distintas. La diferencia radicaba no sólo en la opuesta idiosincrasia moral de los modelos a los que imitaban sino en la disparidad de sus objetivos.

En los libros de caballerías el dechado de caballero andante encarnaba unos valores morales y estéticos muy alejados de los alentados por las heroínas de las novelas románticas. Estas últimas se inspiraban en un arquetipo de mujer obsesionada con saciar sus fantasías eróticas que proyectaba sobre un espécimen de hombre de su misma clase social, dispuesto a corresponderle con una pasión análoga.

En cambio, el modelo de caballero andante se regía por el código estricto de la caballería, en el que los más elevados ideales de la moral cristiana –la defensa desinteresada del débil y oprimido- se entreveraban con el cultivo del “amor cortés” difundido por la rica literatura medieval.

Portada de “Los cuatro libros de Amadís de Gaula”, de Garci Rodríguez de Montalvo

Muy al contrario que el universo de la caballería andante admirado por el buen hidalgo, que requería grandes sacrificios, el microcosmos novelesco frecuentado por Emma se acomodaba a su personalidad soñadora,  pretenciosa, narcisista, infantil y reacia a acoplarse al molde educativo de la época que, como en todas las épocas, aspira a que el educando se adapte a la realidad mediante el esfuerzo y la disciplina.

Las fantasiosas damas de esas novelas se asemejaban estéticamente a los modelos reales, no así en todo lo demás. La mujer estándar de la burguesía de la época estaba a la altura de los valores propugnados por aquella sociedad patriarcal, en la que la muchacha era educada para casarse con un hombre de su condición social, formar un hogar, traer hijos al mundo, criarlos con la ayuda del servicio doméstico y reprimir cualquier atisbo de pasión erótica.

Aparentemente el erotismo corría por cuenta del hombre. La mujer era elegida; el hombre elegía con las previsibles limitaciones fijadas por el entorno social de la candidata. En el férreo esquema burgués no tenía cabida la pasión, una barrera sólo franqueable en las novelas románticas, normalmente enmarcadas en la fenecida sociedad del Antiguo Régimen, y en las que se pintaban amores apasionados, en muchos casos fuera del matrimonio, lo que, además, les imprimía un excitante toque de aventura y riesgo.

La desazón que se adueña de Emma Bovary deriva de la abismal diferencia entre la mediocre realidad que la rodeaba y las expectativas irreales que le suscitaban las novelas.  Como consecuencia de ese desajuste, abrigó un desprecio creciente hacia la sociedad provinciana en la que debía desenvolverse. Más tarde haría extensivo el desprecio a su marido y a su hija, a los que consideraba un freno para sus deseos.

El siguiente vídeo, extraído de la versión cinematográfica de Minnelli, muestra sucintamente, a través de la voz del narrador, el mundo imaginario en el que vivía Emma desde su adolescencia:

 

 

La clase de realidad que Emma Bovary rechaza se parece a la de Alonso Quijano en que ambas coartaban su ansia de vitalidad. Ninguno de estos dos personajes nació para languidecer en un pueblo perdido en el mapa y acomodarse a su simple y estática organización. Son sujetos desarraigados de su medio social y, lo que resulta aún más inquietante, también del tiempo que les tocó vivir.

Pero mientras Cervantes expulsa al hidalgo español de su aldea manchega, apartándolo de los amados libros de caballerías, para ofrecerle la oportunidad de emular las aventuras que había leído en éstos, y sin otras cortapisas que las que le deparase el choque inexcusable con la realidad, Flaubert retiene a su heroína entre los muros de Yonville, limitándose a contarnos sus vanas tentativas para evadirse de ese reducto angosto y sofocante.

Grabado de época que representa a Emma Bovary junto a su marido en el salón de su casa

A diferencia de Emma, que sucumbe hipnotizada por sus lecturas de novelas románticas, Don Quijote, alejado de los libros de caballerías desde el momento en que se transformó en caballero andante, es redimido por la realidad que halló durante su estancia en Barcelona. En la ciudad condal las aventuras reales con las que se cruzó superaron en riesgo y verosimilitud a las inverosímiles que él mismo hubo de forzar en su travesía por el yermo campo manchego, siguiendo al pie de la letra el guión de los libros de caballerías.

“Muerte de Don Quijote”, grabado de Gustave Doré

Derrotado más por la propia realidad que por la astucia del estudiante Sansón Carrasco,  el caballero regresa a su aldea, consciente de que al menos sus aventuras han sido inmortalizadas en la correspondiente crónica que quizá en el futuro sería leída  por alguien con la misma pasión con que él leyó los libros de caballerías. Emma Bovary, cuyo afán se limitaba a reproducir en la vida real las emociones que le suscitaban las novelas, sólo efectuará pasajeras y clandestinas salidas de Yonville para poder satisfacerlas. Hasta que sus fantasías fueron abatidas por la mezquina realidad, personificada en el despiadado usurero Lheureux que, impaciente, reclamaba a la adúltera las facturas impagadas.

La traducción literal de Lheureux es “el feliz”. En una carta a Louise Colet,  Flaubert comparó la felicidad con una usurera “que por un cuarto de hora de alegría hace pagar con toda una carga de infortunios” y en otra repite que la felicidad es “una usurera que nos hace devolverle cien por diez”.

Fotograma de la versión de Jean Renoir de "Madame Bovary" (1933), en el que aparece Emma con su acreedor, el despiadado Lhereux

Fotograma de la versión de Jean Renoir de “Madame Bovary” (1933), en el que aparece Emma con su acreedor, el despiadado Lhereux

Por paradójico que resulte, a Don Quijote lo salvó la locura, en tanto que causante de su ansiedad, al recobrar el juicio, aunque a continuación muriese en paz consigo mismo y con los suyos.  Pero Emma no padecía una locura similar de la que hubiera podido curarse. Tuvo que suicidarse para escapar de la ansiedad que le producían sus decepcionantes aventuras amorosas.

Ninguno de los dos retornó a los libros que los empujaron a la búsqueda de las aventuras que aprendieron en ellos.  Invirtiendo los términos del adagio latino “Primum vivere, deinde philosophari”, primero leyeron y luego vivieron. Así que, una vez cumplido el segundo cometido, carecía de sentido retornar al primero.

También el epílogo de sus vidas fue dispar. Antes de morir, Don Quijote legó sus escasas pertenencias a los allegados, como cualquier buen cristiano. Tras una dolorosa agonía, Emma Bovary sólo legó deudas a Charles Bovary, y al suicidarse, remató la derrota profesional y moral de éste a manos del taimado boticario monsieur Homais. La difunta dejó tras de sí una desolación de la que ni su viudo ni su hija se recuperarían jamás.

"La muerte de madame Bovary", de Albert-Auguste Fourie

“La muerte de madame Bovary”, de Albert-Auguste Fourie (1883)

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One Comment leave one →
  1. agosto 13, 2012 1:23 pm

    “Todos mis orígenes se encuentran en el libro que conocía de memoria antes de saber leer, Don Quijote, y hay más, por encima, la espuma agitada de los mares normandos, la enfermedad inglesa y la niebla fétida”

    Gustave Flaubert

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