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El hombre que renegó de su nombre (II)

julio 10, 2012

En la entrada anterior comenté que el abogado-narrador de Bartleby, el escribiente se abstuvo de desvelar su nombre y, en cambio, prefirió revelarnos el de Bartleby, o mejor dicho, su apellido, siguiendo la costumbre que se estilaba en las oficinas de eludir el nombre de pila para designar a los compañeros. Sin embargo, también pudo haber optado por nombrarlo con la letra inicial B., con lo cual habría salvado su privacidad, ésa que se reservaba para sí con tanto celo.

A este respecto no hay que olvidar que, al mencionar a los tres empleados que compartían la oficina con Bartleby -Turkey, Nippers y  el mozo de los recados, Ginger Nut-, aclara que esos no eran sus nombres reales, sino pseudónimos que concordaban con sus caracteres, que a continuación describe detalladamente.

Parece que, una vez muerto el escribiente, y tras comprobar que carecía de familiares y amigos, el abogado no tuvo el menor inconveniente en hacer público su nombre. A esas alturas cabía esperar que nadie reclamase la defensa de su “buen nombre”, manchado por el relato de quien había sido su jefe, como tampoco nadie reclamaba las cartas de la Oficina  de Cartas Muertas de Washington, donde, según el abogado, Bartleby trabajó durante un tiempo  antes de que lo conociese. Esas “cartas muertas” eran devueltas por los empleados de Correos a este departamento estatal ante la imposibilidad de localizar a sus destinatarios y a los remitentes.

Oficina de Cartas Muertas de Washington en 1876

Oficina de Cartas Muertas de Washington en 1876

Puede alegarse a favor de su decisión que haciendo público el nombre de  Bartleby trataba de otorgarle el protagonismo de la historia, permaneciendo él en la sombra, su espacio preferido. Pero eso tampoco es verdad porque el protagonismo del abogado en el relato supera con creces al del copista, aunque sólo sea por su condición de narrador.

Pese a ser testigo y parte en la historia, es posible que con su anonimato intentara establecer distancias y garantizar al lector una objetividad fuera de dudas, persuadiéndole de que la manera con que se condujo ante el escribiente obedecía exclusivamente a la extraña actitud de éste. Con ello da entender que la historia que nos cuenta no es la suya sino la de Bartleby –como hizo constar en el título del relato-, el personaje realmente singular que despertará la curiosidad de los lectores. Él no es más que un transmisor y, por pura casualidad, testigo accidental y actor a la fuerza de los hechos que narra.

No estaba dispuesto a permitir que, como ya le sucediera con las historias extraordinarias que le proporcionaron otros escribientes que trabajaron para él antes que Bartleby, la de éste se difuminase en el olvido, privando a los lectores del placer de impresionarlos y hasta de conmoverlos. Aunque lamenta no disponer de datos biográficos del copista, supone que su vida antes de que lo conociera tuvo que ser un tanto singular, como su nombre. De alguien que se llamaba Bartleby sólo podía esperarse alguna extravagancia.

El abogado escribe su relato influido por una literatura que podría calificarse de sentimental-romántica, la misma que leía la burguesía en sus paréntesis de ocio. Para esta clase de lectores sólo tenía interés lo extraordinario. Lo ordinario, donde priman la racionalidad y el pragmatismo, estaba destinado a una invisibilidad merecida, razón más que suficiente para que se lo relegase al silencio.

(Booktrailer de “Bartleby, el escribiente”, editado en Nórdica e ilustrado por Javier Zabala)

Por ello el abogado despacha en unas líneas la descripción de su forma de vida; no así la de Bartleby, una criatura surgida de las sombras en las que el romanticismo de pacotilla alimenta a muchas de ellas. Es bajo este punto de vista como la posteridad parece que también ha leído al personaje, compartiendo la perspectiva falsamente objetiva del abogado-narrador. A esta lectura hay que añadir la más reciente -de corte estético, aunque impregnada también de romanticismo- que asocia a Bartleby con los escritores misteriosamente desaparecidos, y que, semejantes a los vampiros de la noche, se muestran refractarios al esplendor de la vida pública a la que muchos esperan acceder algún día y en la que se sienten muy a gusto quienes ya la disfrutan.

Claro que los límites del romanticismo literario del abogado se circunscriben a los de una oficina, como esa que regenta en Wall Street desde hace años, siendo el escribiente el empleado más excéntrico de los que, según nos aclara, trabajan en ella. En esta clase de historias, de las que el abogado se considera casi un especialista debido a su larga experiencia con amanuenses, no se conciben amores adúlteros ni delirios de grandeza como los que albergaba Emma Bovary, y menos todavía el influjo de la literatura rosa con la que alimentar la imaginación.

La única literatura que se conoce en el ámbito de las oficinas es el código civil y penal. lo que concuerda con el estilo detallista que destila el relato del abogado-narrador, en este caso aderezado además con la correspondiente dosis de lenguaje religioso. No en vano su autor era un asiduo de los sermones dominicales en la vecina iglesia de la Trinidad.

"Wall Street con la Iglesia de la Trinidad enfrente", de pintor impresionista norteamericano Colin Campbell Cooper

“Wall Street con la Iglesia de la Trinidad enfrente”, de pintor impresionista norteamericano Colin Campbell Cooper

El tono gris de Bartleby, el escribiente explica que se lo haya vinculado con el universo burocrático de las novelas de Kafka, quien encontraba una fuente de inspiración en la oficina de seguros en la que trabajó hasta su jubilación prematura. Ciertamente Bartleby parece un personaje kafkiano por su conducta extravagante y aparentemente absurda, mientras que el abogado recuerda a algunos de los narradores prolijos que abundan en los relatos del escritor checo. Pero el parecido no va mucho más allá.

El abogado retratado por Melville es, por encima de todo, un arquetipo social de la época y de aquella sociedad urbana de los Estados Unidos de mediados del siglo XIX, un individuo influido por la doctrina calvinista de la predestinación y obsesionado con la salvación de su alma. En esa concepción de la vida no hay más metafísica que la suministrada por  la religión, sin rastro alguno del trascendentalismo emersoniano que han creído ver sus intérpretes.

Escena de "El proceso" (1962), la versión cinematográfica que hizo Orson Welles de la novela de Kafka

Escena de “El proceso” (1962), la versión cinematográfica que hizo Orson Welles de la novela de Kafka

Nos hallamos ante un personaje con una mentalidad estrecha y convencional, aunque, eso sí, dotado para la escritura y, como curtido profesional de la abogacía, experto en el manejo espurio de argumentos. Así se entiende que no tenga reparos en utilizar a un pobre empleado como Bartleby para engordar su conciencia de candidato a la salvación ultraterrenal, preservando el interés propio, como el joven rico del Evangelio que prefirió no seguir a Jesús antes que desprenderse de sus riquezas.

Melville subraya esta actitud en el episodio en que el abogado niega en tres ocasiones haber conocido al escribiente cuando le preguntaron por el tipo extraño que se había instalado en su antigua oficina que  él prefirió abandonar ante la negativa del copista a marcharse. Tal era el miedo que tenía de ver dañado su “buen nombre” -ese que silenció en su relato- y la imagen de ciudadano modélico.

Como el apóstol Pedro que, por miedo a que se lo mezclase con su Maestro en el momento en que éste era perseguido por las autoridades y vilipendiado por las multitudes, negó a Jesús hasta en tres ocasiones cuando se le preguntó si lo conocía, también el abogado negó conocer a Bartleby para desvincularse de él y confundirse entre la multitud que reprobaba al ocupante ilegal de la oficina.

"El apóstol Pedro negando a Cristo", de Rembrandt

“El apóstol Pedro negando a Cristo”, de Rembrandt

Por cierto, Multitud es el nombre del hombre poseído por muchos demonios que, según el Evangelio de san Lucas, salió al encuentro de Jesús en la región de los guerguesenos. Este endemoniado vivía medio desnudo entre los sepulcros. Como los demonios que lo poseían suplicaran a Jesús que no los arrojase al abismo y que les concediera entrar en la piara de cerdos que comían en el monte cercano, los diablos salieron del poseso y entraron en los puercos, que se lanzaron al lago por el acantilado y se ahogaron.

El abogado no quiere dar motivos para que alguien hurgue en su vida, como hace él en la de Bartleby y ya hizo en las de otros amanuenses que trabajaron en su bufete. De ahí su temor a que se lo involucre en el “caso Bartleby” y que su nombre aparezca en la prensa ante el escándalo causado por la resistencia del escribiente a obedecer los requerimientos del casero para que abandonase la oficina. Pretende presentarse como un tipo normal y corriente, un hombre sin nombre, un hombre-multitud. La única expresión de subjetividad que manifiesta se reduce a su enfado por haber perdido un puesto vitalicio y bien remunerado después de que la  autoridad competente lo suprimiera.

Los hombres normales como el abogado-narrador son los mismos que en el siglo XX conformaron las masas humanas que respaldaron con su entusiasmo o su silencio cómplice las tiranías totalitarias que en los años treinta se apropiaron del aparato estatal, prometiéndoles que les devolverían el bienestar y las comodidades que perdieron a causa de la ruina económica.

Imagen de la película "El triunfo de la voluntad" que Leni Riefensthal rodó en el Congreso que en 1934 celebró el Partido Nacionalsocialista en Núremberg

Imagen de la película “El triunfo de la voluntad” que Leni Riefensthal rodó en el Congreso que en 1934 celebró el Partido Nacionalsocialista en Núremberg

En esas circunstancias terribles fueron los excepcionales bartlebys, los hombres con nombre, quienes se salieron de la norma y prefirieron decir “no”, oponiendo resistencia a los tiranos con los débiles medios de que disponían, aunque tuviesen que perderlo todo, incluso la vida. Pueden ustedes figurarse quiénes fueron entonces los románticos.

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