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Consejo de amigo

junio 26, 2012

En una entrevista que el escritor Fernando Savater concedió a El País, con motivo de la publicación de su novela Los invitados de la princesa, afirmaba que leer por placer está mal visto y que “la gente se compra novelas como para terminar el bachillerato: este libro te explica China; el otro, la Segunda Guerra Mundial”.

Fernando Savater

Entonces, los muchos lectores a los que vemos con un best-seller entre las manos en cualquier transporte público o en una sala de espera, ¿se sienten avergonzados por ello, mostrando sin pudor las portadas de sus voluminosos libros? Porque se supone que éstos les hacen pasar el rato, más o menos placenteramente, y no estimulados por el deseo de empaparse de conocimientos históricos (en todo caso para ello leerían novelas del género) o de otro orden. Invirtiendo los términos de la afirmación de Savater (“Leer sin placer está bien visto”), podría argüirse que cuesta imaginar a un lector leyendo un libro a disgusto, con la certeza, además, de que eso estará bien visto.

Tengo la impresión de que ocurre lo contrario de lo que dice Savater: la mayoría lee por placer, o al menos lo hace con ese propósito. Otra cuestión es que se trate de un placer inducido y prefabricado al por mayor, para crear adicción.

En su recomendable libro de aforismos Más árboles que ramas (Tusquets Editores, abril 2012), el científico y escritor Jorge Wagensberg define el best-seller de diseño como “un paquete de estímulos que no conducen a una conversación capaz de culminar en una comprensión”. Incluso lo compara con la pornografía. Si ésta consiste en “el arte de crear estímulos sólo por el placer de apaciguarlos”, entonces, concluye Wagensberg, el concepto de best-seller de diseño “es pura pornografía”.“El cebo clavado en el anzuelo raramente llega a alimentar al pez”, anota en otro aforismo.

Jorge Wagensberg

El consumidor de best-sellers no da ninguna importancia al libro que lee para matar el tiempo o conciliar el sueño, si está acostado en la cama por la noche. Cada página que devora, devorada queda para siempre, sin vuelta de hoja, nunca mejor dicho. Lee no sólo para olvidar que se encuentra en un ruidoso vagón de Metro o en una sala de espera, sino también para olvidar lo que está leyendo, incluido el título del libro, aunque quizá no tanto al autor, del que quizá se hable más que de sus novelas.

Este prototipo de lector excluye la posibilidad de la relectura simplemente porque, como muy bien sabe, el libro no la merece. Se conforma con que le haya entretenido. Es un lector monográfico que lee al peso las novelas que sus autores escriben al peso y que, para no ser menos, las editoriales publican al peso.

En teoría, la oferta coincide, o aspira a coincidir, con la demanda, o sea, que los autores y las editoriales intuyen qué libros gustarán al grueso de lectores, como lo demuestran los millones de ellos que hemos visto en los últimos tiempos leyendo las mismas novelas (de autores suecos, como habrán imaginado) en cualquier ciudad del mundo. De este modo la publicidad y el diseño se han colado, bajo el disfraz de novela, en el ámbito editorial con un objetivo similar al perseguido por los fabricantes de cualquier producto de consumo, para hacer caja atrayendo a audiencias masivas. Y si alguien esgrime la pésima calidad de esos libros, se tiene la respuesta preparada: eso es lo que la mayoría del público quiere.

Se trata del mismo argumento utilizado por los productores de los programas basura de la televisión. Pero lo cierto es que si hay una masa de espectadores que sigue estos programas, como de lectores de noveluchas, es porque hay cadenas televisivas y editoriales que los ofrecen y no al revés, como pretenden hacernos ver para quitarse de encima el desprestigio que pesa sobre semejantes productos y las empresas que los suministran.

Con su agudeza característica, el escritor portugués Vergílio Ferreira advertía que

“en la hora del desastre de la literatura, el salteador es el best seller. No hay leyes, vale todo. Los posibles creadores se muestran desinteresados, es el momento del oportunista del décimo de lotería. No hay pan de trigo, pues se hace de cebada, que siempre hay quien se la come”.

La masificación del lector-tipo de este género de best-sellers ha propiciado la masificación análoga de un lector al que en un artículo periodístico el escritor colombiano Ricardo Cano Gaviria calificaba de “lobotomizado” e incapaz “de detectar valores literarios” en una novela. A continuación recordaba el consejo que Gustave Flaubert,el autor de Madame Bovary, dio a una amiga en una de sus cartas:

Retrato de Gustave Flaubert, pintado por Pierre François Eugène Giraud

“No lea como leen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. No, lea para vivir. Bríndele a su alma una atmósfera intelectual compuesta por la emanación de todos los grandes espíritus”.

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2 comentarios leave one →
  1. agosto 10, 2014 2:21 pm

    Es un artículo magnífico y tan acertado… Gracias, siempre es un placer leer en este espacio. Un saludo.

Trackbacks

  1. Leer para vivir (ya lo dijo Flaubert) | La Palabra Infinita

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