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Latiguillos, latigazos

junio 6, 2012

Seguro que muchos de ustedes, sobre todo los de cierta edad, recuerdan que en España hace unos años la mayoría de los problemas eran “sangrantes”. En cuanto alguien pronunciaba la palabra “problema”, ¡zas!, de inmediato lo apellidaba con el dichoso epíteto. El país, siempre atribulado por problemas de diversa índole, chapoteaba en un inmenso charco de sangre verbal.

En los últimos tiempos, desde que se declaró la crisis económica, muchos tertulianos de radio y televisión repiten la muletilla de moda: “¡Con la que está cayendo!” ¿Qué es lo que cae? No una lluvia torrencial ni una helada de las que no se recuerdan, sino todo eso que nos hemos acostumbrado a leer y escuchar en la prensa: un diluvio de datos estadísticos adversos y de palabras extraídas de la jerga económica de las que hasta hace poco casi nadie había oído hablar.

Hasta los meteorólogos se han puesto de acuerdo para amenizar los partes que ofrecen en los noticiarios, principalmente en los días más crudos del invierno, y supongo que pronto en los del verano que se avecina, advirtiéndonos de que “lo peor está por llegar”.

Aprovechando los terrores que acompañan a esta crisis económica, la muletilla se ha hecho un hueco en medio de las borrascas y ciclones de noticias nefastas que copan las portadas de la prensa. Pero no se inquieten, que cuando al fin llegue lo peor, estará listo el pelotón de los loros radiotelevisivos para repetir su cantinela predilecta, que es la que ustedes se imaginan: “¡Con la que está cayendo!”.

 El lenguaje coloquial se presta a este género de latiguillos con los que los voceros de los medios de comunicación azotan nuestros oídos y que, tras propagarse con la rapidez de los resfriados invernales, contaminan las charlas de sobremesa y pasillo. Aunque al principio resulten hasta ocurrentes, tienen el defecto de que siempre habrá alguna circunstancia para que alguien los repita por enésima vez, privando al discurso oral de la espontaneidad sin la cual a duras penas soportaríamos las charlas ocasionales (menos mal que las del ascensor duran poco).

Como los lugares comunes y su numerosa parentela, los latiguillos se entrometen descaradamente en las conversaciones, cerrando el paso a la imaginación y apagando la chispa de ingenio que, sin su intromisión, quizá habría dotado de cierta singularidad a aquellas. Con su tediosa previsibilidad, taponan los resquicios por lo que normalmente respira el lenguaje coloquial. 

“El charlatán”, de William Hogarth

La frecuencia con que se repiten los hermana con los viejos y andrajosos tacos que estamos hartos de escuchar y que, si no fuese por la agresividad que destilan, quienes se han habituado a usarlos tendrían que abandonarlos por absurdos y aburridos. Al igual que las muletillas, se enquistan en el lenguaje y no hay manera de expulsarlos.

 Además de empobrecer el repertorio de calificativos, recortan las posibilidades de conocimiento que nos ofrece el lenguaje. Por muy despectivos que sean, esos latigazos verbales contra personas y cosas al final sólo camuflan epítetos mucho más precisos y seguramente también más acordes con la realidad. Cuando alguien insulta a otro con la típica palabrota, no habrá dicho nada de él, aunque crea haberlo dicho todo, y el insultado podrá con razón no darse por aludido. Más aún, quizá hasta tome el insulto como excusa para exhibir su enojo. 

El filólogo de origen judío, Victor Klemperer, que por su matrimonio con una mujer “aria” pudo escapar en la Alemania nazi del exterminio pero no de constantes vejaciones, reparó en la reducida gama de insultos que los policías de la Gestapo vertían contra los perseguidos durante los brutales registros domiciliarios en las Judenhaus. La imaginación no les daba para más. Como dice Klemperer, aquellos insultos eran “de rigor”.  

Victor Klemperer

En sus diarios secretos, en los que, además de anotar sus experiencias cotidianas en una situación excepcional, desentrañaba la lengua del Tercer Reich, aludió a “esa pobreza de insultos, ese pequeño registro”, que “cualquier español” superaba “con creces”, una curiosa observación de la que se infiere la fama internacional de deslenguados que, al menos en aquella época, pesaba sobre nuestros compatriotas. 

Semejante pobreza de insultos revelaba que hasta en eso los policías de la Gestapo, que gozaban de ilimitada impunidad, se conducían como hombres-clichés, rehenes de los aberrantes prejuicios que les habían inculcado, lo que no obstaba para que se manifestasen en ellos con auténtico salvajismo.   

Mientras haya quien aproveche la menor oportunidad para recurrir a los latiguillos y latigazos de turno y nadie los cuestione, tendremos que hacer oídos sordos a sus azotes. George Orwell pensaba que la decadencia del lenguaje se puede curar y que es posible influir en éste, ridiculizando los clichés que falsean la lengua coloquial. Sólo de esta forma se conseguirá arrancarles la máscara de la repetición que amenaza con perpetuarlos, a no ser que antes caigan en desuso.

George Orwell

Ese fue el destino de los problemas “sangrantes”, que un buen día dejaron de sangrar no porque cicatrizasen sino porque vino una generación que, por suerte para nuestros oídos, tuvo el acierto, seguramente involuntario, de prescindir de tan manido epíteto.

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