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Vargas Llosa, el gato, la liebre y los borregos

mayo 30, 2012

En su ensayo La civilización del espectáculo, MarioVargas Llosa critica la banalización de la cultura, la impostura que rodea a la creación artística, donde a menudo se da al público gato por liebre, y la conversión de obras presuntamente culturales en objetos de entretenimiento para las masas. El fenómeno denostado por el Premio Nobel no data de ayer.

En 1967 Guy Debord acuñó el término sociedad del espectáculo, que encabeza el título de su célebre libro, y Cornelius Castoriadis se refirió al “ascenso de la insignificancia”  y a la traición  de críticos y autores a su responsabilidad y rigor en complicidad con un público dispuesto a aceptar el juego y a adaptarse a lo que se le da, sin exigir nada, dominado por la apatía y la publicidad comercial.

Cornelius Castoriadis

Cornelius Castoriadis

Sólo que en las últimas cuatro décadas el fenómeno no ha dejado de crecer. Hasta el propio Vargas Llosa tiene algo de espectacular. Asiduo de la pasarela de celebridades literarias, el escritor hispano-peruano es un personaje mediático, conocido incluso por aquellos que no han leído ni probablemente leerán nada de él.

Desde hace años los mandarines de la cultura repiten que la lectura tiene que divertir, que una novela es estupenda si nos atrapa (¡adiós Proust!), que ya está bien de que la cultura sea aburrida, seria y anticuada, etc.

En el cine, el guión ha perdido peso; lo importante es que se sepa quién dirige la película, las estrellas que actúan, el dinero que ha costado y, sobre todo, que se hable mucho de ello para que millones de espectadores acudan a su estreno. En última instancia, la notoriedad del autor y sus habilidades para promocionarse resultan más influyentes que su obra.

“Mujer leyendo”, de Fernando Botero (1998)

De tanto repetir que la cultura tiene que distraer, el asunto ha degenerado en un implacable lugar común del que las empresas encargadas de vender productos culturales no quieren apartarse ni un milímetro, para no espantar a la clientela, que, con el paladar romo y, entre tanta distracción enlatada, cada vez más distraída, ya no distingue el gato de la liebre. La ausencia de una crítica responsable ha contribuido a enturbiar aún más el panorama.

Aunque Guy Debord aludiese en el titulo de su ensayo a la “sociedad” del espectáculo y Vargas Llosa a la “civilización”, ambos conceptos remiten a colectividades homogéneas y sin rostro: los supuestos destinatarios del “espectáculo”, o sea, los espectadores. La producción está supeditada al gusto del consumidor, inducido por la publicidad masiva de los productos. En una sociedad líquida, y en permanente disposición para liquidar existencias y sustituirlas por otras nuevas, se suceden las modas de objetos presuntamente culturales que se consumen para olvidar y se olvidan en cuanto son consumidos.

Relegados a la condición de meros productores y eventuales vendedores de sus obras, los autores piensan más en el efecto que pretenden causar en los destinatarios de éstas que en expresarse libremente, guiándose por su criterio. Todo vale con tal de entretener o, si se tercia, impresionar. No se pide más.

En su notable estudio de la sociedad barroca, La cultura del Barroco, el historiador José Antonio Maravall sitúa la aparición de la cultura vulgar y mediocre -del kitsch– en los albores de la modernidad, concretamente en la crisis social que acusó Europa en el siglo XVII.

José Antonio Maravall

José Antonio Maravall

Maravall argumenta que, al contrario que en el estilo gótico, en el Barroco se producían obras de arte de buena y mala calidad. Engloba estas últimas en el kitsch, es decir, en una cultura vulgar expuesta al consumo manipulado y caracterizada por el establecimiento de tipos, la repetición estandarizada de géneros y una tendencia al conservadurismo social. Supongo que estos argumentos les resultan familiares.

Según Maravall, el Barroco vulgar no es una contracultura ni un sucedáneo de la cultura, sino cultura de baja calidad, que puede llegar a ser una pseudocultura o un pseudoarte, e incluso puede tratarse de una cultura mala aunque “con suficiente parecido con la cultura superior para que puedan designarse con la misma palabra”. Así se explica la producción industrial de miles de pinturas religiosas, de comedias y novelas mediocres concebidas para un público compuesto por clases medias urbanas, que incluía grupos sociales de ricos y cortesanos.

Un exponente de consumidores de este género de obras son el matrimonio de los Duques que aparece en el Quijote y a cuyo palacio invitan al caballero andante y a Sancho Panza para montarles una farsa-burla en el más puro estilo barroco.

“Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza caen en presencia de los Duques” (1812), de Zacarías González Velázquez

Los Duques, a los que Cervantes priva de nombre propio, son los típicos cortesanos que, aburridos de su privilegiado far niente, vegetan en medio de un pertinaz vacío que exacerba su dependencia de personas y objetos que los entretengan. Pese a haber leído con fruición la Primera Parte de la novela de Cervantes, no entendieron nada. Sólo la leyeron para pasar el rato.

Por ello cuando se cruzaron con los dos protagonistas de la novela, aprovecharon la ocasión para divertirse todavía más a su costa. De esta manera pasaron de ser lectores parasitarios de la novela, a parásitos de sus personajes, sin sospechar que algún día también ellos se convertirían en personajes de la Segunda Parte del Quijote con lectores que los leerían de la misma forma en que ellos leyeron a Don Quijote y Sancho.

“Los Duques engañan a Don Quijote y Sancho Panza”, de Zacarías González Velázquez (1812)

En su película El ángel exterminador (México,1962), Buñuel se inspiró en el episodio del libro del Éxodo (12, 7-13), en el que se cuenta que Yahvéh envió al Ángel exterminador a Egipto para matar a los hijos primogénitos de las familias egipcias, librando de la masacre a los hebreos que, a modo de contraseña,  hubiesen marcado con sangre de cordero los dinteles de las puertas de sus casas para que el Ángel pasara de largo junto a ellas.

La lectura que hizo Buñuel del episodio es tan original como sugerente. Un grupo de personas de la alta sociedad participan en una velada festiva en la mansión de una familia adinerada, tras asistir a la ópera Lucía de Lammermoor. A la hora de despedirse de los anfitriones son incapaces de salir del salón principal en el que se encuentran, aunque las puertas de éste permanecen abiertas. Cada vez que alguno de los invitados se propone abandonar la estancia, sucede un percance anodino que se lo impide.

Después de varios días de confinamiento, exhaustos, hambrientos, muertos de sed, desaliñados y tras  infringir las reglas del pudor y de la cortesía, logran salir del salón en el instante mismo en que todos recuperan la posición que ocupaban inmediatamente antes del incidente y la libertad de movimientos que les permitirá regirse con autonomía.

Algo parecido está ocurriendo con eso que entendemos por cultura. Nos hemos encerrado en el salón del entretenimiento (o de la banalidad, si lo prefieren) y no hallamos la salida, aunque sepamos que está ahí, ante nuestros ojos, y que sólo es preciso recuperar la posición que se ocupaba antes del encierro, cuando quienes accedían a la cultura, no precisamente individuos como los retratados por Buñuel, para los cuales ésta no es más que un adorno social, buscaban en los libros, en una ópera o en películas como El ángel exterminador, algo que ensanchase sus conciencias y les incitase a plantearse preguntas que sin esa ayuda quizá no se hubiesen formulado.

Estas personas curiosas procuraban no engañarse ni dejarse engañar, distinguiendo normalmente el gato de la liebre (o el gato del libro, si se trataba de editoriales). Siguiendo el hilo argumental de la película, quizá nosotros también salgamos del salón de la banalidad cuando recobremos la concepción humanizada de la cultura de la que se prescindió frívolamente.

El ángel exterminador no termina con la liberación de los reclusos en la mansión, sino con un segundo encierro de éstos en el interior de una basílica, al final de la misa de acción de gracias que acaban de oficiar en su honor tres sacerdotes, quienes, en bloque,  también se detienen ante la puerta abierta de la sacristía, incapaces de franquearla. Por si el espectador tiene alguna duda del sentido de la película, el humor socarrón de Buñuel añadió una coda: un rebaño de borregos dirigiéndose hacia el templo en el que están confinados los ilustres feligreses.

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La repetición del castigo demuestra no sólo la ineficacia del Te Deum oficiado en la iglesia sino la estúpida e inútil tentativa de mezclar a Dios en un asunto que sólo incumbe a los humanos. A pesar de la desagradable experiencia del encierro en la mansión, los feligreses que asisten a la misa de acción de gracias continúan presos en sus prejuicios y convenciones, por lo que la espada del Ángel exterminador también seguirá pendiendo amenazadora sobre sus cabezas de chorlito. Mientras no recuperen su individualidad y al fin se conduzcan como personas, y no como animales de rebaño, por muy de alta sociedad que sean, el Ángel volverá a castigarlos con una nueva sobredosis de “rebañitis”, privándolos de un solo minuto de la soledad que les permitiría ser individuos únicos e irrepetibles por una vez en sus vidas.

Los medios tecnológicos han abierto la puerta a los libros, a la música, al arte, al cine y un sinfín de conocimientos desperdigados en el océano de la red. Pero, a partir de ese acceso sin límites, cada cual tendrá que seleccionar, elegir y entenderse con lo que encuentre en tanto que individuo, de modo que pueda enlazarlo con su mundo personal. Quienes se conforman con seguir los pasos que les marca la publicidad o el mimetismo de la moda recuerdan a los burguesotes adocenados de la película de Buñuel. Al igual que los borregos, se dejan guiar en manada por aquellos que sí saben hacia dónde van.

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4 comentarios leave one →
  1. Paco Martín permalink
    junio 1, 2012 5:04 pm

    Perfecta entrada. La cultura como un producto de consumo más. Adquirida como un rasgo de distinción social entre los impostores. Provista en función de previos estudios de mercado deambula en raciones tan generosas en cantidad como faltas de genio e ingenio. Engendro de fragmentos de inspiración mil veces reproducidos sin traza alguna de su alma original pero apetecible para alimentar la vacuidad de los zombis sociales y apuntalar el statu quo. Un truco más de éste y su fiel mercado a la medida del vasto club de las ovejas, tan timoratas y conformistas.

  2. Guido FInzi permalink
    diciembre 17, 2012 6:22 pm

    Vivimos en el mundo de la Kultura, donde los libros se compran en el supermercado y la gente va al cine únicamente para entretenerse. En este contexto, de falta de criterio y permisividad total con la ignorancia, nos merecemos los males que nos aquejan. Ya en 1850, Flaubert lo veía venir: “El mundo se va a volver tremendamente imbécil. Durante los próximos años, la cosa va a resultar muy aburrida. Es una suerte que vivamos ahora y no más tarde”.
    En lo que a mí respecta, si el mundo no se acaba el próximo 21 de dic., me llevo un disgusto. Sobrevivir más tiempo, sería adentrarnos en el patetismo.

    Un saludo

    • diciembre 17, 2012 6:37 pm

      Flaubert era un observador excepcional y veía en los detalles lo que hoy nos parece normal no porque lo sea sino porque, además de sus grandes dimensiones, nos rodea por todas partes y no hay manera de escapar como no sea por la puerta del fin del mundo que, según la NASA, no existe, al menos por ahora…Así que habrá que prepararse para el invierno que empieza en la fatídica fecha de todos los años.

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