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El último de los tribunos

mayo 23, 2012

Los días 24 y 27 de mayo se representa en el Teatro Real de Madrid la ópera Rienzi, el último de los tribunos que Richard Wagner compuso siendo joven, entre 1838 y 1840. Influido por el estilo de su maestro Giacomo Meyerbeer, quien le ayudó a estrenarla en Dresde, pronto la repudió, vetando incluso su representación en el Festival de Bayreuth.

En su versión original, Rienzi duraba seis horas, pero en la de concierto que ofrece el Real se reduce a tres horas y cuarto.  A pesar de lo poco que se representa esta ópera, su obertura es muy conocida, siendo una de las piezas favoritas en los repertorios.

El joven Richard Wagner

El joven Richard Wagner

Basada en la novela del escritor y dramaturgo británico Edward George Earl Bulwer-Lytton, la ópera narra la trayectoria política del tribuno romano Cola di Rienzi (1313-1354). De origen plebeyo, Rienzi leyó en su juventud a los clásicos latinos, por lo que pronto sintió añoranza del esplendor de la antigua República romana, a la que comparaba con la decadente ciudad de su tiempo, con el Papa residiendo en Avignon y enfrascada en luchas intestinas entre las familias patricias que se disputaban el poder. Tras derrocar a éstas, Rienzi, que tenía dotes de orador, se adueñó del gobierno de la capital y reunificó Italia en una república, siguiendo el modelo clásico.

Sin embargo, el tribuno terminó perdiendo el favor del pueblo por las arbitrariedades e injusticias que cometió. Después de un levantamiento popular, fue sentenciado a muerte, siendo decapitado y su cadáver incinerado bajo las ruinas en llamas del Capitolio.

Aunque en los últimos años de la vida de Wagner la ópera empezó a cosechar un éxito considerable, la circunstancia por la que ha alcanzado cierta notoriedad se debe a que fue una de las piezas predilectas de Hitler. De hecho la obertura inauguraba la Asamblea Plenaria del Partido Nacionalsocialista en Núremberg.

Este vídeo recoge un breve fragmento de la polémica representación que en enero de 2010 hizo la Deutsche Oper de Berlín, bajo la realización de Philipp Stölz, con evidentes referencias a Hitler y el nazismo:

 

 

Según contó en sus memorias el amigo de juventud de Hitler, August Kubizek, tras asistir con él a una representación de Rienzi en el teatro municipal de Linz, Adolf, que entonces tenía 17 años, le convenció para que subieran a la colina del monte Freinberg, desde donde se divisaba la ciudad austríaca. Era una tarde brumosa de noviembre. Después de un solemne silencio, le comunicó con voz ronca que iba a recibir de su pueblo la misión de conducirlo hacia la libertad. Explicó Kubizek que

“fue como si un segundo ego hablara desde su interior. No se trataba en absoluto de un orador dejándose llevar por sus propias palabras. Al contrario, más bien sentí como si él mismo escuchara asombrado y emocionado lo que había brotado de su interior con una fuerza elemental”.

Ausgust Kubizek, el amigo de juventud de Hitler

Ausgust Kubizek, el amigo de juventud de Hitler

Invitado al teatro de Bayreuth en 1939 por su entonces poderoso amigo de juventud, Kubizek recordó que Hitler le dijo solemnemente que aquella tarde en que subieron al Freinberg “empezó todo”. Por entonces no sospechaba que en sólo seis años acabaría como su admirado Rienzi, bajo el fuego de las bombas que caían sobre Berlín y el búnker de la Cancillería. No podía esperarse nada bueno de tanta solemnidad.

El arquitecto de Hitler y ministro de Armamento en la guerra, Albert Speer,  reprodujo en el Diario de Spandau una conversación de Hitler en la que éste le confesó al jefe del Frente del Trabajo Alemán, Robert Ley, que había elegido la obertura de Rienzi para  inaugurar la Asamblea Plenaria  del Partido por su admiración hacia “aquel hijo de un humilde tabernero que consiguió, cuando apenas tenía veinticuatro años, hacerse con el pueblo romano e inducirlo a deshacerse de un Senado  corrupto, invocando  el grandioso pretérito del Imperio”.

El dirigente nazi Robert Ley

El dirigente nazi Robert Ley

Desde que escuchó “esa música divina”en Linz, presintió que él también conseguiría “unificar y engrandecer el Imperio alemán”.  Sus delirios de grandeza congeniaban con el lenguaje de escayola que aprendió en los libros de Historia y en los periódicos.

Como tantos jóvenes de la pequeña burguesía de su generación, Hitler estaba familiarizado con el culto a los héroes históricos que se estilaba en las escuelas. El fenómeno se explica por el auge del historicismo en la Europa del siglo XIX, otra secuela romántica con una amplia repercusión en la literatura, la pintura, la música, en la arquitectura, en la decoración y hasta en el vestido.

Si Walter Scott dio alas al historicismo en sus novelas ambientadas en épocas del pasado, fue  otro escocés, el historiador  Thomas Carlyle, quien en el ensayo Los héroes, publicado en 1841, mitificó la influencia  de los personajes catalogados como históricos en las grandes transformaciones de la civilización.

Thomas Carlyle

Thomas Carlyle

Carlyle, que era un devoto de la cultura germánica, añoraba el feudalismo en la misma proporción que menospreciaba la democracia. Un siglo después el encumbramiento de celebridades históricas degeneraría en el culto a la personalidad promovido por las cruentas tiranías de los “grandes simplificadores”.

En los últimas décadas del siglo XIX el culto a los héroes de la Historia había derivado en algo bastante kitsch. La imagen que se transmitía de ellos olía más a naftalina que a Napoleón y estaba más cerca de la tramoya wagneriana que del campo de batalla.

La ópera Rienzi renacía con fuerza en los teatros europeos- en el Real de Madrid se representó por primera y última vez en 1876- mientras en las plazas de la capitales afloraban las estatuas de héroes nacionales, como la que se erigió a Cola di Rienzi en Roma. Los imperios sacaban pecho fuera de los cuarteles para competir con sus vecinos. Faltaban pocos años para que  sacaran también las armas.

Al mismo tiempo que el nacionalismo oficial fomentaba el culto a los héroes,  las monarquías se deslizaban hacia su ocaso. Napoleón III había sido derrocado en la guerra franco-prusiana de 187o; en el victorioso Reich alemán, el todopoderoso canciller Bismarck empequeñecía al joven káiser Guillermo II; y el Imperio austro-húngaro y su vieja monarquía se precipitaban hacia el declive.  Hasta el sacrosanto trono ruso empezaba a tambalearse.

El Káiser Guillermo II

El Káiser Guillermo II

El director de cine soviético Sergei Eisenstein plasmó en Octubre (1927) la furia iconoclasta de las masas revolucionarias contra la representación estatuaria del poder zarista, aunque bajo ese furor asomase el culto a la personalidad que alentaron sus sucesores.

 

 

De hecho, en el nuevo régimen el negocio de las estatuas prosperó tanto como en el antiguo. La diferencia es que ahora los homenajeados en vez de mostrarse sentados y con la boca cerrada, aparecían de pie, con el brazo extendido y los labios entreabiertos, como si estuviesen arengando a masas invisibles.  Las estatuas regias pretendían impresionar con el oropel y la corona; las nuevas, con una elocuencia gestual. Ya que no había manera de hacerlas hablar, que al menos pareciese que hablaban. En cualquier caso se mantuvo el gigantismo, por lo que  la producción de bronce continuó su curso.

Aprovechando las convulsas circunstancias que azotaron a Alemania después de la Primera Guerra Mundial, el antiguo soldado y mediocre pintor de acuarelas Adolf Hitler se sirvió de la leyenda wagneriana de Rienzi para configurar su  identidad de Führer de un partido político con tendencias golpistas.  El ejemplo del tribuno romano le vino como anillo al dedo.

Así como Rienzi halló en la lectura de los clásicos latinos un aliciente para liberar a Roma de su decadencia y devolverle la grandeza de la Antigüedad, Hitler no tuvo más que comparar la situación de la Alemania derrotada en 1918 con la prosperidad del Reich anterior a la guerra para identificarse con el tribuno.

"Rienzi promete obtener justicia por la muerte de su hermano en una refriega entre los Colonna y los Orsini", del pintor prerrafaelita  William Holman Hut

“Rienzi promete obtener justicia por la muerte de su hermano en una refriega entre los Colonna y los Orsini”, del pintor prerrafaelita William Holman Hut

La tenaz acusación contra los supuestos traidores de la “puñalada por la espalda” que habrían conducido a Alemania a la derrota de 1918 y el victimismo propiciado por el Tratado de Versalles completaron el perfil del héroe, soldado y orador incendiario dispuesto a vengar la afrenta contra la amada patria.  Su boca profería amenazas, insultos y calumnias, como si el Rienzi de Wagner se hubiese reencarnado en él y la estatua del tribuno medieval hubiera cobrado vida bajo el uniforme de camarero energúmeno, al igual que las masas invisibles a las que parece arengar.

La confianza en sí mismo y en la suerte, fundamentada en las oportunidades que le ofrecía su participación en el violento juego político de la República de Weimar, le animó a abrigar el sueño de apropiarse del poder en un país tradicionalmente gobernado por individuos provenientes de la aristocracia.  Al igual que Rienzi en la Roma medieval, él, un hombre surgido del pueblo y de la periferia del área germánica –había nacido en una aldea austríaca fronteriza con Baviera-, aspiraba a romper esa tradición en la decadente Alemania de la postguerra.

De ahí que Goebbels, su ministro de Propaganda, comparase el ascenso de Hitler a la Cancillería con un “cuento de hadas”. Lo que hasta poco antes había parecido inverosímil, se hizo realidad no por arte de magia, sino por las malas artes del establishment republicano -los “pilares de la sociedad”- y el brutal oportunismo del Partido Nazi y de su jefe.

"Los pilares de la sociedad" (1926), óleo de George Grosz

“Los pilares de la sociedad” (1926), óleo de George Grosz

Desde ese momento Hitler pudo mirar atrás para evocar aquella fría tarde noviembre en la colina del Freiberg -su particular Monte Sinaí- en que se sintió poseído por el deseo de ser como Rienzi, proclamando urbi et orbi que allí había empezado todo.

Parece que la mistificación que forjó en torno a la historia de Rienzi para explicar su ascenso al poder le impidió reparar en el sangriento final de éste. Empujado por el vendaval del éxito, pensaba que sus fantasías de poder se impondrían sobre la realidad. No previó que las mismas circunstancias impredecibles que lo alzaron a la cumbre, habrían de arrojarlo al abismo, sólo que en un plazo algo más breve del que necesitó para ascender a ella.

En realidad, Hitler nunca aprendió de los héroes encumbrados por el historicismo con los que gustaba compararse, seguramente porque anhelaba hacerles sombra, de modo que la posteridad lo recordase únicamente a él como un héroe digno de pasar al Museo de la Historia. Pero como habrían de demostrar los terribles hechos (y el retrato que se reproduce bajo estas líneas), la copia moderna del modelo medieval resultó ser un fiasco.

Hitler retratado como caballero medieval

Hitler retratado como caballero medieval

Así que, escaldada por el experimento hitleriano, la posteridad decidió con buen criterio clausurar el museo de marras para prevenirnos del surgimiento de otro imitador de tribunos tan nefasto para la Humanidad como lo fue Hitler para sus contemporáneos.

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