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Apóstol busca libro

mayo 16, 2012

En una entrevista publicada en un diario tras la edición en España de su ensayo Un corazón inteligente, el filósofo Alain Finkielkraut respondió a la  pregunta de si la lectura “nos hace mejores”, afirmando que no hay garantías de ello. Añadía que el siglo XX nos enseñó que gente muy cultivada “era capaz de comportarse de una manera detestable”. Aunque la respuesta de Finkielkraut sea la correcta, la pregunta despide ese tufo empalagoso propio de la literatura de autoayuda.

Además, podríamos preguntar lo mismo acerca del cine, la pintura e incluso, pese a su abstracción, la música. ¿Quién no se ha identificado con Draba, el esclavo etíope de la película “Espartaco”, en la escena en que desvía el curso del tridente que debería haber clavado en el cuello de su contrincante y amigo Espartaco, hacia la tribuna presidida por el malvado Craso?

 

Entonces, ¿qué pasa con las personas que leen lo imprescindible o que ni siquiera saben leer? ¿Se verán privadas de la oportunidad de “hacerse mejores”? Entre los testimonios de soldados rusos heridos en la Primera Guerra Mundial, muchos de ellos analfabetos, recopilados con el título El pueblo en la guerra (Hermida Editores) por la enfermera Sofia Fedórchenko que los cuidaba en un hospital de campaña, reproduce la respuesta de uno de ellos a otro compañero de armas que dijo que no era un hombre quien no hubiese leído a Pushkin: ¿acaso él mismo y sus colegas no eran hombres, puesto que no lo habían leído?

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El soldado comentaba a continuación que quien formuló semejante sentencia carecía de sentido común y siempre estaba malhumorado consigo mismo y con los demás. Aunque pareciese más listo que ninguno, no servía para nada cuando las cosas se ponían feas en el frente.

Más que mejores, la lectura de un libro puede hacernos distintos de como éramos antes de leerlo, al abrirnos nuevas perspectivas de comprensión tanto de nosotros mismos como del mundo y de la manera en que nos relacionamos con los demás. Por ejemplo, sabemos que Hitler leyó bastantes libros, pero sólo para ratificarse en aquello que de todos modos ya sabía. Se negó a que cambiasen un ápice su identidad petrificada por ideas preconcebidas y prejuicios.

Desde sus orígenes se ha asociado la individualidad de la lectura solitaria, que tanto llamó la atención a Agustín de Hipona cuando vio leer en silencio al obispo Ambrosio, a un compromiso íntimo del lector con el libro, como si al leer dialogase también con su conciencia.

"San Ambrosio", por Francisco de Goya (1799)

“San Ambrosio”, por Francisco de Goya (1799)

En la España del siglo XVI los moralistas se preocuparon por la supuesta influencia perniciosa de los libros de caballerías en los lectores más vulnerables (¡las mujeres!). Si no hubiese sido por estos recelos, quizá Cervantes no hubiese escrito el Quijote, en el que, por cierto, el influenciable fue un hombre.

¿Es que se hizo mejor Alonso Quijano porque leyese muchos libros de caballerías? Pero si ya en su aldea natal le apodaban El Bueno. En todo caso le animaron a cambiar su identidad de hidalgo viejo y sin otro estímulo vital que la lecturas de esos libros, por la de un entusiasta caballero andante dispuesto a mejorar el mundo, imprimiendo además una estética a su natural bonhomía.

"Don Quijote leyendo libros". Adolf Schrödter (1834)

“Don Quijote leyendo libros”. Adolf Schrödter (1834)

En las páginas de los grandes libros del género vislumbró algo más que personajes e historias ficticias con las que entretenerse. Como soñó con ser igual que uno de esos nobles caballeros -luchar por sus mismos ideales y pasar también a la inmortalidad-, en su alma prendió la llama de la imitación. Otra cuestión es que fracasara estrepitosamente en la tentativa de trasladar las fantasías caballerescas a la realidad, que lo tomó por loco. En cambio, hubo otros lectores muy cuerdos y racionales que, sedientos de gloria literaria, en vez de imitar el ejemplo de los valerosos caballeros, aspiraron a imitar los libros en los que se narraban sus aventuras.

Cuando el lector Cervantes se hizo escritor, quiso que los lectores se conmovieran con sus libros si no con el entusiasmo de Don Quijote, sí al menos lo suficiente como para despertar sus conciencias. No en vano tituló sus relatos Novelas ejemplares.

Así tuvo que entenderlo también el ilustrado alemán Georg Christoph Lichtenberg, quien anotó que un libro es una especie de espejo. “Si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol”.

Lichtenberg

Georg Christoph Lichtenberg

Pero ¿en qué espejo-libro podrán mirarse y qué verán reflejado en él los lectores-consumidores de una industria editorial más interesada en vender millones de ejemplares de libros insulsos que libros ejemplares, en el sentido cervantino del término? Entre tanta morralla libresca, imagino al apóstol de Lichtenberg buscando un libro, como Diógenes cuando, farol en mano, buscaba un hombre por las calles de Atenas.

Diogenes buscando hombres. Cuadro atribuido a J.H.W. Tischbein (c.1780)

“Diógenes buscando un hombre”. Cuadro atribuido a J.H.W. Tischbein (c.1780)

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5 comentarios leave one →
  1. Clea permalink
    mayo 16, 2012 12:23 pm

    Escribió Luis Cernuda en «Ocnos»: «… un libro debe ser cosa viva, y su lectura revelación maravillada tras de la cual quien leyó ya no es el mismo, o lo es más de como antes lo era».

  2. mayo 16, 2012 7:06 pm

    Muy oportuna la cita de Cernuda…Gracias.

  3. Paco Martín permalink
    mayo 21, 2012 3:35 pm

    Sano ejercicio el de la lectura de los verdaderos libros, como inhalar el aire.
    En ellos -los libros- nos podemos comprender mejor, redescubrirnos. Son ellos amigos oportunos que caen en nuestras manos para otorgarnos esa lucecita o el pequeño gran impulso en favor de esos cambios permanentemente aplazados, o para a reanimar con los hechos la senda de nuestras propias convicciones.

  4. Guido FInzi permalink
    noviembre 24, 2012 8:02 pm

    Somos los libros que leemos.

    Un saludo

    • noviembre 24, 2012 8:11 pm

      ¡Gracias Guido! Es cierto lo que dices, pero aun así da que pensar la respuesta del soldado ruso al compañero de armas que presumía de leer a Pushkin…

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