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¿Ciudadano del mundo?

abril 27, 2012

Setenta aniversario de la muerte de Stefan Zweig (2)

En la entrada anterior comenté que el escritor Stefan Zweig se desengañó en el exilio brasileño, poco antes de que se suicidase aterrado por las victorias de Hitler, de la falsa seguridad que imperaba en la sociedad burguesa. Él mismo fue víctima del engaño cuando, apelando a sus hábitos viajeros,  dijo sentirse ciudadano del mundo en una época en que todo el mundo aspiraba a ser hijo de una patria, especialmente en las naciones surgidas del extinto Imperio Austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial.

Zweig se postulaba por la supresión de la identidad nacional como si, a pesar de la asimilación a la sociedad gentil, la exhibición de semejante estatus lo eximiera de que en un futuro no muy lejano se le recordase con crueldad que era un judío, o sea, un apátrida.

Stefan Zweig

Stefan Zweig

Si en la conflictiva Europa de entreguerras, y más en la órbita del desaparecido Imperio Austrohúngaro, presumir de ciudadano universal constituía una excentricidad, para un judío asimilado como Zweig significaba despertar el apetito del tigre antisemita que, hambriento, empezaba a desperezarse. La asimilación de los judíos a la burguesía era el fruto de un matrimonio de conveniencia con el Estado, en el que éste dictaba las cláusulas, puesto que para eso les ofrecía la oportunidad de asimilarse. Pero cuando alguien nos brinda una oportunidad suele ser porque espera conseguir algo de ella, lo que en este caso se tradujo en los beneficios que el Estado obtenía de los conocimientos y de la iniciativa y riqueza material de los asimilados.

El éxito de la asimilación, logrado con esfuerzo, hizo olvidar a muchos judíos la posibilidad nada remota de que un día el Estado nacional-liberal entrase en crisis y que incluso cambiase de dueño. Por desgracia eso fue lo que ocurrió cuando, acuciados por la inseguridad en sí mismos y en sus vecinos, la mayoría de los países europeos se deslizaron en los años treinta hacia la autarquía política, quitándose la máscara de la tolerancia y el paternalismo de la edad liberal, la de la falsa seguridad. Como consecuencia de ello, la otra parte del matrimonio de conveniencia, los judíos asimilados, se volvieron prescindibles.

El universo sentimental de Zweig estaba muy alejado de su condición judía. La excelente acogida que le dispensaron los lectores burgueses se explica en parte por la identificación de éstos con el sentimentalismo que destilan algunos de sus relatos y novelas que lo hicieron famoso.

En el otro extremo, Kafka, también judío asimilado y contemporáneo suyo, aunque en vida desconocido por el público lector, trasladó a su obra su situación de extraño en una sociedad hostil a los judíos. Al contrario que Zweig, Kafka, quien apenas salió de Praga y sólo era conocido por un reducido círculo de escritores, sí sabía dónde se encontraba, receloso de una asimilación de alquiler cada vez más elevado.

Franz Kafka

Soma Morgenstern reproduce en su libro de memorias Huida y fin de Joseph Roth, unas palabras de este escritor, amigo de Zweig, quien lo ayudó económicamente cuando empezó a hundirse en el alcoholismo. Poco tiempo antes de su muerte, en 1939, Roth confesó a su amigo Soma que, aun reconociendo que a Zweig el odio a los judíos le afectaba personalmente, tenía la impresión de que a éste

“no le caerían mal los nazis si hicieran diferencias entre judíos orientales y occidentales, entre judíos ricos y pobres, entre judíos famosos y no famosos”.

Son palabras muy duras y probablemente injustas, pero que incidían en la fascinación por la fama literaria que algunos de sus contemporáneos reprocharon al autor de El mundo de ayer.

Judíos forzados por un grupo de nazis a limpiar las calles de Viena tras la anexión de Austria por la Alemania nazi en 1938

Judíos forzados por un grupo de nazis a limpiar las calles de Viena tras la anexión de Austria por la Alemania nazi en 1938

Al escribir su célebre relato Carta de una desconocida (que Max Ophüls llevó al cine), parece que Zweig no reparó en la semejanza entre la relación de amor ciego que la pobre chica de la historia mantuvo con el novelista famoso que no correspondió a esa admiración, lo que terminaría abocándola al suicidio, y la del propio Zweig con su añorada sociedad vienesa; la misma que vitoreó a Hitler el 15 de marzo de 1938, en la Heldenplatz de Viena, y luego se dedicó a vejar a los judíos que, sin poder huir, se vieron atrapados en la vorágine del odio antisemita.

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One Comment leave one →
  1. Maia L.B. permalink
    octubre 4, 2013 3:25 pm

    Nunca terminaré de entender por qué se habla tanto de nosotros.
    Un abrazo

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