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Máxima seguridad

abril 25, 2012

Setenta aniversario de la muerte de Stefan Zweig (1)

     El 22 de febrero de 1942, el escritor vienés Stefan Zweig se suicidó en Petrópolis (Brasil), junto a su segunda esposa, aterrado por la posibilidad de que Hitler ganara la guerra. Aún no había cumplido 61 años. Sus libros fueron quemados en las plazas de las ciudades alemanas por los nazis debido al origen judío de su autor.

Quema de libros en Berlín en la noche del 10 de mayo de 1933

En las memorias El mundo de ayer (“Die Welt von Gestern”), redactadas en el exilio, ofrece una detallada radiografía de la sociedad europea de finales del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX. Zweig denominó “Edad dorada de la seguridad” a la época burguesa –la Belle Époque– que precedió a la Primera Guerra Mundial, el periodo más largo de paz que conocía Europa desde la guerra franco-prusiana de 1870.

A menudo las calificaciones verbales ocultan significados opuestos al que pretenden expresar y las afirmaciones revelan deseos muy alejados de la realidad. La seguridad descrita por Zweig con la ironía que imprime la distancia temporal y espacial, nunca existió. En el sótano de la sociedad anterior a la guerra se agitaba un monstruo de muchas cabezas que aguardaba la ocasión para salir de su encierro y arrasar la confortable casa en la que la familia burguesa creía sentirse tan segura. No faltaron advertencias inquietantes. Por ejemplo, Freud había arrojado una sombra de sospecha sobre la mente de aquellos burgueses satisfechos de sus éxitos materiales. En la misma Viena en la que el fundador del psicoanálisis atendía sus pacientes, algunos escritores extendieron la sospecha al uso del lenguaje público.

Sigmund Freud

Un indicio más de que algo no marchaba bien era el aburrimiento del que se quejaban los jóvenes vástagos de la burguesía, ansiosos por experimentar aventuras que debían conformarse con imaginar o leer en los libros. Más que inquilinos de una casa burguesa, se sentían cautivos en la jaula de hierro de máxima seguridad imaginada por Max Weber.

En aquel arquetipo de familia gobernaba un severo pater familias, al que sus hijos varones trataban de emular con la esperanza de repetir sus éxitos profesionales. En cuanto a las hijas, tenían que resignarse a imitar el papel secundario al que el orden imperante relegaba a sus madres.

Cuando el monstruo del sótano despertó de su sueño, comenzó la pesadilla para los inquilinos de la casa que ignoraban su existencia o que, sin ignorarla, pensaban que jamás despertaría. El padre enloqueció, seducido por la promesa de conquista, con botín territorial incluido, que le mostró el Estado nacional, eventualmente transformado en “estado de guerra”, y el hijo se apuntó eufórico al combate, creyendo que en éste todo transcurriría como en los cuentos de Karl May. Pero la promesa degeneró en frustración y la euforia de los jóvenes combatientes en crueldad, sangre y muerte y un turbio resentimiento contra los padres que alentaron la guerra.

Un soldado de la Primera Guerra Mundial herido por el gas mostaza

Aquella dolorosa experiencia enseñó una lección difícil de aprender: que el sueño de la seguridad produce monstruos, además de tedio, y que quien crea vivir confortablemente en una ciudad amurallada, está plantando la semilla de su ruina. Y otra más: que la realidad no siempre coincide con nuestro maravilloso deseo de bienestar.

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